dijous, 14 de gener de 2016

Hoy he conocido a una persona que había estado un tiempo trabajando en el norte de México. Estábamos cenando un grupo de amigos y ella iba explicando cómo había visto que allá el código de la violencia y del abuso de la mujer era distinto; que básicamente tenían otro umbral de tolerancia para estas cosas, que todo estaba más desmadrado allá, hasta unos niveles que nosotros no podríamos entender.
Yo pensaba que entonces iba a seguir explicando alguna barbaridad desquiciada, sang i fetge, cosa criminal, pero simplemente ha puesto como ejemplo cómo un día, en un bar, un tío se le había acercado de manera bastante violenta y le había pedido que se fuera con ella a casa, y cómo ella se había zafado de él y cuando después le había explicado el episodio a una amiga suya, ésta le había dicho: "bueno, es que eres muy guapa".
Y no me ha parecido tan terrible la historia.
Y se lo he dicho, que no me había parecido tan terrible, porque no me ha parecido tampoco que aquello que acababa de explicar fuera una cosa que no pasara aquí.
Y ella me ha dicho que tenía razón.

Y ahora, dos horas después, ya no sólo esa historia sino yo misma pensando que esa historia no es tan terrible es lo más terrible que me puedo imaginar.



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