divendres, 30 de juliol de 2010

Me pasó una vez: quise estar más pendiente de alguien que lo que ese alguien quería que estuviera pendiente de él. El típico asunto de querer ayudar a quien no necesita ayuda. La situación que viene después de ejercer el exceso de volcamiento hacia una persona es muy desagradable: tú piensas que estás allá ejerciendo de punto de apoyo firme e incondicional, siempre disponible... Todo muy noble, sí, pero va y te acaban mandando a la mierda y de repente todo adquiere tintes de injusticia quasi mítica ejercida contra tu persona y te da tanta rabia que olvidas que lo realmente injusto es haberte empeñado en meterte en un sitio en el que no te quieren para nada.

Lo de echar una mano sólo en la medida en que es necesario es complicado. Para quien lo hace, es casi imposible que se dé cuenta de que se está pasando y lo más probable es que cuanto más ahogue más bueno se crea, angelico... Buscando el paradigma extremo, me viene a la cabeza toda aquella gente que pensó que la guerra que montó EE.UU. en Irak era un acto necesario para la liberación de aquel país. (Bueno, ya he dicho que era extremo el ejemplo).

De aquella vez que explicaba al principio, aprendí que el truco para ser un apoyo eficaz, como para casi todo, es escuchar. Escuchar mucho. Y estar disponible para que la persona en cuestión te encuentre cuando necesite que le escuchen. Y, entonces, escuchar más.

No sentirse ofendido si no te necesitan, es igual de importante.

S. vino a casa hace unos días y yo la recibí con las orejas abiertas (y los brazos, claro, será por brazos para recibir a S....). Me pegué un par de días sintiéndome la superescuchadora hasta que una tarde llamó su madre, le preguntó qué hacíamos y oí que S. respondía: "Aquí, contándonos nuestras historias" o algo parecido. Me sorprendió el plural. Recapitulé a cámara rápida nuestras conversaciones de los días anteriores y vi que, efectivamente, habían sido conversaciones, que yo había hablado también por los codos y que S. me había escuchado casi tanto como yo a ella. Mientras parecía que S. era la que más necesitaba ser escuchada en ese momento, ella misma había estado siguiendo atenta todo lo que yo le contaba, cuando a mí ni tan sólo me había pasado por la cabeza que también necesitaba alguien que me escuchara.

Y así, con la visita de S. aprendí un poco más de qué iba esto de la amistad.
Pasa que un día veo a alguien por primera vez. A alguien que ya conozco, quiero decir. Y me pregunto si él por dentro se siente tan diferente como lo estoy viendo yo. Y sospecho que seguramente no. Y acabo pensando si no seré yo la que he cambiado.

(Perdonen por el tono críptico-privado del asunto; estoy de resaca salvaje, de esas que, por mucho que te hablen y te cuenten, sólo dejan que en tu cabeza resuene un tontísimo tarareo contínuo).

Viva Toormix, viva Beñat y viva la familia Sanz, las goletas y los mascarones de proa.
I el Fede també: visca el Fede.
Y vivan los exnovios que te preguntan si te sientes sola.

Y viva toda la gente nueva que vi ayer. O sea, viva yo.