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dimecres, 29 de setembre del 2010
Iba a hablar de la huelga pero me he dicho "calla, calla, que de aquí a poco esto estará tan olvidado que nadie sabrá de qué hablabas". Y con eso ya lo he dicho todo.
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Este mundo
dilluns, 27 de setembre del 2010
Refugiados en un bar del Eixample de las hordas de postadolescentes enloquecidos que cantaban a voz en grito absolutamente todos los temas de Els Amics de les Arts (como dijo Xavi: "Que alguien me lo explique"), hablamos sobre el peligro de que desaparezca el alfabeto. No de que desaparezcan las letras sino el alfabeto: la relación de todas las letras dichas por orden, de la A a la Z. Llegamos a este tema tras una cerveza a lo largo de cuya ingesta, Xavi nos había ido haciendo la lista de todos los problemas nuevos, provocados por la implantación de ordenadores en las aulas, con los que se ha encontrado al volver después del verano a su trabajo de profe de secundaria. Venía a decir algo así como que ahora, a las dificultades de siempre, se suman las tecnológicas (las económicas también, pobretes, que tienen racionadas las fotocopias) y que de qué sirve conseguir la atención de toda la clase si, cuando ya los tienes calladitos y dispuestos a escuchar, enchufas el cañón para proyectar lo que va saliendo en tu ordenador con el objetivo de que ellos también puedan ir siguiendo las explicaciones y el cañón no funciona.
Xavi nos dijo que echa mucho de menos los libros.
Pero ¿cómo? ¿no tienen libros?, pregunté yo. Y me dijo que cada vez menos. Que seguían las lecciones cada uno en su ordenador y que los ejercicios también lo hacían en el ordenador y que el ordenador les iba diciendo "¡¡¡¡BIEEEEEN!!!!" si lo hacían bien y "¡¡¡¡OOOOOHHHH!!!!" si lo hacían mal: como en los concursos de la tele; con pulgares hacia arriba para lo correcto y sonidos desagradables para lo incorrecto. Entonces yo pensé que si los libros de texto están desapareciendo, los diccionarios y enciclopedias deben de estar extinguidos ya, y fue en ese momento en el que pensé en el alfabeto.
¿Saberse el alfabeto sirve para algo más que para buscar palabras en diccionarios y enciclopedias? Saber cómo se leen las letras sirve para deletrear, eso sí, pero para eso no hace falta aprenderse el alfabeto en orden. Para aprender a escribir y a leer, tampoco hace falta saber el orden del alfabeto: uno aprende a juntar vocales con consonantes y lo primero que suele escribirse y leerse son palabras como papa o mama (sin acentos, que los acentos vienen luego), que están formadas por las letras decimoctava y primera (bis) y decimocuarta y primera (bis) respectivamente; para hacer exámenes tipo test, tampoco hace falta saberse el alfabeto: bastaría en todo caso con llegar a la "d", a la "e" a lo sumo, pero ni eso: normalmente las respuestas vienen ya ordenadas (sería un lío hacer un examen tipo test ofreciendo las respuestas de la primera pregunta ordenadas así: a) b) c) d); las de la segunda, así: c) d) b) a); las de la tercera así: a) c) b) d)...) y en cualquier caso, podrían substituirse por números. Para hacer listas ordenadas por las iniciales de los apellidos, sí sirve el alfabeto, pero eso ahora te lo hace en un momento el ordenador. A la hora de buscar in situ la mesa electoral en la que tienes que votar, también sirve el alfabeto, pero si no te lo sabes, tampoco pasa nada: ya debe de haber llegado a tu casa la tarjetita del censo y ahí están todas las indicaciones, además, lo de las mesas electorales tal como las conocemos debe de tener los días más contados aún que el alfabeto, creo yo.
Total, que el alfabeto ya no se utiliza para nada y todos sabemos que lo que no se utiliza, como el amor, por ejemplo (Inciso: esto último que he dicho del amor es por otra cosa que tengo en la cabeza, que me preocupa casi tanto como lo del alfabeto), acaba olvidándose. Y eso me da un poco de miedo porque recitar el alfabeto, en mis tiempos, era tan importante como recitar los números por orden (¿a que ahora ya no lo parece tanto?).
La consecuencia lógica de saberse las letras por orden era ponerse a jugar con ellas, mezclarlas todas, a ver qué palabras salían (igual que la consecuencia lógica de saber los números por orden era ponerse a sumarlos y a restarlos entre ellos), y de lo primero (igual que de lo segundo salen las matemáticas) salía la literatura... Igual me he pasado un poco con esta última analogía: el orden de los números es más importante por una cuestión de competencia entre ellos (unos representan más que otros); cosa que no pasa con las letras.
Claro, al final va a ser lo de siempre: en una sociedad competitiva como esta que nos hemos montado, a dónde va una panda de tontas letritas carentes de toda intercompetitividad.
Me caía bien el alfabeto. Me da mucha pena que nos olvidemos de él.
Xavi nos dijo que echa mucho de menos los libros.
Pero ¿cómo? ¿no tienen libros?, pregunté yo. Y me dijo que cada vez menos. Que seguían las lecciones cada uno en su ordenador y que los ejercicios también lo hacían en el ordenador y que el ordenador les iba diciendo "¡¡¡¡BIEEEEEN!!!!" si lo hacían bien y "¡¡¡¡OOOOOHHHH!!!!" si lo hacían mal: como en los concursos de la tele; con pulgares hacia arriba para lo correcto y sonidos desagradables para lo incorrecto. Entonces yo pensé que si los libros de texto están desapareciendo, los diccionarios y enciclopedias deben de estar extinguidos ya, y fue en ese momento en el que pensé en el alfabeto.
¿Saberse el alfabeto sirve para algo más que para buscar palabras en diccionarios y enciclopedias? Saber cómo se leen las letras sirve para deletrear, eso sí, pero para eso no hace falta aprenderse el alfabeto en orden. Para aprender a escribir y a leer, tampoco hace falta saber el orden del alfabeto: uno aprende a juntar vocales con consonantes y lo primero que suele escribirse y leerse son palabras como papa o mama (sin acentos, que los acentos vienen luego), que están formadas por las letras decimoctava y primera (bis) y decimocuarta y primera (bis) respectivamente; para hacer exámenes tipo test, tampoco hace falta saberse el alfabeto: bastaría en todo caso con llegar a la "d", a la "e" a lo sumo, pero ni eso: normalmente las respuestas vienen ya ordenadas (sería un lío hacer un examen tipo test ofreciendo las respuestas de la primera pregunta ordenadas así: a) b) c) d); las de la segunda, así: c) d) b) a); las de la tercera así: a) c) b) d)...) y en cualquier caso, podrían substituirse por números. Para hacer listas ordenadas por las iniciales de los apellidos, sí sirve el alfabeto, pero eso ahora te lo hace en un momento el ordenador. A la hora de buscar in situ la mesa electoral en la que tienes que votar, también sirve el alfabeto, pero si no te lo sabes, tampoco pasa nada: ya debe de haber llegado a tu casa la tarjetita del censo y ahí están todas las indicaciones, además, lo de las mesas electorales tal como las conocemos debe de tener los días más contados aún que el alfabeto, creo yo.
Total, que el alfabeto ya no se utiliza para nada y todos sabemos que lo que no se utiliza, como el amor, por ejemplo (Inciso: esto último que he dicho del amor es por otra cosa que tengo en la cabeza, que me preocupa casi tanto como lo del alfabeto), acaba olvidándose. Y eso me da un poco de miedo porque recitar el alfabeto, en mis tiempos, era tan importante como recitar los números por orden (¿a que ahora ya no lo parece tanto?).
La consecuencia lógica de saberse las letras por orden era ponerse a jugar con ellas, mezclarlas todas, a ver qué palabras salían (igual que la consecuencia lógica de saber los números por orden era ponerse a sumarlos y a restarlos entre ellos), y de lo primero (igual que de lo segundo salen las matemáticas) salía la literatura... Igual me he pasado un poco con esta última analogía: el orden de los números es más importante por una cuestión de competencia entre ellos (unos representan más que otros); cosa que no pasa con las letras.
Claro, al final va a ser lo de siempre: en una sociedad competitiva como esta que nos hemos montado, a dónde va una panda de tontas letritas carentes de toda intercompetitividad.
Me caía bien el alfabeto. Me da mucha pena que nos olvidemos de él.
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Este mundo
divendres, 24 de setembre del 2010
Estoy en el concierto de El Guincho, miro a mi izquierda y veo a X. Y a punto estoy de saludarle cuando me acuerdo de qué conozco a X: X dibuja y tiene un blog al que fui a parar a través de otro blog al que fui a parar a través de una entrada de alguien en facebook.
Al poco tiempo de descubrir el blog de X, en el trabajo decidimos que necesitábamos un dibujante y pensé en él, investigué un poco más, vi más dibujos suyos y alguna foto en la que salía él y propuse a X para el puesto de dibujante. (Al final, por cosas que no vienen al caso, nunca nos llegamos a poner en contacto con X).
El caso es que estoy en el concierto de El Guincho, con X a mi izquierda, desestimando la idea de girar la cabeza y decirle "tú eres X" porque imaginen la conversación (más bien monólogo mío) que debería haber seguido a esa afirmación: que si te conozco por tu blog, que si ya sé que en tu blog no hay fotos tuyas, es que he puesto tu nombre en el google y las he buscado, por eso sé qué pinta tienes, porque estuve investigando una tarde que estaba pensando si me ponía en contacto contigo o no porque igual te teníamos que llamar de mi trabajo para ofrecerte una cosa que al final hará otra persona pero, vaya, que me gustan mucho tus dibujos. Y de eso te conozco.
Luego, ya totalmente distraída de los gorgoritos de El Guincho, me pongo a pensar cuántas de las muchísimas personas que hay ahí, en el concierto, saben el nombre, la pinta que tiene, incluso tienen referencias de otras personas sin que estas otras personas lo sepan. Y me imagino una especie de mundo subconsciente en el que estas personas, de cuerpo para afuera se ignoran pero que de cuerpo para adentro se alegran de verse, se saludan, se abrazan y se preguntan entre ellos por sus perros y por sus niños (porque todos saben que el otro tiene perro o tantos niños o las dos cosas). Todo el concierto lleno de gente mirando a El Guincho y haciendo así con la cabecita al ritmo de lo que canta y a la vez, en un plano mental, todo el concierto lleno de gente hablando entre ellos explicándose de qué se conocen y pensando los unos de los otros: "vaya psicópata" o "yo también te tenía bien espiado". Da miedo, ¿que no?
Y mientras tanto El Guincho tocando creyendo que todo el mundo está superconcentrado en él cuando en realidad nadie le hace ni puto caso.
En fin, X., que encantada de no estar contigo ayer en el concierto de El Guincho.
Al poco tiempo de descubrir el blog de X, en el trabajo decidimos que necesitábamos un dibujante y pensé en él, investigué un poco más, vi más dibujos suyos y alguna foto en la que salía él y propuse a X para el puesto de dibujante. (Al final, por cosas que no vienen al caso, nunca nos llegamos a poner en contacto con X).
El caso es que estoy en el concierto de El Guincho, con X a mi izquierda, desestimando la idea de girar la cabeza y decirle "tú eres X" porque imaginen la conversación (más bien monólogo mío) que debería haber seguido a esa afirmación: que si te conozco por tu blog, que si ya sé que en tu blog no hay fotos tuyas, es que he puesto tu nombre en el google y las he buscado, por eso sé qué pinta tienes, porque estuve investigando una tarde que estaba pensando si me ponía en contacto contigo o no porque igual te teníamos que llamar de mi trabajo para ofrecerte una cosa que al final hará otra persona pero, vaya, que me gustan mucho tus dibujos. Y de eso te conozco.
Luego, ya totalmente distraída de los gorgoritos de El Guincho, me pongo a pensar cuántas de las muchísimas personas que hay ahí, en el concierto, saben el nombre, la pinta que tiene, incluso tienen referencias de otras personas sin que estas otras personas lo sepan. Y me imagino una especie de mundo subconsciente en el que estas personas, de cuerpo para afuera se ignoran pero que de cuerpo para adentro se alegran de verse, se saludan, se abrazan y se preguntan entre ellos por sus perros y por sus niños (porque todos saben que el otro tiene perro o tantos niños o las dos cosas). Todo el concierto lleno de gente mirando a El Guincho y haciendo así con la cabecita al ritmo de lo que canta y a la vez, en un plano mental, todo el concierto lleno de gente hablando entre ellos explicándose de qué se conocen y pensando los unos de los otros: "vaya psicópata" o "yo también te tenía bien espiado". Da miedo, ¿que no?
Y mientras tanto El Guincho tocando creyendo que todo el mundo está superconcentrado en él cuando en realidad nadie le hace ni puto caso.
En fin, X., que encantada de no estar contigo ayer en el concierto de El Guincho.
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Este mundo
dimarts, 21 de setembre del 2010
Han puesto un globo flotando sobre París que indica el nivel de contaminación de la ciudad por medio del código tan poco daltonicfriendly del semáforo: rojo es más y peligro y verde es menos y tranquilos todos.
¡Qué gran manera de empañar historias! ¡Qué gran potenciador de cinismos latentes! Delanoë es, sin lugar a dudas, un aguafiestas. Imagínense que van ustedes a París con su pareja, en plena primavera, y a la vuelta invitan a todos sus amigos a casa a merendar con la excusa de que se han traído unos macarons comprados en la mismísima pâtisserie Ladurée. Imagínense que los amigos pican y aparecen en la puerta su casa puntualísimos, con las pupilas girándoles en espiral ante la perspectiva de semejante merendola. Entran como zombies, les hacen sentarse ante la cajita de media docena de macarons (la economía no ha dado para más) y cuando cada uno se ha comido su media pastita que es a todo lo que tocan, les revelan el verdadero propósito de su invitación: enchufarles el dvd y hacerles tragarse de una en una y con todos sus comentarios unas quinientas dulcísimas fotos, infinitamente más dulces que el triste recuerdo que les haya podido dejar el medio macaron en su pavloviano paladar.
Sus amigos, en este momento, ya les odian y están predispuestos a la ejercitación de un cinismo sin precedentes.
Empieza el pase de fotos: "Nosotros besándonos en Trocadéro, con la Torre Eiffel de fondo" (y el globo rojo flotando junto a la Torre Eiffel); "Nosotros besándonos en la Place de la Concorde" (y el globo rojo haciendo equilibrios sobre el Obélisque de Luxor); "Nosotros en el Sacré Coeur con tooooodo París de fondo" (y París de fondo coronado por la bandera japonesa). Y sus amigos, conforme avanza el pase, van relajando el ceño y esbozando una sonrisa irónica. Y vuelven a relamerse como se relamían pensando en los macarons mientras subían en el ascensor, sólo que esta vez se relamen viendo ese globo delator y pensando que, con esos niveles de contaminación, la Cité de la Lumiére (rouge) les debe de haber robado por lo menos un par de años de vida a usted y a su pareja, devolviéndoles a ellos así un par de tardes de vida: las que les ahorrará el hecho de no tener que pasar por su casa a ver las fotos correspondientes por lo menos dos de sus (ya no) futuras escapaditas.
Las cosas son así: Delanoë autoriza a que pongan un globo chivato encima de París y la gente acaba descubriendo que le encanta la perspectiva de que sus amigos vivan dos años menos.
¿Les hacen falta más pruebas para convencerse de que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, este mundo empuja sin remedio hacia la MALDAD?
¡Qué gran manera de empañar historias! ¡Qué gran potenciador de cinismos latentes! Delanoë es, sin lugar a dudas, un aguafiestas. Imagínense que van ustedes a París con su pareja, en plena primavera, y a la vuelta invitan a todos sus amigos a casa a merendar con la excusa de que se han traído unos macarons comprados en la mismísima pâtisserie Ladurée. Imagínense que los amigos pican y aparecen en la puerta su casa puntualísimos, con las pupilas girándoles en espiral ante la perspectiva de semejante merendola. Entran como zombies, les hacen sentarse ante la cajita de media docena de macarons (la economía no ha dado para más) y cuando cada uno se ha comido su media pastita que es a todo lo que tocan, les revelan el verdadero propósito de su invitación: enchufarles el dvd y hacerles tragarse de una en una y con todos sus comentarios unas quinientas dulcísimas fotos, infinitamente más dulces que el triste recuerdo que les haya podido dejar el medio macaron en su pavloviano paladar.
Sus amigos, en este momento, ya les odian y están predispuestos a la ejercitación de un cinismo sin precedentes.
Empieza el pase de fotos: "Nosotros besándonos en Trocadéro, con la Torre Eiffel de fondo" (y el globo rojo flotando junto a la Torre Eiffel); "Nosotros besándonos en la Place de la Concorde" (y el globo rojo haciendo equilibrios sobre el Obélisque de Luxor); "Nosotros en el Sacré Coeur con tooooodo París de fondo" (y París de fondo coronado por la bandera japonesa). Y sus amigos, conforme avanza el pase, van relajando el ceño y esbozando una sonrisa irónica. Y vuelven a relamerse como se relamían pensando en los macarons mientras subían en el ascensor, sólo que esta vez se relamen viendo ese globo delator y pensando que, con esos niveles de contaminación, la Cité de la Lumiére (rouge) les debe de haber robado por lo menos un par de años de vida a usted y a su pareja, devolviéndoles a ellos así un par de tardes de vida: las que les ahorrará el hecho de no tener que pasar por su casa a ver las fotos correspondientes por lo menos dos de sus (ya no) futuras escapaditas.
Las cosas son así: Delanoë autoriza a que pongan un globo chivato encima de París y la gente acaba descubriendo que le encanta la perspectiva de que sus amigos vivan dos años menos.
¿Les hacen falta más pruebas para convencerse de que, por mucho que uno se empeñe en lo contrario, este mundo empuja sin remedio hacia la MALDAD?
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París
dimarts, 14 de setembre del 2010
Ponme un Mastónic.
Me despierto y me encuentro internet lleno de comentarios sobre esto.
Primero pienso:"Ya está: el típico gracioso que ha cogido la cosa pop y la ha mezclado con la política" (valga la redundancia). Pensando que al menos no es una cosa de mal gusto, que habría sido mucho más flatón todo si en vez de con Mas lo hubieran hecho con Maragall, clicko en uno de los blogs que hablan del tema.
Me encuentro con que unos cuantos blogueros que se autodefinen como independientes e independentistas han unido fuerzas y hacen frente común para apoyar la candidatura de Artur Mas a la presidencia de la Generalitat. Entro en la web en cuestión. Intento leer pero la web no se queda quieta: van sucediéndose en la pantalla entradas de blog de diferentes autores. Me da tiempo a leer sólo la primera frase de cada una antes de que aparezca la siguiente. Parece que van diciendo: "¡¡Léeme a mí!!", "¡¡No, léeme a mí!!" Consigo que la cosa se quede quieta apretando un "Leer más" cualquiera y me encuentro con lo de siempre: que si es el momento, que si Catalunya está preparada, que si sólo podemos confiar en éste, que si los otros son unos soplagaitas.
Hay una cosa que me aburre mucho de todas estas campañas más o menos espontáneas, más o menos diseñadas al detalle, es que comparten un rasgo común: sirven para cualquier partido lo mismo que para cualquier cosa; basta con cambiar el nombre del candidato o del producto. Cambien Mas por Don Limpio (Absolut Don Limpio).... y tendrán a un grupo de blogueros defendiendo una Catalunya blanca, inmaculada y lista para la prueba del algodón. Felicidades pues.
Yo no sé si la pretensión de todo esto es ganar votos, crear corriente de opinión o qué, pero a mí, esto de ver a gente posicionándose en un momento preelectoral en el que posicionarse es lo más fácil, casi inevitable, casi obligatorio, la única respuesta que me provoca es la de pensar: "mira, fulanito, menganito y el de más allá votarán a Mas, pues qué bien". Es como coger El País sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que quiere a Montilla en la Generalitat; como coger el ABC sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que no quiere a Mas en la Generalitat ni a Montilla tampoco, aunque piensan que este último sería una especie de mal menor.
Echo de menos medios de comunicación con firmas de analistas con más cabeza que corazón. ¿Existen o tenemos que ser nosotros quienes leyendo de aquí y de allá tengamos que hacer todo el trabajo de abstracción para llegar a nuestras propias conclusiones?
Estos periodos preelectorales me dejan agotada.
Me despierto y me encuentro internet lleno de comentarios sobre esto.
Primero pienso:"Ya está: el típico gracioso que ha cogido la cosa pop y la ha mezclado con la política" (valga la redundancia). Pensando que al menos no es una cosa de mal gusto, que habría sido mucho más flatón todo si en vez de con Mas lo hubieran hecho con Maragall, clicko en uno de los blogs que hablan del tema.
Me encuentro con que unos cuantos blogueros que se autodefinen como independientes e independentistas han unido fuerzas y hacen frente común para apoyar la candidatura de Artur Mas a la presidencia de la Generalitat. Entro en la web en cuestión. Intento leer pero la web no se queda quieta: van sucediéndose en la pantalla entradas de blog de diferentes autores. Me da tiempo a leer sólo la primera frase de cada una antes de que aparezca la siguiente. Parece que van diciendo: "¡¡Léeme a mí!!", "¡¡No, léeme a mí!!" Consigo que la cosa se quede quieta apretando un "Leer más" cualquiera y me encuentro con lo de siempre: que si es el momento, que si Catalunya está preparada, que si sólo podemos confiar en éste, que si los otros son unos soplagaitas.
Hay una cosa que me aburre mucho de todas estas campañas más o menos espontáneas, más o menos diseñadas al detalle, es que comparten un rasgo común: sirven para cualquier partido lo mismo que para cualquier cosa; basta con cambiar el nombre del candidato o del producto. Cambien Mas por Don Limpio (Absolut Don Limpio).... y tendrán a un grupo de blogueros defendiendo una Catalunya blanca, inmaculada y lista para la prueba del algodón. Felicidades pues.
Yo no sé si la pretensión de todo esto es ganar votos, crear corriente de opinión o qué, pero a mí, esto de ver a gente posicionándose en un momento preelectoral en el que posicionarse es lo más fácil, casi inevitable, casi obligatorio, la única respuesta que me provoca es la de pensar: "mira, fulanito, menganito y el de más allá votarán a Mas, pues qué bien". Es como coger El País sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que quiere a Montilla en la Generalitat; como coger el ABC sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que no quiere a Mas en la Generalitat ni a Montilla tampoco, aunque piensan que este último sería una especie de mal menor.
Echo de menos medios de comunicación con firmas de analistas con más cabeza que corazón. ¿Existen o tenemos que ser nosotros quienes leyendo de aquí y de allá tengamos que hacer todo el trabajo de abstracción para llegar a nuestras propias conclusiones?
Estos periodos preelectorales me dejan agotada.
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Este mundo
dilluns, 13 de setembre del 2010
Me pone los pelos de punta ver a un chaval de 20 años lanzando dogmas filosóficos igual que me pone los pelos de punta ver a un chaval de 20 años teorizando sobre política o sobre valores. Pero lo que más me pone los pelos de punta es ver que todos estos chavales de 20 años tienen detrás a unos cuantos perros viejos dándoles crédito y aguantándoles la tribuna desde la que lanzan sus consignas y presentan sus convicciones no como opiniones de chavales de 20 años (formados y preparados, eso sí, pero sólo tan formados y preparados como uno puede estarlo a los 20 años) sino como verdades y lecciones indiscutibles.
Hace unos meses alguien se me quejaba de que sentía que no le tomaban lo suficientemente en serio en su terreno: la filosofía. Yo le decía que tenía 30 años y que a su edad era normal tener mucha prisa, pero que una carrera como la suya necesitaba mucho tiempo de maduración y que las cosas acabarían llegando que, además, no estaba nada mal posicionado de entrada teniendo en cuenta su corta trayectoria.
Yo no soy ambiciosa. Es verdad. E igual esto que voy a escribir ahora es simplemente una justificación que me he buscado para estar a gusto con el hecho de no serlo: creo que la ambición (desmesurada) por ser considerado y hacerse un nombre es lo último que le debería preocupar a un filósofo, a un político o a un artista.
A sus setenta y pico años, poco antes de morir, Joan Sánchez Pijuán, el artista, me comentaba que, cuando veía obras de gente recién salida de la escuela de arte, se preguntaba como siempre que miraba un cuadro: ¿Qué hay detrás de esto? y que la respuesta en el cien por cien de los casos era sólo la ambición por destacar por el mero hecho de ser arriesgado y el morbo de resultar incomprensible. Que la gente, a los 20 años, tenía la tendencia de quedarse con unas referencias muy concretas que, por lo que fuera, le habían impresionado y que generalmente nada tenían que ver con el arte. Que esos chavales pretendían arrancar sus carreras artísticas partiendo desde los puntos a los que Rothko, Miró o Bacon habían llegado después de décadas de trabajo. Sánchez Pijuán me decía que uno no puede saltarse así todo un proceso de evolución, que ese proceso de evolución son los cimientos que darán al artista la estabilidad necesaria para poder luego estar seguro de su propio arte hasta el punto de presentarlo como un todo juntamente con su vida, aunque para algunos siguiera siendo un arte incomprensible y arriesgado.
No puedo con los chavales de 20 años que van lanzando dogmas y esperan respeto cada vez que abren la boca. El mío, no lo tienen. Me resulta imposible creer que a los veintipocos uno es consecuente al cien por cien con lo que dice y piensa y no es todo, en gran parte, consecuencia de la fascinación tan propia de esa edad por unas cuantas figuras de la literatura, del arte y de la filosofía.
Yo a los 20 era jarraitu convencidísima. Imagínense.
Hace unos meses alguien se me quejaba de que sentía que no le tomaban lo suficientemente en serio en su terreno: la filosofía. Yo le decía que tenía 30 años y que a su edad era normal tener mucha prisa, pero que una carrera como la suya necesitaba mucho tiempo de maduración y que las cosas acabarían llegando que, además, no estaba nada mal posicionado de entrada teniendo en cuenta su corta trayectoria.
Yo no soy ambiciosa. Es verdad. E igual esto que voy a escribir ahora es simplemente una justificación que me he buscado para estar a gusto con el hecho de no serlo: creo que la ambición (desmesurada) por ser considerado y hacerse un nombre es lo último que le debería preocupar a un filósofo, a un político o a un artista.
A sus setenta y pico años, poco antes de morir, Joan Sánchez Pijuán, el artista, me comentaba que, cuando veía obras de gente recién salida de la escuela de arte, se preguntaba como siempre que miraba un cuadro: ¿Qué hay detrás de esto? y que la respuesta en el cien por cien de los casos era sólo la ambición por destacar por el mero hecho de ser arriesgado y el morbo de resultar incomprensible. Que la gente, a los 20 años, tenía la tendencia de quedarse con unas referencias muy concretas que, por lo que fuera, le habían impresionado y que generalmente nada tenían que ver con el arte. Que esos chavales pretendían arrancar sus carreras artísticas partiendo desde los puntos a los que Rothko, Miró o Bacon habían llegado después de décadas de trabajo. Sánchez Pijuán me decía que uno no puede saltarse así todo un proceso de evolución, que ese proceso de evolución son los cimientos que darán al artista la estabilidad necesaria para poder luego estar seguro de su propio arte hasta el punto de presentarlo como un todo juntamente con su vida, aunque para algunos siguiera siendo un arte incomprensible y arriesgado.
No puedo con los chavales de 20 años que van lanzando dogmas y esperan respeto cada vez que abren la boca. El mío, no lo tienen. Me resulta imposible creer que a los veintipocos uno es consecuente al cien por cien con lo que dice y piensa y no es todo, en gran parte, consecuencia de la fascinación tan propia de esa edad por unas cuantas figuras de la literatura, del arte y de la filosofía.
Yo a los 20 era jarraitu convencidísima. Imagínense.
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terror
diumenge, 29 d’agost del 2010
Tengo manos de fin de semana en la Selva de Mar: en la derecha, un picotazo inmenso de un bicho no identificado y en las dos el olor todavía de las gambas de la paella que nos hemos comido a las 6 de la tarde.
Hemos tomado el sol en las calas y en las rocas. Me he vuelto a bañar con sandalias de río. Hemos esperado hasta las 8 de la tarde para ir a comprar pescado. Hemos escuchado a las cien mejores canciones francesas luchar por hacerse oír por encima de los estándares discotequeros que venían del hotel de al lado. Hemos visto a un señor enterrar una gaviota muerta en la arena de la cala. Hemos dormido de un tirón hasta las 11 del mediodía. Y cuando, a punto de volver a Barcelona, me han preguntado qué iba a hacer esta semana, he contestado: aprender a tomar el sol sin pensar demasiado en que quiero tener un jardín como el de la casa que Mercè Rodoreda se hizo construir en Romanyà.
Hemos tomado el sol en las calas y en las rocas. Me he vuelto a bañar con sandalias de río. Hemos esperado hasta las 8 de la tarde para ir a comprar pescado. Hemos escuchado a las cien mejores canciones francesas luchar por hacerse oír por encima de los estándares discotequeros que venían del hotel de al lado. Hemos visto a un señor enterrar una gaviota muerta en la arena de la cala. Hemos dormido de un tirón hasta las 11 del mediodía. Y cuando, a punto de volver a Barcelona, me han preguntado qué iba a hacer esta semana, he contestado: aprender a tomar el sol sin pensar demasiado en que quiero tener un jardín como el de la casa que Mercè Rodoreda se hizo construir en Romanyà.
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non laboro
dimecres, 25 d’agost del 2010
Normalmente, cuando voy a la playa lo único que consigo es ponerme de mal humor. No me gustan nada ni los niños gritones ni las abuelas gritonas ni los adolescentes gritones ni los maricas gritones hiperbronceados ni las madres gritonas ni los padres que pasan de todo (bueno, estos últimos son los más soportables). Así que no sé por qué he decidido que estos días que me quedan de vacaciones voy a ir a la playa. Pero como lo he decidido, lo hago -así soy yo- hasta que decida dejar de hacerlo.
Con esta puesta en situación que les acabo de hacer pueden imaginarse que he ido todo el trayecto del 64 desde el Paral·lel hasta el paseo Joan de Borbó pensando "¿Para qué voy? ¿para qué voy? ¿para qué voy?...". He llegado a la playa, he extendido la toalla, me he medio despelotado, me he sentado y he pensado: "¿Para qué he venido?".
Intentando hacerme ver que no ha sido tan mala idea venir, me he preguntado "¿qué estaría ahora haciendo en casa?", me he respondido "seguramente leer... ja! He traído un libro, puedo hacer lo mismo que estaría haciendo en casa a la vez que ponerme morena..." Pues no. ¿Han probado a leer un libro mientras Pol, el niño de al lado, no para de llenarle a su madre la toalla de arena? Es imposible. Entonces, he mirado al horizonte (borroso; no llevaba puestas las gafas) y me he vuelto a preguntar: "¿Qué hago aquí?" Y me he respondido: "Nada" Y me he preguntado: "¿Qué hace toda esta gente aquí?" Y me he vuelto a responder: "Nada". Y entonces me he dado cuenta de que estaba filosofando. Me estaba haciendo todas las preguntas existenciales de la historia de la humanidad ahí mismo: en la playa, toda embadurnada de protección 15.
Del qué hacemos aquí (en la playa) he pasado al qué hacemos aquí (en el mundo), al para qué tenemos hijos (la madre había echado a Pol al grito de "Fot el camp que no vull veure't ni en pintura!!"), al para qué intentamos leer libros (aún tenía el libro que había llevado en la mano), al para qué nos metemos en el agua (Pol acababa de salir y su madre ya le estaba gritando "Fes el favor d'assecar-te bé!!!), para qué nos ponemos bronceador (Pol se lo acababa de poner y ya quería irse otra vez al agua)... Mis respuestas a todo son "nada" o "para nada".
Entonces el padre de Pol ha vuelto del agua con un cubo. Se lo ha enseñado a Pol diciéndole: "Mira Pol: un pez". Pol ha cogido el cubo y lo ha vaciado en la arena. "Pol, ¡que se va a morir el pez!" ¡PUM! Tremenda conclusión trágica en mi cabeza: Venimos para nada y nos acabamos muriendo (Fácil ésta, ¿no? Bueno, llevaba ya una hora al sol, tampoco daba yo para mucho más...).
Me he quedado así como hecha polvo durante unos dos o tres minutos. Pero luego he remontado: Pensándolo bien, venir para nada es un gran descanso. ¿Qué queda? Vivir y ya está. Pues habrá que vivir bien. Claro que puede que lo que yo (que he venido para nada y no soy nada) entienda por vivir bien no coincida con lo que Pol (o cualquier otro vecino que también ha venido para nada y no es nada) entienda por vivir bien... pero qué más da si encima, por más que nos guste pensar lo contrario, en una perspectiva de infinitud espacio-temporal, cualquier cosa que nostros (o lo que es lo mismo: la nada) hagamos importa más o menos un pimiento.
Tengo que acabar de pulir todas estas cosas que me han venido a la cabeza. De momento, voy a comer y a echarme una siesta. Mañana vuelvo a la playa.
Con esta puesta en situación que les acabo de hacer pueden imaginarse que he ido todo el trayecto del 64 desde el Paral·lel hasta el paseo Joan de Borbó pensando "¿Para qué voy? ¿para qué voy? ¿para qué voy?...". He llegado a la playa, he extendido la toalla, me he medio despelotado, me he sentado y he pensado: "¿Para qué he venido?".
Intentando hacerme ver que no ha sido tan mala idea venir, me he preguntado "¿qué estaría ahora haciendo en casa?", me he respondido "seguramente leer... ja! He traído un libro, puedo hacer lo mismo que estaría haciendo en casa a la vez que ponerme morena..." Pues no. ¿Han probado a leer un libro mientras Pol, el niño de al lado, no para de llenarle a su madre la toalla de arena? Es imposible. Entonces, he mirado al horizonte (borroso; no llevaba puestas las gafas) y me he vuelto a preguntar: "¿Qué hago aquí?" Y me he respondido: "Nada" Y me he preguntado: "¿Qué hace toda esta gente aquí?" Y me he vuelto a responder: "Nada". Y entonces me he dado cuenta de que estaba filosofando. Me estaba haciendo todas las preguntas existenciales de la historia de la humanidad ahí mismo: en la playa, toda embadurnada de protección 15.
Del qué hacemos aquí (en la playa) he pasado al qué hacemos aquí (en el mundo), al para qué tenemos hijos (la madre había echado a Pol al grito de "Fot el camp que no vull veure't ni en pintura!!"), al para qué intentamos leer libros (aún tenía el libro que había llevado en la mano), al para qué nos metemos en el agua (Pol acababa de salir y su madre ya le estaba gritando "Fes el favor d'assecar-te bé!!!), para qué nos ponemos bronceador (Pol se lo acababa de poner y ya quería irse otra vez al agua)... Mis respuestas a todo son "nada" o "para nada".
Entonces el padre de Pol ha vuelto del agua con un cubo. Se lo ha enseñado a Pol diciéndole: "Mira Pol: un pez". Pol ha cogido el cubo y lo ha vaciado en la arena. "Pol, ¡que se va a morir el pez!" ¡PUM! Tremenda conclusión trágica en mi cabeza: Venimos para nada y nos acabamos muriendo (Fácil ésta, ¿no? Bueno, llevaba ya una hora al sol, tampoco daba yo para mucho más...).
Me he quedado así como hecha polvo durante unos dos o tres minutos. Pero luego he remontado: Pensándolo bien, venir para nada es un gran descanso. ¿Qué queda? Vivir y ya está. Pues habrá que vivir bien. Claro que puede que lo que yo (que he venido para nada y no soy nada) entienda por vivir bien no coincida con lo que Pol (o cualquier otro vecino que también ha venido para nada y no es nada) entienda por vivir bien... pero qué más da si encima, por más que nos guste pensar lo contrario, en una perspectiva de infinitud espacio-temporal, cualquier cosa que nostros (o lo que es lo mismo: la nada) hagamos importa más o menos un pimiento.
Tengo que acabar de pulir todas estas cosas que me han venido a la cabeza. De momento, voy a comer y a echarme una siesta. Mañana vuelvo a la playa.
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Este mundo,
non laboro
dimarts, 24 d’agost del 2010
Paso una fulminante gripe de verano. Estar enferma me anula: mi actividad se reduce a beber mucha agua y a ir del sofá a la cocina a por más agua, de la cocina a la cama y de la cama al lavabo haciendo "ay" a cada paso. Mi círculo social queda compactado en una persona: el farmacéutico de la esquina. Son fantásticos, el farmacéutico y su coro de abuelos, permanentemente en la farmacia interesándose por qué me pasa: consiguen alejar de mi cabeza la idea "nadie se preocupa por mí" que me invade siempre que estoy enferma y que añade la autocompasión a la lista de síntomas de cualquiera de mis enfermedades recurrentes.
Pedir ayuda o reclamar la atención sobre mi persona no es mi fuerte. Por eso adoro al farmacéutico de la esquina, a su coro y a cualquiera que me llame preguntando cómo estoy porque hace un par de días me oyó decir que creía que me estaba resfriando. Acabaré siendo una vieja cartillera, de las que van al médico día sí y día también porque es el único que les pregunta cómo están. Muy triste todo.
Perdonen, no soy yo quien habla, es mi resfriado estival y el aburrimiento que me ha provocado. Me he pasado dos días enteros encerrada en casa y me he tragado dos temporadas de "Cómo conocí a vuestra madre". La aborrezco. Reconozco que de la primera temporada no me enteré de la mitad: estaba a 38 y medio de fiebre y lo que más risa me daba eran las risas enlatadas. O ni eso: seguramente sólo me reía por contagio, por la anulación de cualquier conato de voluntad que me provoca la enfermedad. "Ría aquí" y yo, a 38 y medio, río y lo que me digan.
A partir del capítulo 15, seguía riendo a cada orden de risa pero ya empezaba a ver que me estaban colando lo que siempre te cuelan las sitcom americanas: cuatro personajes arquetípicos locos por vivir unas viditas en las que, si amas, lo único que puedes recibir a cambio es amor (levantar ceja aquí). Y si no amas, como el quinto personaje –contrapunto de los otro cuatro-, no es tu culpa, es que seguramente tienes un trauma de la infancia pero, no te preocupes que tus amigos siempre te respaldarán y harán aflorar el corazoncito que late en tu interior (señalarse la boca con dos dedos, sacar la lengua y hacer “aggg, aggg” aquí).
La serie es una mierda -perdón, es la fiebre: estoy a 37,2. (¡Jojo! Me encanta esta excusa)- pero yo me he seguido tragando capítulo tras capítulo hasta completar los cuarenta y pico que suman las dos primeras temporadas (mover la cabeza de lado a lado mientras piensan “ayyy, Isabel…” aquí).
(Inserten aquí la noche del martes al miércoles, que la paso durmiendo como un lirón)
Hoy me he despertado a 36,3 –sí: mi temperatura corporal normal está unas décimas por debajo de la media de la de la humanidad- (pensar “¿ah, sí?” aquí)- y con una sensación así como de que estos dos últimos días no han existido. Porque no han existido, ¿no? Y si han existido, los podré recuperar al final, ¿no? Joder, qué asco, qué pérdida de tiempo es estar enferma. Si al menos hubiera pegado el estirón, pero ni eso: sigo en mi 1,60 pelado, blanca como la leche en pleno agosto en una ciudad de playa y más escéptica que nunca respecto de las relaciones humanas. Estupendo.
Pedir ayuda o reclamar la atención sobre mi persona no es mi fuerte. Por eso adoro al farmacéutico de la esquina, a su coro y a cualquiera que me llame preguntando cómo estoy porque hace un par de días me oyó decir que creía que me estaba resfriando. Acabaré siendo una vieja cartillera, de las que van al médico día sí y día también porque es el único que les pregunta cómo están. Muy triste todo.
Perdonen, no soy yo quien habla, es mi resfriado estival y el aburrimiento que me ha provocado. Me he pasado dos días enteros encerrada en casa y me he tragado dos temporadas de "Cómo conocí a vuestra madre". La aborrezco. Reconozco que de la primera temporada no me enteré de la mitad: estaba a 38 y medio de fiebre y lo que más risa me daba eran las risas enlatadas. O ni eso: seguramente sólo me reía por contagio, por la anulación de cualquier conato de voluntad que me provoca la enfermedad. "Ría aquí" y yo, a 38 y medio, río y lo que me digan.
A partir del capítulo 15, seguía riendo a cada orden de risa pero ya empezaba a ver que me estaban colando lo que siempre te cuelan las sitcom americanas: cuatro personajes arquetípicos locos por vivir unas viditas en las que, si amas, lo único que puedes recibir a cambio es amor (levantar ceja aquí). Y si no amas, como el quinto personaje –contrapunto de los otro cuatro-, no es tu culpa, es que seguramente tienes un trauma de la infancia pero, no te preocupes que tus amigos siempre te respaldarán y harán aflorar el corazoncito que late en tu interior (señalarse la boca con dos dedos, sacar la lengua y hacer “aggg, aggg” aquí).
La serie es una mierda -perdón, es la fiebre: estoy a 37,2. (¡Jojo! Me encanta esta excusa)- pero yo me he seguido tragando capítulo tras capítulo hasta completar los cuarenta y pico que suman las dos primeras temporadas (mover la cabeza de lado a lado mientras piensan “ayyy, Isabel…” aquí).
(Inserten aquí la noche del martes al miércoles, que la paso durmiendo como un lirón)
Hoy me he despertado a 36,3 –sí: mi temperatura corporal normal está unas décimas por debajo de la media de la de la humanidad- (pensar “¿ah, sí?” aquí)- y con una sensación así como de que estos dos últimos días no han existido. Porque no han existido, ¿no? Y si han existido, los podré recuperar al final, ¿no? Joder, qué asco, qué pérdida de tiempo es estar enferma. Si al menos hubiera pegado el estirón, pero ni eso: sigo en mi 1,60 pelado, blanca como la leche en pleno agosto en una ciudad de playa y más escéptica que nunca respecto de las relaciones humanas. Estupendo.
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