Me he quedado pensando, después de lo del globo, de lo de Nueva York y de lo de Cadaqués, si aún me invento París.
París me la conozco como si la hubiera destripado en una de esas clases de anatomía de las ranas que yo nunca tuve en el colegio, igual porque era un colegio de pueblo y en los pueblos, los niños, las ranas las destripábamos en horario extraescolar.
Cuando el pensamiento de París surge en mi cabeza, consigue amarrarme a una cosa tan real, tan de sentido práctico y de recuerdos concretos que si, por ejemplo, se despierta en forma de cementerio Père-Lachaise aparecen adosados a él la línea de metro que debo coger para llegar hasta allá y la terraza concreta en la que puedo parar al salir para tomarme una cerveza antes de emprender el camino de regreso.
A la hora de inventarme París, la imaginación no me da para más porque ya he estado en todos los parises que puedo inventarme. Aún así vuelvo y vuelvo y no me canso de inventarme París.
Creo que debería existir un verbo que quisiera decir tener nostalgia exclusivamente de la ciudad de París.
dimarts, 21 de setembre del 2010
Han puesto un globo flotando sobre París que indica el nivel de contaminación de la ciudad por medio del código tan poco daltonicfriendly del semáforo: rojo es más y peligro y verde es menos y tranquilos todos.
¡Qué gran manera de empañar historias! ¡Qué gran potenciador de cinismos latentes! Delanoë es, sin lugar a dudas, un aguafiestas. Imagínense que van ustedes a París con su pareja, en plena primavera, y a la vuelta invitan a todos sus amigos a casa a merendar con la excusa de que se han traído unos macarons comprados en la mismísima pâtisserie Ladurée. Imagínense que los amigos pican y aparecen en la puerta su casa puntualísimos, con las pupilas girándoles en espiral ante la perspectiva de semejante merendola. Entran como zombies, les hacen sentarse ante la cajita de media docena de macarons (la economía no ha dado para más) y cuando cada uno se ha comido su media pastita que es a todo lo que tocan, les revelan el verdadero propósito de su invitación: enchufarles el dvd y hacerles tragarse de una en una y con todos sus comentarios unas quinientas dulcísimas fotos, infinitamente más dulces que el triste recuerdo que les haya podido dejar el medio macaron en su pavloviano paladar.
Sus amigos, en este momento, ya les odian y están predispuestos a la ejercitación de un cinismo sin precedentes.
Empieza el pase de fotos: "Nosotros besándonos en Trocadéro, con la Torre Eiffel de fondo" (y el globo rojo flotando junto a la Torre Eiffel); "Nosotros besándonos en la Place de la Concorde" (y el globo rojo haciendo equilibrios sobre el Obélisque de Luxor); "Nosotros en el Sacré Coeur con tooooodo París de fondo" (y París de fondo coronado por la bandera japonesa). Y sus amigos, conforme avanza el pase, van relajando el ceño y esbozando una sonrisa irónica. Y vuelven a relamerse como se relamían pensando en los macarons mientras subían en el ascensor, sólo que esta vez se relamen viendo ese globo delator y pensando que, con esos niveles de contaminación, la Cité de la Lumiére (rouge) les debe de haber robado por lo menos un par de años de vida a usted y a su pareja, devolviéndoles a ellos así un par de tardes de vida: las que les ahorrará el hecho de no tener que pasar por su casa a ver las fotos correspondientes por lo menos dos de sus (ya no) futuras escapaditas.
Las cosas son así: Delanoë autoriza a que pongan un globo chivato encima de París y la gente acaba descubriendo que le encanta la perspectiva de que sus amigos vivan dos años menos.
¿Les hacen falta más pruebas para convencerse de que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, este mundo empuja sin remedio hacia la MALDAD?
¡Qué gran manera de empañar historias! ¡Qué gran potenciador de cinismos latentes! Delanoë es, sin lugar a dudas, un aguafiestas. Imagínense que van ustedes a París con su pareja, en plena primavera, y a la vuelta invitan a todos sus amigos a casa a merendar con la excusa de que se han traído unos macarons comprados en la mismísima pâtisserie Ladurée. Imagínense que los amigos pican y aparecen en la puerta su casa puntualísimos, con las pupilas girándoles en espiral ante la perspectiva de semejante merendola. Entran como zombies, les hacen sentarse ante la cajita de media docena de macarons (la economía no ha dado para más) y cuando cada uno se ha comido su media pastita que es a todo lo que tocan, les revelan el verdadero propósito de su invitación: enchufarles el dvd y hacerles tragarse de una en una y con todos sus comentarios unas quinientas dulcísimas fotos, infinitamente más dulces que el triste recuerdo que les haya podido dejar el medio macaron en su pavloviano paladar.
Sus amigos, en este momento, ya les odian y están predispuestos a la ejercitación de un cinismo sin precedentes.
Empieza el pase de fotos: "Nosotros besándonos en Trocadéro, con la Torre Eiffel de fondo" (y el globo rojo flotando junto a la Torre Eiffel); "Nosotros besándonos en la Place de la Concorde" (y el globo rojo haciendo equilibrios sobre el Obélisque de Luxor); "Nosotros en el Sacré Coeur con tooooodo París de fondo" (y París de fondo coronado por la bandera japonesa). Y sus amigos, conforme avanza el pase, van relajando el ceño y esbozando una sonrisa irónica. Y vuelven a relamerse como se relamían pensando en los macarons mientras subían en el ascensor, sólo que esta vez se relamen viendo ese globo delator y pensando que, con esos niveles de contaminación, la Cité de la Lumiére (rouge) les debe de haber robado por lo menos un par de años de vida a usted y a su pareja, devolviéndoles a ellos así un par de tardes de vida: las que les ahorrará el hecho de no tener que pasar por su casa a ver las fotos correspondientes por lo menos dos de sus (ya no) futuras escapaditas.
Las cosas son así: Delanoë autoriza a que pongan un globo chivato encima de París y la gente acaba descubriendo que le encanta la perspectiva de que sus amigos vivan dos años menos.
¿Les hacen falta más pruebas para convencerse de que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, este mundo empuja sin remedio hacia la MALDAD?
Etiquetes de comentaris:
Este mundo,
París
dilluns, 20 de setembre del 2010
Veo que la revista Time Out (¡Hola, Nopca!) convoca un concurso cuyo premio es asistir en el Palau Sant Jordi a las pruebas de sonido para el concierto de Peter Gabriel.
(Inciso: éste es el momento en el que me planteo si seguir escribiendo o no. La mayoría de la gente que lee este blog me conoce y sabe qué mecanismos mentales me puede llegar a activar un hecho como el que acabo de describir. Pero en seguida pienso que la mayoría de la gente que lee este blog, también porque me conoce, sabe de cuánto me gustan estos caramelitos que me ofrece la vida moderna y de mi gran verborrea, así que es inevitable: lo siento por ustedes pero voy a seguir escribiendo. Voy.)
Decía que veo que la revista Time Out (¡Hola, Nopca!) convoca un concurso cuyo premio es asistir en el Palau Sant Jordi a las pruebas de sonido para el concierto de Peter Gabriel.
Primero me pregunto: ¿Quién puede querer ir a ver a Peter Gabriel diciendo "Sí, sí, sí..." delante de un micrófono? También es verdad que un muy muy fan podría aprovechar la coyuntura y en un loable ejercicio de explotar al máximo los recursos que el azar le ofrece, ponerse a insertar entre "sí" y "sí" preguntas a las que le encantaría que Peter Gabriel le respondiera de forma afirmativa. Quedaría una cosa así:
-Peter
-SÍ
-¿ Tenías ganas de verme?
-SÍ
-¿A que hoy estoy más guapo que nunca?
-SÍ
-Todas las canciones del concierto que harás luego, ¿me las dedicas a mí y sólo a mí?
-SÍ
-Y cuando acabes ¿me invitarás a tu hotel y me harás cosas que nunca nadie me ha hecho además de todo lo que yo te pida aunque ya me lo hayan hecho antes?
-SÍ
Etcétera.
Luego pienso que esto de ir a ver ensayos de cosas es algo que ya se hace en otros campos con gran éxito de público: la gente se pirra por ir a ver los entrenamientos del Barça o por ver unos cuantos coches dando vueltas de prueba en Montmeló (llámenme inculta de la F1 pero que me aspen si entiendo la diferencia entre las vueltas de entrenamiento y las de no entrenamiento en Montmeló o en cualquier otro sitio). También hay las funciones previas de teatro, aunque en estas últimas a veces parece que más que poner a prueba a los actores a quien realmente se está poniendo a prueba es al público (a ver si se ríen aquí, a ver si aplauden todo lo que esperamos que aplaudan aquí...).
Al final acabo pensando en cuánto le gustaba a un exnovio mío quedarse a dormir los jueves en mi casa para el viernes, antes de ir a trabajar, verme llamar a los taxis e ir cantando las coordenadas para que recogieran y llevaran a la tele a tal o cual escritor. Y concluyo (aunque tampoco lo entiendo demasiado) que si realmente eres fan muy fan de alguien puedes disfrutar como nunca viéndole hacer gárgaras, ponerse los calcetines o dar saltitos en pantalones cortos. Y que eso es amor, señores. Así que decido dejar aquí el link del concurso por si entre mis lectores hay algún fanático de Peter Gabriel loquito por que le responda que sí a alguna petición confesable o no.
También les dejo aquí el link a la web donde pueden encontrar la respuesta a la pregunta del concurso. Todo por tenerlos contentos.
Suerte.
(Inciso: éste es el momento en el que me planteo si seguir escribiendo o no. La mayoría de la gente que lee este blog me conoce y sabe qué mecanismos mentales me puede llegar a activar un hecho como el que acabo de describir. Pero en seguida pienso que la mayoría de la gente que lee este blog, también porque me conoce, sabe de cuánto me gustan estos caramelitos que me ofrece la vida moderna y de mi gran verborrea, así que es inevitable: lo siento por ustedes pero voy a seguir escribiendo. Voy.)
Decía que veo que la revista Time Out (¡Hola, Nopca!) convoca un concurso cuyo premio es asistir en el Palau Sant Jordi a las pruebas de sonido para el concierto de Peter Gabriel.
Primero me pregunto: ¿Quién puede querer ir a ver a Peter Gabriel diciendo "Sí, sí, sí..." delante de un micrófono? También es verdad que un muy muy fan podría aprovechar la coyuntura y en un loable ejercicio de explotar al máximo los recursos que el azar le ofrece, ponerse a insertar entre "sí" y "sí" preguntas a las que le encantaría que Peter Gabriel le respondiera de forma afirmativa. Quedaría una cosa así:
-Peter
-SÍ
-¿ Tenías ganas de verme?
-SÍ
-¿A que hoy estoy más guapo que nunca?
-SÍ
-Todas las canciones del concierto que harás luego, ¿me las dedicas a mí y sólo a mí?
-SÍ
-Y cuando acabes ¿me invitarás a tu hotel y me harás cosas que nunca nadie me ha hecho además de todo lo que yo te pida aunque ya me lo hayan hecho antes?
-SÍ
Etcétera.
Luego pienso que esto de ir a ver ensayos de cosas es algo que ya se hace en otros campos con gran éxito de público: la gente se pirra por ir a ver los entrenamientos del Barça o por ver unos cuantos coches dando vueltas de prueba en Montmeló (llámenme inculta de la F1 pero que me aspen si entiendo la diferencia entre las vueltas de entrenamiento y las de no entrenamiento en Montmeló o en cualquier otro sitio). También hay las funciones previas de teatro, aunque en estas últimas a veces parece que más que poner a prueba a los actores a quien realmente se está poniendo a prueba es al público (a ver si se ríen aquí, a ver si aplauden todo lo que esperamos que aplaudan aquí...).
Al final acabo pensando en cuánto le gustaba a un exnovio mío quedarse a dormir los jueves en mi casa para el viernes, antes de ir a trabajar, verme llamar a los taxis e ir cantando las coordenadas para que recogieran y llevaran a la tele a tal o cual escritor. Y concluyo (aunque tampoco lo entiendo demasiado) que si realmente eres fan muy fan de alguien puedes disfrutar como nunca viéndole hacer gárgaras, ponerse los calcetines o dar saltitos en pantalones cortos. Y que eso es amor, señores. Así que decido dejar aquí el link del concurso por si entre mis lectores hay algún fanático de Peter Gabriel loquito por que le responda que sí a alguna petición confesable o no.
También les dejo aquí el link a la web donde pueden encontrar la respuesta a la pregunta del concurso. Todo por tenerlos contentos.
Suerte.
Etiquetes de comentaris:
Todo por mi público
Volvía hoy a casa desde el trabajo paseando, cuando me ha venido a la cabeza el Estadístico Ramón. Cuando digo que me ha venido a la cabeza no quiero decir que el Estadístico Ramón sea una persona a la que conozco y de la que de repente me he acordado, sino que la imagen de un señor que es estadístico y a quien no conozco de nada ha aparecido en mi cabeza y me ha empezado a contar de la preocupación que le ronda desde que salió de la escuela de estadísticos y se puso a trabajar en lo suyo.
Le he puesto de nombre Ramón porque he sentido la necesidad de titular este acontecimiento y me ha hecho gracia hacerlo con una rima, así: "La gran preocupación del Estadístico Ramón".
Ya ven.
El Estadístico Ramón me ha contado que enseguida de empezar a ejercer, se dio cuenta de que el gran problema de la estadística era que la gente no se sentía implicada, que, por ejemplo, cuando un ciudadano X leía en el periódico que el 0,003% de la población española moría al año por cáncer de pulmón, no sólo no se imaginaba que él podría formar parte de ese 0,003% sino que ni tan sólo llegaba a imaginarse que podría formar parte del 99,997% restante y que incluso era posible que dicho ciudadano X, especialmente en zonas como Catalunya, Euskadi y Galicia, ni siquiera se sintiera parte del conjunto de la población española y entonces, ya, sí que no había nada que hacer.
Iba diciendo Ramón todo esto y cuando a mí se me ha escapado un bostezo que a él no le ha pasado por alto y que le ha dado pie a decirme que se daba perfecta cuenta de que me estaba aburriendo pero que no me sintiera culpable por ello, que aburrir a la gente era la historia de su vida y que eso era precisamente lo que quería dejar de hacer dándole un giro total a la ciencia de la estadística, que llevaba años repensando la teoría centrándose exclusivamente en la formulación de los resultados (el método para conseguirlos consideraba que funcionaba bien) y que si quería me lo explicaba. Le he dicho que sí porque, aunque aunque había intentado eximirme de toda culpa, sí que me sentía un poco mal (por lo del bostezo).
Entonces me ha explicado que la solución, a su modo de ver, era en vez de coger a 100 personas por el todo, coger sólo a una para convertirla en el objeto paciente de la información que se le quería hacer llegar. Por ejemplo: ¿que se quiere que yo sienta en mis carnes el peligro de morir de cáncer de pulmón? pues se titula el resultado del estudio de la siguiente manera: "Este año, en España, la uña derecha del pie izquierdo de Isabel Sucunza morirá de cáncer de pulmón": Isabel Sucunza es el 100 y la uña de su pie izquierdo es el 0,003 por ciento de ese 100.
Me tenía medio convencida de que aquello podría funcionar cuando he recordado una conversación que tuve hace unos días con Pau y Enric: los dos me dijeron que había adelgazado, a lo que yo contesté que no eran los primeros que me lo decían últimamente pero que a mí los pantalones me quedaban igual de justos que siempre, que a lo mejor sólo había adelgazado de cara. La conversación terminó ahí pero yo me quedé aún un rato pensando en lo extraño que podría ser que una persona adelgazara sólo de cara o de rodilla o de pie. Por eso me ha venido aquella conversación a la cabeza al hilo de las explicaciones del Estadístico Ramón: si de magnitudes y porcentajes se trata, que la uña del dedo meñique de un pie flaco muera de cáncer de pulmón no supone tanto como que muera de cáncer de pulmón la uña del dedo meñique de un pie obeso. He pensado en preguntarle al Estadístico Ramón si había tenido en cuenta esta variable, pero ya estaba llegando a casa y tenía la sensación de que sólo conseguiría complicar mucho las cosas y aburrirme aún más.
El Estadístico Ramón ha desaparecido de mi cabeza en el momento en el que yo abría la puerta de mi portal. Supongo que ha notado que estaba a punto de volver a bostezar.
Le he puesto de nombre Ramón porque he sentido la necesidad de titular este acontecimiento y me ha hecho gracia hacerlo con una rima, así: "La gran preocupación del Estadístico Ramón".
Ya ven.
El Estadístico Ramón me ha contado que enseguida de empezar a ejercer, se dio cuenta de que el gran problema de la estadística era que la gente no se sentía implicada, que, por ejemplo, cuando un ciudadano X leía en el periódico que el 0,003% de la población española moría al año por cáncer de pulmón, no sólo no se imaginaba que él podría formar parte de ese 0,003% sino que ni tan sólo llegaba a imaginarse que podría formar parte del 99,997% restante y que incluso era posible que dicho ciudadano X, especialmente en zonas como Catalunya, Euskadi y Galicia, ni siquiera se sintiera parte del conjunto de la población española y entonces, ya, sí que no había nada que hacer.
Iba diciendo Ramón todo esto y cuando a mí se me ha escapado un bostezo que a él no le ha pasado por alto y que le ha dado pie a decirme que se daba perfecta cuenta de que me estaba aburriendo pero que no me sintiera culpable por ello, que aburrir a la gente era la historia de su vida y que eso era precisamente lo que quería dejar de hacer dándole un giro total a la ciencia de la estadística, que llevaba años repensando la teoría centrándose exclusivamente en la formulación de los resultados (el método para conseguirlos consideraba que funcionaba bien) y que si quería me lo explicaba. Le he dicho que sí porque, aunque aunque había intentado eximirme de toda culpa, sí que me sentía un poco mal (por lo del bostezo).
Entonces me ha explicado que la solución, a su modo de ver, era en vez de coger a 100 personas por el todo, coger sólo a una para convertirla en el objeto paciente de la información que se le quería hacer llegar. Por ejemplo: ¿que se quiere que yo sienta en mis carnes el peligro de morir de cáncer de pulmón? pues se titula el resultado del estudio de la siguiente manera: "Este año, en España, la uña derecha del pie izquierdo de Isabel Sucunza morirá de cáncer de pulmón": Isabel Sucunza es el 100 y la uña de su pie izquierdo es el 0,003 por ciento de ese 100.
Me tenía medio convencida de que aquello podría funcionar cuando he recordado una conversación que tuve hace unos días con Pau y Enric: los dos me dijeron que había adelgazado, a lo que yo contesté que no eran los primeros que me lo decían últimamente pero que a mí los pantalones me quedaban igual de justos que siempre, que a lo mejor sólo había adelgazado de cara. La conversación terminó ahí pero yo me quedé aún un rato pensando en lo extraño que podría ser que una persona adelgazara sólo de cara o de rodilla o de pie. Por eso me ha venido aquella conversación a la cabeza al hilo de las explicaciones del Estadístico Ramón: si de magnitudes y porcentajes se trata, que la uña del dedo meñique de un pie flaco muera de cáncer de pulmón no supone tanto como que muera de cáncer de pulmón la uña del dedo meñique de un pie obeso. He pensado en preguntarle al Estadístico Ramón si había tenido en cuenta esta variable, pero ya estaba llegando a casa y tenía la sensación de que sólo conseguiría complicar mucho las cosas y aburrirme aún más.
El Estadístico Ramón ha desaparecido de mi cabeza en el momento en el que yo abría la puerta de mi portal. Supongo que ha notado que estaba a punto de volver a bostezar.
Etiquetes de comentaris:
Paseos
diumenge, 19 de setembre del 2010
Nueva York es uno de los pocos sitios a los que no me da pena haber ido porque incluso después de haber estado allí, no he renunciado a seguir inventándomelo.
En casa se había hablado de Nueva York igual que se había hablado de Tokio, de Sidney, de Buenos Aires y de Atenas. Mi padre viajaba mucho, así que uno de esos sitios aparecía un día en la conversación, a la hora de cenar, y se convertía en tema recurrente durante aproximadamente el mes siguiente más los días que mi padre pasara en la ciudad en cuestión.
Empezar a oír hablar de Nueva York, Tokio o Sidney en la cocina de mi casa, era el anuncio de una inminente instauración de un estado de excepción que solía durar normalmente una semana, a veces hasta quince días: Marchaba el jefe, cambiaban las normas. Mis hermanos y yo nos turnábamos para dormir con mi madre en su cama y todo se volvía un poco más relajado (mi padre hacía definitivamente el papel de poli malo en casa).
Así que cuando, teniendo yo 15 años, Nueva York volvió a salir en la conversación de la hora de la cena siendo esa vez yo la que marchaba, me tuve que poner a hacer algo que no había hecho antes: intentar imaginarme Nueva York. Hablando claro, cuando era mi padre quien se iba, lo importante era su ausencia del aquí; entonces que me iba yo, lo importante era mi presencia en el allá. Y ese allá también, claro.
Fue en ese momento cuando empecé a inventarme Nueva York. Bien, al menos lo intenté: mi mente se quedaba encallada en la idea de mi partida y no llegaba nunca a cruzar el charco. Hasta que llegó el día D y no me quedó otra que ordenarle a mi mente que se dejara de tonterías y que entrara con mi cuerpo en aquel avión que estaba a punto de despegar. Si mi mente me hubiera hecho caso y no se hubiera aferrado al hecho "no estar allí" (cabezonería que duró aproximadamente un mes), yo habría tenido que dejar de inventar Nueva York porque ya la tenía delante de mis narices, pero no hubo manera de que se centrara en lo que tenía que centrarse, mi mente, así que pasé cinco días totalmente aterrorizada, de susto en susto cada vez que la ciudad me brindaba evidencias aplastantes de que ella era Nueva York y yo, efectivamente, estaba allí.
Me acojonaba el humo de las alcantarillas, me moría de miedo cada vez que un negro me hablaba en español, también me entraban sudores fríos cada vez que cualquiera se dirigía a mí en inglés, no levantaba la cabeza para mirar hasta dónde llegaban los rascacielos porque la primera vez que lo había hecho fue entre las Torres Gemelas y creí por un segundo que el cielo me iba a succionar... Así pasaron mis cinco días en Nueva York.
Recuerdo una habitación de hotel, recuerdo una tienda de fotografía, recuerdo los ascensores del Empire y recuerdo un viaje en autobús por Harlem. Hay una foto en la que salgo yo delante del Rockefeller Center, pero no recuerdo haber estado allí. Tampoco recuerdo haber visto la Estatua de la Libertad, aunque la vi seguro. Pero no pienso en todo esto que recuerdo o no recuerdo cuando me invento Nueva York.
Cuando me invento Nueva York siento sobre todo aquel vértigo inverso (investigué aquello de creer que el cielo te puede succionar y resulta que se llama así), siempre es de noche, las calles están mojadas, sale humo de las alcantarillas y vuelvo a notar como un hueco dentro de mi cabeza que es mi mente empeñada en no estar allí. Y me encanta y me fascina mi Nueva York.
No quiero volver a Nueva York. ¿Creen que voy a cambiar mi ciudad inventada por otra llena de detalles tontos como museos, taxis amarillos y turistas con moño y gafas de sol haciéndose fotos delante de Tiffany's? Vamos, hombre, ¿por quién me han tomado?
En casa se había hablado de Nueva York igual que se había hablado de Tokio, de Sidney, de Buenos Aires y de Atenas. Mi padre viajaba mucho, así que uno de esos sitios aparecía un día en la conversación, a la hora de cenar, y se convertía en tema recurrente durante aproximadamente el mes siguiente más los días que mi padre pasara en la ciudad en cuestión.
Empezar a oír hablar de Nueva York, Tokio o Sidney en la cocina de mi casa, era el anuncio de una inminente instauración de un estado de excepción que solía durar normalmente una semana, a veces hasta quince días: Marchaba el jefe, cambiaban las normas. Mis hermanos y yo nos turnábamos para dormir con mi madre en su cama y todo se volvía un poco más relajado (mi padre hacía definitivamente el papel de poli malo en casa).
Así que cuando, teniendo yo 15 años, Nueva York volvió a salir en la conversación de la hora de la cena siendo esa vez yo la que marchaba, me tuve que poner a hacer algo que no había hecho antes: intentar imaginarme Nueva York. Hablando claro, cuando era mi padre quien se iba, lo importante era su ausencia del aquí; entonces que me iba yo, lo importante era mi presencia en el allá. Y ese allá también, claro.
Fue en ese momento cuando empecé a inventarme Nueva York. Bien, al menos lo intenté: mi mente se quedaba encallada en la idea de mi partida y no llegaba nunca a cruzar el charco. Hasta que llegó el día D y no me quedó otra que ordenarle a mi mente que se dejara de tonterías y que entrara con mi cuerpo en aquel avión que estaba a punto de despegar. Si mi mente me hubiera hecho caso y no se hubiera aferrado al hecho "no estar allí" (cabezonería que duró aproximadamente un mes), yo habría tenido que dejar de inventar Nueva York porque ya la tenía delante de mis narices, pero no hubo manera de que se centrara en lo que tenía que centrarse, mi mente, así que pasé cinco días totalmente aterrorizada, de susto en susto cada vez que la ciudad me brindaba evidencias aplastantes de que ella era Nueva York y yo, efectivamente, estaba allí.
Me acojonaba el humo de las alcantarillas, me moría de miedo cada vez que un negro me hablaba en español, también me entraban sudores fríos cada vez que cualquiera se dirigía a mí en inglés, no levantaba la cabeza para mirar hasta dónde llegaban los rascacielos porque la primera vez que lo había hecho fue entre las Torres Gemelas y creí por un segundo que el cielo me iba a succionar... Así pasaron mis cinco días en Nueva York.
Recuerdo una habitación de hotel, recuerdo una tienda de fotografía, recuerdo los ascensores del Empire y recuerdo un viaje en autobús por Harlem. Hay una foto en la que salgo yo delante del Rockefeller Center, pero no recuerdo haber estado allí. Tampoco recuerdo haber visto la Estatua de la Libertad, aunque la vi seguro. Pero no pienso en todo esto que recuerdo o no recuerdo cuando me invento Nueva York.
Cuando me invento Nueva York siento sobre todo aquel vértigo inverso (investigué aquello de creer que el cielo te puede succionar y resulta que se llama así), siempre es de noche, las calles están mojadas, sale humo de las alcantarillas y vuelvo a notar como un hueco dentro de mi cabeza que es mi mente empeñada en no estar allí. Y me encanta y me fascina mi Nueva York.
No quiero volver a Nueva York. ¿Creen que voy a cambiar mi ciudad inventada por otra llena de detalles tontos como museos, taxis amarillos y turistas con moño y gafas de sol haciéndose fotos delante de Tiffany's? Vamos, hombre, ¿por quién me han tomado?
Etiquetes de comentaris:
Ciudades inventadas
Me gustaría no haber ido nunca a Cadaqués para poder inventármelo. Pero fui hace unos meses y, aunque eliminé la prueba material de los zapatos que destrocé andando por aquel camino de cabras, ahora puedo dibujar de memoria un mapa del sitio, marcar con una cruz la terraza en la que desayuné y hasta visualizar el perro que había tumbado debajo de la mesa de al lado.
Tener estas cosas -aunque sólo sean tres: zapatos, terraza y perro- en la cabeza, me constriñe la imaginación. Puedo empezar a inventar que mientras desayunaba en aquella terraza, un platillo volante ocultó el sol de repente, pero cuando llego al punto en el que me invento que la gente que estaba en la playa tomando el sol empezó a recoger sus cosas fastidiada porque el platillo les hacía sombra, el perro me dice: "No hubo platillo volante en Cadaqués; en Cadaqués sólo estábamos yo, tumbado debajo de la mesa de al lado, y tú, que en ese momento eras feliz".
Así que, eliminado Cadaqués de la lista de sitios que me tengo que inventar, voy a empezar a buscarme otra cosa.
A mí, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul me provocan, vayan ustedes a saber por qué, este tipo de pensamientos. También me provocan un gran dolor de culo, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul, sobre todo si Natxo, bailando, me lanza al aire y no se queda quieto en el sitio esperando a recogerme cuando caigo.
Tener estas cosas -aunque sólo sean tres: zapatos, terraza y perro- en la cabeza, me constriñe la imaginación. Puedo empezar a inventar que mientras desayunaba en aquella terraza, un platillo volante ocultó el sol de repente, pero cuando llego al punto en el que me invento que la gente que estaba en la playa tomando el sol empezó a recoger sus cosas fastidiada porque el platillo les hacía sombra, el perro me dice: "No hubo platillo volante en Cadaqués; en Cadaqués sólo estábamos yo, tumbado debajo de la mesa de al lado, y tú, que en ese momento eras feliz".
Así que, eliminado Cadaqués de la lista de sitios que me tengo que inventar, voy a empezar a buscarme otra cosa.
A mí, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul me provocan, vayan ustedes a saber por qué, este tipo de pensamientos. También me provocan un gran dolor de culo, las fiestas con muertos vivientes, sangre falsa y grupos garage de Estambul, sobre todo si Natxo, bailando, me lanza al aire y no se queda quieto en el sitio esperando a recogerme cuando caigo.
Etiquetes de comentaris:
Ciudades inventadas,
Resacas
dissabte, 18 de setembre del 2010
¿Han oído hablar del periodismo y del arte gonzo?
In gonzo journalism, there are no set rules (...). Thompson's own definition of it has varied over the years, but he still maintains that a good gonzo journalist "needs the talent of master journalist, the eye of an artist/photographer and the heavy balls of an actor" and that gonzo is a "style of reporting based on William Faulkner's idea that the best fiction is far more true than any kind of journalism"
¿Han oído hablar de Hunter S. Thompson? ¿Han oído hablar de Ralph Steadman? No lo sé, pero de Casey Affleck y de Joaquin Phoenix seguro que sí están oyendo hablar últimamente.
Affleck acaba de soltar en una entrevista al The New York Times, que "I'm Still Here" es una mentira y a éstos, a estos otros y a unos cuantos más les ha faltado tiempo para convertir esa declaración en la noticia que todo el mundo estaba esperando: El Phoenix hiphopero es una invención. Gran escándalo, vaya hijos de puta, están locos. Se acabó el morbo: fin de la historia.
¿Fin de la historia?
Lo que han hecho estos dos es muy grande. Estos dos les han dado en todo el morro a esa panda de melindrosos cursis del 3D que quieren hacernos creer que el cine es más real cuando te pones unas gafas y alucinas porque las patadas voladoras parece que te van a saltar los dientes. Estos dos sí que se han salido de cuadro enarbolando una pancarta que proclama lo corto que se quedó Stanislavski.
Escandalizarse porque "I'm Still Here" sea una mentira es como querer ponerle una denuncia a Jacques Cousteau por querer hacernos creer que el Nautilus de Verne existía de verdad y él mismo lo tripulaba.
La señoras que ahora se escandalizan porque Phoenix y Casey nos han vendido una historia que no era cierta y nos han vendido una persona en vez de vendernos un personaje, son las mismas que la emprenden a collejas por la calle con el actor que hace de malo en la serie de las tardes de TV3. ¿Ven la paradoja?
Deberíamos estar eternamente agradecidos a Phoenix y a Affleck por resucitar el género. Y deberíamos lanzar enfervorecidos hurras a Letterman por entrar -inconscientemente, dicen- al trapo en la historia con aquella mítica entrevista que concluyó con su gran frase de despedida al gran farsante hiphopero, sí, pero también todo menos farsante actor: "Joaquin, I'm sorry you couldn't be here tonight".
In gonzo journalism, there are no set rules (...). Thompson's own definition of it has varied over the years, but he still maintains that a good gonzo journalist "needs the talent of master journalist, the eye of an artist/photographer and the heavy balls of an actor" and that gonzo is a "style of reporting based on William Faulkner's idea that the best fiction is far more true than any kind of journalism"
¿Han oído hablar de Hunter S. Thompson? ¿Han oído hablar de Ralph Steadman? No lo sé, pero de Casey Affleck y de Joaquin Phoenix seguro que sí están oyendo hablar últimamente.
Affleck acaba de soltar en una entrevista al The New York Times, que "I'm Still Here" es una mentira y a éstos, a estos otros y a unos cuantos más les ha faltado tiempo para convertir esa declaración en la noticia que todo el mundo estaba esperando: El Phoenix hiphopero es una invención. Gran escándalo, vaya hijos de puta, están locos. Se acabó el morbo: fin de la historia.
¿Fin de la historia?
Lo que han hecho estos dos es muy grande. Estos dos les han dado en todo el morro a esa panda de melindrosos cursis del 3D que quieren hacernos creer que el cine es más real cuando te pones unas gafas y alucinas porque las patadas voladoras parece que te van a saltar los dientes. Estos dos sí que se han salido de cuadro enarbolando una pancarta que proclama lo corto que se quedó Stanislavski.
Escandalizarse porque "I'm Still Here" sea una mentira es como querer ponerle una denuncia a Jacques Cousteau por querer hacernos creer que el Nautilus de Verne existía de verdad y él mismo lo tripulaba.
La señoras que ahora se escandalizan porque Phoenix y Casey nos han vendido una historia que no era cierta y nos han vendido una persona en vez de vendernos un personaje, son las mismas que la emprenden a collejas por la calle con el actor que hace de malo en la serie de las tardes de TV3. ¿Ven la paradoja?
Deberíamos estar eternamente agradecidos a Phoenix y a Affleck por resucitar el género. Y deberíamos lanzar enfervorecidos hurras a Letterman por entrar -inconscientemente, dicen- al trapo en la historia con aquella mítica entrevista que concluyó con su gran frase de despedida al gran farsante hiphopero, sí, pero también todo menos farsante actor: "Joaquin, I'm sorry you couldn't be here tonight".
Etiquetes de comentaris:
Casey Afflec,
Cine,
Gonzo,
Joaquin Phoenix
Subscriure's a:
Missatges (Atom)