dimecres, 14 d’agost de 2013

El descubrimiento más trascendental y fecundo de mi juventud fue este: que la pasión tiene la vista clara o no es digna de este nombre. El amor ciego, todo panegírico y apoteosis, es una majadería. (...) Entrega por conocimiento, amor con los ojos abiertos: esto es pasión. (...) La acepción intelectual de "admiración" es interés y no es buen psicólogo el que no sabe que interés no es un afecto lánguido sino, más bien, un sentimiento que supera con mucho el de la "admiración". Es el afecto del escritor propiamente dicho y no solo no lo destruye el análisis, sino que de él extrae constantemente alimento, en un proceso totalmente antispinoziano. Por lo tanto, no es en el panegírico, sino en la crítica malévola y tendenciosa, incluso en el puro panfleto, siempre y cuando sea ingenioso y producto de la pasión, donde encuentra satisfacción el interés apasionado: la simple alabanza le parece sosa, comprende que de ella no hay nada que aprender. Es más, si llegara a ensalzar de modo productivo el objeto, la persona, el problema que de tal modo le ocupa, surge entonces algo maravilloso que casi se precia de ser mal comprendido, un producto de un entusiasmo insidioso y maliciosamente equívoco que a primera vista casi podría pasar por un libelo. (...) Bien sé a dónde quiero ir a parar al hablar de estas cosas. Nietzsche y Wagner, los dos, grandes críticos del germanismo: este, de forma artística e indirecta; aquel, de forma literaria y directa (...) Hablar del antigermanismo de Nietzsche como se habla a veces en Alemania es tan desatinado como lo sería llamarle antiwagneriano. Yo querría decir: el joven que, por su gusto y por las circunstancias de su época, se vio impulsado a hacer del arte de Wagner y de la crítica de Nietzsche la base de su cultura, tuvo que abrir los ojos al mismo tiempo a la propia esfera nacional, tuvo que concienciarse del germanismo como de un elemento europeo extraordinario, inductor de una crítica apasionada; en él tuvo que formarse una especie de patriotismo de carácter psicológico que, naturalmente, nada en absoluto tenía que ver con el nacionalismo político, pero que suscitaba cierto prurito de la conciencia nacional, cierta impaciencia ante los toscos insultos nacidos de la ignorancia, como, por ejemplo, el amigo de las artes al que la experiencia wagneriana ha hecho ascender a más altos niveles espirituales, pero que se ha convertido en enemigo de este arte, por lo que se siente presa de la impaciencia al escuchar los denuestos de la ignorancia y la ramplonería. El "interés", volviendo la oración activa por pasiva, es el nombre intelectual de un afecto cuyo nombre sentimental es "amor".

Thomas Mann. "Reflexiones de un apolítico". 1918.

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