dilluns, 4 de juny de 2012

Mi abuelo, todos los días, se levantaba, se aseaba old style, o sea, en la pica en vez de en la bañera, dejando todo el lavabo empantanado, se vestía y se iba a pasito ligero, cuesta abajo, por la calle de la Curia, al Casino, que estaba en un edificio en la Plaza del Castillo a cuyo interior se accedía por un portalón de madera que había en uno de los rincones de los porches. Los rincones de los porches de la plaza del Castillo eran, como todos los rincones de los porches de cualquier lado, los sitios más en penumbra, los que más contraste hacían con aquella luminosidad que reinaba en la plaza los (pocos) días de sol. Los rincones de los porches de la plaza del Castillo también eran, sorprendentemente, los sitios más húmedos en los (muchos) días de lluvia. Y los que más tardaban en secarse cuando volvía a salir el sol. Ahí, en uno de esos rincones, estaba el portalón del casino por el que mi abuelo entraba, todos los días, primero sin, y más adelante con bastón.

Yo, que hasta los doce años pasaba los fines de semana en su casa, y que nunca, jamás, puse los pies en el casino, estaba fascinada por la incógnita de qué sería ese sitio al que iba a meterse todas las mañanas el buen hombre tan repeinao. Le preguntaba a mi abuela a dónde y me respondía al casino. Le preguntaba a qué y me respondía a leer y a fumar puros. Fascinación máxima, ya les digo.

Un día le pregunté a mi abuelo qué leía en el casino -que lo que fumaba eran puros ya me lo había dicho mi abuela-. No me acuerdo muy bien pero supongo que miraría a mi madre desde su metro ochenta de estatura con cara de qué insolente es esta niña. Lo supongo porque de lo que sí que me acuerdo es de todas las veces que mi abuelo me repitió que los niños no hablaban a no ser que se les preguntara algo.

Mi abuelo era un señor de 1903.

También recuerdo que, seguramente aún sin mirarme, aún mirando con cara de desaprobación a mi madre, me respondió: el diario. Más fascinación. El diario ya lo teníamos en casa y no le hacían falta cuatro horas para leérselo. Ahí había algo más, yo tenía diez u once años y no me iba a quedar sin saberlo aunque me lo tuviera que inventar.

Investigando por aquí y por allá, me enteré de que el casino era por dentro todo de madera, que había una biblioteca, un mueble bar y sillones orejeros. Lo mejor es que no recuerdo que todo eso me lo contara él así que ahora pienso que es solo la historia que me monté en la cabeza y que me la monté a base de leer Pickwicks, vueltas al mundo en ochenta días y demás.

Buf, el casino del abuelo.

Tampoco he estado nunca dentro del Ateneu Barcelonès pero sé perfectamente cómo es ese sitio: igual que sé cómo es el casino del abuelo por Dickens y por Verne, lecturas de cuando me preocupaba cómo debía de ser el casino del abuelo, sé cómo es el Ateneu por Pla y por las historias de tortugas que cuenta Quim Torra de vez en cuando, lecturas ambas de cuando me empezó a preocupar cómo debía de ser por dentro el Ateneu.

Todo esto lo cuento porque llevamos un rato hablando por twitter del premi Crexells, que otorga el Ateneu Barcelonés, y cuyo ganador se decide por votación popular. Popular. El Ateneu. Uno de los finalistas es Jaume Cabré.

Solo voy a decir una cosa al respecto: miren en qué ha acabado convirtiéndose en casino de mi abuelo. Es un poco bodas, bautizos y comuniones. No hay madera por ningún lado. Y la biblioteca, en fin... la biblioteca. Sí.