dissabte, 26 de novembre de 2011

Hace cuatro días entré en una tienda de Telefónica a pedir que me dieran un móvil nuevo, el que me regalaran, era igual, con el que poder navegar por internet y mirar todo el rato el Twitter mientras dan por la tele los resultados de las elecciones, por ejemplo (o sea, que me tiene que durar dos años como mínimo y ya veremos si para entonces queda tele para ver resultados de elecciones). Y me lo dieron.

Hace cinco días me puse a hacer una funda de ganchillo para el móvil en cuestión.

Hacía mucho que no hacía ganchillo. La primera tarde, me pasé casi dos horas pensando, mientras hacía pasar la lana por aritos y aritos de la misma lana, que no podía entender por qué hacía tanto que no hacía ganchillo, con lo bien que me sentaba tener la cabeza medio pensando en el punto que viene después del anterior y un poco también en temas de la candente realidad del momento pero en slow motion: pensarlos al mismo ritmo que el ganchillo pasa por el aro, uno tras otro, despacito y de repente stop para pensar que te has saltado un punto y pensar solo en eso durante un momento para luego volver a pensar en otro tema de candente realidad. Y de fondo todo el rato el no sé por qué he estado tanto tiempo sin hacer esto, así, en bucle.

La segunda tarde llamé por teléfono a un amigo para quedar con él aquella noche. Me dijo que no podía. Me jodió bastante porque a mí me apetecía mucho quedar con él y él, en cambio, me puso una excusa un poco idiota para no quedar. Me puse a seguir con la funda pero de repente esto del ganchillo tenía una cosa como de plan B a millas de guayedad del plan A. De repente era una cosa frustrante estar ahí tirando del hilo, avanzando tan despacio, pensando joder qué excusa más tonta me ha dado, parándome a ratos para pensar en el punto que me había saltado y volver luego a pensar en aquella excusa y, de paso, en todas las excusas tontas que me habían puesto en toda la vida para no quedar contigo. Solo estuve haciendo ganchillo media hora, esa tarde.

La tercera tarde ya tenía el móvil. Llamó una amiga y la invité a merendar. No hice nada de ganchillo esa tarde en la que el hacer ganchillo pasó a ser una obligación: tenía el móvil, al día siguiente tendría que meterlo en el bolso, con esa pantalla enoooorme y perfecta, sin un rasguño, junto a llaves, bolis y demás objetos rayadores de pantallas de móviles nuevos. Y yo con la funda sin terminar.

La cuarta tarde llegué a casa con el móvil en el bolsillo del abrigo, donde había estado metido todo el día él solo, sin ningún otro objeto chocando contra él y con la pantalla mirando hacia adentro para, al meter la mano, no dejar todos los dedazos marcados en ese cristal tan pulido y tan de fondo negro. Lo que sí que llevaba en el bolso era el libro nuevo de Dovlatov, que me puse a leer en cuanto llegué a casa. Hacer ganchillo fue aquella tarde una cosa que haría si me daba la gana hacer y que no hice porque me daba más la gana leer a Dovlatov: como el móvil iba bien en su bolsillo, hacer la funda ya no era una obligación.

Hoy es la quinta tarde. Mi hermana me ha dicho que me llamará cuando acabe de comer en casa de su suegra. No me ha dicho la hora exacta. Me queda muy poco para acabar la funda y he decidido hacerlo antes de que llame mi hermana. Hacer ganchillo se es hoy en una tarea contrarreloj, una especie de apuesta conmigo misma: a que la acabo antes de que llame. No la voy a acabar porque ya son las seis y pico y me he parado para escribir este post en el que hay un montón de cosas que son mentira, como en todos los post, y un montón de cosas que son verdad.

Que estoy haciendo una funda de ganchillo es verdad, por ejemplo, que tengo móvil nuevo desde hace cuatro días, no.

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