dilluns, 16 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 7. Lunes

Un objeto decorativo de la tienda que me tiene desconcertada es la esfera armilar. Mirando al astrolabio que hay en el estante de al lado, podría incluso encontrársele una cierta coherencia astronómica a aquel rincón, pero es que lo del astrolabio dentro de una tienda de ropa, dentro de un centro comercial, tampoco tiene mucha lógica. He estado un rato pensando en cómo hay elementos que no tienen demasiado sentido unos sin los otros o sí que lo tienen pero llegan a tener mucho más o adquieren otro totalmente nuevo cuando ves el binomio completo. Hablo tanto de cosas como de personas, claro. Hablo de un casquillo y una bombilla, por ejemplo. Hablo de Pere Gimferrer y de su señora. Son elementos que cobran un sentido juntos y aún más si los unes a un tercer elemento que les haga de contexto: el casquillo, la bombilla y la oscuridad; Pere Gimferrer, su señora y... y... (nota mental: buscar otro ejemplo).

Un buen trozo de cielo al que mirar y sobre el que hacer cálculos sería el más digno elemento contextualizador al que podría aspirar el binomio astrolabio-esfera que acompaña mis días. En vez de eso, los pobres tienen que conformarse con formar parte de un concepto bastante más terrenal y subjetivo: la decoración. La misma decoración que quiere contextualizar con ellos también también a la enorme fotografía de los habanos y a la brujita de la escoba que cuelga de la campana de bronce que tengo al lado mismo de la caja... No sé si me explico.

La esfera armilar, como decía, me tiene desconcertada. Parece una esfera armilar, sí: tiene una bola central rodeada de círculos concéntricos que podrían pasar por representar las órbitas de los cuerpos celestes que deberían rotar a su alrededor. Pero cuerpos celestes no hay, las supuestas orbitas son circulares -ya lo he dicho- y no elípticas y cada una de ellas toca por dos puntos con las de tamaño inmediatamente superior e inferior con lo que, si realmente esto fuera una representación de la posición de los elementos de una galaxia, estaríamos hablando de una galaxia que habría desaparecido al poco tiempo de formarse, en una orgia de colisiones interplanetarias que vete tu a saber si no hubiera acabado generando un agujero negro de potencia suficiente como para tragarse todo el universo conocido y por conocer. ¿Es para desconcertarse esta esfera armilar o no lo es?

Pensando todo esto me hallaba yo cuando ha entrado un señor en la tienda y, viéndome ensimismada mirando al rincón de la astronomía, ha dicho: "Es uno de esos cacharros con los que se representa la posición de los planetas en un sistema".

Le he contestado que eso había pensado yo al principio pero que si se fijaba bien vería que más que una esfera armilar en condiciones aquello parecía la representación de un sistema planetario diseñado por una especie de Dios hijo de puta, dueño de una intención de similar calaña que la de los inventores de la tradición del lanzamiento de cabra desde el campanario. Me ha mirado con cara de no entender. Me he acercado al estante mientras le explicaba que, igual que el único objetivo de tirar la cabra al vacío es verla despanzurrada contra el suelo, el único objetivo de la creación de aquella galaxia debía de ser ver los planetas despanzurrándose unos contra otros. He bajado el artilugio, le he soplado el polvo, lo he puesto sobre el mostrador y he dicho señalando los puntos de soldadura interorbital: "Aquí y aquí: puntos de despanzurramiento. ¿Lo ve?"

El cliente me ha dado la razón pero me ha dicho que no tenía demasiado tiempo para desconcertarse conmigo, que necesitaba una camisa. Le he señalado el camino. Ha ido directo hacia la columna de las de lino marrón, así que me he visto obligada a advertirle que aquellas camisas llevaban un poco raritas toda la mañana, que hacía media hora, una de ellas había caído del estante al suelo sin ningún motivo aparente.
"¿Cree usted que se ha tirado?"- me ha preguntado el cliente bajando la voz. Le he contestado que podría ser. Le he cogido del brazo y he vuelto con él al mostrador. "Comprendo que le gusten esas camisas, son preciosas y de un tacto fantástico, pero me veo en la obligación de avisarle del incidente que le acabo de explicar: no me gustaría que la camisa en cuestión volviera a intentar tirarse llevándola usted puesta...". "Deberían retirarlas de la venta inmediatamente", me ha dicho él, "y la esfera también: me parece diabólica".

Jaja, el pobre se había pensado que la esfera también estaba la venta.





Ya me gustaría que todo esto hubiera pasado de verdad esta mañana en la tienda, pero de todo lo que he contado sólo hay una cosa que es cierta: en la tienda hay una esfera armilar. Pensando en este dato, releo el texto y acabo decidiendo que mucho más surrealista que esta conversación ficticia con el señor cliente es que nadie, NADIE, haya entrado en la tienda y haya exclamado: ¿Qué hace eso ahí?, refiriéndose al rincón de la astronomía.

A la gente ya nada le sorprende. Y a mí, lo que me pasa es que llevo toda la mañana melancólica perdida (nota mental: no volver a leer el Plagueta de Bord a la hora del desayuno) y cuando yo estoy melancólica lo único que me salva el día es regodearme en la absurdidad tan radical esta que nos rodea.