dilluns, 19 de juliol del 2010

(De los cambios de humor)

Un día, te levantas de mal humor y triste. Se te va la mañana pensando que tienes que hacer tal o cual cosa pero eres incapaz de levantar el culo de la silla en la que te has sentado hace una hora para tomarte el café. Y el café ya está frío, claro, y eso te pone aún de peor humor. Entonces, te arrastras hasta el ordenador y ves que te han pagado del trabajo. Pones música, te duchas cantando, te vistes y sales de casa. Así. Por las buenas.

Es sólo un ejemplo; no es que la pasta me ponga de tan buen humor, que a veces también, a qué negarlo. He experimentado esta especie de subidones repentinos también por hechos igual de simples como recibir un e-mail o una llamada de alguna persona concreta, acordarme de repente de que faltan pocos días para que llegue tal, ver al Koldo haciendo el mongo con una bolsa de plástico o recordar que aquella noche es la noche que había quedado con cual.

También me pasa al contrario: del buen humor al mal humor en cuestión de segundos. Para esto creo que incluso soy más sensible. Me bastan ciertos comentarios, leer ciertas cosas en el periódico, que se me olvide que tengo la leche al fuego, encontrarme con demasiada gente en el metro...

Cuando empecé a ser consciente de la fragilidad de mis estados de buen y mal humor, pensé que era una histérica. Luego leí el "Combray", de Proust, y me hizo mucha gracia encontrarme en las últimas páginas con la descripción de un cambio de humor brutal en tiempo récord del protagonista del asunto.

El protagonista del asunto está convencido de que la literatura no es lo suyo; ha decidido abandonarla como había hecho ya anteriormente unas cuantas veces pero, después de un paseo por el campo, monta en el coche de un vecino y, fascinado por la naturaleza que acaba de ver, le pide un lápiz y escribe de un tirón una página entera describiéndola. Acaba y, de tanta felicidad, se pone a cantar. Hasta que se da cuenta de que esa noche llegaría más tarde de lo normal a casa, le dejarían comer el primer plato y lo enviarían directamente a dormir. Su madre se quedaría acabando de cenar a la mesa y acabaría mucho más tarde que él, así que, esa noche, no subiría a darle el beso de buenas noches. ¡Pum! Caída libre en picado: preocupación, tristeza, ganas de llorar y ¿quién se acuerda ya de la canción que estaba cantando dos líneas antes? Probablemente sólo el vecino, que en ese mismo momento en el que el niño se calla, debió hacer justo el viaje anímico contrario al del pasajero en cuestión; del agobio a la alegría absoluta al comprobar que el cursi por fin se había callado y él podía conducir tranquilamente la media horita de camino que les quedaba hasta casa.

Pues eso, que leer esto me hizo ese tipo de gracia que va acompañada por la fascinación de comprobar que a veces esos asuntillos que piensas que pasan sólo en tu cabeza, tienen un qué de universalidad. Pero vaya, que no por eso dejé de pensar que soy una histérica, quiero decir: que al desequilibradito de Proust le pasara antes que a ti la misma idea por la cabeza, vendría a demostrar precisamente lo contrario.

Lo soy, no puedo remediarlo... Esta noche vuelve S. Voy a ducharme y a buscarla a la estación. ¡Yupi!

diumenge, 18 de juliol del 2010

(De cuando, sin querer, me emociono)

Va V. y me regala el "Blood on the tracks" en vinilo, así, como quien no quiere la cosa: lo ha encontrado en la deixalleria de Molins, entre un lote de discos de alguna tienda que ha cerrado. Me dice: "Toma, para ti". Y yo lo cojo, lo miro, le miro a él, vuelvo a mirar el disco y le vuelvo a mirar a él. Le digo: "Pero, ¿para mí? ¿Seguro? Es un disco muy bueno...". Y me dice: "Sí". Y yo miro el disco otra vez, veo dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí y pienso que ese es el momento del fundido a negro final, de una película que, qui ho anava a dir, ha acabado bien.

dissabte, 17 de juliol del 2010

(De mujeres)

Hablando con mi amiga S., que acaba de salir -de mala manera y llevándose ella la peor parte- de una relación bastante larga, acabo hablando de mis experiencias como novia abandonada y abandonadora. Es normal: S. ahora anda un poco confusa y busca identificarse con alguien. Ella pregunta y yo contesto. A buena a ido a parar.

Ella pregunta y yo contesto, decía, y en una de éstas le cuento de aquella vez que yo, abandonadora, recibo una llamada de mi ex que me propone volverlo a intentar. "No", le contesto, a lo que él replica: "Vaya, no pensaba que me dirías que no... Ya no eres tan joven y, bueno...". "Pues ya ves", le interrumpí. Este diálogo me dio pie para pensar en la imagen tan extendida de las mujeres de mi edad que hay por ahí suelta entre el género masculino.

Por lo que me ha llegado, es bastante común la imagen de que aquí, las chicas, estamos tan obsesionadas con tener hijos que, llegados los 35, empieza una especie de cuenta atrás en la que todo y cualquiera vale con tal de ser inseminadas y nos convertimos en una especie de depredadoras-vampiras-anuladoras de la personalidad del macho, con un único objetivo: el de ser unas amitas de casa con un hombre bien amarrado a la pata de la cama. Me baso en comentarios de mis amigos y del exnovio este en cuestión, en entradas de cierto blog y en comentarios a esas mismas entradas escritos, parece ser, por mujeres.

En actitudes de otras mujeres, también me puedo basar. En las de mujeres de otras generaciones (quizás, por ello, más comprensibles): mi madre, sin ir más lejos, siempre, siempre que he acabado una relación, auque yo sea la corneada, abandonada... me ha hecho invariablemente comentarios del tipo: "Es que tienes un carácter..." Una de sus grandes preocupaciones, dentro de su ideología de niña de la posguerra y de colegio franquista, es que aquí, la menda, si no cambia de forma de ser (o sea, si no reculo y me trago todo lo que he tenido que dejar atrás y superar de la ideología esta bastante carca en la que me educaron), acabe quedándome sola. A mí también me preocupa un poco, cierto, pero es que cualquiera no vale, así que asumo el riesgo.

También me baso en actos de mujeres de mi misma generación: memorable el caso de un amigo que pasaba por una época malísima, acabó con una que a la primera de cambio y a pesar de lo mal que él estaba, le propuso tener un hijo. Por lo visto, no paró hasta que lo tuvo unos meses después. Con otro.

En fin, que sí, que hay mujeres así. Pero también hay otras como mi amiga C. quien, felizmente emparejada, a los 35 decidió todo lo contrario: "A mí ya se me ha pasado el arroz: no me imagino a los 40 corriendo detrás de un niño de 5". Y punto.

Y vuelvo a pensar en mi madre, un día que hablando de este tema me dijo: "Es que, Isabel, tú te piensas que sí, pero las cosas no han cambiado tanto", a lo que yo contesté: "¿No han cambiado tanto? Entonces qué hago yo pagándome cada mes el alquiler y yendo a trabajar todos los días?"

Para mí las cosas sí han cambiado. Y si aquí las dos partes ahora tienen que ganarse los euros para compartir el pagar el alquiler, la reforma de la escalera, la cuenta del súper, para decidir si un año se va o no de vacaciones, si se compra un coche nuevo... Y si las dos partes curran y cualquiera de las dos puede tener o no tener éxito profesional del que el otro se alegrará o ante el que el otro arrimará el hombro-pañuelo de los mocos, lo de los críos o no críos habrá que decidirlo entre los dos también, creo yo.

No me gustan las mujeres de las que siempre habla el sr. Vila. De hecho, me da un poco de lastimica que el sr. Vila sólo haya conocido a este tipo de mujeres. No, de hecho, lo que me da un poco de lastimica es que el sr. Vila no se haya molestado aún en buscar otro tipo de mujeres...

Vale, lo que me pasa, en el fondo, cuando el sr. Vila habla de mujeres, es que me hace pensar que eso de que "las cosas no han cambiado tanto" que dice mi madre, podría ser verdad. Y no me gusta.

divendres, 16 de juliol del 2010

(De los "échale tierra" que van definiendo la historia)

Tengo una manía: la de imaginarme cómo fueron las conversaciones en las que se han tomado grandes decisiones que posiblemente, en su momento, no lo parecían tanto. Bueno, grandes y pequeñas, no quiero dármelas de interesante porque por ejemplo, una de las últimas que me he imaginado es cómo se llegó a la conclusión de que el eslogan “Magnum Gold: Tan bueno como el oro pero sabe mejor” era el que mejor podía servir para vender el helado (¿Alguien se ha preguntado alguna vez a qué sabe el oro? Del ridículo porcentaje de enfermos mentales de la población que alguna vez se ha preguntado a qué sabe el oro, exceptuando al Tio Gilito y al rey Midas, ¿alguien se ha imaginado que el oro sabe bien? ¿Qué carajo quiere decir que algo, cualquier cosa, sabe mejor que el oro?). Lo único que puedo imaginarme es una sala de reuniones llena de copys y creativos publicitarios lanzando propuestas que sólo tienen sentido en sus cerebros ocupados durante las últimas 10 horas por dos únicos conceptos: “Magnum Gold” (tiene que salir en la frase porque es el nombre de la cosa) y “el helado está rico”. Y entonces alguien dice: “Va, tú, que son las doce y mañana a las nueve tenemos la reunión con el cliente. ¿Cómo era aquello que hemos dicho antes? Pues eso mismo”. Y todos a casa supersatisfechos.

Pero bueno, yo en realidad quería hablarles del barco que han encontrado en la Zona Cero de Nueva York, que también me ha hecho pensar en varias frases así como costumbristas que hicieron que acabara allá, enterrado a sólo entre 6 y 9 metros de la superficie, y que permaneciera oculto hasta anteayer mismo. Frases del tipo: “Y con el barco, ¿qué hacemos?”, “Échale tierra” (allá por el siglo XVIII). O: “Oye, que aquí cavando, cavando, hemos encontrado unas maderas…”, “Tú cava, cava, que la semana que viene vienen a hormigonar…” (allá por 1960 y pico). Frases que en su momento sonaron muy triviales pero que miren qué imagen más maja de la historia provocan a posteriori: Piensen en el siglo XVIII. Era la época de las grandes transacciones marítimas, las que propiciaron la pujanza económica de las ciudades portuarias y marcaron el inicio de las fortunas posteriores que, un siglo y pico más tarde, con las líneas aéreas en pleno despegue (perdonen el perogrullo) y el mar ya medio abandonado, decidieron que debían crecer a lo alto, desde la tierra. Construyeron los rascacielos indicadores de bonanza que todos conocemos para que, unas pocas décadas más tarde, viniera la guerra desde el cielo en forma de línea aérea a destruirlos.

¿Lo ven? Es fantástico ergo artístico el resumen de la historia que puede verse hoy en la Zona Cero: el origen (el barco) en los cimientos - el crecimiento (el rascacielos) en medio - el declive (el avión) desde arriba - gran crisis - vuelta al origen.



Ahora que tienen la imagen, sazonen el conjunto con cualidades humanas. Por ejemplo: la pereza (de mover el barco)-el orgullo (de ver quién construye el rascacielos más grande)-el odio (de estampar el avión contra el edificio)-la desesperación (de la crisis)-la superación (del volver a empezar).

A mí, con este cuento del “Échale tierra”, me ha parecido ver un poco las entretelas de cómo se va construyendo la historia sumando perezas de unos, orgullos de otros, odios de los de más allá, desesperaciones colectivas, ansias de superación y progreso tecnológico.

dimecres, 14 de juliol del 2010

(Natasha)

Ha muerto Natasha.

Me ha llamado un amigo para decírmelo este mediodía mientras yo comía con una amiga de Pamplona, con la consecuente enajenación mental y verborrea que comer con una amiga de la infancia a la que hace meses que no ves comportan.

Así que mi amigo me ha dicho por teléfono: "¿Sabes lo de Natasha? Se ha muerto". Y yo he dicho: "¿Quéééé?". Y él: "No sé más, me lo ha dicho S. Hablamos luego". Y mi amiga: "¿Qué pasa?". Y yo: "Nada, que se ha muerto Natasha, una del barrio... Bueno, ¿Qué decías?" Porque mi amiga cogía otro tren dos horas más tarde y a mí la noticia me ha pillado en otro mundo total, en el mundo de Pamplona, concretamente. Y la noticia de Natacha no venía ni de Barcelona, venía de lo más hondo del Raval y mi cabeza, en ese momento, habría tenido que hacer un viaje tan, tan largo y tan, tan bonito a ratos y tan, tan duro a otros ratos, que sólo tenía dos horas para hablar con Pamplona y no me he podido detener a hacer ese tipo de viaje.

Hace un momento, estaba en un bar con el amigo que me ha llamado este mediodía, y ha llamado A. y ha dado cuatro detalles más. Detalles tontos pero muy concretos. Y entonces ha pasado eso que pasa a veces en nuestras cabecitas tan idiotas: te dicen la información importante ("Ha muerto Natasha") y te pilla fuera de juego y no asimilas. Horas más tarde, te dan un par de números, una fecha, un par de datos tangibles y caes. Y te vienen a la cabeza cosas concretas: el día que un amigo me la presentó en La Concha (ella trabajaba entonces allá, de cigarrera); el día que G y yo la peinamos para uno de sus espectáculos del 23, lo nerviosa que estaba; ese otro día que se cabreó tanto porque la gente no la seguía; otro que, después de cantar, mi amigo F. aplaudiendo gritó "¡Rabo!" y ella contestó "¡Mejor rabo que cuernos!"; y todos los días que me la encontré en el súper... Y me doy cuenta de que ha muerto Natasha.

Para mí, Natasha encarnaba un poco la culminación del viaje, de uno de mis viajes. Yo soy de una ciudad pequeña y entré a Barcelona por la calle Mandri. Y cuando entré, todas las puertas (las mías) estaban cerradas y las tuve que ir abriendo y, cuando abrí la última, me encontré a Natasha y supe que había tocado más que hueso: meollo. Y no porque Natasha fuera como era sino porque, viendo su historia sin asustarme (no porque su historia asustara sino porque yo había sido muy asustadiza), supe que yo no podía ser más y que ya lo era todo. Y me fascinó. Y me horroricé y me reí a la vez, acordándome de cómo era yo en Pamplona.

Adios Natasha. La más grande. Sí.

Hay un plan para enterrar a Natasha; si pasáis por la Bata, el 23 o el Madamme Jasmine os lo contarán.

dimarts, 13 de juliol del 2010

(Glups)
First Swimming Lesson, va dir ell.

Estimat amic Artistaquinina,

Em reconec totalment en la cosa d'escriure la frase que no sé d'on ha sortit, en la d'obrir un llibre i estripar el paper escrit fent "no, no, no" amb el cap. En perdre la dignitat, em reconec i em reconeixeré mil vegades més. Sobretot em reconec en el paper d'escudera d'uns pocs bons escriptors. I en el fet de guixar quartilles, no és que m'hi reconegui sinó que hi ha temporades que no en sé fer d'altra cosa.
I diu que, a tot això, ell li'n diu escriure?

Ara estic terroritzada.

(i el dret a no escriure? Ai, no m'ho diguis: una altra excusa).

dilluns, 12 de juliol del 2010

(Del ojo del realizador y de su capacidad para colar arte, aunque nadie se fije)

La explicación del maestro (el maestro es Ángel Biescas, a quien tenemos la GRAN suerte de tener de realizador del programa), hace unas semanas, tomando un café: "Hay cámaras cenitales, steadys, gruas... Tenerlas cuesta un pastón y hay gente que sólo por eso, abusa de ellas, para amortizarlas. Lo que hay que hacer es buscar el momento; si en un programa de una hora encuentras sólo un momento que valga la pena, con eso, ya las has amortizado porque la imagen puede ser bellísima. Si las usas todo el rato, lo único que consigues es marear al personal".

La imagen del partido de ayer que me hizo pensar en Ángel Biescas:



Es Heitinga expulsado después de su entrada a Iniesta.

Mírenla ahora en movimiento, a partir del segundo 24:



Sólo seis segundos de cenital rotando levemente hacia la izquierda hasta que desaparecen las líneas del campo y Heitinga se convierte en un puntito naranja sobre un fondo verde.
A este señor le acababan de expulsar de la final del Mundial; Iniesta así se libraba de él y, un ratito después, marcaba el gol que le daba la derrota al mismo Heitinga. Y en ese momento de la expulsión, aunque había decenas de miles de personas en el campo y millones mirando la tele que rabiaban con Heitinga o que se alegraban por su castigo, un realizador, cenital mediante, nos enseñó que Heitinga estaba SOLO.

Y yo pensé: ¡Es el momento del que hablabas, Ángel Biescas!