dimecres, 9 de novembre de 2011

Ayer, volviendo a casa, caminé un trocito de calle con unas señoras delante que hablaban del nieto de una de ellas. "Es cariñoso...", decía la abuela. "Cada vez que le doy un beso, me da también un abrazo". Un nieto suele ser una persona pequeña, de este hablaban como si se tratara de prácticamente un bebé. La abuela era una persona adulta de tamaño normal. Me la imaginé cogiendo en brazos al chiquillo cada dos por tres para que le diera besos. Coger en brazos a alguien implica abrazo, claro, y más para un bebé. Pensé en cuántos bebés se apartaban en vez de dar un abrazo cuando sus abuelas los cogían en brazos. Pensé que no debían de ser demasiados. Y me vino a mi cabeza mi tía Carmen, hermana soltera de mi abuelo que llevaba peluca blanca, hecha un moño. Había sido maestra en casa y se empeñaba en ser aleccionadora con nosotros también: "Los niños que piden regalos a los reyes no reciben nada: no hay que pedir nunca nada y agradecer siempre por lo que venga sin ser esperado", nos decía cuando días antes de Navidad íbamos cantando los tres la lista de anuncios de la tele que queríamos ver materializarse en nuestros zapatos. Y nos lo decía muy seria, con su peluca, sentada en su butaca colocada en el salón a la diestra del Padre, que era mi abuelo.

Y nos daba miedo, claro, sabíamos que si fuera por ella, en aquella casa todos iríamos vestidos impecables y repeinados, hablando solo cuando nos preguntaran y dirigiéndonos siempre de usted a nuestros padres y abuelos. Además, olía raro, igual que su habitación.

Se me ocurrió que ese era el modelo de abuela que un niño siempre quiere mirar desde la distancia y de la que tiene el instinto de apartarse cuando viene a darle un beso. Luego se me ocurrió que la tía Carmen nunca venía a dar un beso, éramos nosotros quienes desfilábamos hasta su butaca a la orden de mi madre o de mi abuela de "dadle un beso a la tía Carmen", y ni en aquel momento la tía Carmen estiraba los brazos por el abrazo extra, como mucho, con una mano, te sujetaba la barbilla en el momento del ósculo, porque eran ósculos, que son más de respeto que de otra cosa, más que besos, aquellos.

Se me ocurrió que la tía Carmen recibía el cariño que ella demostraba que quería recibir. El que demostraba, digo, porque probablemente necesitaba más amor, la tía Carmen, pero tenía la barrera de lo que ella entendía por respeto colocada de tal manera que le impedía todo gesto físico que pudiera provocarle un descolocamiento mínimo de peluca, y todo el mundo sabe que para hablar con un niño cara a cara hay que, al menos, bajar un poco la cabeza: pues justo ahí, bajo la barbilla, tenía colocada la barrera de lo que ella creía que era el respeto, la tía Carmen. Y nosotros, en respuesta, habríamos estirado los brazos contra ella, también a modo de barrera, pero del miedo, no del respeto, si no fuera porque nuestra madre nos empujaba por detrás.

Luego pensé que en realidad todo el mundo recibe el amor que demuestra que quiere recibir. Y que seguramente hay gente que lo está pidiendo a gritos por dentro pero que ha crecido para acabar levantando todo tipo de barreras que ha identificado como necesarias para evitar que el amor que reciben acabe haciendo daño. Y en lo difícil que es encontrar el equilibrio que te permita recibir el amor que necesitas sin dejar de tener las espaldas bien cubiertas.

Y luego concluí que no se puede pretender mantener ese equilibrio: que con corazas, te acabas privando de recibir demasiadas cosas, que a lo mejor la tía Carmen habría sido más feliz si hubiera cedido un poco y nos hubiera permitido llamarla de tú una sola vez. Y que habría sido la tía más guay de la historia, eso por descontado, si me hubiera dejado una sola vez ponerme su peluca para hacerme una foto, pero que, para ello, ella tendría que haberse quitado la peluca antes y seguramente no se habría sentido muy bien la tía Carmen, que ella estaría pensando antes en lo desnuda que estaba que en lo guay que era, porque también concluí ayer que la gente que levanta barreras está siempre pensando más en ellos mismos que en lo feliz que pueden llegar a hacer al otro.