dimarts, 31 d’agost de 2010

¿Y si cuando, por fin, para cuando la tuneladora llegue a la galería, los mineros han decidido que están mejor allá abajo, que no quieren salir?

"Es que, mire usted, aquí vemos películas todos los días, nos vamos a dormir y nos levantamos a la hora que nos da la gana, nuestras mujeres no se enfadan porque llevamos meses fuera y no tenemos que aguantar a los niños berreando". Hay quien se ha librado de ir a ver a los suegros todos los fines de semana, quien tenía pendiente un juicio por la custodia del crío y quien estaba a punto de jubilarse y no sabía cómo iba a vivir los próximos años. Por no hablar de aquellos dos que estaban enamorados e iban escondiéndose por los agujeros en la pared, cuando pensaban que nadie miraba. Ahora no se ocultan: un hombre en la mina es un hombre en la mina; tienen sus necesidades y han conseguido que el resto se lo esté pensando también: hay que matar el tiempo de alguna manera y no se puede ir por la galería con esta presión en la entrepierna.

Les llegan noticias del mundo exterior: el rescate se retrasa un mes, gran fiesta bajo tierra. Les conectan el teléfono porque la señora de uno de ellos tiene algo importante que decirle; ssssht, bajad el volumen, alguien que llore desesperadamente, la banda de percusionistas de pico y pala, que pare un momento. Todos se han desnudado, han atado los monos de trabajo unos con otros y se han hecho unas estupendas hamacas que han colgado de pared a pared en las que duermen unas siestas de antología. Sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad, lo ven todo pero hacen como si no vieran nada, así pueden jugar a decir que han visto sólo lo que les interesa haber visto.

No se hace nunca de día ni de noche así que están intentando buscar la manera de inventar un calendario lleno de fiestas nacionales de la galería: de momento tienen el día de los pioneros, que coincide con el día en que se quedaron enterrados. El día de la proclamación de independencia coincidirá con el día en el que el gobierno del país de la superficie reconozca que nunca los podrá sacar de ahí. Ya verán cómo se las apañan para medir el tiempo después para poder celebrar periódicamente el acontecimiento; quizás la solución sea celebrarlo cuando les dé la gana, sin ningún tipo de periodicidad, consiguiendo así dar el paso definitivo en la evolución de la humanidad: el del reconocimiento de una relatividad temporal absoluta.

Ya deben de haber comenzado a crearse un idioma; es una especie de español adaptado a las cosas que tienen allá abajo. Han dado nombres a las cosas (generalmente piedras) según la utilidad que les han asignado. La palabra "puerta" sirve para designar el hueco tapado que hace unas semanas era la entrada a la galería, así que ya ha perdido el significado que tiene la palabra "puerta" (un hueco por el que se entra y se sale) en la superficie. No, su español no se parece en nada al español que se habla allá arriba, aunque reales academias y enemigos del desmembramiento de ciertas naciones estén intentado apuntarse el tanto de haber conseguido que la lengua de la madre patria sea la única en el mundo que se habla oficialmente sobre y bajo tierra.

Han montado un ejército cuya única misión es detener los intentos de rescate, previendo que un día lleguen con nuevos métodos desde arriba. De momento no hay peligro pero el Ministerio de Información (integrado por un grupo de mineros que reciben y leen los diarios que ingenuamente les envían desde arriba) está muy atento y ha recomendado montar guardia permanente ante la "puerta". También han organizado un cuerpo especial de técnicos dotado de utensilios con los que cortar cables, destrozar máquinas a golpes y poner más piedras a modo de pared en el caso de que alguno de los nuevos inventos de la superficie consiguiera atravesar la "puerta".

Han ido también un paso más allá en el terreno económico: no tienen que producir para sobrevivir. Tienen a la superficie engañada para que los mantenga sin rechistar. Esto crea división de opiniones entre los mineros: unos se sienten mal por pensar que su sistema económico se basa en una especie de parasitismo en el que ellos serían los piojos, las garrapatas, las tenias de la sociedad; otros, los que han conseguido borrar de su cabeza la idea de pertenecer a esa sociedad, los que han superado el estadio de creerse sólo hombres y ahora se creen dioses, ven totalmente lógico que esos seres inferiores de allá arriba les muestren pleitesía llenándoles la galería de ofrendas.

Sólo les queda encontrar una solución para la supervivencia de la especie -muchos de ellos están convencidos de que son una especie nueva-: la idea de tener los días contados a veces no les deja dormir.

diumenge, 29 d’agost de 2010

Tengo manos de fin de semana en la Selva de Mar: en la derecha, un picotazo inmenso de un bicho no identificado y en las dos el olor todavía de las gambas de la paella que nos hemos comido a las 6 de la tarde.

Hemos tomado el sol en las calas y en las rocas. Me he vuelto a bañar con sandalias de río. Hemos esperado hasta las 8 de la tarde para ir a comprar pescado. Hemos escuchado a las cien mejores canciones francesas luchar por hacerse oír por encima de los estándares discotequeros que venían del hotel de al lado. Hemos visto a un señor enterrar una gaviota muerta en la arena de la cala. Hemos dormido de un tirón hasta las 11 del mediodía. Y cuando, a punto de volver a Barcelona, me han preguntado qué iba a hacer esta semana, he contestado: aprender a tomar el sol sin pensar demasiado en que quiero tener un jardín como el de la casa que Mercè Rodoreda se hizo construir en Romanyà.

dissabte, 28 d’agost de 2010

Aquí, víctima de un absurdo insomnio infantil provocado por (feit) irme de excursión, me veo llenando la maleta de más vestidos que días voy a estar fuera, no pudiendo decidir qué libros llevo y pensando que ya no tengo edad para ponerme nerviosa por estas cosas.

Si ahora se me aparece mi señora madre con una cantimplora y un bocata de chorizo envuelto en papel de plata, no me sorprendería pero nada.

Wa yeah.



(Lo de llevar una hora viendo vídeos de Antònia Font, tampoco me lo explico).

divendres, 27 d’agost de 2010

Ayer, antes de encontrarme con Jordi O. y luego con Gemma; antes de coger el tren para Vilassar, de decidir hacer una parada en Ocata, de tomarnos dos cervezas en el chiringuito, de acercarme a Vins i Divins a hacer una visita al Sr. Luri (no estaba, Sr. Luri, ya me pasaré otro día), de coger de nuevo el tren, de llegar a Vilassar, de bañarnos en el mar, de ver llegar a Ferran, Xavi, Víctor, Carles y Jordi F., de ir a hacer el vermut (a las 8 de la tarde), de quedarnos con hambre y pedir que nos hicieran bocatas; antes de que nos dijeran que no tenían pan, de ver a una señora entrar con una barra de pan debajo del brazo, de plantearnos si asaltarla o si pedírsela a cambio de favores sexuales, pero decidir que mejor simplemente le preguntábamos dónde lo había comprado; antes de que la señora -que nunca sabrá lo cerca que estuvo de tener una gran sesión de sexo con cualquiera de nosotros- nos dijera que la panadería ya había cerrado, de coger el tren y volver a Barcelona, de decidir tomar la última y acabar tomando la última y la penúltima en el (H)original, en el Haití y en el Almirall; y antes de volver a casa oliendo a sal y a arena, con boquerones, mejillones y una botellita de salsa de Ca n'Espinaler en el bolso. Antes de todo eso, pasé por Documenta a buscar un libro que ya había buscado antes en La Central y que tampoco tenían.

Y en algún momento entre medio de toda esta hiperactividad, miré a mi alrededor y me di cuenta de que el verano-verano, el de verdad, el de las vacaciones, del go with the flow y de tomarse las cosas con calma, acababa de empezar. Y me di cuenta de que llevaba mucho tiempo esperando a volver a tener un verano como este que empezó ayer.

dimecres, 25 d’agost de 2010

Normalmente, cuando voy a la playa lo único que consigo es ponerme de mal humor. No me gustan nada ni los niños gritones ni las abuelas gritonas ni los adolescentes gritones ni los maricas gritones hiperbronceados ni las madres gritonas ni los padres que pasan de todo (bueno, estos últimos son los más soportables). Así que no sé por qué he decidido que estos días que me quedan de vacaciones voy a ir a la playa. Pero como lo he decidido, lo hago -así soy yo- hasta que decida dejar de hacerlo.

Con esta puesta en situación que les acabo de hacer pueden imaginarse que he ido todo el trayecto del 64 desde el Paral·lel hasta el paseo Joan de Borbó pensando "¿Para qué voy? ¿para qué voy? ¿para qué voy?...". He llegado a la playa, he extendido la toalla, me he medio despelotado, me he sentado y he pensado: "¿Para qué he venido?".

Intentando hacerme ver que no ha sido tan mala idea venir, me he preguntado "¿qué estaría ahora haciendo en casa?", me he respondido "seguramente leer... ja! He traído un libro, puedo hacer lo mismo que estaría haciendo en casa a la vez que ponerme morena..." Pues no. ¿Han probado a leer un libro mientras Pol, el niño de al lado, no para de llenarle a su madre la toalla de arena? Es imposible. Entonces, he mirado al horizonte (borroso; no llevaba puestas las gafas) y me he vuelto a preguntar: "¿Qué hago aquí?" Y me he respondido: "Nada" Y me he preguntado: "¿Qué hace toda esta gente aquí?" Y me he vuelto a responder: "Nada". Y entonces me he dado cuenta de que estaba filosofando. Me estaba haciendo todas las preguntas existenciales de la historia de la humanidad ahí mismo: en la playa, toda embadurnada de protección 15.

Del qué hacemos aquí (en la playa) he pasado al qué hacemos aquí (en el mundo), al para qué tenemos hijos (la madre había echado a Pol al grito de "Fot el camp que no vull veure't ni en pintura!!"), al para qué intentamos leer libros (aún tenía el libro que había llevado en la mano), al para qué nos metemos en el agua (Pol acababa de salir y su madre ya le estaba gritando "Fes el favor d'assecar-te bé!!!), para qué nos ponemos bronceador (Pol se lo acababa de poner y ya quería irse otra vez al agua)... Mis respuestas a todo son "nada" o "para nada".

Entonces el padre de Pol ha vuelto del agua con un cubo. Se lo ha enseñado a Pol diciéndole: "Mira Pol: un pez". Pol ha cogido el cubo y lo ha vaciado en la arena. "Pol, ¡que se va a morir el pez!" ¡PUM! Tremenda conclusión trágica en mi cabeza: Venimos para nada y nos acabamos muriendo (Fácil ésta, ¿no? Bueno, llevaba ya una hora al sol, tampoco daba yo para mucho más...).

Me he quedado así como hecha polvo durante unos dos o tres minutos. Pero luego he remontado: Pensándolo bien, venir para nada es un gran descanso. ¿Qué queda? Vivir y ya está. Pues habrá que vivir bien. Claro que puede que lo que yo (que he venido para nada y no soy nada) entienda por vivir bien no coincida con lo que Pol (o cualquier otro vecino que también ha venido para nada y no es nada) entienda por vivir bien... pero qué más da si encima, por más que nos guste pensar lo contrario, en una perspectiva de infinitud espacio-temporal, cualquier cosa que nostros (o lo que es lo mismo: la nada) hagamos importa más o menos un pimiento.

Tengo que acabar de pulir todas estas cosas que me han venido a la cabeza. De momento, voy a comer y a echarme una siesta. Mañana vuelvo a la playa.

dimarts, 24 d’agost de 2010

Paso una fulminante gripe de verano. Estar enferma me anula: mi actividad se reduce a beber mucha agua y a ir del sofá a la cocina a por más agua, de la cocina a la cama y de la cama al lavabo haciendo "ay" a cada paso. Mi círculo social queda compactado en una persona: el farmacéutico de la esquina. Son fantásticos, el farmacéutico y su coro de abuelos, permanentemente en la farmacia interesándose por qué me pasa: consiguen alejar de mi cabeza la idea "nadie se preocupa por mí" que me invade siempre que estoy enferma y que añade la autocompasión a la lista de síntomas de cualquiera de mis enfermedades recurrentes.

Pedir ayuda o reclamar la atención sobre mi persona no es mi fuerte. Por eso adoro al farmacéutico de la esquina, a su coro y a cualquiera que me llame preguntando cómo estoy porque hace un par de días me oyó decir que creía que me estaba resfriando. Acabaré siendo una vieja cartillera, de las que van al médico día sí y día también porque es el único que les pregunta cómo están. Muy triste todo.

Perdonen, no soy yo quien habla, es mi resfriado estival y el aburrimiento que me ha provocado. Me he pasado dos días enteros encerrada en casa y me he tragado dos temporadas de "Cómo conocí a vuestra madre". La aborrezco. Reconozco que de la primera temporada no me enteré de la mitad: estaba a 38 y medio de fiebre y lo que más risa me daba eran las risas enlatadas. O ni eso: seguramente sólo me reía por contagio, por la anulación de cualquier conato de voluntad que me provoca la enfermedad. "Ría aquí" y yo, a 38 y medio, río y lo que me digan.

A partir del capítulo 15, seguía riendo a cada orden de risa pero ya empezaba a ver que me estaban colando lo que siempre te cuelan las sitcom americanas: cuatro personajes arquetípicos locos por vivir unas viditas en las que, si amas, lo único que puedes recibir a cambio es amor (levantar ceja aquí). Y si no amas, como el quinto personaje –contrapunto de los otro cuatro-, no es tu culpa, es que seguramente tienes un trauma de la infancia pero, no te preocupes que tus amigos siempre te respaldarán y harán aflorar el corazoncito que late en tu interior (señalarse la boca con dos dedos, sacar la lengua y hacer “aggg, aggg” aquí).

La serie es una mierda -perdón, es la fiebre: estoy a 37,2. (¡Jojo! Me encanta esta excusa)- pero yo me he seguido tragando capítulo tras capítulo hasta completar los cuarenta y pico que suman las dos primeras temporadas (mover la cabeza de lado a lado mientras piensan “ayyy, Isabel…” aquí).

(Inserten aquí la noche del martes al miércoles, que la paso durmiendo como un lirón)

Hoy me he despertado a 36,3 –sí: mi temperatura corporal normal está unas décimas por debajo de la media de la de la humanidad- (pensar “¿ah, sí?” aquí)- y con una sensación así como de que estos dos últimos días no han existido. Porque no han existido, ¿no? Y si han existido, los podré recuperar al final, ¿no? Joder, qué asco, qué pérdida de tiempo es estar enferma. Si al menos hubiera pegado el estirón, pero ni eso: sigo en mi 1,60 pelado, blanca como la leche en pleno agosto en una ciudad de playa y más escéptica que nunca respecto de las relaciones humanas. Estupendo.

dissabte, 21 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 12 (y último). Sábado

Abro la tienda media hora más tarde de lo habitual porque me he entretenido en casa preparando un cartel que quería poner en el escaparate, que decía:

"Para celebrar que es mi último día como dependienta en esta tienda, he decidido coger los bajos en sentido literal a todo el aquel que entre, independientemente de si compra algo o no".

Cuatro horas después, sólo había entrado un señor que, señalando el cartel, me había gritado desde la puerta: "Voy un momento a buscar a mi mujer y vuelvo con ella a ver qué le parece". No ha vuelto, claro.

¿Qué se creen? ¿Que no contaba yo con el factor "a ver qué le parece a mi mujer"? Una empieza a ser perra vieja y yo hoy lo que quería era estar tranquila en la tienda, disfrutando de mis últimas cuatro horas en este no-lugar en el que he pasado las mañanas de estas dos últimas semanas. El cartel era parte de ese plan y, por si fallaba, me había preparado una selección de música anticlientes: comprarse un traje mientras por los altavoces suena "Mi fracaso personal" de Astrud es, simplemente, imposible. Imagínense parados delante de un espejo, con una camisa, una americana y una corbata en pleno mes de agosto mientras Manolo Martínez va dejando ir la retahíla de versos que componen la letra de esa canción ("Personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal..."). Lo más probable es que, por mucho que intenten mantener la compostura, las hombreras de la americana se deslicen hacia abajo, la corbata se afloje, la camisa se arrugue y el pelo se despeine. Por no hablar de las bolsas que se harían en el pantalón y debajo de los ojos.

No soy novata en este tipo de acciones terroristas contra el ánimo colectivo. Recuerdo que hace no mucho mi amigo Jaume y yo teníamos un proyecto con el que conseguiríamos hundir en la miseria a todos los modernos de la ciudad. La cosa consistía en hacer un grupo: yo cantaría y escribiría las letras, él tocaría y compondría la música. Nuestro gran éxito sería una bomba contra el buen rollo: se titularía "No te quiere" y la letra iría así:

No te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
...

para acabar apuntillando al personal en la última estrofa con un rotundo:

Está jugando contigo

Queríamos conseguir añadir un segundo punto geográfico al mapa de cosas construidas por el hombre que pueden verse desde el espacio. Quedaría así: uno, la Glan Mulalla China, y dos, la Gran Zona de Depressió Mental i Anímica (el nombre sería en catalán por lo de las subvenciones), localizada en la intersección de la calle Nou de la Rambla y la avenida del Paral·lel, justo en el Apolo, sí, la sala de conciertos en la que nos consagraríamos como los nuevos Doctores No del terrorismo internacional (internacional porque por el Apolo pasa mucho guiri).
Todo esto no era porque sí, era una venganza por todas las historias que últimamente nos estaban pasando y que nos hacían sentirnos así de mal también a nosotros. Nos convertiríamos en el primer grupo-musical-terrorista-suicida de la historia: nosotros también moríamos de pena cada vez que ensayábamos la canción pero, tocándola por fin en vivo, conseguiríamos morir de pena matando de pena. El explosivo lo llevábamos dentro, sólo había que apretar el ON del sintetizador y dejar que pasaran cosas.

Nunca llegamos a hacerlo porque yo en el fondo, de tan buena, soy tonta (lo dice mi madre), y Jaume es mallorquín, o sea, sus planes son de cocción lenta. Pero ahí está la semilla. No pierdo la esperanza de volverme mala un día y que ustedes acaben si no oyéndonos a nosotros, al menos oyendo de nosotros.

Lo del cartel que les explicaba tampoco lo he hecho, claro. Seamos sinceros, a finales de agosto, un sábado por la mañana, no hace falta ponerse a ofrecer cogidas de bajos a maridos sin inicativa para estar de lo más tranquila en la tienda. Me he pasado la mañana planchando camisas sin parar. Lo que les decía: de buena, tonta.




Quería acabar este dietario con una recapitulación de todo lo que me ha pasado estos días en la tienda pero voy a hacer otra cosa: voy a poner aquí una foto.



Esta camisa la he doblado yo. No es tontería: aunque no se vean, lleva un montón de agujitas escondidas clavadas aquí y allá. Ya pueden coger ustedes la camisa, tirarla al suelo, sacudirla, toquetearla y volver a encajarla (desperfilada, seguro) en su estante, que no se descolocará ni un hilo.

Yo, hace dos semanas, no sabía doblar así una camisa. Y ¿para qué sirve doblar así una camisa? Pues sólo para que mi hermano y Pepi (la dependienta a la que he estado sustituyendo) sigan haciendo el Sísifo de lunes a sábado en el Macson de Llobregat Centre. Y ¿de qué me sirve a mí haber estado allí cuatro horas al día aprendiendo cosas de este tipo? Pues puede que de nada tampoco. No sé: vuelvan a empezar a leer desde el "Dietario de la tienda. Día 1" y juzguen ustedes mismos.

Gracias a todos.

divendres, 20 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 11. Viernes

Esta mañana, me he metido en la ducha con las gafas puestas.

Estaba yo toda encantada sopesando muy seriamente si la sensación "estar a gustito" podría ser incorporada al limbo de los conceptos filosóficos en calidad de factor que incide directamente en la percepción del tiempo cuando, de repente, se me ha nublado la vista (por lo de las gafas y la ducha que les explicaba).

Mis reflexiones venían motivadas por una conversación de casi cinco horas que mantuve ayer con mi amigo Víctor. Mano a mano. Nosotros, algunas cervezas, Boris Vian, el machismo de los hombres griegos y las mentes calenturientas de nuestros amigos. Un total de cinco horas de parloteo que a mí me cundieron como media, o sea, poco, o sea, que habría seguido. Pero no: llegué a casa, miré al reloj y pensé: ¿este ratito de nada ha durado una hora más que las cuatro horas que me paso en la tienda todas las mañanas? Pues sí.

Así que he desayunado café con iburprofeno y he cogido el metro pensando en Bergson, en Deleuze (otra vez) y en Cortázar, claro, porque pensar todo eso, aunque parece que dura muchísimo más que un viaje en metro, pasa sólo durante un viaje en metro.

Llego a la tienda. Quito cerrojos, enciendo luces, hola maniquíes, enciendo caja, perfilo y aparece un nuevo personaje en escena: el de merchan y escaparatismo.

M&E: Hola, soy el de merchan y escaparatismo.
Yo: Yo soy Isabel.
M&E: Vengo a cambiarte el orden de toda la tienda y a colocarte lo de la nueva temporada.
Yo: ¿Mi jefe sabe que vienes?
M&E: No, pero da igual.
Yo: Pues adelante, yo te dejo que vayas haciendo
M&E: Hombre, espero que me ayudes.
Yo: (Mierda) Claro, aquí estoy.
M&E: Hay que cambiar escaparates, mover todo eso de allí a allá y lo de allá a allí, volver a doblar todas las camisetas y colgar los pantalones en perfecta alineación.
¿No tienes musiquita?
Yo: No, la que hay en el ordenador no me gusta.
M&E: ¿Qué hay?
Yo: Shakira y así.
M&E: ...
Yo: Si quieres la pongo.
M&E: No, no...

Me pongo a doblar camisetas y acabo de despejar cualquier rastro de buena imagen sobre mí que pudiera quedar a esas alturas en la mente de M&E de la siguiente manera:

Yo: ¿Sabes Futurama?
M&E: No.
Yo: Es una serie. En la serie hay un robot que se llama Bender.
M&E: ¿Un qué?
Yo: Un robot.
M&E: ...
Yo: Es igual. Bender trabaja en una fábrica doblando vigas de acero. Jajaja!
M&E: ...
Yo: Bend quiere decir doblar, en inglés.
M&E: Ah.
Yo: Tengo una amiga que también trabaja en una tienda de ropa y cuando le toca pasarse el día doblando camisetas, si le preguntas qué tal, ella contesta: "Tooooodo el día haciendo el Bender".
M&E: Hum.
Yo: ...

Luego se ha ido a fumar un cigarro. Yo me he puesto un jersey y cuando ha vuelto me ha pillado haciendo posturitas delante de un espejo, colocándome el jersey bien por aquí y bien por allá. Luego se ha ido al lavabo y ha tardado muchísimo en volver y cuando ha vuelto me ha dado un susto de muerte: yo estaba mirando el mail en el ordenador en vez de estar asegurándome de que los pantalones colgaban de las perchas justo por la línea que marca la exacta mitad aritmética de la longitud de las perneras. Y me he agobiado mucho y he cerrado todas las ventanas del navegador y me he puesto colorada y, con la cabeza gacha, he vuelto a los pantalones. Luego, pensando yo que él estaba en el escaparate, se me ha acercado por detrás justo en el momento en el que yo estaba despistada mirando la estantería de los polos, y me ha pescado en flagrante incongruencia con mi anterior comentario sobre la música, esto es, canturreando en voz alta el waka-waka. Y me he vuelto a poner colorada. Me ha preguntado dónde estaban mil cosas que yo no sabía dónde estaban y me ha preguntado también mil veces que cuándo llegaba el jefe. Yo también me preguntaba que cuándo iba a llegar el jefe de una vez. Le he dicho que a las dos. Me ha preguntado si yo me iba a las dos. Le he dicho que sí. Me ha dicho que ah, que no me quedaba nada entonces. He mirado el reloj y eran las 11.30h. Y me he puesto a pensar otra vez, más que en el concepto "a gustito", en el concepto "pero qué horror" y en su factor de incidencia en la percepción del concepto tiempo.

Hasta que ha entrado mi jefe en la tienda a la voz de "¿Pero no habéis puesto la música?" Y he salido huyendo de allí. Antes, eso sí, le he dado las gracias a M&E y le he dicho que pensaría en él cada vez que, en mi casa, recogiera la colada.

No me he quedado tranquila hasta que me he dado cuenta de que me había bajado del metro en la parada equivocada. Entonces ya sí, por fin, he vuelto a ser la pánfila de las gafas mojadas de esta mañana.

dijous, 19 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 10. Jueves

Voy a la tienda con "Life During Wartime", de Todd Solondz, en la cabeza. Tengo que dejar de ver pelis de Todd Solondz. Ya me pasó con "Happiness": odié a todos y cada uno de los personajes, y salí del cine con una mala hostia del 15. Puta miseria. Con esta última me ha vuelto a pasar. ¿Cuántas veces puede escribirse en un guión la frase: "Lo siento"? Es el mantra de la película. El mantra completo sería, de hecho: "Te he jodido la vida. Lo siento". La naturaleza de cada uno de los personajes es ir jodiendo vidas y sintiéndose muy mal después por haberlas jodido. Hasta el niño -que parece puro al principio; que para entender de qué va eso de hacerse mayor se pone a escribir una redacción sobre si es posible perdonar y/o olvidar-, al final crece o, lo que es lo mismo, le acaba jodiendo la vida a alguien y se siente mal por ello. Bienvenido a la vida adulta.
Hay personajes "buenos" también, claro, pero a éstos los van quitando de en medio: ¿Quién es el guapo capaz de aguantar a alguien que pone tan en evidencia sus miserias y que amenaza, sin darse cuenta, con apartarlo de su naturaleza de jodedor penitente?

Pues todo eso pensaba yo mientras me disponía a salir de casa. Y, en el momento de coger el libro de hoy, con Solondz en la cabeza, he estirado la mano hacia -que Dios, desde su tumba, nos asista- el "Ecce Homo" de Nietzsche. Y es que, ahora tenderé aquí un puente de dudosa estabilidad: a mí Solondz y Nietzsche me provocan el mismo pensamiento. A saber: "Bueno, no todo iba a ser jijijí, jajajá, alguien tiene que hacer el trabajo sucio", eso es lo que pienso cuando leo o veo algo de estos dos.
Sí: alguien tiene que filosofar sobre el lado oscuro, que también es naturaleza humana, vaya si lo es.

Empezaba esta entrada diciendo que tengo que dejar de ver las pelis de Todd Solondz. Es mentira que piense eso. Igual que no pienso que tengo que dejar de leer a Nietzsche (ni, salvando las distaaaaaaaaaaancias, a Bernhard ni a Houellebecq ni de ver las películas de Haneke...). La verdad es que no puedo estar más agradecida tanto a uno como a otro por esa forma tan genial que tienen de remover la mierda para luego escribirla y rodarla en bonito (porque, qué maravilla, cómo escribía uno y cómo rueda el otro) y ponerla a mi disposición toda enterita para que yo vaya siendo un poquito menos idiota, pánfila e inocentona y esté cada vez más curada de espanto al encontrarme con ciertos rasgos de la personalidad de la gente (incluso míos propios).
Lo que me pasa con este tipo de autores que reflexionan en su obra sobre la naturaleza humana es que se centran en lo que quieren explicar o en lo que ellos creen que merece la pena ser explicado o estudiado y el resto, como decía, lo eliminan o lo menosprecian y lo descartan de su lista de formas válidas de vivir la vida. El resultado, cuando entiendes más o menos la filosofía de uno o de otro, es que acaban presentando un tipo de persona plano que, una vez le has visto el peluquín al asunto, deja de sorprenderte. (Sí, el Ecce Homo de Nietzsche también resulta un tipo plano y muy previsible una vez te has leído la obra y la vida del filósofo: es un poco su gran "lo que quería explicar con todo esto que les he ido contando hasta ahora es que...". La prueba es que lo acabó de escribir y acabó de volverse loco del todo. Eso pienso. Y me quedo tan ancha).

Los personajes de "Life During Wartime" son incapaces de escapar de su naturaleza y, por tanto, son muy previsibles. Les han educado para ser así y educan a sus hijos para serlo también. Están atrapados en un tipo de conducta que les hace ser infelices pero no encuentran la tangente por la que salirse de allí. No la ven ni teniéndola delante de sus narices. Y llegado el rarísimo caso en el que encuentran una salida o aunque sea tan solo un pequeño elemento que les haga ser un poquito más felices; ante el mínimo riesgo de tener que cambiar su vida por eso, aunque este cambio sea una suma y no una resta, la tapian (la salida) o lo lapidan (el elemento) a puro ladrillazo y si, de una paletada de cemento, dejan a alguien herido por el camino, qué le vamos a hacer, es su naturaleza jodedora, ya vendrá su otro yo penitente después a hacer lo suyo para quedarse más tranquilos, pensando que tienen su corazoncito.

Yo, después de haber recibido alguna paletada de cemento en los morros, he perdido el interés por la gente así; me aburre. Por eso creo que Solondz me hace un favor viniendo de vez en cuando a recordarme que existe, si no, me pasaría la vida volviendo a empezar.


Me quedan sólo dos días en la tienda. Hoy he hecho un poco de balance mental de la experiencia y creo que estoy decepcionada. Ojo, no como dependienta: cada vez lo hago mejor y tengo más mano con los clientes. Como espectadora del género humano, sí que estoy un poco decepcionada: la gente entra aquí con un papel, casi con un guión escrito que va de toquetear la ropa, buscar las tallas, probarse los trajes y protestar a la mínima que ven algo que no les gusta. Y yo también estoy muy en mi papel de sonreír, ser amable, pedir disculpas si no se van satisfechos y tal y cual. No puedo ir mucho más allá: será que estoy perdiendo el interés por el género cliente, que también, como los ecce homi que van sueltos por la vida, es de una filosofía de actuación bastante determinada. Cada día que ha pasado he escrito menos sobre ellos. Un amigo me decía hace unos días que había venido a parar al dietario en busca de los “hoy ha entrado una señora que tal” y los “hoy ha venido un señor que cual”, y que no sólo no había encontrado nada de eso sino que además no había entendido una palabra de lo que decía. Bueno, escribo sobre otras cosas. Ya veremos cómo acaba todo esto.

dimecres, 18 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 9. Miércoles

Apoyada en el mostrador, leo sin ningún tipo de disimulo "Et on tuera tous les affreux", de Vernon Sullivan, traducida del americano (sic.) por Boris Vian (juas!). Es una edición de 1965 -ya amarillea bastante- que le compré a un bouquiniste del Quai de l'Hôtel de Ville. Además, hoy llevo los labios pintados de rojo. No sé si hay causa-efecto pero, de esta guisa -con el vian, con mi pose de lectora apoyada desafiante en el mostrador y con el rouge-, he vendido tres camisetas, dos polos y un traje con su camisa y su corbata. Y cada vez que he pasado una visa por el datáfono (horrible palabro) he citado mentalmente al Nge de Cuerda "Qué bonita estampa hago".

Lo que pasa es que yo ya no mido el éxito de mis mañanas en la tienda por la cantidad de cosas que vendo sino por lo provechoso de las ideas que me vienen a la cabeza y, en este sentido, el balance del día ha sido tirando a negativo.

Supongo que simplemente, el libro de Vian ha hecho su función: la de acunar -por la que suspiraba el Werther de Goethe-, que al contrario que la de instruir (que puede dar para días, meses, incluso años de tirar del hilo, reflexionar, aprender y aplicar lo aprendido), tiene su efecto sólo mientras el lector no levante la vista de la historia.
A mí hoy, lo que me ha pasado es que leía con un cuarto de cerebro dedicado al autoregodeamiento en la imagen que les comentaba al principio, dos cuartos más pendientes de las peripecias de Rocky (el protagonista del libro) y el cuarto restante pendiente de si entraba o salía alguien de la tienda. Y también me pasaba que cuando la mitad lectora del cerebro se despistaba de las letras, me daba por pensar cosas como que algunos rincones de una tienda de ropa son lo más parecido a una habitación en la que alguien que no eres tú tiene una maleta a medio hacer. Y una maleta ajena a medio hacer, ahora que estamos en pleno verano y todo el mundo se va menos yo, lo único que me inspira es tristeza.

Cuando a mí algo me inspira tristeza, me lamento una milésima de segundo y vuelvo al libro.

He leído hasta que ha llegado el jefe, en el metro de vuelta y caminando por la calle, como hace Pau(*), desde la parada hasta casa. He abierto el buzón y me he encontrado más material para leer: nada menos que una postal con la que Marina Espasa retoma nuestra correspondencia literaria. ¿Hay mejor antídoto contra la tristeza que provocan las maletas ajenas a medio hacer que una carta escrita de puño y letra? Yo creo que no.



(*) ¡¡¡felicidades, Pau!!! (ja, sí, és demà, però demà ves a saber si t'escric el nom per aquí...)

dimarts, 17 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 8. Martes

Una vez ha comprobado que mi jefe sigue siendo mi jefe y que yo soy otra persona, el chico que lleva la cafetería de enfrente de la tienda está bastante simpático conmigo: me llama por mi nombre y sabe que, cuando me acerco, quiero un café con leche del tiempo, sin azúcar y un croissant. Hoy me ha hecho un descuento de casi 40 céntimos, que es el que hace a la gente que tiene tarjeta. Es un gran avance, teniendo en cuenta que el primer día que le fui a pedir un café, casi se desmaya al pensar que yo era mi jefe, con sus mismos ojos, nariz y pómulos, pero más bajito y transexuado. De todos modos aún me mira con un poco de desconfianza y la tarjeta no me la hace, dice, porque por sólo una semana más no vale la pena. Yo creo que en el fondo se quedará más tranquilo cuando yo desaparezca del mapa. Para ponerle un poquito nervioso, hoy, antes de salir del centro comercial, me he metido en la perfumería que hay justo al lado y me he asegurado de que viera bien que me estaba comprando el pintalabios más rojo que tenían.

Desde ayer que llevo dándole vueltas al tema del absurdo. Reflexionando sobre ello, me vino a la cabeza aquella idea deleuziana heredada de Foucault que, creo recordar, decía algo así como que cuando se lleva un concepto al límite del conocimiento, el único camino por el que se puede seguir adelante viene a ser el del absurdo. Podría engañarles a ustedes, lectores, diciéndoles que éste, inventado por Foucault y desarrollado por Deleuze, fue el método que decidí aplicar cuando me puse a llevar más allá de la decoración el sentido del rincón de la astronomía que hay en la tienda: "El interiorismo parece la explicación última de la presencia allí de tan celestiales elementos, pero yo le voy a sacar más partido al asunto y voy a escribir un post de lo más surreal para dejarles a todos boquiabiertos con mis vastos conocimientos filosóficos, ¡jojojo!".

Pues no.

Todo eso lo he pensado después. La verdad es que lo hice por diversión, porque me aburría y porque me salió así. Además: yo de Foucault no sé nada y lo poco que sé de Deleuze lo debo a las cuatro cosas suyas que me puse a leer por puro gruppismo (de la palabra gruppie, en su sentido más petardo): una vez me enteré de que Santiago Auserón era fan, fan, fan suyo, que asistía a sus clases en París y que tiene pendiente desde hace décadas una tesis doctoral sobre su pensamiento. ¿Decepcionados? No me extraña.

Pues esperen que aún hay más: También soy gruppie de Boris Vian, así que hoy me he plantado en la tienda con "El lobo-hombre" en el bolso. Me he puesto a leer como una posesa, como me pasa siempre que leo a Vian. Es el maestro. Es insuperable. Cualquier novela suya, hasta sus cuentos más cortos, como estos del lobo-hombre, que escribió entre los 25 y los 32 años, presentan un humor y unos toques de surrealismo tan bien colocados que, mientras los lees, te olvidas casi de lo trágico de lo que te está contando. Leyendo a Vian (entiendan bien el gerundio: en el preciso momento en el que uno lo está leyendo) se va de sonrisa en sonrisa, a veces incluso de carcajada en carcajada. Pero, a la vez, se va notando un pequeño sentimiento de tristeza, como (apunte para iniciados) un pequeño nenúfar al lado del corazón que va creciendo muy lentamente y que, para cuando llega el final del libro, es tan grande que hay una presión en la garganta. Y esa presión en la garganta no es otra cosa que angustia. Y entonces descubres que era cierto lo que sospechabas todo el rato aunque no pudieras parar de reír: que la historia que te acaban de contar era muy triste.

Así que ya ven: todos estos intentos de absurdo, de transfondo trágico y de redacción a ritmo de jazz, no me vienen de nada elevado, son sólo consecuencia de haber tenido, en los ochenta, la carpeta forrada con fotos de Radio Futura.

Creo que explico ahora tan impúdicamente mis referencias adolescentes para quitarme de encima un cierto sentimiento de farsante que me está empezando a asaltar últimamente. Piénsenlo: yo escribo y ustedes me dejan comentarios muy amables por aquí y por allá que me hacen sentir un poco lista. Pero en el fondo yo sé que no soy más que un monito de imitación (de Vian, de Auserón y de unos pocos más). No quiero encontrarme un día (salvando las distancias, yo nunca conseguiría llegar a engañarles tanto como ella) como la Marilyn Monroe de aquella anécdota que me explicaron una vez: en una fiesta, fumando sola en el balcón, aterrorizada, se le acerca alguien y le pregunta qué le pasa, a lo que ella responde algo así como: "Tengo miedo de que se acabe descubriendo que todo es falso".

dilluns, 16 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 7. Lunes

Un objeto decorativo de la tienda que me tiene desconcertada es la esfera armilar. Mirando al astrolabio que hay en el estante de al lado, podría incluso encontrársele una cierta coherencia astronómica a aquel rincón, pero es que lo del astrolabio dentro de una tienda de ropa, dentro de un centro comercial, tampoco tiene mucha lógica. He estado un rato pensando en cómo hay elementos que no tienen demasiado sentido unos sin los otros o sí que lo tienen pero llegan a tener mucho más o adquieren otro totalmente nuevo cuando ves el binomio completo. Hablo tanto de cosas como de personas, claro. Hablo de un casquillo y una bombilla, por ejemplo. Hablo de Pere Gimferrer y de su señora. Son elementos que cobran un sentido juntos y aún más si los unes a un tercer elemento que les haga de contexto: el casquillo, la bombilla y la oscuridad; Pere Gimferrer, su señora y... y... (nota mental: buscar otro ejemplo).

Un buen trozo de cielo al que mirar y sobre el que hacer cálculos sería el más digno elemento contextualizador al que podría aspirar el binomio astrolabio-esfera que acompaña mis días. En vez de eso, los pobres tienen que conformarse con formar parte de un concepto bastante más terrenal y subjetivo: la decoración. La misma decoración que quiere contextualizar con ellos también también a la enorme fotografía de los habanos y a la brujita de la escoba que cuelga de la campana de bronce que tengo al lado mismo de la caja... No sé si me explico.

La esfera armilar, como decía, me tiene desconcertada. Parece una esfera armilar, sí: tiene una bola central rodeada de círculos concéntricos que podrían pasar por representar las órbitas de los cuerpos celestes que deberían rotar a su alrededor. Pero cuerpos celestes no hay, las supuestas orbitas son circulares -ya lo he dicho- y no elípticas y cada una de ellas toca por dos puntos con las de tamaño inmediatamente superior e inferior con lo que, si realmente esto fuera una representación de la posición de los elementos de una galaxia, estaríamos hablando de una galaxia que habría desaparecido al poco tiempo de formarse, en una orgia de colisiones interplanetarias que vete tu a saber si no hubiera acabado generando un agujero negro de potencia suficiente como para tragarse todo el universo conocido y por conocer. ¿Es para desconcertarse esta esfera armilar o no lo es?

Pensando todo esto me hallaba yo cuando ha entrado un señor en la tienda y, viéndome ensimismada mirando al rincón de la astronomía, ha dicho: "Es uno de esos cacharros con los que se representa la posición de los planetas en un sistema".

Le he contestado que eso había pensado yo al principio pero que si se fijaba bien vería que más que una esfera armilar en condiciones aquello parecía la representación de un sistema planetario diseñado por una especie de Dios hijo de puta, dueño de una intención de similar calaña que la de los inventores de la tradición del lanzamiento de cabra desde el campanario. Me ha mirado con cara de no entender. Me he acercado al estante mientras le explicaba que, igual que el único objetivo de tirar la cabra al vacío es verla despanzurrada contra el suelo, el único objetivo de la creación de aquella galaxia debía de ser ver los planetas despanzurrándose unos contra otros. He bajado el artilugio, le he soplado el polvo, lo he puesto sobre el mostrador y he dicho señalando los puntos de soldadura interorbital: "Aquí y aquí: puntos de despanzurramiento. ¿Lo ve?"

El cliente me ha dado la razón pero me ha dicho que no tenía demasiado tiempo para desconcertarse conmigo, que necesitaba una camisa. Le he señalado el camino. Ha ido directo hacia la columna de las de lino marrón, así que me he visto obligada a advertirle que aquellas camisas llevaban un poco raritas toda la mañana, que hacía media hora, una de ellas había caído del estante al suelo sin ningún motivo aparente.
"¿Cree usted que se ha tirado?"- me ha preguntado el cliente bajando la voz. Le he contestado que podría ser. Le he cogido del brazo y he vuelto con él al mostrador. "Comprendo que le gusten esas camisas, son preciosas y de un tacto fantástico, pero me veo en la obligación de avisarle del incidente que le acabo de explicar: no me gustaría que la camisa en cuestión volviera a intentar tirarse llevándola usted puesta...". "Deberían retirarlas de la venta inmediatamente", me ha dicho él, "y la esfera también: me parece diabólica".

Jaja, el pobre se había pensado que la esfera también estaba la venta.





Ya me gustaría que todo esto hubiera pasado de verdad esta mañana en la tienda, pero de todo lo que he contado sólo hay una cosa que es cierta: en la tienda hay una esfera armilar. Pensando en este dato, releo el texto y acabo decidiendo que mucho más surrealista que esta conversación ficticia con el señor cliente es que nadie, NADIE, haya entrado en la tienda y haya exclamado: ¿Qué hace eso ahí?, refiriéndose al rincón de la astronomía.

A la gente ya nada le sorprende. Y a mí, lo que me pasa es que llevo toda la mañana melancólica perdida (nota mental: no volver a leer el Plagueta de Bord a la hora del desayuno) y cuando yo estoy melancólica lo único que me salva el día es regodearme en la absurdidad tan radical esta que nos rodea.

dissabte, 14 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 6. Sábado

Después de la especie de perorata antiencasillamiento por cuestión de género que solté ayer, no sé si lo que he hecho esta mañana va a parecer una contradicción en la línea argumental (si la tuviera) de este dietario: me he echado al bolso un libro de Josep Pla.

La separación intersexual que solía cascarse Pla cuando describía sus personajes es brutal, tanto que creo que es imposible que quien haya leído a Pla con gusto en la adolescencia -con el nivel de entendimiento de las cosas que suelen tener los adolescentes (o todo es una verdad digna de adoración y seguimiento ciego o todo es una mierda)-, no se haya quedado gilipollas en este sentido.

Yo no llevo ni un año leyéndolo: Pla en Pamplona no se lee y cuando llegué a Barcelona fui a caer entre personas que lo había leído de bien jóvenes, sí, pero sin gusto, por lo que nunca llegaron a recomendármelo e incluso me llegaron a quitar de la cabeza la idea de leerlo a la mínima inquisición que se me ocurrió hacer sobre su obra. Mi idea sobre Pla cambió nada más empezar uno de sus libros (“Viaje en autobús”, en concreto) hasta el punto en que si ahora me dijeran que todo 2009 desaparecería de mi memoria excepto una cosa y sólo una que yo eligiera, elegiría Pla. Y punto.

Así que esta mañana, al pensar que era sábado, día de gran tráfico en la tienda, se me ha ocurrido que mejor llevaba conmigo una buena guía de tipos, usos y costumbres humanas con la esperanza de ir leyendo y combinando los personajes leídos con los que fueran pasando por allá. He elegido de Pla el dietario de los dietarios, el manual de uso y disfrute de Catalunya con conocimiento de causa, "El quadern gris", claro.

Creo que todo el mundo que quiera empezar a entender un poco Catalunya debe leer este libro, igual que todo el mundo que quiera hacerse una idea de España debería leer lápiz en mano el "El mundo es ansí" y, quien quiera hacer lo propio con Euskadi, "Las inquietudes de Shanti Andia", de Baroja los dos. Pero claro, la gente se queda con el Spain is different de Hemingway y luego vienen las cornadas en Estafeta.

En el metro, con el pla en el bolso, he ido pensando en lo diferentes que eran Baroja y Hemingway. Baroja podría ser el padre de Hemingway. Se llevaban unos treinta años. Compartían la fascinación por el mar como cosa tremenda y misteriosa. Por lo demás, poco o nada que ver.

Luego está Pla que, por edad, podría haber sido hermano de Hemingway e hijo de Baroja. La de Pla era más fascinación por la tierra. Por la tierra y por la gente (la fascinación por la gente entendida casi desde el punto de vista de un etnólogo). Esto lo acerca más a Baroja, que trataba con igual de maestría las cosas del mar y las de la tierra. Lo tenía todo Baroja.

He acabado concluyendo que me interesan mucho más Baroja y Pla como puntos desde los que mirar a la gente, que Hemingway. De hecho, Hemingway me interesa bien poquito: si quisiera mirar a la gente de allende el Atlántico, acudiría antes a Fitzgerald o a Faulkner (que también podrían ser hermanos de Pla y Hemingway por edad). Y para mirar a cualquier otro lado, abriría un Kapuscinski, pero ésa ya es otra historia, otra generación y hasta otro género.

Con estas cavilaciones en la cabeza, he llegado a la tienda. Puertas, luces, hola maniquíes, caja, pasadita al polvo, perfilación. Me meto detrás del mostrador y me pongo con el quadern mientras espero a que empiecen a desfilar los compracamisas. Pasa uno, se prueba unas bermudas; pasa otro, quiere una corbata; pasa otro, quiere una americana pero no hay de su talla… No paran de pasar catalanes por la tienda. Por el quadern, no: he ido a parar a un fragmento en el que Pla no habla de personas, habla del tiempo, de las calles, menciona el más mínimo cambio de viento, se pone a describir hasta el último aplique de un café de Girona al que ha entrado a hacer tiempo mientras espera al tren de Barcelona, llega el tren, se sube al tren, describe el traquetreo del tren, da todo tipo de detalles sobre lo cansado que está, reflexiona sobre el cansancio, el sueño, cómo afecta al sueño el movimiento del tren… Empiezo a acordarme de Proust. Me lo intento quitar de la cabeza decidiendo que simplemente me he equivocado de libro, que en vez del quadern debería haber ido a tiro hecho y haber cogido “Un senyor de Barcelona”. Y en ese momento, va el mismísimo Pla y se pone a decir esto que –San Jerónimo me perdone- yo misma voy a traducir: La memoria de Proust es prodigiosa: no sólo guarda una memoria vivísima de las personas y las cosas que vio o conoció o que le explicaron otros, sino que llega a recordar los pensamientos que le sugirieron estos contactos, las que fueron sus reacciones mentales o sensibles ante estas apariciones. (…). En la obra de Proust hay mucho más (…), hay fragmentos de su obra que son de un realismo apabullante, de un naturalismo realista al que ningún escritor de esta escuela podrá llegar ni en sus mejores momentos. (…). Proust es un gran escritor realista, pero un realista superior, mucho más completo e infinitamente más complejo que esta clase de escritores. (…). Proust resuelve el esquematismo pueril del realismo de su tiempo poniendo de manifiesto, con una agudeza única y con medios expresivos literalmente fabulosos, una realidad infinitamente más rica en elementos espirituales y sensibles…

“¡Vuelve a Proust, burra!”, me estaba diciendo Pla. Y ante eso, ¿qué hace la burra? Pues reconocer que lo es, claro, y pensar durante todo el camino de vuelta a casa, en cómo va a acariciar las solapas de “A la sombra de las muchachas en flor”, que aún estará inmóvil sobre la mesa luciendo un cierto aire de “sabía que acabarías volviendo a mí”, que es el aire que a lo largo de estos últimos casi cien años deben de haber ostentado todas las ediciones habidas y por haber de la Recherche.

divendres, 13 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 5. Viernes

Hoy he estado en actitud más dependienta que cualquier otro día: ha habido más afluencia de posibles compradores que nunca. Mi jefe ya me avisó que eso pasaba los viernes y yo he dado con una explicación: la parte de la humanidad que cumple un horario de trabajo normal, se guía en el tiempo por fines de semana, bueno, por semanas, pero el punto de referencia es el fin de semana. En la tienda, vendemos sobre todo trajes. La mayoría de los mortales, se compra un traje para una ocasión especial, las ocasiones especiales suelen programarse para los fines de semana. Comprar un traje el viernes del mismo fin de semana de la ocasión especial es una temeridad, así que, el viernes anterior uno dice: "¡Pero si la boda es el fin de semana que viene!", viene a la tienda y se compra el traje. Por esta regla de tres, el sábado de la semana anterior a la ocasión especial (o sea, mañana) va a ser el infierno del perfilamiento, entre otras cosas, para mí.

Así que hoy ya he empezado a estar demasiado ocupada como para centrarme en la lectura. Por suerte, el libro de Manguel ha perdido interés. Ya me suele pasar que, según en qué momento coja uno un libro, me entra más por un lado que por otro y a mí, ahora que estoy en plenos pinitos obsesivos de escritura, me ha entrado por el lado que más me tocaba: el de la historia del señor con la muerte pensada de la que les hablaba ayer. Una vez acabado este famoso capítulo noveno -el del hallazgo de la referencia, el que me hizo llenar un trozo de papel de nombres de autores y pasarme ayer por La Central a buscar el Malraux (que no tenían)-, el estudio de Manguel se pierde un poco en parloteos sobre diferentes ideas, más o menos interesantes, tanto sobre las historias homéricas como sobre el mismo Homero.

Salvando los capítulos dedicados a la distinción entre los libros que instruyen y los libros que acunan -con menciones al Werther, de Goethe-, y al "Ulises" de Joyce, los demás van haciendo hincapié en temas que, a mí, ni fu ni fa. Por ejemplo, hay uno titulado "Madame Homero" en el que se presenta con todo detalle la teoría de Samuel Butler según la cual Homero fue una mujer. Griega, para más señas. Ha sido leer esto y pensar yo: "Y ¿a mí qué? ¿No habíamos quedado que quién fuera Homero, si realmente fue un quien y no un quienes, no tiene la menor importancia?" Además está el tema: ser mujer o no serlo. A mí me importa un pito ser una mujer. Me importa tan poco que si la femineidad fuera un club, entendería perfectamente que me echaran por falta de interés.

Pues más o menos en ese capítulo estaba cuando ha entrado en la tienda una mujer muy metida en un papel de mujer históricamente mal entendido, de una estrogeneidad aberrante que se veía potenciada al ir acompañada de un marido sumiso, mero personaje acatador de órdenes, sufridor de broncas y pagador de camisas -porque, eso sí, las camisas las pagan ellos-. No estoy exagerando: la señora en cuestión le ha metido un sermón de padre y muy señor mío a su marido por no entrar en un polo talla XL. Después de un par de reproches salidos de tono verbalizados en forma de "¿Ves? Has engordado. ¡Has engordado!", me ha mirado con cara de disculparse no por sus berridos sino por su "él" gordo. Y me ha sabido muy mal decirle que no me quedaban XXLs de ese modelo; ha sonado como si en realidad le dijera a él: "¡Es que has engordado tanto que te has salido del tallaje!". A lo que ella seguramente me habría respondido con un mamporro alegando que a su "él" sólo le grita ella, que para eso es suyo.
Aún estaban éstos saliendo de la tienda cuando ha entrado una pareja mucho más joven. Él ha preguntado: "¿Tenéis corbatas azules?". "Azul eléctrico, el traje es azul eléctrico", ha dicho ella marcando mucho el "eléctrico" (en este momento me he sonreído porque un rato antes había entrado una señora preguntándome por los polos azul galáctico). Les he acompañado a las corbatas. Él ha cogido una y ha dicho "Ésta", ella se la ha quitado de las manos diciendo "esto no es eléctrico" y me la ha dado. "Pues es todo lo que tenemos", he dicho yo. Y se han ido. Y he vuelto a la señora Homero.

Según Butler, Homero sólo podía ser una mujer, entre otras razones irrefutables porque creía que un barco tiene un timón en cada extremo (como puede verse en el Canto IX de la Odisea) y que un halcón puede desgarrar a su presa en pleno vuelo (según lo que explica en el canto XV). O sea, para Butler, es absolutamente imposible que el género femenino sepa algo sobre barcos y sobre halcones (o eso o lo que piensa es que es absolutamente imposible que cualquiera de los dos géneros sean capaces de permitirse una licencia artística en favor de la lírica).
Me gustaría a mí ver al tal Butler comprándose camisas acompañado de su señora.

Lo que vengo a decir es que ser mujer según los papeles que nos dan tanto los maridos a la hora de comprar ropa como los interpretadores de nuestras obras, no me interesa lo más mínimo. La historia esta de existir, ¿no va de trabajar, sacarse uno mismo las castañas del fuego, disfrutar y ser lo más libre posible? ¿Cómo es que a las mujeres se nos sigue pidiendo este tipo de actitudes? Y lo que es peor ¿cómo es que la mayoría entra al trapo de desempeñarlas? A mí me gustaría quedarme tranquila con mis licencias líricas y que no esperen de mí ni que elija por nadie ni que grite a nadie por unos kilitos de más. De hecho me gustaría que nunca, nunca me presupusieran nada por el hecho de ser una chica.

dijous, 12 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 4. Jueves

Creo que, si en ese momento hubiera sido sólo el jefe, habría sido mucho más tajante y me habría prohibido leer en la tienda. Pero era también mi hermano, así que sólo me dijo que si leía, lo hiciera con disimulo.

Eso pasó ayer, cuando yo estaba aún a vueltas con la Recherche. Fue decírmelo y ponerme yo a buscar la manera física de leer con disimulo, pero un rato después, no pude evitarlo, me puse a buscarle el sentido implícito a la semiorden/petición/consejo de mi hermano.

Lo que él quería decir es que yo estoy allí trabajando y cuando uno trabaja se supone que no puede perder el tiempo (ni siquiera buscándolo con Proust, ¡jojojo!) . Vale que leer la Recherche (según cómo se lea, claro) no es lo mismo que hacer sudokus pero es verdad que a mí últimamente sólo me estaba incitando a la contemplación o (¿a quién quiero engañar a estas alturas?) al avistamiento de musarañas, actividad de muy muy poco provecho tanto para la tienda como para mí.

Lo de la poca productividad para la tienda -una vez que he abierto, he encendido las luces, me he recuperado del susto de los maniquíes, he encendido la caja y me he dado una vuelta de perfilamiento-, si no entra nadie, no tiene remedio. Pero lo de conseguir optimizar el beneficio de la lectura, sí. Así que esta mañana, mirando el "A la sombra de las muchachas en flor" encima de la mesa, al lado de mi bolso, me he armado de valor y le he cantado mentalmente aquello del "hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo", lo he apartado sin ningún miramiento y he metido en el bolso "El legado de Homero", de Alberto Manguel.

Reconozco que lo he hecho un poco a ciegas. Reconozco que tengo ese libro simplemente 1) porque es de Manguel y 2) porque contiene en sus primeras páginas sendas sinopsis de la Odisea y la Iliada, al más puro estilo de "episode guide" de serie de culto. Y yo, la Odisea sí pero la Iliada no me la he leído.

Total que a media mañana, escondo el libro entre la caja registradora y el mostrador y muy disimuladamente me pongo a leer.

Debo poner aquí al lector en antecedentes para que entienda el por qué de lo provechoso (esta vez sí) de mi lectura: Yo, desde hace años, tengo una historia en la cabeza. No tengo ningún problema en explicarla aquí porque la historia, casi, es lo de menos: lo que me ha tenido entretenida y me ha dado grandes satisfacciones estos últimos años ha sido imaginarla y reimaginarla, sin más. Es la historia de un señor que, ya que va a tener que morirse como todos los señores, decide que no puede morirse de cualquier manera. Digamos que se pasa la vida buscando la manera de dignificarse por medio de su propia muerte, así que desde bien temprano, decide no dejarla en manos del destino.

Volvamos a la tienda. Estoy (con toda la discreción de la que soy capaz) leyendo el libro de Manguel sobre Homero, cuando llego al noveno capítulo, en el que Manguel reflexiona sobre la influencia de Homero en la obra de Dante, entre otros, y leo: En Homero, los muertos surgen en tropel y los hombres llegan y se van como las hojas; lo que subraya el poema es la naturaleza cíclica de las sucesivas generaciones. (...). A las ideas de cambio perpetuo y de cantidad infinita, Dante añade la del destino individual, el de cada hoja que llega a su propio final particular, una tras otra. (...). Dante insiste en que el verbo morir debe conjugarse siempre en la primera persona del singular (...), otorgando a cada hoja y, como consecuencia, a cada alma, un movimiento voluntario. La muerte es el fin que se nos ha asignado, parece decirnos Dante, pero es también una acción de la que somos responsables. Que todos hemos de morir es algo que está decretado, pero el acto de morir nos corresponde a cada uno individualmente. He perdido toda compostura, he cogido el bolígrafo de firmar recibos de Visas, y me he puesto a subrayar a la vez que a hacer una lista de próximas lecturas provechosas en los ratos de tienda (Manguel habla aquí de Homero y de Dante, pero también de Virgilio y Malraux), que me servirán de documentación para mi propia historia, la del señor de la muerte dignificadora que les contaba.

Lo malo es que la edición que tengo de "La divina comedia" es aquella ilustrada por Barceló que hace unos años publicó Círculo de Lectores y ésa, hermano, jefe, ésa sí que no sé cómo voy a esconderla.

dimecres, 11 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 3. Miércoles

Paso una media de 3-4 minutos al día esperando al metro para volver de la tienda a Barcelona y, como esos minutos me pillan justo en el momento de descomprensión, suelen ser todavía una especie de prolongación de la actitud contemplativa que explicaba ayer.

Así que hoy andaba yo todavía (por vicio) en plena búsqueda frenética del detalle que acaparara mi atención, cuando me he fijado en que todos los bancos de aquella estación de metro están simplemente atornillados a la pared menos uno, que tiene patas. Los he vuelto a repasar con la mirada y efectivamente: aquél, además de estar atornillado a la pared, tiene patas. Mi reacción inmediata ha sido mirar bajo el banco en el que estaba sentada y levantarme: El banco con patas me ha hecho desconfiar del resto del bancos, incluído el mío, que sólo estaba atornillado a la pared.

Habría ido a sentarme al banco con patas (lo necesitaba: llevaba toda la mañana sin ver una silla en la tienda), pero estaba en el andén contrario, así que me he quedado esperando al metro de pie pensando por un lado: "Estás haciendo el idiota, Isabel. Lo que pasa es que a ese banco no lo aguantaban bien los tornillos y lo han tenido que apuntalar". Y diciéndome por otro lado: "No, no, ese banco deja en evidencia la poca seguridad de los otros, basada en un puro cúmulo de circunstancias que puede fallar en cualquier momento. El de las patas ofrece mucha más confianza. Es un banco con fundamento".

Toda esta reflexión me ha dado pie a elaborar toda una señora teoría, si no vaya porquería de reflexión. El metro ha llegado y yo, por fin sentada, he pensado que la vida a lo mejor consiste en buscarse unas buenas patas sobre las que apoyarse con seguridad; que cuando se nace, lo único que se te da son unos tornillos provisionales con los que ir tirando hasta que ya se tiene unas buenas patas más o menos colocadas y listas para aguantar el peso en el momento en el que las cosas que uno conoce empiezen a tambalearse (que lo harán), y no acabar así dando con los huesos en el suelo.

Eso me ha hecho pensar, como siempre, primero en el pasado: la de veces que han ido a dar mis huesos con el suelo y las patas que me he ido construyendo; y luego en el futuro: en cuántas veces más me tendré que dar la gran hostia para descubrir que necesito más patas y ponerme manos a la obra.

Después de eso, he estado trabajando en algo más relacionado con mi otro trabajo (que ya no sé si es el de verdad o si sólo está atornillado a la pared y acabaré cayendo de culo con él y con toda la cacharrería), me he tomado un par de cervezas con mis amigos (porque, señores: hay vida después de la tienda), he llegado a casa y he visto en Can Luri, ese gran blog apuntalador de bancos inestables, este esquema sobre la necesidad imperiosa de hacerse con unas buenas patas, por mucho que uno piense que no las necesita.

(A veces acabo este tipo de posts y me da por pensar si lo mío no será la autoayuda y la charlatanería. Pasta dan, oye).
Dietario de la tienda
Día 2. Martes

Abrir la tienda no presenta grandes complicaciones: alarma, no hay. Simplemente hay que llegar a tientas hasta el cuartito, encender las luces, procurar no asustarse demasiado al ver de repente los dos maniquíes que hay justo enfrente del mostrador (y dar las gracias por haberlos sabido esquivar al entrar a oscuras), encender el ordenador, responder “Aceptar” a los cuatro o cinco errores que te da el programa de caja al arrancar y listo. Se me ha olvidado poner la música, lástima.

A los diez minutos de abrir, entra una pareja con la intención de comprar una chaqueta para el señor. No hay de su talla así que les aconsejo que no se vayan sin mirar las americanas y les hablo maravillas de los tejidos de verano y las rebajas de las que disponemos. Compran una. Son las 10.15. A esto es a lo que yo llamo empezar el día triunfando.

Creo entender un poco el ego subido del que gozan y alardean algunos vendedores de los de toda la vida. Si yo, en dos horas (ayer) más quince minutos (hoy) de profesión, he convencido a un matrimonio de que lo que realmente necesitaba no era una chaqueta sino una americana –piensen que seguramente ellos debían de llevar una semana o a lo mejor todo un mes (“en agosto, cuando estés de vacaciones”) decidiéndose a ir al centro comercial con la idea fija de comprar una chaqueta de un color concreto para que hiciera juego con unos pantalones específicos del armario del señor-, imagínense ustedes el típico respetable ferretero con cuarenta años de experiencia a sus espaldas que te ve bajar los ojos en señal de ignorancia cuando te pregunta desafiante “¿De qué número quieres los tornillos?”. Debe de sentirse Dios.

Para celebrar mi triunfo, entro en el cuartito y saco del bolso el volumen 2 del tiempo perdido de Proust. Una hora después, tras haber intentado practicar mi actitud contemplativa ante distintos elementos decorativos de la tienda (dos armaduras pequeñitas, una moto pequeñita, un póster de unos puros habanos enormes, tres serigrafías en distintos colores de tres scooters y un astrolabio de tamaño normal –Nota mental: escribir un día sobre todo esto-), me descubro rabiosa perdida por la tirria que me produce el joven Proust de “A la sombra de las muchachas en flor”. Cuenta en el libro que había días en los que él se llevaba a su habitación una ramita de manzano y se la quedaba mirando durante horas. Horas que describe como momentos de gran placer: empezaba de noche y se le hacía de día y aún no había acabado de examinar las yemas, cada nudo y cada incipiente capullo de la rama en cuestión.

Abandono el astrolabio, última parada de mi fallido recorrido contemplativo, y paseo mi mirada por los estantes de la tienda en busca de algo que me provoque el embobamiento de manera más eficaz. No lo encuentro pero descubro que la pila de polos de rayas está inclinada. Recuerdo que mi jefe había utilizado el término “perfilar” para referirse a una de mis obligaciones de dependienta: la de hacer columnas perfectas con camisas, jerséis, camisetas y polos. Me pongo a ello. Saco el montón de polos de su estante, los pongo en el sofá, los doblo todos exactamente igual, los coloco unos sobre otros formando una torre perfectamente recta, cojo la torre, vuelvo al estante, subo los brazos y se me cae encima. Repito el perfilamiento desde el paso uno. Esta vez lo consigo. Vuelvo al mostrador, miro la torre desde la distancia y creo volver a sentir el aura triunfal que desprende mi persona.

Entra un cliente. Estira el brazo hacia los polos y saca el del medio. Lo desdobla, lo mira, lo vuelve a doblar sin ni siquiera mirar cómo están doblados sus hermanos, y lo encaja como puede en la parte superior de la torre. Me dice buenos días y se va.
El cliente aún no ha acabado de salir de la tienda y a mí ya me ha venido a la cabeza la historia de Sísifo. Todavía lo estoy viendo alejarse por el pasillo del centro comercial y ya he concretado en mi pensamiento el libro “El mito de Sísifo”, de Albert Camus. Ya he salido de detrás del mostrador (estoy a medio camino entre éste y el estante de los polos) y ya pienso en el principio de aquel libro: Camus reflexiona a lo largo de unas cuantas páginas sobre el que, a su parecer, es el único problema filosófico realmente serio: el suicidio.

Me detengo, giro en redondo y vuelvo al mostrador, a Proust y a mi búsqueda particular de lo bonito de ver: No puedo permitir que ciertas ideas empiecen a rondarme antes de, como pronto, el día 10.

dimarts, 10 d’agost de 2010

Dietario de la tienda.
Día 1. Lunes

Pensaba que iba simplemente a que mi hermano (a partir de ahora, el jefe) me diera unas cuantas instrucciones, me enseñara dónde estaban las cosas y me pusiera un poco al día de su vida (no nos habíamos visto desde hacía igual un par de meses pero eso, ahora que es el jefe, ya no importa. Bien, a mí sí pero no para lo que les quiero explicar). El jefe en cambio ya contaba con que me quedara mis cuatro horas, dos de ellas sola mientras él se iba a comer.

No sé si es un despreocupado o si es un inconsciente.

El caso es que me quedo sola entre centenares de pantalones, camisas, camisetas, corbatas y zapatos (náuticos entre ellos, sí). Me doy una vuelta mirando modelos, colores, mangas largas y mangas cortas, botones y gemelos. Vuelvo a la caja-ordenador. Miro el correo. Encuentro un mail de una editora que me propone una reunión para el miércoles por la tarde. Pienso en mi otra vida, la del trabajo de hablar por teléfono, de concertar citas, de pensar y de leer libros (esto último, opcional pero mejor si lo hago). Leer libros. Entro al cuartito y saco de mi bolso una biografía de Nietzsche. La abro sobre el mostrador. Pienso con tono coquetón: “¿Qué hace un libro como tú en una tienda como ésta?” Y me río sola. Eterno retorno, hombres dinamita e inversión de la moral. Se puede ir por la vida sin todo eso, definitivamente. Sin camisa, no; sin camisa no se puede ir. Me quedo un rato mirando al vacío, pensando sobre hasta qué punto la filosofía tiene sentido pleno sólo para unos pocos que han decidido o no pueden evitar preguntarse cosas. Quiero decir, como diversión está bien. Incluso como método eficaz para acabar volviéndose uno loco. Incluso como trampolín si quiere uno acabar siendo famoso y respetado en un círculo ridículamente reducido de gente con fama de estar locos.

Vuelvo a mirar el mail. Nada.

Miro el blog. Un comentario nuevo. Decido que escribiré un dietario de mis dos semanas en la tienda. Decido que no será una cosa cómica porque sería demasiado fácil.

Entra una señora. Va directa a los pantalones chinos, los beige de verano. Coge uno, se lo mira. Coge otro, se lo mira. Coge el anterior, lo pone sobre el otro, me mira. "¿Sólo tenéis estas tallas?" Sí; son rebajas y no estamos reponiendo porque entrará la ropa de invierno. Dice que es imposible que esa que tiene en la mano sea una talla 42. Me acerco, miro la etiqueta de papel (42), miro la etiqueta de tela cosida al pantalón (42). Le digo que sí, que es una 42 porque ahí lo pone. Los argumentos en una tienda de ropa son así de aplastantes. Me dice que su marido tiene una 42 y que ese pantalón es demasiado pequeño, que su marido ahí no entra y que, por lo tanto, no puede ser una 42. Los argumentos en un matrimonio son así de aplastantes. Le pregunto si no puede venir su marido a probárselos. Me dice que no, que está trabajando. Mientras tanto me he fijado en que el pantalón lleva una alarma. Yo le he preguntado al jefe si las cosas llevaban alarma y me ha dicho que no. No sé dónde está el trasto de quitar alarmas ergo no puedo dejar que se lleve ese pantalón o descubrirá que soy novata cuando me ponga a llamar al jefe para preguntarle por el trasto. Si descubre que soy novata, pensará que no tengo ni idea de tallas (probablemente hasta piense que tampoco tengo ni idea de maridos, pero esa es otra historia), se irá convencida de que ésa no es una 42 y, si su marido no cabe en los pantalones, volverá a la tienda con cara de triunfo exigiendo que le devuelvan su dinero. Me tranquilizo cuando me dice que volverá por la tarde con unos pantalones de su marido para medirlos con la supuesta talla 42. Le digo que será lo más fácil, que seguramente yo no estaré pero que mi jefe sí y que ya le dejo el recado de que vendrá una señora con unos pantalones para medir. Se va. Vuelvo al mostrador y miro todos los cajones buscando el desalarmador. No lo encuentro. Vuelvo al libro.

El relato sobre la vida de Nietzsche, hasta entonces muy centrado en la evolución de su pensamiento, de repente, se ha puesto telenovélico. Nietzsche aún está vivo. No soy capaz de decir, por lo que leo, si se ha acabado convirtiendo en un vegetal o si simplemente es más Nietzsche que nunca. Su hermana se dedica a hacer un archivo de su obra y, de paso, a hacer transcender la imagen de que, sí, decía cosas interesantes pero también que había estado loco toda su vida y que había sido un ser ruin, ruin, ruin, (chauvinista, racista y militarista, según Rüdiger Safranski, el autor del libro).

-¡Quiero el cinturón marrón del maniquí!

Levanto la cabeza y me encuentro con dos tipos arios. Me asusto. No les había oído entrar. Parecen sacados de Funny Games, la peli de Haneke, así que pienso que podría ser peor: podrían estar pidiéndome una docena de huevos en vez de un cinturón. Apunte mental: preguntarle al jefe si hay algún botoncito de alarma escondido debajo del mostrador. Les acompaño al maniquí, aparto la chaqueta y ven que el cinturón no es marrón del todo: tiene una tira de punto roja cosida a lo largo.

-No. Si no es todo marrón, no.
-Pues no es todo marrón.
-Qué pena.

Se van. Vuelvo al libro. “Yo lo que quiero es quererte y que tú me quieras y lalalá". Nota mental: Preguntarle al jefe si puedo cambiar la música. Repaso la lista de canciones que me acompañará durante la hora y media que me queda en la tienda. Durante las dos semanas que me quedan en la tienda, seguramente. Me dedico un rato a escuchar las letras y a intentar averiguar por qué alguien ha decidido que ese ritmo, ese mensaje, incita a la gente a consumir. ¿Bloquea el pensamiento práctico? ¿Crea una especie de insatisfacción radical en la vida sólo solucionable a base de llenarte el armario de camisas? Entra una señora con un bebé dormido.

-Uy, bajo la música que se despertará.
-No, no hace falta, no te preocupes.
-No cuesta nada, mujer.

Me compra dos camisetas para su marido en señal de agradecimiento por mi consideración. Sí: la música, si sabes utilizarla, es un arma efectiva.

Vuelve mi jefe. Me da las llaves para que abra yo la tienda mañana. Me voy a mi casa. No le he preguntado ni por el desalarmador ni por el botón de emergencias escondido ni si tengo que desconectar algún otro tipo de alarma cuando abra mañana. pienso que mis preocupaciones se centran en señales auditivas. ¿Andaré falta de estímulos sensoriales últimamente?

Me veo dando explicaciones a los agentes de seguridad del centro comercial.

dilluns, 9 d’agost de 2010

(De cuando diciendo rubia quiero decir cualquier otra cosa)

J. ayer me dijo que era muy injusto pero que las tías rubias lo tenemos muy difícil. Y yo pensé: Joder, y tan injusto: para empezar, yo no soy rubia. Ni siquiera me creo rubia. Hay gente que me trata como si fuera rubia, sin ningún tipo de miramiento, pero yo todo lo padezco como la castaña que soy. Piensan: "Esta rubia lo que se merece es esto" y esperan de mí reacciones de rubia. Y yo, claro, llega un momento en que lo único que sé hacer es quedarme en mi casa sufriendo como sólo sufren las castañas. Igual, si fuera rubia de verdad, no sufriría tanto.

Sí que es injusto, sí.

dissabte, 7 d’agost de 2010

(De la navarridad en cuanto a los sentimientos)

¿Tienen ustedes la idea en la cabeza de que los vascones (los que somos hoy día los descendientes de los vascones de la época romana y de la de Amaya, o sea de ésta y de ésta) somos, por lo general, fríos y poco dados a mostrar nuestros sentimientos? Pues están ustedes en lo cierto.

Les cuento una anécdota con la que lo verán claro. Se había muerto mi abuelo. Yo estaba en el funeral al lado de una tía. Se acercó una vecina, le dio un beso a mi tía, fue a dármelo a mí y yo estaba con la cabeza gacha, llorando como una descosida. Mi tía me cogió la cabeza, se la arrimó a la cintura y se disculpó con la vecina: "Perdona, es que se ha emocionao". Y yo me sentí mal por haberme "emocionao", tanto que aún lo recuerdo.

Yo no sé si ser así es bueno o malo, sólo sé que somos así, como mi tía escondiendo mi cara, mi vecina sorprendiéndose de que yo llorara y yo avergonzándome por hacerlo. Y serlo nos sirve para saber con quién podemos y con quién no podemos contar. Y también sé que ser así, cuando no estás allá, supone a veces un gap cultural como una casa. Me explico.

Un vascón se imagina cuándo un amigo está mal. Y, por lo general, sin preguntarle si está bien o cómo lo lleva o un simple qué tal, acierta. ¿Se han fijado que en la Vasconia actual la gente se saluda con un "¡Aupa!", que es como un "¡Arriba!", en vez de con un "Hola"? Es por si acaso. A partir de esta primera toma de contacto, un vascón ya va viendo cómo está el amigo por medio de detalles, comentarios, una mala cara, un cambio de tema o simplemente porque alguien de la cuadrilla le ha contado la historia. Esto también es importante: cuando un vascón le cuenta algo que le ha pasado a alguien de su cuadrilla, inmediatamente, toda la cuadrilla lo sabe a no ser que el vascón haya pedido discreción. A mí, cuando vine a vivir a Catalunya, me costó bastante acostumbrarme a tener que ir explicándome con todo el mundo si quería que alguien me apoyara en caso de necesitarlo; hasta hace poco, me comía mis depresiones yo solita y ahora, para evitar esto, peco de exceso -explico hasta a quien no debería explicar- por miedo a quedarme sola en casa sin que suene el teléfono.

Aún recuerdo un día que mi amiga G., de Barcelona, muy seria me dijo al despedirse de mí: "¡¡Y haz el favor de llamar si estás mal!!"

¿Ven el gap cultural?

Voy a llamar ahora mismo a A., que mi amigo J., de la cuadrilla, me ha mandado esta mañana un mensaje diciéndome que anda tristona.
Mi hermano necesita que le echen una mano en la tienda: Voy a pasarme dos semanas trabajando unas horitas diarias en un centro comercial.

Él se piensa que sólo voy a vender ropa, yo no paro de pensar en el material que me puede proporcionar la experiencia, para mi particular estudio sobre esta gran antropología del absurdo que me he empeñado en hacer.

No te preocupes, J., seré educadísima, simpatiquísima y atentísima. Nadie notará que estoy tomando notas.
Recuerdo que hace tiempo nos dio por jugar a una cosa muy nazi: elegíamos un punto geográfico, elegíamos una dirección, hacia el norte o hacia el sur, y toda la zona comprendida en nuestra elección desaparecía, se esfumaba. El juego tenía sus variantes: si no nos apetecía pensar demasiado, elegíamos sólo un país (no sé por qué Italia era uno de los más recurrentes); si estábamos enfadados con alguien, elegíamos sólo el barrio donde vivía ese alguien.

Era un juego de tarde de terraza de bar o de estar tirados en la hierba. Siempre empezaba con una pregunta, que solía hacer quien ya tenía pensada una zona o una persona a eliminar: "¿Jugamos a los nazis?". "Vale". "Punto geográfico: Tudela. Dirección: Sur".

No les he explicado que la desaparición de toda una zona implicaba que desaparecía TODO lo que había en aquella zona: personas, monumentos, historia, eventos futuros... Todo.

Entonces empezaba el debate: "¡Noooo, que fulanito se ha ido de fin de semana a Madrid!" "Pues lo siento". "Pero tía, ¡que nos quedamos sin el piso de Biarritz!" (los padres de fulanito tenían un piso en Biarritz). "Hombre, no pretenderás cargarte más de medio mundo y que no te afecte...". La cosa acababa estando llena de daños colaterales (los campamentos de verano, la Alhambra, los primos extremeños, Silvio Rodríguez -no pregunten, estábamos en esa edad-...), una vez elaborada la lista de los cuales, decidíamos si los asumíamos o no, o sea, si seguíamos adelante o no con nuestro plan de exterminio radical.

Visto ahora, este nuestro jueguecito particular me hace pensar que -aparte de ser unos bestias- no estábamos haciendo con él más que entrenarnos para algo que nos empezaba a preocupar: la toma de decisiones en la vida. Debíamos de estar entrando en plena postadolescencia y habíamos empezado a intuir que teníamos que empezar a hacer algo con nuestro futuro; que teníamos que empezar a definirnos. De una manera muy embrionaria sabíamos que esta autodefinición comportaría el ir dejando cosas por el camino. Y que este ir dejando cosas por el camino (ay, el piso de Biarritz), a veces, dolería, pero debíamos hacerlo si queríamos seguir adelante. Simplemente empezábamos a reaccionar sin saber ante qué reaccionábamos, de una manera instintiva: éramos como cachorros que juegan a pelearse y a cazar.

No sé por qué me he despertado pensando en esto precisamente hoy. Puede que esté en pleno proceso de hacer limpieza de aquello que ya no me aporta nada y que me tengo que quitar de encima para ir un poquito más ligera... Seguramente sí. Es lo que tiene el tener unas larguísimas vacaciones y el estar más que aburrida de ciertas cosas que ahora no les voy a contar.

divendres, 6 d’agost de 2010

Sólo uno de mis novios me ha regalado joyas: J.

Yo rondaba los 20 y él, los casitreinta. Era de Barañáin, había dejado de estudiar a los 14 años y trabajaba en una fábrica de un polígono de las afueras de Pamplona. Tenía coche, vivía solo y le encantaba coger la tienda de campaña y llevarme de fin de semana por ahí, al monte. O sea, el tío reunía todas las condiciones para darle un mal rollo a mi madre total.

Nos conocimos porque yo daba clases particulares de inglés a su hermana. Un día, llegué a su casa con mi libreta y mis ejercicios preparados, toda mona, y me encontré con que A., mi alumna, no estaba. J., sí. Me dijo que no sabía dónde andaba ella y que nos bajáramos al bar, que me invitaba a una cerveza, hasta que ella llegara. Me invitó a una cerveza y a dos. A. no llegó. Al cabo de un par de horas, le dije que me tenía que ir, que se me iba a pasar la última Villavesa. Me dijo que él me llevaba a casa en coche. Parados delante de mi casa, me preguntó cuándo tenía la próxima clase con su hermana y me dijo que, cuando acabara, me estaría esperando en el bar.

Empecé a llegar tardísimo a casa los martes y los jueves de semanas alternas (las que él no estaba de turno de tarde). Mi abuela dio la voz de alarma a mi madre, que por entonces ya vivía en Barcelona. Mi madre me interrogó primero por teléfono y después en persona, mientras me cogía de la muñeca y lanzaba miradas a mi pulsera de oro nueva. Que si qué estudia, que si pero cuántos años tiene...

Veredicto rotundo materno: persona non grata.
Condena: nada de escapaditas de fines de semana, nada de trasnochar entre semana y la pulsera, se la devuelves.

Veredicto filial: Jopé, mamá, qué clasista eres.
Condena: desinformación total al respecto: a partir de ahora, siempre que tu hija llegue tarde o no venga a dormir, será porque está con las amigas.

La historia con J. terminó al poco tiempo. Lo cambié por alguien con horarios más compatibles con los míos y con conversación más de apuntes, fiestas de piso y campanas en el Faustino, y menos de rollo sindical, accidentes laborales e hipoteca. ¿Qué quieren? Yo tenía 20 años, me gustaba leer y enviaba, indignadísima, cartas a los Golem preguntando por qué no estrenaban tal o cual película que en Madrid sí que habían estrenado pero que a Pamplona no iba a llegar.

J. ha pasado a la historia como mi único novio proletario y el único que me ha regalado joyas, así que yo he acabado juntado los dos rasgos en mi cerebro y creando una conclusión por oposición a ambos: los novios intelectuales no te regalan joyas, pudiendo formularse esta máxima también en términos contrarios: los novios proletarios regalan joyas.

Hoy, leyendo esto, he añadido una coletilla a mi conclusión: los novios proletarios regalan joyas y los pretendientes muy muy ricos también, a ver, no te van a regalar un libro siendo tú modelo y muy muy rica también.

No sé, al final va a resultar que la clasista soy yo.

dijous, 5 d’agost de 2010

Ya, sí, bueno, interrumpo mi silencio y me olvido de mis vacaciones por un momento, pero es que tengo algo que contarles que me enorgullece bastante.

Yo cuando tenía 9 años, estaba enamorada de éste:



"Claro, qué lista", dirán. Pero tiene su mérito: 9 años son muy pocos para estar enamorada de Steve McQueen. Y menos que me parecen si pienso que, para entonces, no creo que mi padre me hubiera dejado aún ver ya ni "La gran evasión" ni "Papillon" ni "Le mans". Así que sospecho que me enamoré de él a base de ver fotos suyas en el Hola o el Semana (los únicos vicios de mi abuela según ella misma) y que acabé de mitificarlo hasta el infinito el día que murió, cuando yo tenía 8 años, que ya por entonces andaba yo un poquito obsesionada con la idea de la muerte (según mi madre).

Tengo pruebas de mi enamoramiento: hay una foto en la que salgo yo sentada en la cama de mi habitación de entonces. Llevo un vestidito azul con pechera de nido de abeja y, en la pared, en la cabecera de mi cama, hay un póster suyo que yo había pegado de manera muy muy chapucera dentro del marco de un retrato que un pintor callejero me había hecho en Benidorm. (Que me expliquen por qué íbamos de vacaciones a Benidorm y por qué mis padres pagaban por ese tipo de arte, por favor).

Luego, recuerdo ver sus películas y enamorarme aún más y pensar: pero qué ojo tengo...

Diez años después, hacia los 19, me enamoré de este otro tipo:



Ya. En esta foto está todo embarrado y sucio pero miren esta otra:



... yaaa; demasiado querubín.
¿Y esta otra?



¡Inmenso!

He estado viendo las dos exposiciones de su obra que hay estos días en Barcelona; primero la del Santa Mònica y después la del Caixaforum. Y viéndolas, no sólo he quedado convencida del buen ojo este que les decía que tengo desde pequeña (pregúntenle al artistaabans, pregúntenle, que me ha preguntado delante de la foto del Barceló joven: "Era guapo ¿eh?" y yo le he dicho; "Y lo es, y lo es...") sino que además he vuelto a convencerme de mi buen gusto artístico (perdonen la inmodestia) y me he dado bastante cuenta de paso, de que casi siempre me he fijado (platónicamente, se entiende, pero muchas veces en la vida real también) de gente que estaba yo convencida de que haría cosas grandes. Por ejemplo: a mi novio ecologista, cuando volvía de trabajar, siempre le preguntaba si había salvado ya el mundo, y se lo preguntaba totalmente en serio; mi amigo X. ha acabado haciendo un pepinazo de disco, con mi amiga M. me empeñé en empezar una relación epistolar que quedara para los anales de la literatura y con mi amiga G. fantaseamos con el libro sobre su vida y obra que haremos las dos juntas y que dentro de unos años deberá estar en todas las bibliotecas que cuenten con una buena sección dedicada a la haute couture.

Soy la típica pánfila que se enamora de la gente por su obra, que se cree a pies juntillas el "por sus hechos los conoceréis" y es capaz de volverse turulata por el "los" a nada que ha intuído por dónde irá el "sus hechos".

Y que, no sé, si encima voy a ver las exposiciones de "sus hechos" con cuatro amigotes y luego la tarde acaba en unas rondas de cervezas en las que empezamos haciendo una novela a diez manos y acabamos hablando de Arte, política y toros a un nivel que da a entender que tenemos todas las claves y todas las respuestas, entre platonismos y realismos, acabo yéndome a dormir creyendo que somos la élite de algo o la esperanza blanca de un mundo perdido y gris o qué sé yo qué.

Y todo esto por culpa de Barceló.

dimarts, 3 d’agost de 2010

Aquí ando, con un poco de nostalgia de cuando las cosas que nos tenían que maravillar sí o sí sólo eran cinco.



Qué perezaaaa.