dissabte, 3 d’octubre de 2009

A mí me falla alguna conexión con el sentimiento comunitario. Y creo que a mis amigos también. Por ejemplo: ayer, en el bar, ninguno de los que compartíamos mesa estábamos especialmente tristes ni especialmente felices porque Madrid se hubiera quedado sin juegos olímpicos. Esta actitud contrastaba radicalmente con las imágenes que venía de ver en vivísimo directo en la CNN linkada desde la web de El País: unos cuantos miles de personas literalmente llorando en la plaza de Oriente y otros cuantos miles de personas literalmente dando botes de alegría al otro lado del charco, un poco más para abajo.
Nos pasa lo mismo a las horas de los octavos, cuartos, semis y finales de la Champions: si coincide que estamos en un sitio con la tele puesta, lo más probable es que nos sentemos en la mesa que cae justo debajo del aparato, en la única de todo el bar desde la que no tienes ángulo para mirarlo con cara de "AH". Sencillamente estaremos hablando de otra cosa. No quedamos para ver los Oscar, no nos vestimos de Azul (ahora de Rojo) cuando hay carreras de coches, no nos unimos a las manadas de los conciertos en la Anilla Olímpica ni, desde hace unos cuantos años ya, nos pillamos el abono de no sé qué festival antes de conocer el cartel.
La cosa es que no lo hacemos queriendo: nos enteramos de que existen todas estas cosas por noticias en los telediarios, bufandas en el metro, frenéticos cambios de estado en las redes sociales o, ya lo he dicho, televisores encendidos en los bares. Y, al día siguiente, zanjamos el tema con uno o dos comentarios del tipo: "Joder, ayer, vaya follón".
Nos falta un link, un sentimiento de pertenencia, un sufrir compartido, un algo. El caso es que ni siquiera lo echamos de menos, todo esto.



Me voy a currar.