dissabte, 29 d’octubre de 2011

Hay un episodio de Twin Peaks en el que el Agente Cooper se marca una loa al amor por la vida que ha encontrado en ese mismo pueblo al que ha llegado a investigar un asesinato del que pocos, en un principio, escapan de sospechosos y cuya investigación va destapando, una tras otra, personalidades maléficas entre los habitantes del supuesto pueblo del amor.

Hay otro, en el que Bobby, el novio de Laura Palmer, la asesinada, entra en furia y grita hipócritas, hipócritas, a toda la gente que se ha reunido para el funeral, después de que el cura cante las bondades y la belleza de la muerta en cuestión.

Y otro, en el que el mismo Bobby le cuenta al psicólogo (qué gran personaje el del psicólogo), cómo la muerta, que para todos era una especie de dechado de virtudes, en realidad vivía de sacar lo peor de las personas, moviéndolas siempre a hacer cosas terribles que ni siquiera sabían que eran capaces de hacer.

Twin Peaks me supera. Creo que hace casi veinte años, cuando lo pasaban por la tele, me quedaba corta al pensar que, si no podía ver un episodio entero sin apretar el OFF del mando a distancia cada vez que la imagen empezaba a saturarse de color y el ambiente empezaba a ponerse un poco espesito, era porque los sueños del Agente Cooper y las visiones de la madre de Laura me mataban de miedo y me provocaban el levantarme de un salto del sofá para hacer el trayecto hasta mi habitación encendiendo todas las luces -pasillo, lavabo, habitación- que tenía por delante en mi recorrido, antes de apagar todas la luces -salón, pasillo, lavabo- que en mi recorrido iban quedando atrás.

En Twin Peaks hay algo más que rojos subidos y ambientes enrarecidos que hace estrechar el nudo en el estómago: hay una ignorancia de los conceptos de bondad y maldad generalizada entre los personajes. Todo el mundo tiene sus cositas tan relativizadas que todo el mundo pasa por ser así como es, ni bueno ni malo, y punto. Sólo cuando hay una prueba material de la maldad -el cadáver de Laura Palmer- y cuando llega alguien foráneo capaz de apreciar la bondad, la belleza y el placer -el agente Cooper-, empiezan a estar más claras las cosas, más definidas las personas.

Esa ignorancia, ese aislamiento de los 51.201 habitantes de Twin Peaks (¿se han fijado que no hay niños en la serie? ¿No suelen ser los niños quienes tienen siempre clara la distinción bueno-malo, quienes no admiten matices?) son los que provocan que Bobby, el novio de Laura Palmer, que es un bully de insituto de manual al principio de la serie, solo una vez muerta ella pueda tomar conciencia de que aquello que ella le empujaba a hacer era pura maldad; o que Jacques cuente entre risas cómo Leo disfrutaba viendo cómo Waldo, el pájaro hablador, se liaba a picotazos con Laura antes de morir esta. Bobby hacía lo que hacía simplemente por ser el novio de Laura, Leo ató a Laura a la silla simplemente porque ella se lo pidió y él disfrutaba con aquello, y Jacques reía porque aquella tarde, antes de que hubiera ningún cadáver, aquello era una fiesta. Sin más, sin juicios: cada uno estaba en su papel luego todo estaba bien.

Esa ignorancia es la que ahora, veinte años después, me haría correr a dormir si no me pudiera la curiosidad. Esa ignorancia da más miedo que todos los enanos del mundo bailando melodías inquietantes entre cortinas rojas. Esa justificación de la maldad, ese yo soy así y no le des más vueltas, ese conformismo en el que uno se queda atascado cuando, por fin, por aislamiento ha acabado perdiendo toda la perspectiva o por haber ido demasiado lejos ya ni siquiera llega a alcanzar con la vista una referencia más o menos objetiva; cuando ha llegado, en fin, a un punto de no retorno en el que todo lo mide y lo valora según intenciones y motivos puramente personales. Y da miedo en Twin Peaks, esa ignorancia, pero es que aún lo da mucho más en la vida real.