dijous, 8 de juliol de 2010

(Del síndrome de Estocolmo producido por el maniqueísmo aprendido a una edad bien temprana)

Perdonen ustedes pero ver a un presidente (éste, con la boca pequeña) y a cuatro expresidentes (dos de la Generalitat i dos del Parlament de Catalunya) llamando a la gente a manifestarse, a mí, personaja criada en la Pamplona de finales de los 70, 80s y principios de los 90, me cortocircuita.

Piénsenlo: Yo, de pequeña, pasaba los fines de semana en casa de mis abuelos, en pleno casco antiguo de Pamplona, en la calle Curia, al ladico del cruce de las calles Navarrería, Calderería, Mañueta y Mercaderes. Este cruce venía a convertirse casi todos los sábados por la noche en el meollo del campo de batalla de las manifestaciones proindependencia de Euskadi; manifestaciones postfranquistas de las de verdad, o sea, de las de pasarse un rato antes por allá escondiendo piedras en las alcantarillas, cruzar coches y quemar cualquier cosa combustible que hubiera a mano. Y de las de mi abuela gritando: "¡¡¡Fuera de la ventana que ya viene la policía!!!" y cerrando los porticones.

Piénsenlo más: Este estímulo directo portador del mensaje "la gente que pide la independencia no le gusta a los políticos, así que los políticos mandan a la policía para que dispare pelotas de goma con mucha mala hostia a la gente que pide la independencia", fue constante en mi educación entre los 6 y los 18 años.
¿Pueden imaginarse ya cómo de rara me siento viendo a cuatro presidentes animando a la gente a salir a la calle a pedir la independencia? Porque es eso lo que piden, ¿no?, aunque no acaben de decirlo.

No sé, llámenme desconfiada pero no puedo evitar pensar que aquí hay trampa. Pienso por un lado que los papeles estaban más definidos antes, de una manera maniquea, sí, pero definidos; y por otro lado tengo la sensación de que se ha avanzado mucho desde entonces y que, a lo mejor, es ahora un momento de madurez social suficiente para empezar a hablar en serio de algunas cosas. Que lo de antes parecían sólo pataletas poco fundadas de niño broncas y que ahora el niño broncas resulta que no lo es tanto: ha crecido y tiene más recursos -recursos más sólidos- para acabar consiguiendo lo que quiere y, seguramente, merece.

En fin, comprenderán que mañana me pasee con la mani en estado alerta máxima; que me recorra un pequeño escalofrío cada vez que pase por delante de un furgón de los Mossos; y que al día siguiente me mire los periódicos con una ceja levantada aún, como cuando mi gato se asusta y después, cuando se recupera, todo él se desinfla menos la cola, que aún le queda erizada un ratito.
(De las anchoas delatoras)

Me sorprendo a mí misma dando consejos a una amiga que no acaba de hacer funcionar su relación con un chico. Ella dice: "Yo tengo la esperanza de que él se dé cuenta de cuánto le quiero". Y yo le digo: "Mira, cuánto le quieres ya lo sabes tú, la cuestión es cuánto te quiere él a ti. Tienes que pensar: ¿Qué quiero yo? ¿Hasta dónde llega él? ¿Me basta con lo que me da? No. Pues fuera". Y sigo comiendo cogollos de Tudela con anchoas como si nada, porque cuando se tiene delante a una amiga que duda, lo que no puedes hacer tú es dudar también. Y si se te atraganta una anchoa, haces ¡¡¡¡iiiiiiiiaaaaaaaahh!! y te la tragas, pero por dentro, sin que se note.