divendres, 20 de gener de 2012

Me acaban de contar una de esas historias de parejas que se separan después de que uno de ellos descubriera todo el tinglado que el otro tenía montado a sus espaldas.

La gente hace unas cosas tan complicadas...

El tío, sin que ella lo supiera -o precisamente porque ella no lo supiera-, se había metido en un follón de tres pares de narices de esos que, si se le plantean a uno en frío, no escogería nunca. Al hipotético planteamiento de 'mira, puedes llevar tu vida por aquí o la puedes llevar por allí', cualquier persona en su sano juicio respondería: 'por aquí, por aquí.. Por allí, ni loco', pero la cosa es que, sin planteamientos a priori, sin pararse a pensar y haciendo día a día, uno acaba metido hasta las cejas en el por allí (y loco, claro).

No es difícil acabar pensando que, si sin pensar y en muchísimas ocasiones uno acaba en semejantes berenjenales, debe de ser que la naturaleza humana tira para la berenjena. La siguiente pregunta lógica es: ¿por qué nos empeñamos entonces en hacer como que no y en creernos lo contrario para acabar casi invariablemente llevándonos tales soponcios cuando se descubre el pastel?

Y es justo en el momento de preguntarme eso cuando me creo muy lista y magnánima: lista por haber descubierto el verdadero carácter humano, tan bien enterrado bajo tantas capas de cine y de canción romántica; y magnánima porque habiéndolo descubierto, me siento capaz de perdonarlo todo a la voz de 'animalicos...'.

Pero en seguida vuelvo en mí y pienso que ahí está la cosa, que ya basta de animalicos, que alguien con dos dedos de frente y con la cabeza más o menos en su sitio no haría todo el camino hasta el berenjenal: o cortaría por lo sano o intentaría dejarse por un momentito de pasiones y echarle cerebro -¡y pasión también!- a lo que tiene en casa.

Qué harta estoy de estas historias. Desde que vi claro que no quería una parecida para mí, casi no soporto ni que me las cuenten.