divendres, 31 d’agost de 2012

Once y media de la noche.
Un crío en el balcón de enfrente de casa, saltando encima de una garrafa de agua vacía. El ruido es infernal: como el que hace una botella de agua al ser chafada para meterla en la bolsa del reciclaje del plástico, multiplicado por diez y constante -un salto, otro salto, otro salto... así durante media hora; los críos, cuando se ponen a saltar son imparables-. Salgo al balcón, le llamo la atención, no me oye. Espero a los intervalos entre saltito y saltito y voy haciendo eh, sht, sht, nene, nene, de manera acompasada con su "música" -momento ridículo, me hace hasta gracia-. Por fin, para y me mira. No saltes, le digo, que haces mucho ruido. Sigue mirándome. Sale su madre, me mira y le digo: es que hace mucho ruido con la garrafa. Le da un soberano bofetón, le arrastra de un brazo para dentro de casa y, antes de que cierre el balcón, cortinas y todo, delante de mis narices, acierto a decir bajito: ¿gracias?

Joder.

Mi sobrina de dos años ha aprendido a saltar la valla de seguridad de la escalera de su casa. Mi hermana le ha hecho un vídeo, lo ha colgado en el facebook y todo el mundo comenta lo mona que es.

Y luego, de mayores, queremos entendernos todos; y luego, de mayores, hacemos todos como si nos entendiéramos.

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