dilluns, 4 d’octubre de 2010

Me acabo de dar cuenta: Me estoy haciendo una vida a base de las palabras de las que habla Ángel Gabilondo en la introducción a su libro "Menos que palabras", o sea, de palabras "a las que no les basta con decir lo que dicen y buscan siempre decir más, incluso de más (...)". Palabras que "no llegan a ser nunca palabras rotundas, sustanciales, ni del todo plenas. Y no simplemente por lo que les falta, sino por el faltar que ofrecen".

Sí, eso es lo que me pasa y lo que me provoca el andar permanentemente dispuesta a soltar la muletilla "es como si algo me faltara", que no es sino la formulación de una esperanza secreta más que de una frustración. Y a veces todo esto me parece una filosofía de vida de lo más odiosa, pero es que no sabría vivir de otra manera. ¿Se imaginan llegar al punto del "ya lo he conseguido todo"? Tengo un amigo que, el año pasado, tuvo esa sensación y a punto estuvo de mandarlo todo a la mierda para empezar de nuevo. Yo vi lo que sufrió e intenté animarle diciéndole cosas como: "¿No ves que no tienes nada y además, en el caso de tenerlo, podrías perderlo en cualquier momento?" Acabamos él dándose cuenta de que así era -eso le animó muchísimo- y yo totalmente convencida de que él era de los míos.

Vivan las palabras (y las cosas) que -Gabilondo dixit- no es que digan poco, es que dicen lo poco. Vivan los conceptos inventados in extremis para poder obviar que era ahí donde parecía encontrarse el límite. Vivan los burros como mi amigo y yo, que no aceptamos una vida carente de zanahorias.