divendres, 6 d’agost de 2010

Sólo uno de mis novios me ha regalado joyas: J.

Yo rondaba los 20 y él, los casitreinta. Era de Barañáin, había dejado de estudiar a los 14 años y trabajaba en una fábrica de un polígono de las afueras de Pamplona. Tenía coche, vivía solo y le encantaba coger la tienda de campaña y llevarme de fin de semana por ahí, al monte. O sea, el tío reunía todas las condiciones para darle un mal rollo a mi madre total.

Nos conocimos porque yo daba clases particulares de inglés a su hermana. Un día, llegué a su casa con mi libreta y mis ejercicios preparados, toda mona, y me encontré con que A., mi alumna, no estaba. J., sí. Me dijo que no sabía dónde andaba ella y que nos bajáramos al bar, que me invitaba a una cerveza, hasta que ella llegara. Me invitó a una cerveza y a dos. A. no llegó. Al cabo de un par de horas, le dije que me tenía que ir, que se me iba a pasar la última Villavesa. Me dijo que él me llevaba a casa en coche. Parados delante de mi casa, me preguntó cuándo tenía la próxima clase con su hermana y me dijo que, cuando acabara, me estaría esperando en el bar.

Empecé a llegar tardísimo a casa los martes y los jueves de semanas alternas (las que él no estaba de turno de tarde). Mi abuela dio la voz de alarma a mi madre, que por entonces ya vivía en Barcelona. Mi madre me interrogó primero por teléfono y después en persona, mientras me cogía de la muñeca y lanzaba miradas a mi pulsera de oro nueva. Que si qué estudia, que si pero cuántos años tiene...

Veredicto rotundo materno: persona non grata.
Condena: nada de escapaditas de fines de semana, nada de trasnochar entre semana y la pulsera, se la devuelves.

Veredicto filial: Jopé, mamá, qué clasista eres.
Condena: desinformación total al respecto: a partir de ahora, siempre que tu hija llegue tarde o no venga a dormir, será porque está con las amigas.

La historia con J. terminó al poco tiempo. Lo cambié por alguien con horarios más compatibles con los míos y con conversación más de apuntes, fiestas de piso y campanas en el Faustino, y menos de rollo sindical, accidentes laborales e hipoteca. ¿Qué quieren? Yo tenía 20 años, me gustaba leer y enviaba, indignadísima, cartas a los Golem preguntando por qué no estrenaban tal o cual película que en Madrid sí que habían estrenado pero que a Pamplona no iba a llegar.

J. ha pasado a la historia como mi único novio proletario y el único que me ha regalado joyas, así que yo he acabado juntado los dos rasgos en mi cerebro y creando una conclusión por oposición a ambos: los novios intelectuales no te regalan joyas, pudiendo formularse esta máxima también en términos contrarios: los novios proletarios regalan joyas.

Hoy, leyendo esto, he añadido una coletilla a mi conclusión: los novios proletarios regalan joyas y los pretendientes muy muy ricos también, a ver, no te van a regalar un libro siendo tú modelo y muy muy rica también.

No sé, al final va a resultar que la clasista soy yo.