diumenge, 14 d’abril de 2013

"Un hombre que ha nacido en Kenosha, Oshkosh, White Water, Blue Earth o Tucaloosa debería tener los mismos privilegios que un hombre nacido en Moscú, París, Viena o Budapest. Pero el hombre blanco norteamericano (para no hablar del indio, del negro o del mexicano) no tiene la más remota oportunidad de abrirse camino. Si tiene talento, está condenado a que ese talento sea aplastado en una forma o en otra. El "estilo americano" consiste en convencer a un hombre de que debe dejarse sobornar y convertirse en un prostituto. O, en caso contrario, se le pasa por alto, se le hace pasar hambre hasta que se somete y consiente en ser un sirviente. No son los océanos los que nos separan del resto del mundo: es la actitud norteamericana ante la vida. Aquí nada prospera, salvo los proyectos utilitarios. Uno puede recorrer millares de millas y no enterarse de la existencia del mundo del arte. Uno aprenderá cosas sobre la cerveza, la leche condensada, los artículos de goma, los alimentos envasados, los colchones inflables, etc., pero nunca verá ni oirá nada que tenga que ver con las obras maestras del arte. A mí me parece igualmente milagroso que el hombre joven de norteamérica haya oído los nombres de Picasso, Céline, Giono y otros como ellos. Tiene que luchar como un león para ver la obra de estos hombres y, cuando está frente a la obra de los maestros europeos, ¿cómo podrá saber o entender lo que ha producido esa obre? ¿Qué relación tiene dicha obra con él? Si es un ser sensible, en el momento en que llega a ponerse en contacto con la obra madura de los europeos, ya está medio chiflado. La mayoría de los jóvenes de talento que he encontrado en este país me dan la impresión de estar un poco mal de la cabeza. ¿Cómo podría no ser así? Viven en medio de gorilas espirituales, de monomaníacos de la comida y de la bebida, de adoradores del éxito, inventores de nuevos aparatos, tiburones de la publicidad. Dios mío, si yo fuera joven en la actualidad, si tuviera que enfrentar un mundo como el que hemos creado, creo que me pegaría un tiro. O tal vez, como Sócrates, me iría en dirección al mercado y dejaría caer mi semilla en la tierra. Por cierto que nunca se me ocurriría escribir un libro o pintar un cuadro o componer una pieza musical.  ¿Para quién? ¿Quién, fuera de un puñado de almas desesperadas, puede reconocer una obra de arte? ¿Qué puede hacer uno con uno mismo cuando ha dedicado su vida a la belleza? ¿Encarar la perspectiva de terminar el resto de la vida dentro de una camisa de fuerza?"

Henry Miller.

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