dijous, 29 de març de 2012


Me encuentro con Martí y me dice que el último post, el de la huelga, es horrible. Que me iba a escribir un comentario pero que quería alargarse y que acabará escribiendo un artículo.

Me deja bajando a casa en bici (qué bien se va en bici cuando hay huelga) dándole vueltas al asunto.

Lo que ha hecho el ministro de Economía y Competitividad convirtiendo el país en un chiquipark es simplemente decir en voz alta lo que ellos piensan de esta huelga: la reforma laboral no se va a cambiar. A partir de aquí, la huelga se hace, sí: la policía a la calle, los piquetes también, algo que quema en la Diagonal y servicios mínimos; en resumen, un día un poquito más incómodo para todos en general por el helicóptero este de las narices que no para de dar vueltas y mete un ruido infernal, y para la panadera de debajo de casa en particular, que lleva toda la mañana con una oreja en el horno de la trastienda y con otra en los piquetes que de vez en cuando pasan por la calle, que los oye y tiene que salir corriendo a bajar la persiana. Pero bueno, a las cinco cierro, me dice antes de despedirme. Y luego manifestación. Y luego mañana, que será todo igual que ayer, con la reforma laboral sin cambiar, como ha dicho el ministro.

Martí dice que este que acabo de exponer es precisamente el pensamiento de la mayoría. Seguramente, sí, pero es que la mayoría que piensa esto es la que ayer estaba pidiendo hora en el salón de masajes de debajo del trabajo de Ester, que tenía todas las horas reservadas por gente que, aprovechando la huelga, se iba a marcar un homenajito. Y así, por mucha mayoría que se sea, no se va a ninguna parte, de manera muy relajada, eso sí.

Aquí de lo que se trataría es de que esa mayoría, que está descontenta pero que piensa que esto de la huelga no sirve para nada, además de boicotear la jornada en sí, se dedicara a boicotear el sistema el resto del año. He discutido un poco con Martí sobre si la cosa tenía que partir de lo individual o de lo colectivo. De lo individual, creo yo. Es uno quien decide colarle a hacienda hasta los tíquets de los calcetines, quien decide no aceptar según qué condiciones en los contratos y quien decide levantarse un día del despacho para salir por la puerta diciendo ahí os quedáis.

Yo no creo en esta huelga. Veo un piquete y pienso que más de la mitad de las personas que lo integran, si no el piquete entero, aquellos días de hace meses de la huelga de controladores aéreos, estaban clamando al cielo porque no podían irse de vacaciones de Semana Santa. Veo a todo el mundo haciendo el aperitivo al solecito en las terrazas de los bares (abiertos), mientras claman al cielo por lo jodidos que los tienen los jefes y los bancos y la política y hasta Dios, y me los imagino un poco más jodidos aún porque, como hoy el Caprabo está cerrado, no van a poder comprar el chorizo para el bocata del crío al que mañana la abuela va a llevar al cole porque ellos estarán intentando salir de Barcelona por la Diagonal a las 7.30 de la mañana para no llegar tarde a trabajar. Y veo al ministro preguntando de nuevo a qué hora es la mani y planeándose hasta que hora deja abierto el chiquipark para poder enviar a las brigadas de limpieza y que dé tiempo a que todo vuelva a estar en su sitio antes de irse a dormir.

Y así. Hasta la próxima.

Se levanta el telón, sale el ministro de Economía y Competitividad y dice, destrozando toda competitividad, que para eso es suya, que se la hemos dado: La huelga general no va a modificar un ápice la reforma laboral. Ah, lo dice al punto de la mañana del día de la huelga general. Y le hacen una foto y sonríe. Y solo le falta hacer al final de la declaración un: ¡ueh! Ahí queda eso. Olé torero.

Y mientras, el de Interior, se lleva las manos a la cabeza y llama para que envíen refuerzos a todos lados, porque lo que acaba de hacer el ministro de Economía y Competitividad es dotar a la jornada de un lo tenemos todo perdido que total, ya que estamos, vamos a quemar un poquito más este piquete. Quemar por quemar, por lo bonito del fuego, que te quedas mirándolo y te hipnotiza. Y que cuando te hipnotizan siempre te queda la mirada esa de lelo, de estoy pero no estoy, ooooh, mira cómo quema. ¿Para qué sirve? Para nada, pero ¿a que es bonito?

Que ya da todo igual, vaya. Que ya a las ocho de la mañana, lo mismo da pasarse que quedarse corto. Y que esperar un bus que no llega -servicios mínimos- ahora va a cabrear más porque que no llegue el bus no va a servir para nada más que para llegar tarde a la manifestación a la que llegaríamos si los autobuses no estuvieran de huelga inútil, total y absoluta, como lo estamos nosotros.

El ministro de Economía y Competitividad acaba de convertir a todo el país en un chiquipark gigante. A los chiquiparks se mete a los niños para que se entierren en la piscina de bolas, suban por escaleras de cuerda, bajen por toboganes, se pongan tibios de llorar a la hora de ir a casa, lleguen, a la hora del baño rendidos y caigan dormidos como angelitos, con sus nuevas cicatrices, con los mocos aún pegados a las narices y con un dibujo nuevo hecho, listo para imantar a la puerta de la nevera como recuerdo de un día fantástico en el chiquipark que no ha servido para nada más que para hacer el burro. Como recuerdo, para los más optimistas, de que puede haber días futuros en el chiquipark, pero el plato de acelgas, cariño, mañana te lo vas a tener que volver a comer. El plato de acelgas. Si no olvidas el plato de acelgas, la próxima vez en el chiquipark, paraíso de las chuches, los coloringos y el campi qui pugui, pegarás más fuerte, saltarás más alto y correrás más lejos de la puritica rabia, ¿para qué? Para nada. Porque tu día de huelga no va a cambiar un ápice la decisión de papi y mami de ser veganos. Puaj.

Es lo de siempre: es el luchar contra lo inevitable, el ver la irreformidad de la reforma, hacer como que la irreformidad jode pero, al mismo tiempo, aprovecharse de la inutilidad del asunto para dedicar la jornada, la campaña, la vida entera a la pataleta con el fin único del desahogo inocuo, con la conciencia colectiva del ser perro ladrador que no muerde por no querer tener que reconocer luego que esa cicatriz en la pierna del plato de acelgas la ha hecho él; que aquí uno empieza reconociendo autorías y le acaban pidiendo responsabilidades; uno empieza metiendo un gol y le acaban pidiendo ser el Guardiola que guíe al pueblo. Y se queda calvo en tiempo récord.

Mejor solo aullar a la luna y conservar el pelo. Mejor hacer virguerías en la piscina de bolas y comerse luego el plato de acelgas cuando aún humea, que entra mejor caliente que frío de nevera para cenar.