dijous, 13 d’octubre de 2011

Dice R. -más o menos, no con estas exactas palabras- que cuando acaba una relación, si pasas un tiempo sin ver a tu ex y cuando por fin te pones en contacto con, en este caso, ella te dice que estaba esperando a que llamaras, eso es una forma de poder: ella lo dejó y sabía que él la acabaría llamando, que sólo tenía que esperar. R. piensa que ella puede permitirse decir esto, que en cierto modo es una chulería, porque tiene el poder: el poder de la dejadora.

Yo le digo que según cómo lo mire: que también puede ser una deferencia, que seguramente ella se sintió mal por haberle hecho daño y que aunque probablemente en algún momento haya sentido ganas de hablar con él y ver cómo le iban las cosas, ha pensado que mejor dejaba pasar un tiempo y que fuera él quien decidiera cuándo era el mejor momento para recuperar la comunicación.

No, no, no, no y no, va diciendo R. mientras yo suelto la parrafada anterior. Quien deja tiene el poder, insiste.

Y yo digo 'hombre, que no' aunque en el fondo no tengo ni idea: no conozco de nada a esta chica de la que habla pero es que aunque se refiriera a mi mismísima hermana, igualmente yo estaría hablando por hablar porque de un tiempo a esta parte me ha dado por pensar que no hay patrón que valga, que la gente simplemente hace lo que puede y que lo que puede hacer la gente varía. Tiene un tope, eso sí: algunos tienen el listón de sus propias posibilidades de actuación aquí arriba, rozando la excelencia; a otros se les queda en la mediocridad. Ahora, de ese tope hacia abajo no hay fondo: pilla por banda a la mejor persona en el peor de sus días y te puede joder tanto o más que el villano más villano de la historia de la realidad y de la ficción. Si no lo hace, es que es una especie de santo o una madre ultracatólica con pánico irracional a los infiernos (ya, como si el pánico a los infiernos pudiera ser racional).

Así que no tengo ni idea de si la ex de R. estará ahora mismo sonriendo satisfecha pensando 'ya sabía yo...' o si se alegra con toda la sinceridad de la que es capaz (a saber por dónde anda su listón) por empezar a recuperar el buen rollo. Yo prefiero pensar lo segundo, encaja más con mi teoría del hacer lo que se puede, que es un poco condescendiente, ya, pero también es un escudo protector como otro cualquiera: es muy difícil vivir pensando cosas como que la gente es mala y que tiene poder sobre ti.

Todo esto de la ausencia de patrón de comportamiento y del hacer lo que se puede es, si lo piensan, una reflexión lógica derivada de un mundo que va hacia una infantilización evidente del individuo. Piénsenlo: nunca había habido tanto juguete tan variado para la gente de a partir de una cierta edad así que nunca había habido tampoco una dispersión tan flagrante ya no de las líneas de actuación ante un estímulo sino de la misma atención hacia ese estímulo: ¿quién puede concentrarse en una cosa teniendo tantas cosas en las que podría concentrarse con el mismo gusto? ¿Quién puede seguir leyendo hasta la página 400 si en la 100 hay un momento en el que empieza a aburrirse y justo al lado tiene veinte libros más por comenzar a leer y todo un Amazon rebentando precios a un tiro de click? ¿Cómo te vas a quedar en la sala viendo la película si si te vas antes de la primera media hora te regalan otra entrada para otra peli que a lo mejor te gusta más? ¿Sigo? Va: ¿Qué más da tener un mal momento con alguien si media hora después habrán pasado tantas cosas que ya estarás dispuesto de nuevo a tener buenos momentos? ¿Con la misma persona? No, que se ha ido cabreada. Pues con esta otra o con aquella o con aquella o con uno mismo, que eso nunca falla.

Así que realmente no ha lugar a pensar si este o aquel ha sido malo o no, si tiene poder sobre ti o no: probablemente ni ellos mismos se hayan parado a pensarlo y la cosa haya quedado reducida a mera anécdota (desgraciada o no, depende también del momento en que lo recuerden).

Esto es un sindios.
Me dicen de escribir en catalán y respondo que no puedo, que mails, apuntes, notas, listas de la compra y tal sí, pero que escribir, escribir, no; que no lo hago con la misma fluidez que en castellano: dudo hasta de cosas que ya sé y meto unos giros que generalmente no son y, cuando lo son, me siento muy rara escribiéndolos.

Hay una inseguridad del extranjero que no desaparece nunca. Mi madre ve series en TV3 y cuando le dices de ir al teatro, responde que no, que no entenderá lo que dicen; mi hermana sólo habla catalán en la consulta, con pacientes que están más pendientes no de cómo dice sino de qué dice. Cuando uno es nuevo en algo nunca se acaba sintiendo a la altura de quien siempre ha sido en ese algo: míticas son mis gotas gordas sudadas cuando me tocaba enviar un mail a un escritor catalán para acabar de concretarle detalles del programa al que tenía que venir o cada vez que redactaba la notita de agradecimiento con la que acompañaba la copia que le enviaba después.

Digamos que la relación con el idioma para un neoparlante nunca es una relación de tú a tú: se le tiene una especie de respeto que ya ha perdido, si alguna vez lo tuvo, quien lo ha utilizado toda la vida; se siente uno profanador de algo, de años y años de tradición, de normas y normas escritas, de reglas y reglas de jurisprudencia: estas últimas son las peores, las que no se aprenden estudiando, las que uno, una vez descubiertas, duda de si es digno de utilizar y, cuando las utiliza, lo hace siempre cambiando la voz al tono de broma porque digamos que uno, en ese momento, se siente farsante, siente que pretende que ha hablado ese idioma toda la vida cuando todo el mundo, él mismo, sabe que no.

Todo eso pasa.

Un símil fácil de esta relación con el idioma nuevo sería el cómo se siente uno cuando un novio nuevo le presenta a sus amigos: todo es pura jurisprudencia; todos lo conocen mejor que él y tienen la información no escrita, conseguida a base de años de ver y escuchar; la información que les da la confianza suficiente para tratarlo con toda naturalidad, mientras uno aún está en la fase del a ver qué pasa si toco aquí, a ver qué pasa si digo esto. Por otro lado, pobre de él que acabe desvaneciéndose esa fase que tiene tanto de fascinación por haber incorporado un elemento (novio o idioma, da igual) nuevo e importante a su vida, y pase a ser simplemente un colega más. Y viceversa, claro.

Conseguir la naturalidad sin perder la fascinación, ese vendría a ser el reto. Casi nada.