dimecres, 16 de maig de 2012

La Casa Amatller es una de las casas modernistas que hay en de Paseo de Gràcia. Es preciosa.

El tal Amatller, chocolatero, viajero y coleccionista de fotografía, se la hizo construir al arquitecto Josep Puig i Cadafalch a finales del XIX. Por fecha de inicio de las obras, es más antigua que la Pedrera y que la Batlló: he visto a japoneses abrir los ojos como platos cuando les he contado esto. ¿Qué hacía yo contándoles esto a los japoneses? Durante casi un año trabajé en la tienda de la casa Amatller, ubicada en el garaje de la casa; Amatller fue uno de los primeros propietarios de coche particular en Barcelona. Debajo del parquet de la tienda, hay aún una plataforma giratoria: los coches de la época no tenían marcha atrás, así que cuando el Sr. Amatller avisaba de que quería salir a lucir automóvil paseo arriba, paseo abajo para terror, seguramente, de conductores de tranvía, caballos y peatones, el chófer, en el garaje, giraba la plataforma y con ella el coche hasta dejarlo encarado a la vidriera. Abría la vidriera, abría el portalón, esperaba a que bajaran Amatller e hija y vamos que nos vamos.

Amatller solo tuvo una hija que no llegó a casarse y que siempre vivió con él. Las malas lenguas dicen lo que suelen decir las malas lenguas en estos casos. Yo no sé nada, solo he visto a padre e hija en algunas fotos que decoraban las paredes de la tienda de la casa Amatller. En todas ellas, tanto la hija como el padre salen con los ojos cerrados; esto es porque en aquella época, cuando te hacían una foto, tenías que posar un ratazo porque los negativos necesitaban largo tiempo de exposición, y porque el fogonazo del flash te iba a hacer cerrar los párpados de repente y poner cara de supersusto sí o sí.

¿Cómo puede ser que para tan largo tiempo de exposición bastara con un fogonazo? Eso tampoco lo sé. Solo sé que bien por una cosa, bien por la otra, los Amatller salen en todas las fotos con los ojos cerrados, así que no sé cómo se miraban los Amatller entre ellos y por eso no tengo ninguna pista de si lo que dicen esas malas lenguas es verdad.

Cuando les explicaba a los japoneses todo esto último sobre los ojos cerrados de los Amatller en las fotos, ellos, igual que con la historia del coche giratorio, volvían a abrir los suyos como platos. Son la hostia, los japoneses.

Cuando murió la hija Amatller, el padre ya había muerto, no quedó ningún familiar que heredara la casa. Se la dieron al cochero. Ahora el edificio es, en parte, propiedad de un descendiente de ese cochero que giraba la manivela de la plataforma de aquel garaje. En parte: uno de los pisos pertenece a su exmujer (¡ay, el prenup sin firmar!). ¿Y la tienda de quién es? Pues del descendiente del cochero también, pero debería de ser de Femi, sin duda.

Femi es la portera de la casa Amatller.

Tiene una garita en la entrada, a mano derecha, justo antes de llegar a las escaleras, que están antes del ascensor, que está al lado de la puerta de la tienda. Femi debería ser la reina de la planta baja porque ya lo era, en funciones. Entraba hasta la tienda a darnos conversación y a traernos algo de merendar siempre que veía que había pocos guiris rondando. Se enfadaba con nosotras -nunca contra nosotras- cuando le contábamos que nos querían bajar el sueldo, que nos habían quitado la silla o que nos habían dicho que no moviéramos el culo de allá hasta las nueve en punto de la noche. Echaba a todos los turistas -los japoneses se quedaban más ojipláticos que con cualquier historia de fotos con la visión de esa señora rubia espetándoles vocalizando mucho, según ella para que la entendieran, que estábamos cerrando-. Se quedaba a hacernos compañía mientras contábamos el dinero para que no nos quedáramos solas con las montañitas de monedas y billetes a aquellas horas, que ya era de noche. Y si la caja no cuadraba, dejaba el bolso, se quitaba el abrigo y nos decía: venga, tranquila, cuenta otra vez, que yo te espero, que no tengo ninguna prisa.

Veo mucho a Femi ahora porque paso todos los días por delante de la Casa Amatller cuando voy a trabajar. Hoy me ha contado que le han puesto un andamio en la entrada de la casa y que ya no puede estar en su garita. Le he dicho: ¿a ver?, ha abierto la puerta y he mirado. El andamio es enorme y tiene una plancha de hierro que tapa la puerta de su rinconcito, del rinconcito de Femi. Estaba yo mirando eso indignada cuando la he oído que me decía: y mira tu tienda, qué vacía.

Mi tienda, decía.
Esa tienda es de Femi. Femi debería ser la reina de toda la planta baja, fotos, plataforma giratoria del garaje y hasta japoneses ojipláticos incluidos, de la Casa Amatller.

2 comentaris:

  1. Qué bonita la historia. Qué bien contada. Qué voz la narradora. Qué suerte el cochero. Qué razón las malas lenguas. Y qué mona Femi, la reina de la planta baja.

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  2. O sea, que probablemente me ha vendido usted chocolate. Por si le sirve de pista, soy el que no era japonés.

    He entrado a menudo a ver la casa, una costumbre al pasar por allí, igual que mirar el escaparate de Löwe, o subir al despacho que un amigo tiene dos pisos por encima de la tienda en un piso perfectamente conservado. ¡Qué tiempos cuando había burgueses de verdad!
    Recuerdo las fotos de los periódicos viajes. Y las del interior del piso, con el matrimonio (¿o eran ya padre e hija?) en la mesa, con la chacha al lado, si no recuerdo mal. ¿Llegó usted aver el piso por dentro? Me quedé con las ganas.

    Muy bueno lo de la herencia. ¿Se imagina ahora a un chófer heredando ni que sea un chaletito en Pearson? Lo dicho: por no quedar, no quedan ni burgueses.

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