dissabte, 7 d’agost de 2010

(De la navarridad en cuanto a los sentimientos)

¿Tienen ustedes la idea en la cabeza de que los vascones (los que somos hoy día los descendientes de los vascones de la época romana y de la de Amaya, o sea de ésta y de ésta) somos, por lo general, fríos y poco dados a mostrar nuestros sentimientos? Pues están ustedes en lo cierto.

Les cuento una anécdota con la que lo verán claro. Se había muerto mi abuelo. Yo estaba en el funeral al lado de una tía. Se acercó una vecina, le dio un beso a mi tía, fue a dármelo a mí y yo estaba con la cabeza gacha, llorando como una descosida. Mi tía me cogió la cabeza, se la arrimó a la cintura y se disculpó con la vecina: "Perdona, es que se ha emocionao". Y yo me sentí mal por haberme "emocionao", tanto que aún lo recuerdo.

Yo no sé si ser así es bueno o malo, sólo sé que somos así, como mi tía escondiendo mi cara, mi vecina sorprendiéndose de que yo llorara y yo avergonzándome por hacerlo. Y serlo nos sirve para saber con quién podemos y con quién no podemos contar. Y también sé que ser así, cuando no estás allá, supone a veces un gap cultural como una casa. Me explico.

Un vascón se imagina cuándo un amigo está mal. Y, por lo general, sin preguntarle si está bien o cómo lo lleva o un simple qué tal, acierta. ¿Se han fijado que en la Vasconia actual la gente se saluda con un "¡Aupa!", que es como un "¡Arriba!", en vez de con un "Hola"? Es por si acaso. A partir de esta primera toma de contacto, un vascón ya va viendo cómo está el amigo por medio de detalles, comentarios, una mala cara, un cambio de tema o simplemente porque alguien de la cuadrilla le ha contado la historia. Esto también es importante: cuando un vascón le cuenta algo que le ha pasado a alguien de su cuadrilla, inmediatamente, toda la cuadrilla lo sabe a no ser que el vascón haya pedido discreción. A mí, cuando vine a vivir a Catalunya, me costó bastante acostumbrarme a tener que ir explicándome con todo el mundo si quería que alguien me apoyara en caso de necesitarlo; hasta hace poco, me comía mis depresiones yo solita y ahora, para evitar esto, peco de exceso -explico hasta a quien no debería explicar- por miedo a quedarme sola en casa sin que suene el teléfono.

Aún recuerdo un día que mi amiga G., de Barcelona, muy seria me dijo al despedirse de mí: "¡¡Y haz el favor de llamar si estás mal!!"

¿Ven el gap cultural?

Voy a llamar ahora mismo a A., que mi amigo J., de la cuadrilla, me ha mandado esta mañana un mensaje diciéndome que anda tristona.
Mi hermano necesita que le echen una mano en la tienda: Voy a pasarme dos semanas trabajando unas horitas diarias en un centro comercial.

Él se piensa que sólo voy a vender ropa, yo no paro de pensar en el material que me puede proporcionar la experiencia, para mi particular estudio sobre esta gran antropología del absurdo que me he empeñado en hacer.

No te preocupes, J., seré educadísima, simpatiquísima y atentísima. Nadie notará que estoy tomando notas.
Recuerdo que hace tiempo nos dio por jugar a una cosa muy nazi: elegíamos un punto geográfico, elegíamos una dirección, hacia el norte o hacia el sur, y toda la zona comprendida en nuestra elección desaparecía, se esfumaba. El juego tenía sus variantes: si no nos apetecía pensar demasiado, elegíamos sólo un país (no sé por qué Italia era uno de los más recurrentes); si estábamos enfadados con alguien, elegíamos sólo el barrio donde vivía ese alguien.

Era un juego de tarde de terraza de bar o de estar tirados en la hierba. Siempre empezaba con una pregunta, que solía hacer quien ya tenía pensada una zona o una persona a eliminar: "¿Jugamos a los nazis?". "Vale". "Punto geográfico: Tudela. Dirección: Sur".

No les he explicado que la desaparición de toda una zona implicaba que desaparecía TODO lo que había en aquella zona: personas, monumentos, historia, eventos futuros... Todo.

Entonces empezaba el debate: "¡Noooo, que fulanito se ha ido de fin de semana a Madrid!" "Pues lo siento". "Pero tía, ¡que nos quedamos sin el piso de Biarritz!" (los padres de fulanito tenían un piso en Biarritz). "Hombre, no pretenderás cargarte más de medio mundo y que no te afecte...". La cosa acababa estando llena de daños colaterales (los campamentos de verano, la Alhambra, los primos extremeños, Silvio Rodríguez -no pregunten, estábamos en esa edad-...), una vez elaborada la lista de los cuales, decidíamos si los asumíamos o no, o sea, si seguíamos adelante o no con nuestro plan de exterminio radical.

Visto ahora, este nuestro jueguecito particular me hace pensar que -aparte de ser unos bestias- no estábamos haciendo con él más que entrenarnos para algo que nos empezaba a preocupar: la toma de decisiones en la vida. Debíamos de estar entrando en plena postadolescencia y habíamos empezado a intuir que teníamos que empezar a hacer algo con nuestro futuro; que teníamos que empezar a definirnos. De una manera muy embrionaria sabíamos que esta autodefinición comportaría el ir dejando cosas por el camino. Y que este ir dejando cosas por el camino (ay, el piso de Biarritz), a veces, dolería, pero debíamos hacerlo si queríamos seguir adelante. Simplemente empezábamos a reaccionar sin saber ante qué reaccionábamos, de una manera instintiva: éramos como cachorros que juegan a pelearse y a cazar.

No sé por qué me he despertado pensando en esto precisamente hoy. Puede que esté en pleno proceso de hacer limpieza de aquello que ya no me aporta nada y que me tengo que quitar de encima para ir un poquito más ligera... Seguramente sí. Es lo que tiene el tener unas larguísimas vacaciones y el estar más que aburrida de ciertas cosas que ahora no les voy a contar.