diumenge, 5 de desembre de 2010

El día que cumplí 17 años, toda la familia estábamos en Barcelona. Yo quería celebrar mi cumpleaños en Pamplona. Mi padre me había dicho que ese fin de semana, cogíamos el coche y nos íbamos para allá todos. Llegó el viernes por la tarde, mi padre llegó tarde del trabajo y cuando llegó, entró por la puerta diciendo que no íbamos a ninguna parte, que él no cogía el coche a esas horas para volver dos días después. También me dijo que ya era hora de que empezara a aprender que en la vida no se puede tener todo. Rabié como nunca, no salí de mi habitación en todo el fin de semana.

Entendí mejor la situación cuando por fin me tranquilicé y pude mirar más allá de mi cabreo: mi padre había estado trabajando toda la semana y créanme que lo de trabajar, para mi padre, no era hacer las ocho horitas de rigor y luego repantingarse en el sofá hasta la hora del telediario: aún no ha llegado el día en que yo haya conocido a nadie que trabaje como trabajaba él. Era una cosa excesiva, y él mismo lo reconoce ahora, que está jubilado e intenta recuperar el tiempo perdido: mis hermanos y yo aún nos reímos así con un poco de tristeza adosada a la risa, cuando recordamos los sustos que nos daba hace unos años, durante los primeros meses de su jubilación, cuando veíamos en el móvil una llamada suya. Los tres pensábamos: "El papá: algo ha pasado". Y descolgábamos el teléfono. "Sí?" Y él decía: "¿Qué tal? Soy el papá. ¿Cómo estás?" "Bien..." (esperando la mala noticia). "No, que he salido a dar una vuelta y he pensado: a ver qué hace ésta. ¿Todo bien?" "Sí..." "¿Qué andas? ¿Trabajando?" "Sí..." "Ah, pues te dejo, te dejo. Hala, hasta otra". Y colgaba.
Y a veces, nada más colgar, me llamaba mi hermana y me preguntaba si a mí también me había llamado mi padre. Y nos parecía una cosa rarísima.

El caso es que aquello de los 17 y todo esto de mi padre siendo mi padre ahora que puede o que quiere y puede gestionarse el tiempo dedicándolo a cosas que, por fin, se han vuelto prioritarias, me ha hecho ser de esta manera que yo soy que me hace pasar por encima de situaciones que pueden provocar mi incomodidad inmediata para fijar la vista más allá y buscar los motivos, no de mi incomodidad sino de la situación, de la persona que la ha provocado.

Por eso ha habido momentos en mi vida en los que me he llevado verdaderos palos, en los que parecía que me estaban jodiendo de verdad y yo sólo veía lo jodido que de verdad que debía de estar el otro para actuar así. Tampoco quiero sonar demasiado dramática: estoy hablando por ejemplo de simples anulaciones de citas a última hora. Es curioso cómo hay gente que te anula una cita y por mucho que tu insistas "No pasa nada, lo entiendo" se siguen sintiendo tan mal como si te hubieran traicionado de por vida. Supongo que es gente a la que no han educado para ver más allá de sus narices.

Por eso yo ayer, cuando empezó a explotar todo esto de los aeropuertos, me puse a buscar qué les pasaba a los controladores aéreos para haber llegado a este extremo. Y fíjense que, a la que investigas y lees un poco, todos los "es que me he quedado sin puente", "es que mi hija no puede llegar a mi cumpleaños", "es que nos íbamos a casar en Cancún" suenan tan de niño malcriado que provocan vergüenza ajena. Mucha.

Mierda de gobierno "socialista" sacando el ejército para que los pobrecitos niños puedan irse dos días de vacaciones. Y mierda de sociedad tragando con esto. ¿En qué coño de parvulario nos hemos convertido?

Ya que no leen lo que tienen que decir los controladores al respecto, léanse al menos el editorial de Partal en Vilaweb, a ver si les toca un poquito la fibra ciudadana.

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