dijous, 19 de gener de 2012

¿Saben el día en que, inesperadamente, dejas de procrastinar y, cuando acabas, piensas 'pues no era para tanto'? Suele acabar siendo un día feliz cuando en realidad simplemente estás recuperando el tiempo perdido de manera vanal y cuando, además, hay un paso previo al meterse en faena: el de darse uno cuenta de que está solo.

Vamos llorando por los rincones por la cosa esta de la soledad, cuando, desde bien pequeños aprendemos a decir 'yo solita, yo solita'. Mis sobrinas de uno para dos y tres para cuatro lo hacen: la de uno para dos, estas Navidades se empeñaba, después de cenar, en ayudarme a llevar los cubiertos de la mesa del salón al fregadero de la cocina.

El fregadero de la cocina cae dos palmos por encima de su cabeza. Si ella estira los brazos, le llegan como mucho un palmo por debajo del fregadero. Pero 'yo solita', decía repitiendo el estribillo que mi hermana le va soltando cuando tiene que subir un escalón, cuando le pide que la coja en brazos y ella va cargada con las bolsas de la compra.


Y mi sobrina estiraba el brazo, estiraba el cuello también, hacía nyyyyy y yo lo hacía también para arrancarle un segundo después el tenedor de la mano, dejarlo sobre la encimera y ponerme a aplaudir al grito de ¡bieeeeen!

Y ella aplaudía también su momento de solo con tenedor y gran esfuerzo de puntillas, pero daba un par de palmas nada más y salía corriendo hacia el salón a por otro tenedor.

Y así hasta ocho.

Y luego las cucharas- Los cuchillos -que eran los de carne, que tienen punta- no.

Dieciséis viajes -los críos son inagotables- y acabó aplaudiendo toda la familia. Toda la familia diciendo ¡bieeeeen! porque María está cada vez más preparada, le falta solo crecer unos cuantos palmos, para estar sola y empezar a preocuparse porque está sola y empezar a procrastinar e invertir el orden del ritual: acabar un día teniendo todos los tenedores sucios encima de la mesa, sentarse en el sofá, leer un rato, fumarse un cigarro, ir a tomar una cerveza con un amigo que te ha dicho que está en el bar de abajo, volver a casa, ponerse el pijama, volver al sofá, leer un rato más, lavarse los dientes, llevar los tenedores al fregadero, fregarlos y dejarlos en el escurridor para, finalmente y solo finalmente, como conclusión y no como condición, soltar: Yo solita. Y no era para tanto. Bien.
Mientras unos van y vienen por el pasillo, coquetean con la política, buscan espejos europeos o de ultramar, y se van a vivir a sitios de plazas enormes, con árboles asegurados por el Ajuntament, a ver si encuentran la ciudad que buscan, sin darse cuenta de que se han ido precisamente a donde la ciudad acaba y que esa ciudad que acaba es un quiero y no puedo que no será nunca y no solo no existe sino que se la han inventado..., va Javier y escribe el libro de Barcelona.

Ayer Tina Gil le decía a Isabel Andújar: los Einstürzende Neubauten son unos tíos alemanes que cogían un martillo se ponían a dar golpes en un bidón y te grababan un disco. E Isabel Andújar pasaba del disco, se quedaba con lo del martillo y, después de hacer un chiste con la hoz, contestaba: Yo toco la zambomba y mis nietos, tantos juguetes que tienen, son felices chocando dos tapas de cacerola

Paseos con mi madre es la memoria en futuro -porque tiempo es lo último que tiene la memoria- del chocar constante de las tapas de cacerola.

Yo ayer estuve hablando un rato con Tina Gil e Isabel Andújar, dos de las zambombas que más y mejor ruido hacen en el libro de Javier.

Tener suerte en la vida era esto. He dormido planchada.