diumenge, 11 de juliol de 2010

(De las cosas que pasan pocas veces en la vida)



Ayer M. decía: "¡Partal lo dijo, Partal lo dijo! Lo de Arenys era un momento histórico. Y cuando dijo lo de Arenys, pensaba que se le había ido la cabeza, ya está este tío flipando, pensé, y no. ¡Y hoy lo ha vuelto a decir y tiene razón!"
Es un poco lo mismo que cuando, yendo hacia la sede del PP aquel día entre los atentados del tren y las elecciones generales, O. decía: "Nunca había tenido tanto la sensación de estar viviendo un momento de esos que acaban saliendo en los libros de historia". Y esa sensación es muy bestia. Es la que marca la diferencia entre las manifestaciones que sí pasarán a la historia y las de las piedras en las alcantarillas y coches cruzados, que simplemente quedarán resumidas en una frase del tipo: "Aquellos fueron años de disturbios sociales".

Ayer fue el momento de añadir un parrafito al libro de historia de sexto de EGB (que ya no existe, pero es igual) para, dentro de unas décadas, preguntarle a alguien que acaba de salir del examen: "¿Qué te ha caído?" y que la respuesta sea: "El movimiento social por la independencia de Cataluña de principios del s. XXI", pregunta en la que la palabra clave es no es otra que "social".

Fue el momento de la transcendencia hacia lo histórico de más de un millón de individuos (cincuenta y pico mil, según una empresa de cómputo contratada por EFE, de la que se ha hecho eco El País -¡cof, cof!-... ). Y lo importante es que ese millón de individuos sabía qué momento estaba siendo, por eso la manifestación fue de esta manera que explica Enric Vila y no de la otra, en la que las abuelas se quedan en casa apartando a los nietos de la ventana y cerrando porticones. Porque ayer fue el momento de sacar a los nietos a la calle para que empezaran a ver de qué podía ir la cosa (aunque la mayoría de las veces no vaya así, la cosa).

Ayer el sujeto paciente, por un momento, tuvo la ilusión de llegar a ser sujeto agente, consiguió al menos decir bien alto y claro lo que quería. Ahora, como siempre, la cosa pasa a las manos de quien debería ejecutar y, aunque pienso bastante como Quim Monzó, que también debió de pasearse con la ceja levantada, ese momento de casi llegar a creernos algo, no nos lo quita nadie.