dijous, 10 de novembre de 2011

¡Lars von Trier se ha cascado una peli con unos personajones tan bestias! Son tres maneras de afrontar la vida tan diferentes, tan bien perfiladas, tan frágiles las tres pero tan reconocibles y tan válidas para ir por la vida... Con sus disgustillos y alegrías, sus mentiras y verdades propias, sus aciertos y sus fallos, tan torpes todos pero tan corrientes... Ves la peli y te reafirmas en aquello que sospechabas todo el rato: que la vida pasa igual seas un hijo de puta o un ángel de bondad; seas alegre o seas triste; disfrutes o no... Igual, pasa igual. Y la muerte, pues tres cuartos de lo mismo.

"Melancholia", que le dicen en original, es preciosa. Lars von Trier es un tío que a mí siempre consigue ponerme los pelos de punta no tanto por lo que cuenta sino por lo bien que parece que conoce lo que cuenta.

A mí solo me ha quedado una duda después de verla: ¿hacía falta la imagen tan, tan de preescolar, por lo evidente, de la idea melancolia en forma de planeta de proporciones desmesuradas que acaba engullendo la Tierra?

No voy a hacer en tiempos del 3D una defensa del Dogma pero todo esto que he contado, ¿no lo conseguía ya Von Trier en sus primeras películas sin tanto artificio?

Vayan a verla y verán que el planeta no sirve más que para hacer bonito; que a nada que hayas puesto un pie dentro de la melancolia de verdad -no la que orbita tan caprichosamente directa hacia la Tierra con momento engañoso de uyyyyy hacia el final de la peli, sino la que vive aquí mismo, la que no viene del espacio exterior-; solo con que te haya pasado rozando alguna vez la melancolia que vive dentro -no la que viene de fuera-, no habría hecho falta que Von Trier se encerrara tantas horas en una cabina de postproducción: con los tres personajes le habría bastado y sobrado para recordarte lo desproporcionadamente grande y arrasador que puede ser el sentimiento del que habla, con tanta eficacia, durante toda la película.