dijous, 29 d’agost de 2013

Thomas Mann. Discurso de aceptación del Nobel. 1929

Tras muchos años, el premio internacional de Estocolmo se ha vuelto a conceder al espíritu alemán, y en particular a la prosa alemana; a duras penas podrían hacerse una idea del agrado con el que este pueblo herido y tan a menudo incomprendido recibe semejantes muestras de simpatía mundial.
Permítanme que examine un poco más de cerca el significado de esta simpatía: todo cuanto se ha logrado en Alemania en el ámbito intelectual y artístico a lo largo de los últimos quince años se ha producido en un entorno adverso, en circunstancias poco favorables a la seguridad espiritual y material. No sólo ninguna obra ha podido madurar y perfeccionarse en un entorno seguro y confortable, sino que el arte y el intelecto han tenido que desarrollarse en condiciones intensamente problemáticas en general, condiciones más propias de la miseria, el tumulto y el sufrimiento, de un caos de pasiones casi ruso y oriental, ante el cual el espiritu alemán ha preservado el principio europeo y occidental de la dignidad de la forma. Pues la forma es una cuestión de honor para los europeos, ¿no es cierto?

Y sólo leyendo esto -y no digamos ya sus novelas- se ve clara la diferencia entre quien escribe para uno mismo y quien se sabe parte de un todo y escribe por y para ese todo, siendo ese todo el mundo, la historia, la literatura.

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