dijous, 10 de febrer de 2011

Me cuesta Dios y ayuda leer a Caldwell.

Yo estaba más así acostumbrada a Fitzgerald y sus fiestecitas, vestidazos y roadtrips en chatarras rodantes. Fitzgerald es la resquebrajadura tras un maquillaje muy bien puesto y Caldwell es la profundidad oscura de la sima, el momento mismo en el que pierdes pie y descubres que hay aún más bajada cuando te parecía ya haber tocado fondo.

Y en éstas ando cuando va éste y me recuerda la música que vino después de uno y de otro...



... y manda directa al garete lógica de la consecutividad del hecho histórico. Ahí va el libro cayéndoseme de las manos, dejándome con un gran "de todo esto, hay algo que se me escapa" en la cabeza.

Qué gusto.