dimecres, 7 de juliol de 2010

(... y de las cosas que de repente cuadran y de la literatura en su función de argamasa)

Yo empecé a sospechar que la literatura tenía sentido (o, dicho más egoístamente, le hacía un buen servicio a mi vidita) cuando vi que a veces, sólo a veces, leía un libro y muchas de las cosas que se habían cruzado en mi camino, de alguna manera, encajaban.

Aquí, hoy, en la época de la sobreinformación y del hiperestímulo sensorial, al cabo del día, te pones a hacer recuento de lo que has visto, oído, leído, comido... y el exceso es tal que tendrías para hacer tantas croquetas -bastante insípidas, por cierto- de los restos como para alimentar a base de pintxos a unos cuantos ejércitos de clientes ávidos de distracción. Puede que incluso se te acabara colando en la masa algún trocito de información que, en el momento de ponerte a cocinar, no habías tenido en cuenta como de suficiente beneficio propio pero que sí que pudiera haberlo sido.

Y un día, andas tú desmigando sobras, cuando un amigo te regala un libro y empiezas a leer y conforme avanzas en la lectura, vas haciendo viajes a la sartén y vas rebuscando y separando de la masa ingredientes que estaban ahí, pero no les habías parado la suficiente atención. Y descubres que sin ellos, que ya los tenías, no entenderías tan bien eso que te está explicando alguien que ha sabido aprovecharlos mucho mejor.

Hablo de un caso concreto, claro: Ayer X. me regaló un libro (¡encima que me invita a un curso, va el tío y me regala un libro!): "Esto no es música", de José Luis Pardo. Y empiezo yo a leer y en seguida me encuentro con la historia de Simon Rodia, un señor que entre 1921 y 1954 se dedicó a construir en Los Ángeles unas torres (la más alta, de 11 metros) a base de desperdicios. Éstas:



Y leo que Pardo reflexiona al respecto: (las torres) son la historia de una vida: lo que a cada cual nos es posible levantar acumulando los materiales que rescatamos a diario de la devastación, depositándolos unos sobre otros y pegándolos con la humilde argamasa de la que disponemos para fraguar una narración y procurar terminarla antes de retirarnos para morir, intentando elevarnos un poco cada día sobre el anterior e integrar los cascotes y los cristales rotos en una trama abigarrada y aparentemente absurda, hecha de heridas y de retales. Eso es "hacer algo grande". Y pienso: ¡Eso es justamente a lo que yo me refería -de una manera mucho más torpe- hace unos días aquí (en la segunda parte de esta entrada). La cosa es que yo lo había escupido así, sin reflexionar demasiado, como lamento desesperado "ay, espero que todo esto sirva de algo", y ahora, leyendo, veo que por lo menos otra persona ha hecho una reflexión similar sobre la vida. Y ¿qué queréis? las ideas sobre el sentido de la vida van caras y encontrar una que te sirva un poquito para entenderla es como para hacer del día un día de fiesta nacional.

Acabo el primer capítulo con la cabeza a mil, paso la página en blanco de rigor y me encuentro con el segundo, que se titula: Algo. En donde Bob Dylan, siempre anunciando tormenta, se toma como un pretexto para distinguir la estampa moderna de la historia y empiezan a aparecer unos molestos simulacros (de los que se hace un primer recuento) que ya no dejarán en paz al lector y que, para escarnio de Bing Crosby, arman muchísimo ruido. (¿Os he dicho ya que Pardo titulando es el rey?). Cualquiera que haya seguido un poco este blog está al día de mis idas y venidas con Dylan: mis delirios con el "Blood on the Tracks", mis tardes de canturreo nasal y mi ranking universal de canciones de todos los tiempos con "Idiot Wind" at the tot of the top forever and ever. Así que entenderéis que esté a punto de empezar a leer este capítulo que os digo con manos sudorosas, ojos desorbitados y mente en mode máxima empapación.

Pero antes, levantemos un clamor que puede convertirse en grito de este día nacional: ¡Vivan los libros que cuadran el círculo. Viva Dylan. Viva la basura emocional, lo pop y cualquier cosa que destilada y sumada acaba sirviendo para hacer algo grande!