dimecres, 11 d’agost de 2010

Dietario de la tienda
Día 3. Miércoles

Paso una media de 3-4 minutos al día esperando al metro para volver de la tienda a Barcelona y, como esos minutos me pillan justo en el momento de descomprensión, suelen ser todavía una especie de prolongación de la actitud contemplativa que explicaba ayer.

Así que hoy andaba yo todavía (por vicio) en plena búsqueda frenética del detalle que acaparara mi atención, cuando me he fijado en que todos los bancos de aquella estación de metro están simplemente atornillados a la pared menos uno, que tiene patas. Los he vuelto a repasar con la mirada y efectivamente: aquél, además de estar atornillado a la pared, tiene patas. Mi reacción inmediata ha sido mirar bajo el banco en el que estaba sentada y levantarme: El banco con patas me ha hecho desconfiar del resto del bancos, incluído el mío, que sólo estaba atornillado a la pared.

Habría ido a sentarme al banco con patas (lo necesitaba: llevaba toda la mañana sin ver una silla en la tienda), pero estaba en el andén contrario, así que me he quedado esperando al metro de pie pensando por un lado: "Estás haciendo el idiota, Isabel. Lo que pasa es que a ese banco no lo aguantaban bien los tornillos y lo han tenido que apuntalar". Y diciéndome por otro lado: "No, no, ese banco deja en evidencia la poca seguridad de los otros, basada en un puro cúmulo de circunstancias que puede fallar en cualquier momento. El de las patas ofrece mucha más confianza. Es un banco con fundamento".

Toda esta reflexión me ha dado pie a elaborar toda una señora teoría, si no vaya porquería de reflexión. El metro ha llegado y yo, por fin sentada, he pensado que la vida a lo mejor consiste en buscarse unas buenas patas sobre las que apoyarse con seguridad; que cuando se nace, lo único que se te da son unos tornillos provisionales con los que ir tirando hasta que ya se tiene unas buenas patas más o menos colocadas y listas para aguantar el peso en el momento en el que las cosas que uno conoce empiezen a tambalearse (que lo harán), y no acabar así dando con los huesos en el suelo.

Eso me ha hecho pensar, como siempre, primero en el pasado: la de veces que han ido a dar mis huesos con el suelo y las patas que me he ido construyendo; y luego en el futuro: en cuántas veces más me tendré que dar la gran hostia para descubrir que necesito más patas y ponerme manos a la obra.

Después de eso, he estado trabajando en algo más relacionado con mi otro trabajo (que ya no sé si es el de verdad o si sólo está atornillado a la pared y acabaré cayendo de culo con él y con toda la cacharrería), me he tomado un par de cervezas con mis amigos (porque, señores: hay vida después de la tienda), he llegado a casa y he visto en Can Luri, ese gran blog apuntalador de bancos inestables, este esquema sobre la necesidad imperiosa de hacerse con unas buenas patas, por mucho que uno piense que no las necesita.

(A veces acabo este tipo de posts y me da por pensar si lo mío no será la autoayuda y la charlatanería. Pasta dan, oye).

5 comentaris:

  1. Escribir es la autoayuda de los charlatanes, no?

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  2. y lo bueno que es el metro (sauna) de BCN en verano para eliminar toxinas, oye!

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  3. Si a la autoayuda la llama usted "cura de si", queda una cosa de mucho fundamento.
    Como me vuelva a llamar apuntalador de lo que sea, nos tendremos que ver las caras.
    Ah...
    Recuerde el lema de los infanzones de Obanos: "Pro libertate patria, gens libera aestate", que quiere decir, "si quieres hacerlas cosas bien, no andes buscandoles pies a los bancos".

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  4. Se ha dejado usted el "tres" antes del "pies" del lema de los Infanzones. El banco del metro tenía seis. Ahí es nada.

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  5. Fíjese que a propósito de su reflexión me ha dado a mí también por pensar en la "cura de mi" (gracias señor Luri por eximirme para siempre de pronunciar "autoayuda", que le tenía yo manía a la palabreja)y me parece que ahora que vivo boca abajo con los pingüinos, será por la perspectiva invertida, estoy reparando mucho en las patas, cómo echo de menos las patitas del norte...

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