divendres, 17 de setembre del 2010

¿Somos profesionales o somos gruppies?

Veo en FB la algarabía que tiene montada una editorial en su página porque uno de sus autores está de visita en Barcelona. Dicen que el agente del autor les ha concedido dos minutos de charla con él, se quejan porque consideran que es muy poco tiempo y preguntan a la gente que sigue su página qué quieren que le digan.

Primero la fiesta de ayer y luego esto. Está claro que ésta es la semana del "en mirando hacia abajo desde el particular limbo editorial que tiene montado en su cabecita, Isabel no puede sino escandalizarse ante la mundanidad de tot plegat".

A ver: El señor que viene de visita a Barcelona es un escritor en quien la editorial en cuestión ha tenido a bien fijarse para publicarlo en España. Puede que sea un señor importante, que escriba como los ángeles y a quien si no lo hubiera publicado esta editorial, lo habría publicado cualquier otra. Puede que la obra de este señor reporte grandes beneficios a esa editorial, beneficios que lleguen a sanear sus cuentas y les permita sobrevivir en el mercado durante los años venideros. ¿Y?

¿Desde cuándo un editor tiene que ponerse a la cola para pedir audiencia, no a uno de sus autores, sino al agente o a la secretaria o a la becaria de la secretaria de uno de sus autores? Las cosas no eran así. Antes, los editores invitaban, incluso obligaban, a sus autores a venir y a dejarse ver. Los llamaban al orden, les aconsejaban: corta aquí y corta allá, incluso les decían (alucinen porque esto ya no se hace): esto no te lo publico.

¿Qué ha pasado? Les diré que mientras escribo esto me rondan por la cabeza conceptos como "neoliberalismo", "leyes de la oferta y la demanada" y "libre mercado". También pienso en Hollywood. Pero ni siquiera me acuerdo en los conceptos "literatura" o "cultura".

Creo que ahora ya estoy más del lado de Marina: algo se acaba. Ya les comentaba que mi optimismo era sólo una patología absurda.

(Me acabo de acordar de que la editora de ayer ni siquiera iba vestida para la ocasión. El autor, sí).
Me llama mi madre y me dice: "Mira, mira: dile a la tía Isabel cómo te llamas" Me pone a mi sobrina al teléfono y mi sobrina dice: "Aina".

Hace dos semanas Aina no sabía que se llamaba Aina. Bueno, giraba la cabeza cuando la llamabas, pero eso mis gatos también lo hacen. Ahora Aina dice que se llama Aina y éste es el primer paso hacia el pensarse uno mismo, hacia el ser consciente, hacia el terrible (por magnitud) "Yo soy".

Casi me mareo.

(Sí, soy una pusilánime victoriana).
Yo oigo esta frase:

"Increíble, no de guay sino de que no se puede creer".

y me entra así como un vértigo y una sensación de que todo está pasado de rosca y que se ha dado la vuelta y se ha ido más allá y algo se me está escapando de las manos que no puedo con ello.

Eres una pusilánime, deben de estar pensando ustedes. Pues seguramente tienen razón, aunque tengo que decirles que no estoy sola: oí la frase, la comenté asustada con otra Isabel que tenía a mi izquierda y juraría que ella también estaba asustada o eso, o la Obi tiene grandes dotes para la empatía y supo en ese momento cómo hacerme sentir menos perro verde (gracias, Obi).

El caso es que esta sensación que les comento, me acompañó ayer durante toda la velada. La ocasión: la presentación del libro de Miqui Otero, "Hilo musical", que pinta muy bien, la verdad, y que tengo ganas de leer un poco movida por precisamente el querer entender qué es eso que se me está empezando a escapar de las manos, qué tipo de enzima extraña que acelera tanto mi proceso de sentirme vieja contiene el fenómeno este de las editoriales nuevas que apuestan por escritores nuevos que, aunque por todos son conocidos sus referentes, hacen que parezca que antes no había nada y que todo se acaba de inventar.

Igual me estoy dejando impresionar demasiado por las formas y no acabo de ver que el fondo sigue siendo el mismo: escribir libros, hacer literatura. Igual me chirría demasiado que, en una presentación, la editora diga del escritor cosas del tipo: "Me llegó la novela y aluciné por lo buena que era" o que todos los grupos musicales de moda (no exagero, era una especie de presentación-festival en la que actuaban cinco o seis de éstos), subieran al escenario después del momento literario en cuestión.

Fue demasiado para mí, lo reconozco. Tanto, que salí corriendo de allá hacia un sitio where everybody knows our name (hacia Las Guindas, claro) en busca de aquel "lo de siempre" que me hiciera recuperar un poco de esa seguridad y de ese sentirme en casa que estaba a punto de acabar de esfumarse en aquel sótano de la Plaça Reial.

Marina dice que algo está acabando. Mi optimismo (ubicado en mi lado del cerebro correspondiente a las patologías absurdas) quiere pensar que algo está empezando.

Ya veremos.

dijous, 16 de setembre del 2010

La primera edición del Dietario voluble de Vila-Matas es de septiembre de 2008. Yo lo leí por primera vez en verano de 2009; fue uno de aquellos libros que llegan a casa, y se quedan calladitos en una pila hasta que un día, repasando las pilas para reordenar la biblioteca, te pillan sentada en el suelo, se abren solos por la primera página y a ti no te queda otra que ponerte a leer hasta que te das cuenta, porque tienes que levantarte a encender la luz, de que ha pasado la tarde, te has sentado -no sabes cómo ni en qué momento- en el sofá y te has merendado ya tres cuartas partes del libro.

Las anotaciones de Dietario voluble empiezan en diciembre de 2005 y acaban en abril de 2008. Recuerdo de aquella primera lectura, llegar a la página en la que empieza 2008 y horrorizada pensar: "Un momento: ¿Hasta dónde llega esto?" Pasar páginas rápidamente hasta el final y tranquilizarme al ver que acababa 4 meses más allá, o sea, aproximadamente un año y dos meses antes del mismo momento en el que lo estaba leyendo. Entonces decidí seguir pero reconozco que estuve por un momento a punto de volver a dejarlo en un rincón y esperar a que hubieran pasado los meses suficientes para no tener la sensación de que Vila-Matas seguía escribiendo, persiguiéndome mientras yo avanzaba en la lectura, hasta llegar al mismo día en el que yo estuviera leyendo (y contara cómo nos encontrábamos y me contaba el chiste del ladrillo, por ejemplo, y yo me muriera antes del susto que de la risa). O algo peor: podría pasar también que Vila-Matas no pudiera seguirme el ritmo, que yo leyera demasiado rápido y llegara leyendo un día más allá que Vila-matas escribiendo pero que esas páginas sobre Vila-Matas ya estuvieran escritas por alguien que no fuera Vila-Matas, no sé, un lío que me llevara a encontrarme de repente en un momento que Vila-Matas aún no hubiera vivido y a descubrir que ese día, Vila-Matas moría y él no lo sabía aún. ¿Qué hacer entonces? ¿Llamarle y avisarle de que iba a morir?

Era una tontería porque, ya lo he dicho, para cuando yo cogí el libro y me puse a leer, éste ya llevaba tiempo en mi casa, así que Vila-Matas o en cualquier caso Jorge Herralde ya hacía tiempo que habían decidido que ese libro terminaba en abril de 2008, pero no me digan que la idea no da un poquito de terror.
Que el primer día de tele con reunión incluida, sonará un poco así:



(Escuchen, escuchen cómo la cosa empieza suavecita y cómo la conversación va acercándose a momentos cruciales y cómo suenan los vientos cuando se tratan ciertos temas y cómo los violines los van comentando por lo bajinis).

(A partir del minuto 5 ya somos nosotros fuera, fumándonos el cigarro-post).

dimecres, 15 de setembre del 2010

Día de mezcla de lecturas y acciones de alto riesgo para la mente (para la mía, en concreto).

Me paso la mañana leyendo el Dietario voluble de Vila-Matas. Creo que si sumamos la vez que me lo leí del tirón más las veces que he leído trocitos de este libro desde que lo tengo en mi poder, me lo habré leído entero unas ocho veces. Pregunten, pregunten.

El momento en el que explica cómo un día, yendo por la calle, se esconde detrás de un camión al ver a tres críticos literarios, provoca en mí cada vez que lo leo la misma carcajada que provoca en mí, cada vez que lo oigo, mi chiste favorito desde que tenía 8 años (Mira, una piedra preciosa. ¡Pero si es un ladrillo! Pues a mí me gusta...). ¿Quieren verme troncharme? Prueben a explicarme cualquiera de estas dos cosas. No fallan.

Uno (sólo uno) de mis terrores más terroríficos es encontrarme un día con Vila-Matas y que me cuente el chiste del ladrillo. Creo que entraría en un coma espasmódico del que nunca lograría volver. Lo mejor es que moriría sonriendo.

Esa ha sido la primera lectura del día.

La segunda lectura del día: "Vercoquin y el plancton", de Boris Vian, traducido por Lluís Maria Todó (¡¡¡viva!!!) y editado por Impedimenta (¡¡¡viva!!! ¡¡¡viva!!!).

Y la tercera, más que lectura, remetalectura: gente leída leyendo sobre lectura. Sobre un escritor, en concreto: Albert Camus. Piénsenlo: Boris Vian hace humor llevando al extremo sentimientos y relaciones humanas; Albert Camus hace horror llevando al extremo sentimientos y relaciones humanas. Y los dos hablan de sentimientos y reacciones humanas de verdad.

El psicópata de Vila-Matas hace humor y horror llevando al extremo sentimientos y reacciones sólo suyos; es un kamikaze el tío.

Entre medio, yo misma he intentado hacer un poco de horror llevando al extremo sentimientos y reacciones inventadas de Koldo.



Qué gran día.

dimarts, 14 de setembre del 2010

Ponme un Mastónic.

Me despierto y me encuentro internet lleno de comentarios sobre esto.

Primero pienso:"Ya está: el típico gracioso que ha cogido la cosa pop y la ha mezclado con la política" (valga la redundancia). Pensando que al menos no es una cosa de mal gusto, que habría sido mucho más flatón todo si en vez de con Mas lo hubieran hecho con Maragall, clicko en uno de los blogs que hablan del tema.

Me encuentro con que unos cuantos blogueros que se autodefinen como independientes e independentistas han unido fuerzas y hacen frente común para apoyar la candidatura de Artur Mas a la presidencia de la Generalitat. Entro en la web en cuestión. Intento leer pero la web no se queda quieta: van sucediéndose en la pantalla entradas de blog de diferentes autores. Me da tiempo a leer sólo la primera frase de cada una antes de que aparezca la siguiente. Parece que van diciendo: "¡¡Léeme a mí!!", "¡¡No, léeme a mí!!" Consigo que la cosa se quede quieta apretando un "Leer más" cualquiera y me encuentro con lo de siempre: que si es el momento, que si Catalunya está preparada, que si sólo podemos confiar en éste, que si los otros son unos soplagaitas.

Hay una cosa que me aburre mucho de todas estas campañas más o menos espontáneas, más o menos diseñadas al detalle, es que comparten un rasgo común: sirven para cualquier partido lo mismo que para cualquier cosa; basta con cambiar el nombre del candidato o del producto. Cambien Mas por Don Limpio (Absolut Don Limpio).... y tendrán a un grupo de blogueros defendiendo una Catalunya blanca, inmaculada y lista para la prueba del algodón. Felicidades pues.

Yo no sé si la pretensión de todo esto es ganar votos, crear corriente de opinión o qué, pero a mí, esto de ver a gente posicionándose en un momento preelectoral en el que posicionarse es lo más fácil, casi inevitable, casi obligatorio, la única respuesta que me provoca es la de pensar: "mira, fulanito, menganito y el de más allá votarán a Mas, pues qué bien". Es como coger El País sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que quiere a Montilla en la Generalitat; como coger el ABC sabiendo que estás leyendo un diario escrito por gente que no quiere a Mas en la Generalitat ni a Montilla tampoco, aunque piensan que este último sería una especie de mal menor.

Echo de menos medios de comunicación con firmas de analistas con más cabeza que corazón. ¿Existen o tenemos que ser nosotros quienes leyendo de aquí y de allá tengamos que hacer todo el trabajo de abstracción para llegar a nuestras propias conclusiones?

Estos periodos preelectorales me dejan agotada.