dimarts, 21 de setembre de 2010

Me he quedado pensando, después de lo del globo, de lo de Nueva York y de lo de Cadaqués, si aún me invento París.

París me la conozco como si la hubiera destripado en una de esas clases de anatomía de las ranas que yo nunca tuve en el colegio, igual porque era un colegio de pueblo y en los pueblos, los niños, las ranas las destripábamos en horario extraescolar.

Cuando el pensamiento de París surge en mi cabeza, consigue amarrarme a una cosa tan real, tan de sentido práctico y de recuerdos concretos que si, por ejemplo, se despierta en forma de cementerio Père-Lachaise aparecen adosados a él la línea de metro que debo coger para llegar hasta allá y la terraza concreta en la que puedo parar al salir para tomarme una cerveza antes de emprender el camino de regreso.

A la hora de inventarme París, la imaginación no me da para más porque ya he estado en todos los parises que puedo inventarme. Aún así vuelvo y vuelvo y no me canso de inventarme París.

Creo que debería existir un verbo que quisiera decir tener nostalgia exclusivamente de la ciudad de París.
Han puesto un globo flotando sobre París que indica el nivel de contaminación de la ciudad por medio del código tan poco daltonicfriendly del semáforo: rojo es más y peligro y verde es menos y tranquilos todos.

¡Qué gran manera de empañar historias! ¡Qué gran potenciador de cinismos latentes! Delanoë es, sin lugar a dudas, un aguafiestas. Imagínense que van ustedes a París con su pareja, en plena primavera, y a la vuelta invitan a todos sus amigos a casa a merendar con la excusa de que se han traído unos macarons comprados en la mismísima pâtisserie Ladurée. Imagínense que los amigos pican y aparecen en la puerta su casa puntualísimos, con las pupilas girándoles en espiral ante la perspectiva de semejante merendola. Entran como zombies, les hacen sentarse ante la cajita de media docena de macarons (la economía no ha dado para más) y cuando cada uno se ha comido su media pastita que es a todo lo que tocan, les revelan el verdadero propósito de su invitación: enchufarles el dvd y hacerles tragarse de una en una y con todos sus comentarios unas quinientas dulcísimas fotos, infinitamente más dulces que el triste recuerdo que les haya podido dejar el medio macaron en su pavloviano paladar.

Sus amigos, en este momento, ya les odian y están predispuestos a la ejercitación de un cinismo sin precedentes.

Empieza el pase de fotos: "Nosotros besándonos en Trocadéro, con la Torre Eiffel de fondo" (y el globo rojo flotando junto a la Torre Eiffel); "Nosotros besándonos en la Place de la Concorde" (y el globo rojo haciendo equilibrios sobre el Obélisque de Luxor); "Nosotros en el Sacré Coeur con tooooodo París de fondo" (y París de fondo coronado por la bandera japonesa). Y sus amigos, conforme avanza el pase, van relajando el ceño y esbozando una sonrisa irónica. Y vuelven a relamerse como se relamían pensando en los macarons mientras subían en el ascensor, sólo que esta vez se relamen viendo ese globo delator y pensando que, con esos niveles de contaminación, la Cité de la Lumiére (rouge) les debe de haber robado por lo menos un par de años de vida a usted y a su pareja, devolviéndoles a ellos así un par de tardes de vida: las que les ahorrará el hecho de no tener que pasar por su casa a ver las fotos correspondientes por lo menos dos de sus (ya no) futuras escapaditas.

Las cosas son así: Delanoë autoriza a que pongan un globo chivato encima de París y la gente acaba descubriendo que le encanta la perspectiva de que sus amigos vivan dos años menos.
¿Les hacen falta más pruebas para convencerse de que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, este mundo empuja sin remedio hacia la MALDAD?