divendres, 12 de novembre de 2010

No existe nada más patético que una lucha entre desiguales. Ojo, entre desiguales, digo; no entre contendientes que tienen y saben utilizar distintas armas.

Hoy me ha venido a la cabeza una escena que presencié hace años en la librería de debajo de mi casa en Pamplona: El librero le cobraba el periódico a una señora, entró otra señora, no dijo ni mu. El librero le saludó con un jovial "buenos días Señora Tal, ¿cómo está hoy?" La Señora Tal dejó unas monedas encima del mostrador y se fue con su periódico, sin abrir la boca. La otra clienta le dijo al librero: "Vaya carácter. Eres demasiado educado y simpático con ella". El librero contestó: "Ella es antipática, yo no y no pienso empezar a serlo por su culpa". Yo pensé: "Joder, eso sí que es una declaración de principios".

Me lo tomé como toda una lección de vida. ¿Qué quieren que le haga? A veces vas a comprar un libro y vuelves a casa sin libro debajo del brazo (no compré nada aquel día) pero con una buena dosis de material rumiable en el subconsciente. Me pasé unas cuantas semanas dándole vueltas a ese asunto y aún hoy, ya lo ven, me viene a la cabeza de vez en cuando.

Primero pensé en la relación del librero y la señora borde (que era del barrio y debía de pasar por allá todos los días a comprar el Diario de Navarra) como en una especie de resistencia pasiva estilo Gandhi por parte del librero, pero en seguida rechacé esta idea: lo del librero era de todo menos pasivo. La Señora Tal, con sus refunfuños y su mala leche tirando las monedas sobre el mostrador, debía de odiar al librero un poquito más cada día que pasaba, cada vez que escuchaba su alegre "¿cómo se encuentra hoy?". El librero debía gozarla y sonreirse por dentro cada vez que la veía entrar, coger el periódico y acercarse al mostrador haciendo puntería con las monedas en la mano.

La Señora Tal iba haciendo cada día un poquito más de mala leche. El librero se apuntaba una pequeña satisfacción personal con cada "buenos días" sonriente que le dejaba ir.

Él se reafirmaba en su forma de ser alegre. Ella se reafirmaba en su disgusto y malestar con el mundo.

Yo creo que tenemos un ganador.

Mentiría si dijera que no he aplicado nunca esta maliciosa -en el fondo, lo es- técnica en mis relaciones con algunas personas y que no he disfrutado haciéndolo. Me siento menos mala si pienso que la alegría y la educación son cosas que pueden utilizarse pero fingirse no, fingirse no se pueden.