divendres, 3 de maig de 2013

A ver, que estamos un poquito de los nervios.

El gran mérito de Freud no fue empezar a implicar el inconsciente en las explicaciones de la actividad y reaciones diarias de la persona, sino que todo el mundo, a partir de aquel descubrimiento, entendiera tan bien la cosa (seguramente porque eso que vio Freud era precisamente lo que nadie quería reconocer, y todo el mundo sabe que lo que no se quiere reconocer es precisamente lo más conocido). Está tan aceptada la teoría del inconsciente que uno podría teorizar en base a ella incluso para explicar cómo abre una bolsa de patatas fritas: por qué la coge con una mano y no con la otra,  por qué la abre por la mitad o por un extremo... La consecuencia de esta popularización es que la teoría del inconsciente de Freud anda devaluadísima: a nadie más que a uno, y a veces ni eso, le importa por qué abrimos así las bolsas de patatas; vamos, como si nos da por tumbarlas en la encimera y acuchillaras sañosamente con el jamonero. Bueno, esto último, a un abogado defensor igual sí que le interesaría por aquello de alegar enajenaciones temporales y tal.

El caso es que se ha armado gran revuelo con la entrevisteta de Mariscal; con aquella en la que responde a una pregunta cantando que las banderas le dan alergia y que el 11S le recuerda a los tiempos de Hitler.

Yo la leí y pensé: ya estamos. Y sí; ya estábamos: las manos a la cabeza, de la cabeza al teclado y el twitter a full. Y el fantasma venga a sobrevolar Europa otra vez. Y Mariscal, federalista. Y Mariscal, tu perro era un truño...

Y miren por dónde que yo me quedé con esta otra: Mariscal, tu padre era nazi. Ahí lo tienen: el padre de Mariscal era nazi y Mariscal era un hippie; un hippie con la porramenta, los amigos descalzos y el padre nazi. Sabiendo qué es un perro dentro de la cabeza de Mariscal, ¿se imaginan qué es un nazi dentro de la cabeza de Mariscal? Debe de ser una especie de señor muy serio y muy alto, que le pone mala cara cuando no se corta el pelo, cuando llega a casa borracho y cuando se niega a ponerse la americana para la cena de Navidad. Un señor que da mucha pereza, tanta como la que le debe de dar que ahora parezca que vayan a cambiar las cosas, con lo bien que le han ido a él las cosas cuando las cosas estaban como estaban.

¿En serio se creen que Mariscal tiene un mínimo de predicamento cuando habla de nazis? No. A Mariscal no hay que escucharle. No hay que darle la razón ni que enfadarse con él. Mariscal no sirve ni de enemigo ni de aliado. Quien cite a Mariscal, quien se apoye en su analogía, tampoco sirve de nada. Y esto hay que tenerlo muy en cuenta, porque sólo faltaba que nos pusiéramos ahora a perder el tiempo luchando contra los fantasmas del inconsciente del último mono que se nos ponga delante.

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