dilluns, 11 de juny de 2012

Esperando a hincarle el diente a 'Gingival', el nuevo librito de textos de Paco Ferrer Lerín, repaso 'Familias como la mía' y encuentro, en la parte de 'Nora Peb', en el cuarto capítulo del relato 'La Bête du Gévaudan', esta magistral escena:

No tardaron en bajar: cuatro buites negros, luego un cuervo, después tres alimoches, y cuando ya todos estaban comiendo, cayó del cielo una lluvia de aves, de plumas, de rugidos y los dos curas desnudos, blancos, regordetes, desaparecieron de la faz de la tierra, desgarrados, devorados por una turba de buitres leonados -noventa, cien quizá- que sólo dejaron unos huesos dislocados, esparcidos, que acabaron rodando hasta el fondo del barranco, perdidos entre juncos y pequeños tamarices. Tal como vinieron, se fueron. Dos buitres negros -lentos, ceremoniosos, más grandes pero más prudentes que los buitres leonados- regresaron al cabo de una media hora. Con cuatro alimoches y tres cuervos repasaron los restos. Hasta que un zorro merodeador, que ya había levantado a los buitres leonados -eso sí, ya hartos y sin nada más apetecible que comer-, irrumpió en escena, persiguió, sin demasiado entusiasmo, a cada una de las aves -que aquerenciadas volvían enseguida a posarse-, y comenzó a comerse los cartílagos, todos los que le habían dejado, fueran estos hialinos, elásticos o fibrosos; un especialista sin duda. Al final, separó un húmero de la escápula y con él en la boca se fue trotando barranco arriba.


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