dilluns, 23 de setembre de 2013

Hace unos días colgaba este texto sacado de 'Incerta Glòria' aquí, en referencia la peli aquella de zombies que han hecho sobre la II Guerra Mundial:

Tothom contra els dolents; tothom, sempre, a tot arreu, a favor dels bons. ¡Quina monotonia, Déu meu! ¿És que no hi ha ningú amb una mica d'imaginació en aquest planeta? Però el que tenen de pitjor les guerres és que després se'n fan novel·les; pel que respecta a aquesta (que t'ho asseguro, és una guerra de merda com tantes), se'n faran unes novel·les particularment idiotes, d'un rosa i d'un verd molt pujats...

Pues me equivoqué un poco entonces: me creí muy lista haciendo la traslación 'donde Sales dice novela, ahora se tiene que decir película', ya saben, porque ha pasado el tiempo y tal; ¡como si cuando Sales no hubiera ya películas! Me quedé corta avanzando, cortísima, la cosa es mucho peor. Ha pasado el tiempo, sí, y lo que ha sobrevenido a Sales no ha sido el cine, que ya estaba, ha sido la inmediatez, la prisa, la generalización del acceso a los contenidos y, por tanto, su banalización: el artículo de urgencia, el 'algo tengo que decir sobre esto de lo que ahora se habla tanto', y así, claro, uno se acaba encontrando con columnas como los que hemos leído estos días: sensibleras, imprecisas, tendenciosas, manipuladoras, hasta cargadas de la jeta infinita que hace falta para decir sin despeinarse 'de esto no entiendo nada, pero voy a opinar'.

Lo de los columnistas se está revelando como timo, como inflación. Es timar al nobel de literatura ofrecerle un espacio semanal en un diario de actualidad; es decirle que confías en él para hacer precisamente todo lo contrario a lo que sabe hacer, a la reflexión pausada, a disponer del tiempo de documentarse, de dejar que lo escrito haga chupchup. Es convertir su trabajo en cantidad, no en calidad; en rutina fastidiosa de aquellas que te exigen pensar antes en qué quieren oír que en lo que quieres decir. Firmar para un diario de los de hoy lleva implícita una carga elevadísima de autocensura; tan implícita, tan esencial, que a la que llevas un tiempo te descubres loando al escritor de la columna de al lado, saliendo en su defensa sin tener tiempo de fijarte siquiera en los recursos cutresalchicheros que éste, timado también a base de renombre, a base de dinero, acostumbra a utilizar. Y que un Nobel acepte estas condiciones laborales supone que el Nobel nos está timando también; se está incluso timando a sí mismo.

Es inflación. Dar de leer algo, cualquier cosa, firmado por un premio Nobel no quiere decir que ese algo sea digno de premio Nobel también. Pensar que cualquier artículo de Vargas Llosa es una filigrana literaria, el colmo de la sabiduría y de la pureza del pensamiento universal, sería como pensar que el saltito que da la gimnasta olímpica todos los días al bajar el último peldaño de la escalera de su casa es merecedor de una medalla de oro también. Pero nos lo venden así, lo del Nobel, y lo cree así el Nobel también; y ahí está la inflación consciente, que es falta de respeto, claro: sabiéndose respetado por la gente que lo lee, el Nobel decide ignorarlo o acomodarse en ello y hacer tu trabajo con el mínimo esfuerzo; lanzar opiniones como si fueran verdades, porque sabes que se las van a tomar como tal, sin interesarse por los resultados de las últimas elecciones ni por la historia de Cataluña de los últimos cuarenta años, sobre la cual, encima, vas a hablar.

Estas últimas entradas del First Swimming Lesson están jugadas en el terreno de la independencia, sí, van de eso: es una cosa que me preocupa y que creo que estoy teniendo muchísima suerte pudiendo vivirla in situ; pero van también de la degradación de la profesión; de los articles de merda que s'estan fent; de la dejadez, de la vagancia, de la vacía manera de pontificar que tienen algunos; de cómo se creen que son ellos quienes van escribiendo la opinión, quienes van inventándosela e, inventándosela, se creen también que pueden inventarse la historia: la que ha pasado y la que vendrá.

Ya lo dije el otro día en un twitt: tenemos una cancha de tenis de lujo -la independencia- y estamos dejando que se nos metan a jugar tenistas vagos y descuidados. Y no: eso no se puede permitir.

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