divendres, 1 de febrer de 2013

La política -y el delito- como opinión: He aquí el problema.

El miércoles fui a ver el fútbol.
Llevábamos poco de partido cuando va uno del Madrid, hace un salto así como raro y el del Barcelona que tenía al lado se cae al suelo. Viene el árbitro corriendo y le saca la amarilla al del Madrid.
-Si no lo ha tocao, digo yo.
-Sucun, no puedes ser objetiva en un partido de fútbol, me dice muy seria Olga.

Partido, tomar partido, bipartidismo.
(Todo cuadra.)

Ahora Sorayita dice que mañana Rajoy, el de recta vida, dará su opinión sobre los números de la libretica. Tomar partido, opinar, números; ¿qué palabra sobra en esta lista?
(Los números no cuadran.)

Igual Sorayita lo ha dicho por decir, igual Sorayita se está cubriendo las espaldas por si mañana Rajoy sale y, guión en mano, ya que lo tiene ahí, le da por saltárselo y desmoronarse y llorar, que es una cosa que ella misma sabe de qué va aunque no sepa muy bien cómo hacer. Entonces Sorayita podrá volver a salir y decir: Bueno, ya lo dije: era sólo su opinión; se ha equivocado, no volverá a ocurrir.

Pero ya hubo un no volverá a ocurrir: un no volverá a ocurrir con un elefante muerto un Rey que también opinaba mucho; opinaba por ejemplo que irse a Bostwana a equivocarse era buena idea.

Entonces ¿qué hacemos? ¿Aceptamos opinar como manera válida de gobernar un país? Porque si sí, podríamos juntarnos unos cuantos de millones de votantes que opinamos que ya va siendo hora de que se vayan todos a tomar por el culo. Y, si esto es una democracia, nos lo tendrían que aceptar, ¿no? A no ser que ahora decidan ponerse a opinar que no, que de democracia nada, que esto lo que es es un partido de fútbol. Y que todos a tragar.

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