dijous, 25 de juliol de 2013

Decidí quitarme de las historias de la tele cuando vi que no me servían para nada que fuera más allá de cabrearme.

Todos hemos tenido alguna vez cerca la experiencia del accidente y la de la muerte. Y todos hemos aprendido que son experiencias que no hace falta tener aprendidas de antes. Así que, ¿de qué me sirve a mí saber que uno se impresiona muchísimo cuando oye sonar un móvil en el bolsillo de un muerto? ¿De qué me sirve saber que si se quema mi vagón no van a poder identificarme? ¿De qué me sirve enterarme de que un conductor en estado de shock sólo es capaz de repetir "qué le vamos a hacer, qué le vamos a hacer"? Ya me impresionaré si oigo un día ese móvil, ya me quedaré inidentificable si me quemo y ya me saldrá solo cualquier mantra si un día entro en estado de shock.

Media hora después del accidente un montón de gente andaba por las redes sociales pidiendo cámaras a pie de vía; pues aquí tienen la taza y media de información que más allá del dato, que ya se conocía, pueden dar las imágenes de un siniestro. ¿Qué esperaban? Por lo que parece, un acontecimiento así tiene una fuerza tan bestia para atrapar la atención de la mente humana que la mente humana sólo puede en ese momento ponerse a pedir más. Si lo piensan -y ahora voy a tirar para mi terreno- aquí estaría la clave de todo best seller: la noticia del tren, perdonen la banalización, es el best seller del verano: una concatenación de elementos tan impresionantes que anulan toda necesidad de ir más allá. No piensen, bastante tienen con el horror; limítense a estremecerse con cada gota de sangre, con cada lágrima de alguien que no son ustedes. Ya está. Es el resumen de toda historia que no aporta nada más que su calidad de imán para el morbo y una buena liquidación en forma de picos de audiencia para quien la emita antes.

¿Aún les extraña que se vuelvan así de locos los medios? ¿Aún les extraña que nos vendan esta mierda de libros y esta mierda de películas? Si los que lo pedimos siempre somos nosotros.