dilluns, 28 de novembre de 2011

Mi hermana es endocrino, especializada en gigantismo. Bien, no es gigantismo el nombre técnico de la cosa, es yo qué sé qué de hormonas con nombre de letras y números y otros términos acabados en isis y en ismo y en ón, pero vaya, como gigantismo, ¿no?, le dije yo cuando me lo contó; sí, más o menos, dijo ella, pero no solo de gigantes entendido como ser más alto de lo normal, sino también de tamaño de distintas partes del cuerpo, de ciertos órganos, por ejemplo. O sea, mi hermana estudia por qué pasa y cómo evitar que ciertas partes del cuerpo crezcan más de lo normal: cómo evitar que alguien tenga un corazón demasiado grande como para que pueda latir con normalidad dentro del pecho, que si no puede hacerlo es muerte asegurada. Así de importante es la especialidad de mi hermana.

Lo que no sé es cómo se determina eso del gigantismo exactamente. Seguro que hay unos indicadores de las hormonas del crecimiento que hacen saltar todas las alarmas y hacen que mi hermana coja una jeringa y salte sobre ti para poner freno a tal amenaza de desbordamiento antes de que sea demasiado tarde, ella tiene sus máquinas y puede ordenar sus analíticas y esperar a que le lleguen unos informes llenos de numeritos y de topes por arriba y por abajo que no deben sobrepasarse bajo ningún concepto. Lo que está claro es que, para la mayoría de los casos, más no es mejor, y unos pulmones que te sirven para ganar seis tours seguidos, puede que te acaben llevando también a pincharte hormonas semana sí, semana no para evitar que sigan creciendo, una vez que más empieza a convertirse en demasiado y, así, ya ven qué ocurre cuando algo bueno se convierte en buenísimo y acaba siendo antinatural: el desastre.

Todo esto viene a cuento de los comentarios de la entrada anterior. Quien comenta era un amigo que tenía la manía de diagnosticarme exceso de bondad. Yo tenía la manía de decirle que eso no existía, que demasiado bueno no podía ser, pero hace un rato, me ha vuelto a hacer pensar en ello y por primera vez he pensado que sí que puede ser: que demasiado bueno sería la anormalidad que haría saltar a mi hermana a ponerse los guantes de látex hipoalergénicos y a buscar la inyección de hormonas, el desfibrilador y todo lo que hiciera falta para eliminar, frenar o reducir tal monstruosidad.

Un día este amigo me dijo que era feliz. Yo le dije (y no lo dije porque sí o por hacerme la dramática: lo dije porque empezaba a conocerlo bien): por eso no podemos ser novios, no podrías soportar tanta felicidad. Sí, me dijo. Yo lo entendí todo en ese momento -no hacían falta motivos ulteriores, aunque también me los dio- y me retiré. No podía quedarme. Ni él me me habría permitido hacerle esa putada ni yo quería hacérsela a él.

Lo que todavía no he aclarado, porque aquí sí que no hay indicadores objetivos sino que todo es relativo, es si yo soy el pulmón hiperdesarrollado o si él es la caja torácica atrofiada, pero en el fondo no importa: no encajamos y ya está. Empeñarse sería un suicidio como una catedral.

(Miento en esto último: sí que tengo claro quién es qué: yo no soy tan buena como para no caber y aquellos motivos ulteriores dijeron bastante la última palabra al respecto).
(Por cierto, no tengo ni idea de si quien gana seis tours acaba inyectándose nada, ¿eh?).
Pasa que cuando rajas del pueblo te daría en la boca con la primera cosa que tuviera a mano. Cuando dices no sé qué de haber podido huír de allí, de haber sido tan valiente de haberte venido a vivir a la ciudad, de haber salido de allá y de haberte montado la vida tan bien montada que llevas en aquí, te daría, te daría hasta que callaras, hasta que quisieras volverte allá para quedarte y no volver.

Y te daría bien fuerte porque yo a veces también estoy a punto de hacerlo, esto de rajar del pueblo, pero sé callarme a tiempo porque si vinimos aquí, tanto tú como yo, fue porque sabíamos que aquí era más fácil todo para gente como nosotros, que allí sí que tendríamos que haber empezado por ser otros, por ser más íntegros, por no andar mareando la perdiz, que es lo que nos va a nosotros. Ahora esto, ahora esto otro: allí eso no sirve, allí lo que es es y lo que no no vale, y nosotros no valemos allá.

Es que te daría pero a base de bien.

Ser nosotros habiéndonos quedado allá: eso habría sido lo valiente.
En realidad, los tiempos de infelicidad, aunque tienen mucho de lección contra el orgullo -una ve que siguen pasando las cosas que tienen que pasar: elecciones generales, nuevos miembros en la familia, los cumpleaños que tocan, el frío que llega, las lluvias que pasan-, liberan bastante de esta creencia absurda de que la alegría de los demás es en parte responsabilidad propia.

Sí, tienen algo de descanso, los tiempos de infelicidad: son la única manera de ver que efectivamente la nave va.