divendres, 29 d’octubre de 2010

« L'amour, c'est tout attendre, ne rien exiger. Et si rien ne vient, alors il faut se détourner ou... mourir », affirmait, il y a quelques mois, Robert Misrahi. Le philosophe venait de perdre son épouse Colette, après plus de soixante ans de vie commune.

Copiado vilmente de aquí. No he tenido otra: No puedo estar más de acuerdo.
Hay una cosa referente a la manera de entender el tiempo -el paso del tiempo, quiero decir- que los que vivimos fuera experimentamos de una manera muy peculiar, que lo tengo yo hablado con otra gente que vive fuera también.

Nuestra vida se compone de una acumulación de años sucesivos, como la vida de todo chichipichichi, pero entre años, o entre épocas, no sé, hay una especie de túneles de recorrido inverso inmediato. Es difícil de explicar. A ver si con un ejemplo... Yo hace once años que no vivo en Pamplona. Tengo un acento catalán que mata. Cuando vuelvo a Pamplona, es poner un pie allá y recuperar el acento pamplonica al instante (aunque bien es verdad que alguna L nasal me delata la catalanidad adquirida), es como retroceder una década en el habla; por el túnel del habla.

Y no sólo hay el túnel del habla, existe el túnel de la amistad también y éste es muy bestia: Éste se salta a la torera no sólo el tiempo sino también el espacio.

Hoy viene Susana.

Susana y yo hace años que vivimos en ciudades diferentes.

De jovencitas, vivíamos a escasos cien metros de distancia, ella era ultratímida y yo era una descarada (tenía una jeta yo de jovencita que me la pisaba). Esto era en Pamplona: nuestros padres se conocían y mi hermano era amigo de un vecino suyo, así que, cuando yo iba a cenar a casa de Susana, yo o mi hermano sacábamos la cabeza por el patio de luces y hablábamos a gritos de un piso a otro. La cosa acababa siendo como cenar todos juntos: mi hermano, su amigo y yo. Susana también, pero ella se moría un poco de la vergüenza pensando en encontrarse después a su vecino en el ascensor.

Años después, yo me vine a vivir a Barcelona y Susana se fue a vivir a Manchester y luego a Londres. Y entonces, creo yo, empezamos a tener una amistad más condensada. Condensada porque hablábamos poco, así que no hablábamos de tonterías. Y nos veíamos poco, así que cuando nos veíamos era porque realmente nos necesitábamos. Al menos yo.

Recuerdo un cumpleaños, hace cuatro años. Yo, con mis amigos, soy muy gallina clueca: ¿que quedo para tomar un café con un amigo y camino de la cafetería me encuentro con cinco más?, acabamos siendo siete en el bar. Pues bien, aquel año yo no quería encontrarme con nadie, quería más bien meterme debajo de una piedra a esperar a que pasara el día. Acabé, por miedo a que alguien viniera, levantara la piedra y me encontrara, haciendo las maletas y yéndome a pasar el día a Manchester, con Susana y con Gemma, otra amiga que vive allá (por cierto, hoy también viene Gemma). Por el camino sólo recogí a Nuria, mi hermana, y me la llevé para allá también. Fue el mejor fin de semana de todo aquel año y probablemente del año que le siguió.

Cuando dos o tres amigos que viven lejos se reúnen, es como regresar a un estadio anterior, como si todo lo que hubiera pasado durante el tiempo que no se han visto, no existiera y uno tuviera que recrearlo para explicárselo a los otros. Y cuando uno recrea las cosas que le han pasado, esas cosas suenan diferentes, pierden un poco su gravedad y acaban adquiriendo la importancia subjetiva que realmente merecen.

Así que hoy vienen Susana y Gemma y yo estoy ya en plan mujer-bala, lista para el disparo de cañón que me hará aterrizar en ese sitio de las cosas realmente importantes. Y lo mejor es que voy a hacer de gallina clueca y entre las tres vamos a intentar llevarnos para allá a algunos amigos de aquí. De momento, Jaume se viene a comer, esta noche, seguramente, nos iremos de copas con Ferran y con Xavi. Y ya se está horneando una castañada con unos cuantos más.

Este finde va a ser la bomba.