diumenge, 2 d’abril de 2017


Acabemos con el discurso del sofá, libro y manta en los días de lluvia. Si llueve, es el día de ir a la librería, porque si llueve, a la librería sólo vienen los buenos; los que salen de casa buscando el sitio para estar tranquilos dando vueltas mirando y remirando libros, preguntándole al librero si este o mejor este otro y por qué. Y vienen a discutir y a explicar que ese autor como que no, por esto y esto y lo de más allá, en cambio aquel otro sí, y que si tienes más. Y que ojalá tuvieran más tiempo para leerse aquel de allá también, te cuentan, pero que, bueno, que se lo van a llevar igual que ya verán cómo se lo montan.

No hay día que se venda mejor que un día de lluvia en la librería. No que se venda más, decir eso sería mentira, pero mejor sí: mejor pensado en el momento de la compra y mejor leído seguramente después también.

Ha sido un fin de semana fantástico en la librería. Sólo he tenido que fregar un charco que me dejaron cuatro pedorras que sólo habían salido a pasear y que se tomaron la librería como un sitio de paseo también; el resto del tiempo hemos tenido el sitio lleno de gente que entraba corriendo porque llovía y luego no se querían ir porque llovía también; que se habían metido aquí como refugio, pero no porque les hubiera sorprendido la lluvia sino porque habían salido de casa pensando que aquí iban a estar mejor porque iban a poder comprar libros que debajo de la manta, en el sofá, no habrían encontrado.

Los libros son para los valientes, para los que saben que llegar hasta ellos les va a costar mojarse, pero que luego, tras leerlos, se van a quedar más limpios y con ganas de mojarse otra vez para poder limpiarse aún más.

Los libros son, por ejemplo, también para los valientes que hoy se han ido hasta Bolonia para defender esa cosa tan aparentemente extraña que es la literatura infantil y juvenil. ¿Extraña? Todo el mundo leía de pequeño, hasta los que de mayores ya no leen; porque ¿por qué nos hemos tenido que inventar el género infantil y juvenil cuando lo que molaba cuando este prácticamente no existía o no se practicaba tanto era ver todos esos libros que leían tus padres e imaginarte el día en que tú pudieras leerlos también? Era entonces cuando tú, pequeño, por impaciente (todos los niños lo son), te ponías de puntillas y alcanzabas hasta el estante en el que encontrabas un Delibes, ¡un Delibes!, y empezabas a leer y alucinabas porque el protagonista era un niño como tú. Y no entendías nada porque ese niño como tú vivía en una guerra, pero a la vez lo entendías todo y, sobre todo, lo que entendías, sorpresa, era que en los libros los niños eran importantes también, así que ¿por qué no iban a ser importantes los libros para ti por muy arriba que estuvieran en la biblioteca? Y es que al final lo importante era crecer.

La etiqueta de infantil y juvenil se ha tenido que inventar porque muchos padres ya no leen, y hasta que no se solucione eso va a hacer mucha falta que existan cosas como la feria de Bolonia, la librería La Petita, la Caixa de Eines y la biblioteca móvil de El Culturista también.

Hoy ha venido una familia a la librería: padre, madre, hijo e hija. Los padres han entrado hasta el fondo y se han puesto a mirar las estanterías. Los hijos se han quedado sentados en las escaleras, mirándolos, hasta que han acabado; han salido los dos, los padres, con un par de libros en las manos y les han dicho: "¿no vais a buscar uno vosotros?". El niño en seguida ha cogido un "Super Patata", la niña miraba las mesas y ha dicho "es que no sé", a lo que la madre le ha respondido míratelos bien y tranquila ahí, hasta que encuentres uno", y los tres, padre, madre e hijo, se han quedado esperando mientras ella cogía uno, lo hojeaba, lo dejaba, cogía otro... Al final la niña, diciendo "este", le ha tendido un "Marcelín" su madre mientras le explicaba que lo quería porque le gustaban mucho los dibujos y porque los dos niños protagonistas eran muy amigos; se lo había mirado de cabo a rabo antes de decidir que se lo quería llevar.

A la librería, los días de lluvia, sólo vienen los buenos, los que leen sin manta, los que leen hasta sin sofá e incluso bajo el sol.

Vamos a currarnos mucho Bolonia hasta que lo de los libros sea normal, para los padres también.

dilluns, 9 de gener de 2017


Breve reflexión sobre la cosa de la cultura en los medios tras visitar ayer la exposición "Jardins de cooperació" de Alexander Kluge en La Virreina

 
Acabo de leer el último artículo de Saül Gordillo en el Portal català del sector de la comunicació. Va sobre el 2016 de Catalunya Ràdio, es triunfalista y ya sólo en la primera frase incluye términos google-friendly, por decirlo en el lenguaje ganador, del tipo 'sinergies' y 'viralitzar'.

Los mensajes repetidos a lo largo de las dos páginas de word que debe de hacer de largo el texto es que todo va sobre ruedas, que la emisora no sólo supera a todas las demás en el ranking de audiencias sino que bate su propia marca del año anterior.

Habla de la audiencia también como sujeto, no sólo como objeto, pero sólo para mencionar cómo todos los imputs que han recibido de los oyentes durante todo 2016 han sido positivos: Catalunya Ràdio, según su director, sólo ha recibido mensajes halagadores este año que acaba de terminar; no hay ni una sola mención a la crítica negativa, ni un motivo que justifique la creación, por ejempo, del hashtag #CatRàdioÉsCultura, que él mismo creó para justificarse ante la denuncia del grueso del sector cultural por el maltrato que sufrieron los ahora inexistentes programas íntegramente culturales que un día incluyó la casa en su parrilla.

Gordillo sólo menciona la cultura en su artículo para reafirmarse en su posición (adoptada de la nada, por lo visto) que defiende un contenido cultural simplemente transversal, o sea disperso e indefinido, en la emisora. Y al reafirmarse nos envía el mensaje de que esto va a seguir así, que no va a cambiar nada.



A Alexander Kluge (escritor y cineasta comprometidísimo con la cosa pública) los colegas se le tiraron un poco a la yugular cuando se pasó a la tele. Él sin embargo siguió haciendo allí sus programas de un contenido que no rompía en absoluto con su forma de hacer anterior ni con su mensaje. Si Kluge pudo hacer eso fue porque algunos directores de algunos medios de comunicación (los programas se emitían por la tele, pero él contó también con la producción de medios escritos) le hicieron un hueco en la parrilla.

Estos días, extractos de aquellos programas pueden verse en un centro de arte de la ciudad (en La Virreina). Los vídeos van perfectamente referenciados con el nombre del programa y los canales de televisión que los emitían. Lo que hacía (lo que aún hace) Kluge es arte, así que los espacios de televisión que contuvieron lo que hacía Kluge ahora se ven elevados a la categoría de arte también.

El día que los medios se den cuenta de que es la cultura la que les hace (les haría, si se dejaran) el favor a ellos y no al revés, ese día, el país será un poco menos idiota. Y lo mejor es que el mérito será en parte de los medios también y no sólo del artista.

Yo aún tengo la esperanza de que un día algún director de alguna tele o alguna radio públicas de aquí de señales de tener este tipo de sensibilidad.


 
Folleto de la exposición 'Jardins de cooperació' de Alexander Kluge.