dijous, 2 de setembre de 2010

Dietario del pueblo rural. Día 3. Viernes. (Fin de la primera parte).

Me despierta el canto del gallo.

Dejo a los niños y a Cris aún durmiendo. No sé a qué hora subieron ayer a la habitación, debía de estar profundamente dormido. Veo la mesa de jugar a cartas, el cenicero lleno de colillas, los vasos de whisky y un sujetador colgando del respaldo de una silla y pienso: “Joder, vaya timba se montaron estos tres”. Dudo si enfadarme o no: por un lado, ayer me vino bien estar sólo con mis negros pensamientos los tres minutos que tardé en dormirme, por otro, me habían jurado que me avisarían la próxima vez que montaran un strip-poker y yo, con esa esperanza, había metido en la maleta mi traje de cabaretera de los años 30; yo, si me desnudo, me desnudo con gracia aunque sea en familia, aunque los críos se avergüencen de mí. Me pongo el traje de cabaretera, les dejo durmiendo y bajo a buscar a la alemana, seguro que ella sabe apreciar mi arte.

La encuentro en la recepción, con los guantes de malla puestos, arrimando una barra de acero al fuego de la chimenea. El gallo está encerrado en la cabina insonorizada. Digo buenos días.

-Buenos días. Ya sabía yo que bajaría usted solo. Con la que montó ayer su familia y los pocos pulmones que tiene ese pajarraco… No se preocupe que esto lo arreglo yo en un momento.- añade blandiendo hacia el gallo la barra candente.

Le digo que no hace falta, que les deje dormir, que estamos de vacaciones y que deje la barra a mano y el fuego encendido, que ya arreglaré yo luego cuentas con ellos.

Me propone que, mientras se despiertan, desayune con ella en la cocina. Con el café con leche delante, me dice que le gusta mucho mi vestido pero que me aconseja que me cambie de ropa antes de salir: hoy se celebra la fiesta medieval de los viernes y me augura problemas con el resto de las prostitutas medievales, que son muy territoriales. Le digo que no voy de prostituta medieval y le pregunto si realmente quiere que me lo quite, que, si a ella le gusta, estoy dispuesto a llevarlo todo el día (ya veré cómo hago para que no me linchen las animadoras putas) en agradecimiento a lo amable que está siendo con nosotros. Me dice que a ella le encantaría pero que tengo que entender que esa gente está trabajando y vive de las atenciones de su público y que no está bien que alguien de fuera venga para hacerles competencia directa.

-Pero a usted le gustaría que lo llevara.- Insisto.
-No hay cosa que me gustaría más, pero tengo que pensar en el buen ambiente de trabajo, el pueblo es muy pequeño y…

… y aquí le interrumpo para soltar mi discurso de qué pena me da que el trabajo acabe alienando así a la gente, que cómo puede una lesbiana alemana como ella renunciar a una vista tan agradable como la que tiene ahora mismo delante de sus ojos en pro del bienestar fingido de un equipo de gente y cerdos que, en el fondo (yo lo sé de primera mano), son sólo un puñado de infelices y una piara de individuos ególatras. Tengo que parar aquí porque la pluma de pavo real que llevo clavada en el moño ha caído hacia mi cara y me hace cosquillas en la nariz. Ella aprovecha el momento para abrazarme llorando, repitiendo: “Tiene razón, tiene razón, no se imagina lo duro que es ser la única lesbiana alemana en un pueblo como éste…”. ¿La única? Le pregunto por su novia. Me cuenta que hace un año se marchó a trabajar a Bilbao, a hacer un puente hiperdeslizante sobre la ría, con Calatrava, y que nunca más ha vuelto a saber de ella. Que desde entonces, una vez al año (o sea, una sola vez), ha recibido un ramito de violetas de parte de un desconocido y que no imagino cuánto tiene que agradecer a la canción ligera española en general y a Cecilia en particular por haberle enseñado otro modo de ver las cosas.

Me quedo un momento en stand by, repasando mentalmente toda la canción y concluyo que sí, efectivamente, tal como creía recordar, la ilusión de la que habla la letra es muy muy triste, pero, qué caray, si a ella la anima… Acabo el café con leche y salgo de la casa. Paso por la plaza. Ni rastro de la fiesta del día anterior. Salgo del pueblo. Llego al parking. Busco el todoterreno, abro la puerta, me remango el cancán, me siento al volante, cojo la carreterita de curvas y me alejo del pueblo rural pensando que ellos (mi familia) también se han saltado las normas, que dormirán todo el día y que no pienso regresar hasta la hora de cenar.
Dietario del pueblo rural. Día 2. Jueves. Fiesta mayor

Nos despierta el canto del gallo.
Nos vestimos, nos duchamos y bajamos a desayunar.

Busco a la alemana con la mirada. La veo en un rincón, con unos guantes de malla, sacando al gallo de una cabina insonorizada en cuyo interior hay un micrófono. Le está intentando desenrollar del cuello el cable de los auriculares, que aún lleva puestos (el gallo), mientras éste va repartiendo picotazos. Nein! Nein!, va gritando ella. Lanza al gallo a la calle con una mano y se queda con los auriculares y unas cuantas plumas en la otra. “Ah, ya se han despertado” dice mirándonos. “Perdonen por lo del gallo; es el único que tenemos en el pueblo, por eso es tan agresivo, el pobre, si hubiera otro canalizaría su furia hacia él, pero como no lo hay está a la defensiva con todo el mundo. La eterna gilipollez del macho alfa...” Se quita nos guantes y nos enseña el camino al comedor. Dice que en seguida viene, que tiene que ordeñar la vaca. Entra en la cocina y oímos que abre la puerta de la nevera. Desayunamos leche con pan, nos ponemos en el cuello los pañuelos azules que hemos encontrado junto a nuestros platos (lástima no haber visto antes la servilleta) y salimos a la calle. Es fiesta mayor.

En algún momento de la noche, alguien ha debido de colocar las banderolas que adornan de lado a lado la plaza mayor. Las banderolas, el escenario, el juego de luces, la mesa de sonido, los altavoces, los gigantes en la esquina, la tómbola, los autos de choque, el tiropichón y una noria. Atravesamos como podemos la plaza y nos disponemos a pasar la mañana en el río. Plantamos las toallas en las piedras. Los niños, un minuto exacto después de que su madre acabe de embadurnarlos con protector solar, deciden ir a bañarse. Les acompaño. Una torre de salvavidas, un tobogán gigante, las corcheras amontonadas de los últimos campeonatos de natación contracorriente, el chiringuito, las piraguas colocadas en paralelo boca abajo sobre las rocas, unos centenares de salmones que –evidentemente- se quedaron a medio camino durante el asombroso descenso de las aguas de hace una semana, los chalets de primera línea, la barrera de vendedores de coco y, por fin, el agua. (Nota mental: en próximas ocasiones, no ponerme los pies de pato hasta llegar a la misma orilla).
El pequeño se ha dejado el arpón en la toalla. Rabieta al canto. Se me pasa la rabieta, me quito los pies de pato (¡ja!) y, con uno en cada mano, emprendo el regreso.

Me cruzo con la familia vegetariana. Me dan la espalda. “¿Qué? A disfrutar del último bañito, ¿eh?”, digo. Intentan darme la espalda más aún, con lo que acaban mirándome de frente con cara de sorpresa. Estoy decidido a recuperar su simpatía, así que les explico en voz baja a los padres lo de los salmones, “no se acerquen, parece que ha habido una verdadera escabechina”, les digo. Se indignan conmigo y dicen no sé qué de tener el valor de utilizar las palabras salmón y escabeche en la misma frase. El crío pequeño me da una patada. Sigo mi camino hacia la toalla.
Llego. Mi mujer se sorprende de verme allí sin los niños, ve mi moratón en la espinilla y se asusta mucho. La tranquilizo diciéndole que sólo vengo a por el arpón. Abro el bolso y veo que también se había dejado las gafas, las bombonas de oxígeno y la cámara subacuática. No tengo manos para llevar todo. Me vuelvo a poner los pies de pato y vuelta otra vez para el agua.

Cuando llego, una hora más tarde, el pequeño dice que ya no quiere pescar. Ni pescar ni bañarse más. Le encasqueto las gafas y la boquilla de las bombonas de oxígeno, le pongo el arpón en la mano, le cojo la cabeza con la mano y la sumerjo. Lo aguanto cinco minutos debajo del agua y lo vuelvo a sacar. Ha pescado una trucha. “¿Ves, qué bien, tonto?”, le digo mientras le saco las tripas a la trucha y la lavo en el mismo río. Ahora vamos a comer y a ver cómo matan al cerdo. Noto en la cabeza una pedrada y alcanzo a ver cómo esconde la mano el niño vegetariano.

En la mesa de la fonda (restaurante, como lo llaman aquí). Le tiendo al camarero la trucha que ha pescado el pequeño y le pido que la cocine a la plancha y que nos traiga una ensalada y el pescado del día para todos. “Esto será lo más vegetariano que llegará a ser mi familia nunca”, le susurro con una sonrisa maliciosa a mi mujer. Me da un coscorrón en la herida de la pedrada que ella misma me ha cosido hace un momento. Saltan los puntos. Me los vuelve a coser, pero esta vez a mala leche. Me quedará cicatriz seguro. “Para que te acuerdes cada vez que te comas un chuletón”, replica ella cortando el hilo con los dientes, sin dejar de sonreír. Vuelve el camarero con la ensalada y cuatro truchas en una bandeja. “Quiero comer la mía”, dice el pequeño, “¿Cuál es la mía?” Delicado momento. No puedo permitirme un segundo de duda. “Ésta”. Le pongo la primera que cojo en el plato y le digo que coma. “Qué curioso”, susurra mi mujer, “hubiera jurado que era la que no lleva anilla de piscifactoría”. “Pues mira, no”, respondo rápidamente. Y cuela. Contundencia y decisión, son las cualidades de un buen cabeza de familia. Me como rápidamente la que ha pescado mi hijo (tres veces más pequeña que las de piscifactoría). “Mmmm, se nota que no es acabada de pescar. ¡Ahora, los postres!”. Como decía: Contundencia, decisión y fulminante cambio de tema.

La sobremesa se ha alargado tanto que se nos ha tirado encima la hora de la matanza del cerdo. El camarero nos dice que se hace delante de la iglesia. Nos acercamos hasta allá. Hay unas diez personas siguiendo atentamente los movimientos de un señor, que lleva un cuchillo en la mano; una señora, con un cubo de plástico; tres señores más, de manos vacías; y un cerdo. También hay dos taburetes y una plancha de madera colocada encima de los taburetes. Nos ven llegar, se quedan quietos mirándonos. Llegamos. “Bueno, empezamos, que ya estamos todos”. Dice el señor del cuchillo. Me pongo en primera fila. Tengo agarrada a mi hija, la mayor, de la mano. Veo que el cerdo se sube a la plancha de madera y se tumba de costado. Un señor le agarra de las patas delanteras, otro de las traseras y el tercero de la cabeza. La señora coloca el cubo debajo de su cuello. El señor del cuchillo le acerca la punta al cuello y pincha. Cae un hilo de sangre, el cerdo empieza a chillar, todo el mundo empieza a chillar, ya no se oye el grito del cerdo y han dejado de oírse también los alaridos de la gente. El señor del cuchillo levanta la cabeza y mira. El cerdo levanta la cabeza y mira. Los otros cuatro levantan la cabeza y miran. Noto que mi hija ya no está agarrada de mi mano, miro abajo, miro hacia atrás, no hay nadie. Todo el mundo ha salido corriendo. Miro al señor del cuchillo. “Pues hoy tampoco seguiremos con esto, no vamos a hacer todo el numerito sólo por usted…”. El cerdo se ha levantado de un saltito y la señora le está limpiando el hilo rojo que le resbala cuello abajo. Cerdo y hombres se van, la señora se sienta en uno de los taburetes lanzando un gran suspiro. Mira desolada el fondo del cubo de plástico vacío y retuerce entre sus manos el trapo con el que acaba de limpiar al cerdo. Me siento en el otro taburete. Le doy conversación.

-Del grupo de animación, supongo.
-Sí.
-Es que ¿nadie ha nacido en este pueblo?
-Yo, sí, también. Y el cerdo.

Doy un salto, me abalanzo sobre ella y le doy un beso. Busco al cerdo con la mirada para besarlo también, pero ha desaparecido. Pregunto a la señora por el corral en el que puedo encontrarlo.

-No vaya a buscarlo, no sacará nada de él: se ha convertido en una especie de divo insoportable a fuerza de ver cada jueves cómo la gente no puede soportar la idea de que muera.

Me cuenta que ella es la encargada del cuidado personal del cerdo y que la trata fatal. Que no hay nada peor que un cerdo engreído y que éste, es tan así que hace que todos los días le llenen el establo de margaritas. Que no me imagino lo difícil que es encontrar margaritas en pleno invierno. Que está harta de su vida, que nunca se hubiera imaginado, cuando era joven, que el pueblo acabara siendo lo que es ni que ella acabara participando de toda esta farsa, pero que al menos le dejan trabajar con su propia ropa, que el vestuario, al resto de los animadores les queda como una patada, que unas enaguas si no se saben llevar...

He aquí una mujer desgraciada, pienso. Recurro a empatía: le digo que para desgraciado, yo. Que me creía una persona normal y pacífica, pero que, el incidente del cerdo había abierto la puerta de un compartimento oscuro de mi cerebro. Que la perspectiva de la sangría, había despertado en mí tal avidez hemática que no puedo esconder la decepción que me produce mirar a ese cubo y verlo limpio. Que me horrorizo de mí mismo.

La señora me rodea los hombros con un brazo y, con la otra mano, me tiende el trapo con el que ha limpiado el hilo de sangre del cuello del cerdo. Lo cojo, le miro a los ojos con ilusión, saca una margarita del bolsillo del delantal y me la tiende también. Me meto las dos cosas en el escote, le doy otro beso y me alejo diciéndole que siempre la llevaré ahí, cerca del corazón. Voy a buscar a mi familia.

Los encuentro en la fonda, cenando chuletones poco hechos. Con señas, desde la puerta, indico a mi mujer que me voy a dormir. Esta noche no estoy para nadie.