diumenge, 19 de setembre de 2010

Me gustaría no haber ido nunca a Cadaqués para poder inventármelo. Pero fui hace unos meses y, aunque eliminé la prueba material de los zapatos que destrocé andando por aquel camino de cabras, ahora puedo dibujar de memoria un mapa del sitio, marcar con una cruz la terraza en la que desayuné y hasta visualizar el perro que había tumbado debajo de la mesa de al lado.

Tener estas cosas -aunque sólo sean tres: zapatos, terraza y perro- en la cabeza, me constriñe la imaginación. Puedo empezar a inventar que mientras desayunaba en aquella terraza, un platillo volante ocultó el sol de repente, pero cuando llego al punto en el que me invento que la gente que estaba en la playa tomando el sol empezó a recoger sus cosas fastidiada porque el platillo les hacía sombra, el perro me dice: "No hubo platillo volante en Cadaqués; en Cadaqués sólo estábamos yo, tumbado debajo de la mesa de al lado, y tú, que en ese momento eras feliz".

Así que, eliminado Cadaqués de la lista de sitios que me tengo que inventar, voy a empezar a buscarme otra cosa.


A mí, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul me provocan, vayan ustedes a saber por qué, este tipo de pensamientos. También me provocan un gran dolor de culo, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul, sobre todo si Natxo, bailando, me lanza al aire y no se queda quieto en el sitio esperando a recogerme cuando caigo.

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