diumenge, 2 d’abril de 2017


Acabemos con el discurso del sofá, libro y manta en los días de lluvia. Si llueve, es el día de ir a la librería, porque si llueve, a la librería sólo vienen los buenos; los que salen de casa buscando el sitio para estar tranquilos dando vueltas mirando y remirando libros, preguntándole al librero si este o mejor este otro y por qué. Y vienen a discutir y a explicar que ese autor como que no, por esto y esto y lo de más allá, en cambio aquel otro sí, y que si tienes más. Y que ojalá tuvieran más tiempo para leerse aquel de allá también, te cuentan, pero que, bueno, que se lo van a llevar igual que ya verán cómo se lo montan.

No hay día que se venda mejor que un día de lluvia en la librería. No que se venda más, decir eso sería mentira, pero mejor sí: mejor pensado en el momento de la compra y mejor leído seguramente después también.

Ha sido un fin de semana fantástico en la librería. Sólo he tenido que fregar un charco que me dejaron cuatro pedorras que sólo habían salido a pasear y que se tomaron la librería como un sitio de paseo también; el resto del tiempo hemos tenido el sitio lleno de gente que entraba corriendo porque llovía y luego no se querían ir porque llovía también; que se habían metido aquí como refugio, pero no porque les hubiera sorprendido la lluvia sino porque habían salido de casa pensando que aquí iban a estar mejor porque iban a poder comprar libros que debajo de la manta, en el sofá, no habrían encontrado.

Los libros son para los valientes, para los que saben que llegar hasta ellos les va a costar mojarse, pero que luego, tras leerlos, se van a quedar más limpios y con ganas de mojarse otra vez para poder limpiarse aún más.

Los libros son, por ejemplo, también para los valientes que hoy se han ido hasta Bolonia para defender esa cosa tan aparentemente extraña que es la literatura infantil y juvenil. ¿Extraña? Todo el mundo leía de pequeño, hasta los que de mayores ya no leen; porque ¿por qué nos hemos tenido que inventar el género infantil y juvenil cuando lo que molaba cuando este prácticamente no existía o no se practicaba tanto era ver todos esos libros que leían tus padres e imaginarte el día en que tú pudieras leerlos también? Era entonces cuando tú, pequeño, por impaciente (todos los niños lo son), te ponías de puntillas y alcanzabas hasta el estante en el que encontrabas un Delibes, ¡un Delibes!, y empezabas a leer y alucinabas porque el protagonista era un niño como tú. Y no entendías nada porque ese niño como tú vivía en una guerra, pero a la vez lo entendías todo y, sobre todo, lo que entendías, sorpresa, era que en los libros los niños eran importantes también, así que ¿por qué no iban a ser importantes los libros para ti por muy arriba que estuvieran en la biblioteca? Y es que al final lo importante era crecer.

La etiqueta de infantil y juvenil se ha tenido que inventar porque muchos padres ya no leen, y hasta que no se solucione eso va a hacer mucha falta que existan cosas como la feria de Bolonia, la librería La Petita, la Caixa de Eines y la biblioteca móvil de El Culturista también.

Hoy ha venido una familia a la librería: padre, madre, hijo e hija. Los padres han entrado hasta el fondo y se han puesto a mirar las estanterías. Los hijos se han quedado sentados en las escaleras, mirándolos, hasta que han acabado; han salido los dos, los padres, con un par de libros en las manos y les han dicho: "¿no vais a buscar uno vosotros?". El niño en seguida ha cogido un "Super Patata", la niña miraba las mesas y ha dicho "es que no sé", a lo que la madre le ha respondido míratelos bien y tranquila ahí, hasta que encuentres uno", y los tres, padre, madre e hijo, se han quedado esperando mientras ella cogía uno, lo hojeaba, lo dejaba, cogía otro... Al final la niña, diciendo "este", le ha tendido un "Marcelín" su madre mientras le explicaba que lo quería porque le gustaban mucho los dibujos y porque los dos niños protagonistas eran muy amigos; se lo había mirado de cabo a rabo antes de decidir que se lo quería llevar.

A la librería, los días de lluvia, sólo vienen los buenos, los que leen sin manta, los que leen hasta sin sofá e incluso bajo el sol.

Vamos a currarnos mucho Bolonia hasta que lo de los libros sea normal, para los padres también.

dilluns, 9 de gener de 2017


Breve reflexión sobre la cosa de la cultura en los medios tras visitar ayer la exposición "Jardins de cooperació" de Alexander Kluge en La Virreina

 
Acabo de leer el último artículo de Saül Gordillo en el Portal català del sector de la comunicació. Va sobre el 2016 de Catalunya Ràdio, es triunfalista y ya sólo en la primera frase incluye términos google-friendly, por decirlo en el lenguaje ganador, del tipo 'sinergies' y 'viralitzar'.

Los mensajes repetidos a lo largo de las dos páginas de word que debe de hacer de largo el texto es que todo va sobre ruedas, que la emisora no sólo supera a todas las demás en el ranking de audiencias sino que bate su propia marca del año anterior.

Habla de la audiencia también como sujeto, no sólo como objeto, pero sólo para mencionar cómo todos los imputs que han recibido de los oyentes durante todo 2016 han sido positivos: Catalunya Ràdio, según su director, sólo ha recibido mensajes halagadores este año que acaba de terminar; no hay ni una sola mención a la crítica negativa, ni un motivo que justifique la creación, por ejempo, del hashtag #CatRàdioÉsCultura, que él mismo creó para justificarse ante la denuncia del grueso del sector cultural por el maltrato que sufrieron los ahora inexistentes programas íntegramente culturales que un día incluyó la casa en su parrilla.

Gordillo sólo menciona la cultura en su artículo para reafirmarse en su posición (adoptada de la nada, por lo visto) que defiende un contenido cultural simplemente transversal, o sea disperso e indefinido, en la emisora. Y al reafirmarse nos envía el mensaje de que esto va a seguir así, que no va a cambiar nada.



A Alexander Kluge (escritor y cineasta comprometidísimo con la cosa pública) los colegas se le tiraron un poco a la yugular cuando se pasó a la tele. Él sin embargo siguió haciendo allí sus programas de un contenido que no rompía en absoluto con su forma de hacer anterior ni con su mensaje. Si Kluge pudo hacer eso fue porque algunos directores de algunos medios de comunicación (los programas se emitían por la tele, pero él contó también con la producción de medios escritos) le hicieron un hueco en la parrilla.

Estos días, extractos de aquellos programas pueden verse en un centro de arte de la ciudad (en La Virreina). Los vídeos van perfectamente referenciados con el nombre del programa y los canales de televisión que los emitían. Lo que hacía (lo que aún hace) Kluge es arte, así que los espacios de televisión que contuvieron lo que hacía Kluge ahora se ven elevados a la categoría de arte también.

El día que los medios se den cuenta de que es la cultura la que les hace (les haría, si se dejaran) el favor a ellos y no al revés, ese día, el país será un poco menos idiota. Y lo mejor es que el mérito será en parte de los medios también y no sólo del artista.

Yo aún tengo la esperanza de que un día algún director de alguna tele o alguna radio públicas de aquí de señales de tener este tipo de sensibilidad.


 
Folleto de la exposición 'Jardins de cooperació' de Alexander Kluge.

dimecres, 7 de desembre de 2016


Aprovecho que han colgado en Núvol la crónica de la mesa redonda en la que participé hace unos días para explicar alguna de las cosas que quise decir aquel día.

(Nota: yo siempre hablo de libros, pero aplíquese todo a cine, teatro, danza, arte, tecnología, ciencia... qué se yo.)

Bernat Ruiz empezó contando cómo los medios se gastaban los medios (juas) en dar informaciones irrelevantes del tipo: el Barça se ha subido a un avión. Y efectivamente, en las imágenes retransmitidas por una unidad móvil que habían enviado al aeropuerto (cosa que cuesta un pastón in-de-cen-te) se veía con toda nitidez cómo unos cuantos señores se subían a un avión. Como veía que el discurso iba a tirar de nuevo por la eterna contraposición libros-fútbol en los medios, esperé mi turno de palabra para decir que no, que por ahí no; que ya estaba ese tema; que sí, que el fútbol domina en la tele a saco, pero creo que repetir sin parar que en la tele hay mucho fútbol es como decir que unos señores se están subiendo a un avión y meter imágenes que enseñan cómo los señores se suben al avión.

Yo, desde que hace unos meses petó la cosa de la falta de cultura en los medios, le llevo dando vueltas a la idea de que (ya lo decía hace un par de entradas en este blog) una de las maneras de que las cosas estén en la cabeza de la gente es que las cosas salgan por la tele o por la radio; así, en este orden: lo que sale en los medios acaba en las cabezas. Parece en cambio que, en la carrera por conseguir audiencia, la tortilla se ha dado la vuelta y ahora los medios funcionan al revés: vamos a darle a la gente más de eso que ya tiene en la cabeza, esto es, vamos a seguir el camino fácil, a explotar la veta, sin darse cuenta de que fueron ellos, los medios, los que crearon esa veta. Por eso dije en la mesa redonda que parecía que los que deciden los contenidos ya no eran conscientes de su responsabilidad primera que, dicho sea de paso, también es su poder.

Conté que la gente funciona, se mueve, por aficiones y que nadie nace con una afición programada; que si alguien, en su vida, no tiene ninguna referencia de que existe la ornitología, aunque vea de vez en cuando un pajarito, es muy poco probable que se aficione a prestarles interés; que tiene que haber un contacto directo con alguien que le explique cuatro cosas con un poco de profundidad sobre el pajarito en cuestión para que en su cabeza se despierte la curiosidad. Dije que lo mismo pasaba con el fútbol: si uno nace en una casa sin tele en la que nadie habla de fútbol y, por lo que sea, va a parar a un grupo de amigos cero aficionados, es muy difícil que le surjan de la nada las ganas de ver un partido, de saber qué es un penalty o de enterarse del nombre del seleccionador nacional. Pasa que en las casas propias hay teles y en las de los amigos también. Y que en las teles hablan de fútbol, hablan de fútbol sin parar, de hecho; y es éste y no otro el motivo por el que se cuentan por miles las personas que sin haber jugado al fúbol en su vida ni tener ninguna intención de hacerlo, te pueden recitar de memoria los últimos cuatro goles del Barça, decirte de dónde es tal jugador que acaban de fichar o contarte cómo han quedado distribuidos los equipos en el último sorteo de la Eurocopa.

Fue después de decir más o menos todo esto cuando planteé en la mesa redonda que si sabíamos que tanto fútbol en la tele había provocado todo este conocimiento y toda esta afición, no podríamos plantear esto como un punto de partida para los libros; que si no era lógico pensar que aumentando el tiempo que los medios les dedican a los libros acabaríamos teniendo una sociedad llena de gente que, a lo mejor no leía tanto pero que sabría perfectamente quién es Hemingway, cómo escribía, sobre qué temas, de dónde era, por qué fue importante, con qué otros escritores se relacionó; y que llegado el momento, cuando tuvieran un hijo, igual que ahora cogen y le compran un balón, le comprarían también un libro.

Mi intención, no sé si lo conseguí, era recordar que tienen que ser los medios los generadores de audiencias y denunciar que lo que están haciendo ahora es simplemente ir detrás de una audiencia ya generada hace años, o sea, que no están haciendo su trabajo, que están eludiendo una responsabilidad.

Era eso, sí: una denuncia como una casa, la que estaba haciendo yo ahí en la mesa redonda. Y no había ningún representante de los medios entre el público para escucharla; ¿se necesita alguna prueba más para ver a qué nivel está eludiendo esta gente su responsabilidad?

dissabte, 3 de desembre de 2016


Estaba fregando los platos en la librería y una señora ha venido hasta el fregadero y se ha esperado a que me secara las manos para que le mirara si teníamos un libro. No teníamos el libro.

Analicemos la situación:
  1. Fregar los platos en horario de atención al público.
  2. Clienta que tiene que venir a buscarme.
  3. Clienta que espera.
  4. No tener el libro.
En el mundo de las auditorías suspenderíamos rotundamente en el camino de la consecución del sello de calidad.

Pero:
  1. El libro que buscaba la señora era ESTO.
Una auditoría técnica no tiene manera de valorar qué libros no tenemos ni los motivos por los que no los tenemos ni si nuestro fondo está integrado o no por libros de calidad literaria, científica o técnica ni la aptitud de los libreros para recomendar sobre la marcha libros que cumplan estos criterios de calidad o para programar actividades de calidad también.

Todo esto es lo que algunos libreros les estamos intentando explicar al Gremi de Llibreters y al Departament de Cultura de la Generalitat; ambas instituciones están dispuestas a gastarse dinero público en implantar estas auditorías inútiles, cuando hay tantas otras cosas por hacer.

dimecres, 30 de novembre de 2016

(Poniendo un poco de orden en las ideas para mi intervención de mañana en la mesa redonda sobre la escasez de contenidos culturales en los medios de comunicación.)

Tengo una librería. Obviamente me interesa vender libros, que la gente compre muchos, cuantos más mejor; esto es en primera instancia por una cuestión de supervivencia: hay que vender muchos libros para vivir de ellos, tened en cuenta que un librero se queda con el 30 por ciento del precio del libro, esto es, de un libro de 20 euros, nos corresponden solo 6,6. Sabiendo que la mayoría de libros valen menos de 20 euros, que hay ediciones de bolsillo que a penas llegan a los 8 euros de precio, de los que nos corresponderían a nosotros menos de dos, calculad cuántos libros tenemos que vender al mes para sobrevivir, o sea, sólo para poder pagar alquileres y sueldos.
 
De las muchas maneras que hay para vender libros, hay una que es imbatible: consiste en que la gente piense en libros; que los tenga en la cabeza, que estén en sus conversaciones, que figuren entre sus referencias. Hay un camino muy claro para conseguir que las cosas estén en la cabeza de la gente, es el camino de los medios: las cosas que salen en los medios con una cierta intensidad acaban formando parte del imaginario del espectador, y hoy día todo el mundo es espectador; explicadme si no porqué gastaríamos un solo minuto de nuestras vidas pensando en la última de Belén Esteban, por decir una que estoy convencida que todos vosotros tenéis en la cabeza. ¿Por qué la tenéis? Ahí lo tenéis.
 
No llevo hablando ni cinco minutos y ya podríais reprocharme como mínimo dos cosas de todo lo que llevo dicho: una, que sabiendo todo esto del poquísimo margen para el negocio que da la venta de libros, si quisiera ganarme bien la vida, me podría haber metido en cualquier otro negocio; y dos, que qué tiene que ver Belén Esteban o cualquier otro de su condición con los libros, con la literatura. La respuesta a los dos reproches sería la misma: me he metido en lo de los libros porque no son Belén Esteban.
 
Explicándolo muy básicamente, yo creo que hay dos cosas en la vida: una es lo que de verdad nos interesa y otra lo que hacemos para pasar el rato, aunque puede que no nos demos ni cuenta de cualquiera de estas dos cosas en el momento en el que están pasando; puede que nos parezca que estamos pasando el rato viendo la tele u oyendo la radio y puede que nos parezca que nos interesa mucho la última bronca que haya tenido fulanito con menganita de tal o descubrir que tal escritor escribe en zapatillas, por ejemplo; la cosa es que si nos paramos pensarlo, una vez nos hemos enterado de la bronca o de lo de las zapatillas, ahí se acaba el tema; puede que la historia nos dé para un par de conclusiones del tipo "qué mala persona es fulanito" o "este escritor es tan bueno que, si escribe en zapatillas, yo lo voy a hacer todo en zapatillas también", pero ya está. Una vez hemos hecho algo que nos interesa de verdad en cambio, eso perdura y de alguna manera acaba viéndose reflejado en la realidad; en lo que nos rodea primero y, a base de círculos concéntricos, en la sociedad después. Un ejemplo que parece muy tontuelo pero del que estoy convencida es que si la gente leyera libros bien escritos o viera o escuchara programas de televisión o de radio bien estructurados, independientemente de su ideología, nunca, jamás, votaría para presidente a alguien que no supiera construir bien las frases o que no supiera enlazar las ideas a base de silogismos con un cierto grado de complejidad o que no tuviera recursos para responder a preguntas que no estaban en el guión.
 
Por eso me dedico a vender libros aunque me den tan poco margen y no cualquier otra cosa: porque creo que los libros buenos inciden de esta última manera que acabo de explicar en la sociedad.
Entonces, ¿por qué los medios dan prioridad a lo que no?
 
No estoy diciendo que todo lo otro tenga que desaparecer de los medios: sería un aburrimiento. Lo que digo es que los libros no tendrían que ser arrinconados ni transversalizados de la manera en que lo están siendo últimamente; que deberían estar a la par de todo lo otro en cuanto a minutaje de contenidos.
 
Hay otro motivo además por el cual los medios deberían replantearse todo esto: ahora mismo hay un montón de editores, escritores, traductores, correctores y libreros que estamos apostando por aquello que decía antes que era lo importante frente a lo que supone una simple manera de pasar el tiempo; es más, hay un montón de lectores que se están apuntando a comprarlo, si no no insistiríamos tanto ni seríamos tantos tampoco. Si los medios quieren estar a la altura de esto que está pasando, deberían dedicar espacios a este público que acabo de describir; es una apuesta de futuro, creedme; es que está muy ciego quien no lo haya visto ya.
 
Ya está. No voy a dar ninguna conferencia mañana: es una mesa redonda donde voy a participar, pero creo que todas las ideas que suelte van a ir por aquí.

dijous, 1 de setembre de 2016

Llevamos una semana buscando y sumando minutos dedicados a la cultura en la radio pública como quien busca monedas debajo de los cojines del sofá a ver si sumadas dan para comprar un libro, un disco o una entrada para el teatro con descuento del TresC. O sea, llevamos unos días haciendo bastante el pena.

De un simple vistazo a la programación de Catalunya Ràdio que se acaba de presentar, uno, si busca la cultura, se encuentra con que está dispersa, que es lo mismo que estar por todo sin estar en ningún sitio. Saül Gordillo, el director de la casa, lo llama transversalidad; yo lo llamo dispersión y mi madre me daría un guantazo por tener la habitación hecha una leonera.

En realidad, lo que le ha pasado a la radio es lo mismo que le ha pasado al sector editorial: ¿recuerdan cuando Edicions 62 era una empresa con entidad propia? Pues ahora lo que queda de 62 son sellitos dispersos por todo el edificio de Planeta de la avenida Diagonal; tan dispersos que un día yo llamé preguntando por uno de ellos y la telefonista me contestó que ese sello no era de la casa; tuve que convencerla de que preguntara, que ya iba a ver como sí; indagó un poco, lo encontró y por fin me pasó con el editor.

Pasa con la transversalidad que siempre amenaza disolución. El sector editorial ha reaccionado alucinantemente rápido a todo esto; prácticamente al mismo tiempo que la literatura se 'transversalizaba' dentro del grande, fuera empezaron a salir un montón de pequeños que, publicando libros de calidad, en relativamente poco tiempo se han hecho con un trozo del pastel o sea del público lector (que, para que me entiendan allá, vendría a ser lo mismo que el oyente). Hablo de editoriales como L'Altra (le llueven los premios últimamente), Raig Verd (publica a la última premio Nobel), Les Males Herbes (hay gente que viene a la librería pidiéndonos "el último de Males Herbes", sin saber cuál es. Y se lo compran).

Estoy hablando de iniciativa privada, lo sé, pero ¿no dicen que el gran error de la radio pública es acabar copiando los contenidos y formas más salchicheros de la privada? ¿No podrían tener el acierto de aprender de sus errores también?

Una de las cosas que apuntaba en mi ristra de tuits inicial era que Catalunya Ràdio tiene en plantilla a gente muy capacitada para hacer buenos programas culturales; el delito es que a muchos los tienen arrinconados haciendo de redactores, colaboradores o ni eso en programas que no tienen nada que ver; que los han transversalizado también, o sea, atomizado y dispersado con la excusa de que no daban las audiencias que tenían que dar. Lo que pasó en el sector editorial privado es que tenían allá dentro editores de mucha calidad a quienes se les empezaron a imponer títulos y a coartar por aquí y por allá en pos de unos resultados de ventas absolutamente desproporcionados, que es exactamente lo mismo que se hace en la radio cuando a un programa cultural se le impone un colaborador famosete con el único objetivo de aumentar la audiencia a un nivel que, de todas maneras, nunca se alcanzará. Algunos de los mejores editores optaron por irse de la casa grande y montarse el chiringuito por su cuenta: ellos han demostrado que esta iniciativa funciona. Sabiendo esto, ¿no es tonto que una entidad con gente preparada dentro opte por ir por el mismo camino equivocado expulsando los buenos contenidos? Por los contenidos, no pasa nada: ahora cualquiera en casa se monta un podcast; la poca vista de Catalunya Ràdio es que alguno de esos podcasts lo petará y entonces ahí llegará cualquier privada, más rápida y con más pasta que ellos, para hacer una oferta e incorporarlo a su programación. Y luego, la pública ¿qué? Pues a seguir perdiendo oyentes y a ponerse a copiar otra vez, que, por lo que demuestra, últimamente viene a ser lo único que sabe hacer.

Llevamos ya unos cuantas temporadas de estrategia de "transversalidad". A lo mejor, como experimento, al principio de la transformación digital, de la aceleración de la sociedad, etc., etc., esto tuvo un poco de sentido. Ahora, habiéndose demostrado lo contrario en otros sectores, que se siga con esta práctica en los medios (sobre todo en los públicos) empieza a ser simplemente pura negligencia.

dilluns, 29 d’agost de 2016

De lo de la radio: un buen resumen de la gravedad del asunto es este que hace Anna Punsoda hoy mismo en Nació Digital.

Ayer, por mail, le explicaba a Laura Borràs, directora del Institut de les Lletres Catalanes (que me escribió porque todo esto a ella también le preocupa), que no era una pataleta esta que hice por twitter hace unos días para recuperar mi sección: cuando Albert Miralles, director de Els Experts, vino a hablar conmigo para decirme que esta temporada tampoco tenían dinero para pagarme y yo le dije que entonces no me interesaba seguir colaborando, también le dije que total, mi sección, tal como estaba, para lo único que servía era para demostrar que sé leer muy rápido y luego hablar de los libros también muy rápido; ya lo explico en el hilo: aunque había hecho alguna propuesta para que mi tiempo en el programa no fuera simplemente un resumen de libro tras otro, me la habían echado atrás con los argumentos de "no vas a tener tiempo para hacer eso" o "eso es demasiado profundo".

Lo que decía: el asunto es grave no porque me hayan echado a mí de Els Experts sino porque ahora, en Els Experts (programa que se hará de 7 a 9 de la mañana cada día en iCat -emisora pública-) no se sabe si va a haber una sección de libros (nota: yo hablo de libros todo el rato, pero trasladen todo esto a música, teatro, arte, cine...); el asunto es grave también porque ahora mismo, en toda la parrilla de programación de Catalunya Ràdio y iCat no hay un solo programa dedicado por entero a la cultura, aquí, en Catalunya, con una capital recientemente nombrada Ciudad Literària de la UNESCO, sede del Museu Picasso, del Grec, del Sonar, del Primavera Sound, de la editorial Planeta (y por tanto del Grup 62), de una acadèmia del cinema muy comprometida con el país, de Barcelona Plató, del Institut Ramon Llull y de la madre que los va parir a tots y de todas las personas que religiosamente compran sus libros, visitan sus instalaciones, van a sus funciones y a sus conciertos y a sus salas de proyección.

Si nos ponemos prosaicos y monetarios, la excusa para arrinconar los contenidos que todo este público consume, siempre es la misma: que este público no existe.

Ahora me pongo personal y subjetiva: yo tengo una librería desde hace dos años y medio. No vendemos, en general, best sellers, no acogemos partidos de fútbol ni proyectamos los últimos grandes estrenos de Hollywood. Tenemos las mesas llenas de libros de editoriales pequeñas. El criterio de selección a la hora de comprar los libros que luego vamos a vender a los lectores, aunque siempre esté dominado por la calidad literaria, va llenito de matices y de momentos: no es el mismo criterio -ni de volumen ni de calidad (tenemos más manga ancha y no nos ponemos tan estupendos) justo antes de Sant Jordi ni de Navidad, porque no somos idiotas, que el resto del año. Cuando explicábamos lo que pensábamos ofrecer en la librería y aún ahora cuando les hacemos los pedidos a los comerciales y ven que no les compramos las montañas de los libros hechos en serie que ellos intentan vendernos con el argumento de "ésta es la gran apuesta de la editorial", nos encontramos invariablemente con gente que nos dice que no sabemos lo que hacemos, que eso se va a vender mucho y nosotros nos lo vamos a perder.

Llevamos dos años y medio siguiendo este criterio, ya digo, y en todo este tiempo no hemos parado de crecer. Prácticamente todas las semanas hay clientes que nos dicen que vienen a la librería precisamente por eso; clientes que nos preguntan por un autor y se sorprenden de que lo conozcamos y lo tengamos, por ejemplo, o clientes que vienen preguntando si este autor del que hablan todos los medios es REALMENTE tan bueno como dicen (no solemos mordernos la lengua si no lo es). En las redes sociales (otra cosa que les preocupa mucho últimamente allá en los medios de comunicación), campañas que han triunfado por encima incluso de nuestras posibilidades de respuesta, son por ejemplo "Curra't el Sant Jordi: tu coneixes la persona que estimes millor que els mitjans i les editorials" o la de recomendaciones hechas a través de consultas a los lectores que hicimos antes de este último verano en Twitter. La respuesta a las dos fue tan masiva que tuvimos que quedarnos horas extra en la librería para responder y no llegamos a responder a todo el mundo. Hemos hecho presentaciones que nos han reventado el aforo también; incluso la caja, por qué no decirlo, ya que a algunos les preocupa tanto.

Lo que quiero decir es que la excusa para que no haya un programa cultural en condiciones en la radio ahora mismo (que no lo hay) no es que no haya público: el público está ahí y es el más fiel que os vais a poder encontrar nunca si el programa es de calidad (que esa es otra). Lo que agrava además el caso es que en la radio, dentro mismo, en plantilla, hay profesionales que pueden hacerlo y que ya lo han hecho, además, pero que los tienen relegados a secciones idiotas de otros programas porque cuando tuvieron su programa cultural no llegaron a los índices de audiencia que marcaba el Barça, por ejemplo.

Eso último es lo más chungo y no que yo ya no esté en Els Experts o que Eduard Márquez ya no esté en El Suplement o que tengan colaboradores culturales trabajando allá sin cobrar o incluso (que los hay) pagando por hacer su sección.

Los medios públicos tienen que servir para otra cosa además de para hacer caja. Y eso es lo que ahora se está haciendo mal.