dijous, 2 de setembre del 2010

Dietario del pueblo rural. Día 2. Jueves. Fiesta mayor

Nos despierta el canto del gallo.
Nos vestimos, nos duchamos y bajamos a desayunar.

Busco a la alemana con la mirada. La veo en un rincón, con unos guantes de malla, sacando al gallo de una cabina insonorizada en cuyo interior hay un micrófono. Le está intentando desenrollar del cuello el cable de los auriculares, que aún lleva puestos (el gallo), mientras éste va repartiendo picotazos. Nein! Nein!, va gritando ella. Lanza al gallo a la calle con una mano y se queda con los auriculares y unas cuantas plumas en la otra. “Ah, ya se han despertado” dice mirándonos. “Perdonen por lo del gallo; es el único que tenemos en el pueblo, por eso es tan agresivo, el pobre, si hubiera otro canalizaría su furia hacia él, pero como no lo hay está a la defensiva con todo el mundo. La eterna gilipollez del macho alfa...” Se quita nos guantes y nos enseña el camino al comedor. Dice que en seguida viene, que tiene que ordeñar la vaca. Entra en la cocina y oímos que abre la puerta de la nevera. Desayunamos leche con pan, nos ponemos en el cuello los pañuelos azules que hemos encontrado junto a nuestros platos (lástima no haber visto antes la servilleta) y salimos a la calle. Es fiesta mayor.

En algún momento de la noche, alguien ha debido de colocar las banderolas que adornan de lado a lado la plaza mayor. Las banderolas, el escenario, el juego de luces, la mesa de sonido, los altavoces, los gigantes en la esquina, la tómbola, los autos de choque, el tiropichón y una noria. Atravesamos como podemos la plaza y nos disponemos a pasar la mañana en el río. Plantamos las toallas en las piedras. Los niños, un minuto exacto después de que su madre acabe de embadurnarlos con protector solar, deciden ir a bañarse. Les acompaño. Una torre de salvavidas, un tobogán gigante, las corcheras amontonadas de los últimos campeonatos de natación contracorriente, el chiringuito, las piraguas colocadas en paralelo boca abajo sobre las rocas, unos centenares de salmones que –evidentemente- se quedaron a medio camino durante el asombroso descenso de las aguas de hace una semana, los chalets de primera línea, la barrera de vendedores de coco y, por fin, el agua. (Nota mental: en próximas ocasiones, no ponerme los pies de pato hasta llegar a la misma orilla).
El pequeño se ha dejado el arpón en la toalla. Rabieta al canto. Se me pasa la rabieta, me quito los pies de pato (¡ja!) y, con uno en cada mano, emprendo el regreso.

Me cruzo con la familia vegetariana. Me dan la espalda. “¿Qué? A disfrutar del último bañito, ¿eh?”, digo. Intentan darme la espalda más aún, con lo que acaban mirándome de frente con cara de sorpresa. Estoy decidido a recuperar su simpatía, así que les explico en voz baja a los padres lo de los salmones, “no se acerquen, parece que ha habido una verdadera escabechina”, les digo. Se indignan conmigo y dicen no sé qué de tener el valor de utilizar las palabras salmón y escabeche en la misma frase. El crío pequeño me da una patada. Sigo mi camino hacia la toalla.
Llego. Mi mujer se sorprende de verme allí sin los niños, ve mi moratón en la espinilla y se asusta mucho. La tranquilizo diciéndole que sólo vengo a por el arpón. Abro el bolso y veo que también se había dejado las gafas, las bombonas de oxígeno y la cámara subacuática. No tengo manos para llevar todo. Me vuelvo a poner los pies de pato y vuelta otra vez para el agua.

Cuando llego, una hora más tarde, el pequeño dice que ya no quiere pescar. Ni pescar ni bañarse más. Le encasqueto las gafas y la boquilla de las bombonas de oxígeno, le pongo el arpón en la mano, le cojo la cabeza con la mano y la sumerjo. Lo aguanto cinco minutos debajo del agua y lo vuelvo a sacar. Ha pescado una trucha. “¿Ves, qué bien, tonto?”, le digo mientras le saco las tripas a la trucha y la lavo en el mismo río. Ahora vamos a comer y a ver cómo matan al cerdo. Noto en la cabeza una pedrada y alcanzo a ver cómo esconde la mano el niño vegetariano.

En la mesa de la fonda (restaurante, como lo llaman aquí). Le tiendo al camarero la trucha que ha pescado el pequeño y le pido que la cocine a la plancha y que nos traiga una ensalada y el pescado del día para todos. “Esto será lo más vegetariano que llegará a ser mi familia nunca”, le susurro con una sonrisa maliciosa a mi mujer. Me da un coscorrón en la herida de la pedrada que ella misma me ha cosido hace un momento. Saltan los puntos. Me los vuelve a coser, pero esta vez a mala leche. Me quedará cicatriz seguro. “Para que te acuerdes cada vez que te comas un chuletón”, replica ella cortando el hilo con los dientes, sin dejar de sonreír. Vuelve el camarero con la ensalada y cuatro truchas en una bandeja. “Quiero comer la mía”, dice el pequeño, “¿Cuál es la mía?” Delicado momento. No puedo permitirme un segundo de duda. “Ésta”. Le pongo la primera que cojo en el plato y le digo que coma. “Qué curioso”, susurra mi mujer, “hubiera jurado que era la que no lleva anilla de piscifactoría”. “Pues mira, no”, respondo rápidamente. Y cuela. Contundencia y decisión, son las cualidades de un buen cabeza de familia. Me como rápidamente la que ha pescado mi hijo (tres veces más pequeña que las de piscifactoría). “Mmmm, se nota que no es acabada de pescar. ¡Ahora, los postres!”. Como decía: Contundencia, decisión y fulminante cambio de tema.

La sobremesa se ha alargado tanto que se nos ha tirado encima la hora de la matanza del cerdo. El camarero nos dice que se hace delante de la iglesia. Nos acercamos hasta allá. Hay unas diez personas siguiendo atentamente los movimientos de un señor, que lleva un cuchillo en la mano; una señora, con un cubo de plástico; tres señores más, de manos vacías; y un cerdo. También hay dos taburetes y una plancha de madera colocada encima de los taburetes. Nos ven llegar, se quedan quietos mirándonos. Llegamos. “Bueno, empezamos, que ya estamos todos”. Dice el señor del cuchillo. Me pongo en primera fila. Tengo agarrada a mi hija, la mayor, de la mano. Veo que el cerdo se sube a la plancha de madera y se tumba de costado. Un señor le agarra de las patas delanteras, otro de las traseras y el tercero de la cabeza. La señora coloca el cubo debajo de su cuello. El señor del cuchillo le acerca la punta al cuello y pincha. Cae un hilo de sangre, el cerdo empieza a chillar, todo el mundo empieza a chillar, ya no se oye el grito del cerdo y han dejado de oírse también los alaridos de la gente. El señor del cuchillo levanta la cabeza y mira. El cerdo levanta la cabeza y mira. Los otros cuatro levantan la cabeza y miran. Noto que mi hija ya no está agarrada de mi mano, miro abajo, miro hacia atrás, no hay nadie. Todo el mundo ha salido corriendo. Miro al señor del cuchillo. “Pues hoy tampoco seguiremos con esto, no vamos a hacer todo el numerito sólo por usted…”. El cerdo se ha levantado de un saltito y la señora le está limpiando el hilo rojo que le resbala cuello abajo. Cerdo y hombres se van, la señora se sienta en uno de los taburetes lanzando un gran suspiro. Mira desolada el fondo del cubo de plástico vacío y retuerce entre sus manos el trapo con el que acaba de limpiar al cerdo. Me siento en el otro taburete. Le doy conversación.

-Del grupo de animación, supongo.
-Sí.
-Es que ¿nadie ha nacido en este pueblo?
-Yo, sí, también. Y el cerdo.

Doy un salto, me abalanzo sobre ella y le doy un beso. Busco al cerdo con la mirada para besarlo también, pero ha desaparecido. Pregunto a la señora por el corral en el que puedo encontrarlo.

-No vaya a buscarlo, no sacará nada de él: se ha convertido en una especie de divo insoportable a fuerza de ver cada jueves cómo la gente no puede soportar la idea de que muera.

Me cuenta que ella es la encargada del cuidado personal del cerdo y que la trata fatal. Que no hay nada peor que un cerdo engreído y que éste, es tan así que hace que todos los días le llenen el establo de margaritas. Que no me imagino lo difícil que es encontrar margaritas en pleno invierno. Que está harta de su vida, que nunca se hubiera imaginado, cuando era joven, que el pueblo acabara siendo lo que es ni que ella acabara participando de toda esta farsa, pero que al menos le dejan trabajar con su propia ropa, que el vestuario, al resto de los animadores les queda como una patada, que unas enaguas si no se saben llevar...

He aquí una mujer desgraciada, pienso. Recurro a empatía: le digo que para desgraciado, yo. Que me creía una persona normal y pacífica, pero que, el incidente del cerdo había abierto la puerta de un compartimento oscuro de mi cerebro. Que la perspectiva de la sangría, había despertado en mí tal avidez hemática que no puedo esconder la decepción que me produce mirar a ese cubo y verlo limpio. Que me horrorizo de mí mismo.

La señora me rodea los hombros con un brazo y, con la otra mano, me tiende el trapo con el que ha limpiado el hilo de sangre del cuello del cerdo. Lo cojo, le miro a los ojos con ilusión, saca una margarita del bolsillo del delantal y me la tiende también. Me meto las dos cosas en el escote, le doy otro beso y me alejo diciéndole que siempre la llevaré ahí, cerca del corazón. Voy a buscar a mi familia.

Los encuentro en la fonda, cenando chuletones poco hechos. Con señas, desde la puerta, indico a mi mujer que me voy a dormir. Esta noche no estoy para nadie.

dimecres, 1 de setembre del 2010

Dietario del pueblo rural. Día 1. Miércoles

Si conviertes todas las casas de un pueblo abandonado en casas de turismo rural, ¿qué tienes? Un pueblo rural. Cómo de tonto puede llegar a ser este asunto que hasta la lógica del lenguaje lo delata: El pueblo rural, último grito (¡¡¡¡AAAAAHHH!!!!) en resorts y turismo de pulserita.

Por lo que me cuentan, hay uno cerca de Cervera. Y por lo que he investigado (poco) hay otro en Galicia. También he visto un anuncio que rezaba "Pueblo en venta. Ideal para convertir en centro turístico rural".

Nunca he estado en uno así que, siguiendo la máxima vianiana "I never went to Italy so I had to write a song about it to know it", me he plantado allí -en el de Cervera o en Couso, da igual- con el coche y la familia que tampoco tengo. Por la autopista, hasta casi la misma entrada de la aldea en cuestión. Y oigan: Qué bien conseguidas las últimas curvas rurales de la carreterita rural que se tiene que coger para llegar hasta las primeras casas rurales del pueblo rural. Se nota que la han arreglado, antes debía de ser un camino de cabras, pero han mantenido el trazado antiguo. Ensanchándola unos metros, eso sí, que si no el todoterreno que saco del garaje para estas ocasiones tan... ¿rurales? no habría pasado.

Llego al final de la galería de árboles. Una amable pancarta ("Bienvenidos al pueblo rural") me recibe y me indica con una flecha hacia dónde tengo que girar para encontrar el parking de todoterrenos; el pueblo rural es peatonal prácticamente todo el día, excepto de 5 a 7 de la tarde, que es cuando se hace el desfile de tractores, carros y cosechadoras, intercalados con rebaños de ovejas y una piarita de cuatro cerdos que hacen las delicias de los niños y mayores urbanos. Babeo pensando cómo mis dos hijos por fin van a aprender que el fuet no crece en los súpers en paquetes envasados al vacío.

Bajamos del coche, cogemos las mochilas, nos atamos bien las botas de montaña y nos dirigimos al punto de información que hay en la entrada del pueblo. Nos dan la bienvenida y un plano. Nos marcan en el plano cuál es nuestra casa -la de la piscina, por los críos la hemos cogido-, dónde están el súper, el restaurante, la tienda de souvenirs y el bar -en la plaza, al lado de la iglesia, claro-. La iglesia está cerrada y no tiene campanas pero, por megafonía, tocan las horas, las medias y los cuartos; nos parece un detalle encantador.

Nada más entrar, vemos a un abuelo con boina y bastón. Le decimos hola, nos devuelve el saludo. Le pregunto si es del pueblo, me responde que no, que es parte del grupo de animación contratado por la empresa que lo gestiona pero que si necesitamos saber algo, se lo preguntemos, que les hacen hacer a todos un curso antes de empezar a trabajar. Le doy las gracias y, cuando nos alejamos un poco, les explico a los niños que en los pueblos hay que saludar y hablar con todo el mundo. Seguimos el camino hacia la casa diciendo hola, hola, a todo ser vivo que se cruza con nosotros. Pasa por delante un perro pulgoso. Les digo a los niños que a éstos -a los perros- en los pueblos, hay que tirarles piedras. Los niños se horrorizan, el perro se harta de esperar la primera pedrada y se va por donde ha venido, decepcionado. Yo me río y despeino a los niños con gesto cariñoso diciéndoles: "Bueeeno, ya aprenderéis: tenéis toda la semana". Llegamos a la casa.

La dueña es alemana. De Munich. Nos explica que se hartó de la ciudad y que como a ella le gusta mucho el trato con la gente y su novia es arquitecta autónoma y puede trabajar donde le dé la gana, cuando hace dos años vieron el anuncio en el periódico, se decidieron a comprar la casa, arreglarla y venir a montárselo al pueblo rural. Los niños están despistados, gracias a Dios, con una gallina que se pasea por delante de la puerta y no han oído esto último. Les grito que a ésas -a las gallinas- hay que gritarles "pitas, pitas, pitas". La alemana me dice que no es una gallina, que es el gallo y que mejor no se acerquen demasiado, que tiene muy malas pulgas. Le agradezco la discreción de haber bajado la voz, cojo las llaves de nuestras habitaciones, llamo a los niños y subimos al primer piso.

Las habitaciones, estupendas: ventanas con porticones, camas ridículamente grandes, una jofaina (decorativa, qué susto) en un rincón, lavabos estucados en colores tierra y... ¡armarios de luna! Corro a abrir la puerta del armario en cuestión. ññññiiiiiiiiiiiiic. Aaaah, sí... Corro a abrir los porticones de la ventana. Los niños dicen que huele mal. Les explico que los pueblos huelen así y que es por las vacas. (Nota mental: preguntarle a la encargada alemana si hay alguna manera de disimular ese olor a vaca).

Vaciamos las mochilas. Los armarios de luna no tienen barra para las perchas, sólo tienen estantes. Cris tuerce el gesto: se le van a arrugar todos los vestidos. (Nota mental: preguntarle a la alemana si hay servicio de plancha). Son las 9 de la noche y tenemos que cenar. Bajamos a recepción, le decimos a la alemana que nos encantan las habitaciones. Responde "No. Los pueblos huelen así" a mi pregunta sobre el olor de vaca, mientras ata a nuestras muñecas las pulseras all included. Salgo de la casa al grito "Vamos a cenar a la fonda". "¿Qué es una fonda?", pregunta el pequeño. "Es como se llaman los restaurantes de los pueblos", contesto. Allá está. "Restaurante", dice el cartel, claro, suena más internacional así.

Pedimos el surtido de embutidos. Le pregunto al camarero si son embutidos hechos en el pueblo. “Claaaaro”, me responde guiñándome el ojo. Nos trae una especie de percha con chorizos, fuets, bulls (blanco y negro) y secallonas colgando de ella, una tabla y un cuchillo. A comer. Llega otra pareja con otros dos niños, con botas de montaña idénticas a las nuestras (todos), pantalón corto con muchos bolsillos, idéntico a los míos (él); vestido de lino en tono verde militar, idéntico al de Cris (ella); pantalón corto con muchos bolsillos y camisetas de manga larga (los niños). Nos preguntan si pueden compartir mesa con nosotros. Por su puesto. El señor nos cuenta que llevan ya diez días en el pueblo, que se mañana a primera hora, que han sido unas vacaciones fantásticas y que las nuestras también lo serán. Que ya veremos qué auténticas son las fiestas patronales del pueblo (que se celebran todos los jueves a partir de las 12 del mediodía) y que lo único que se han perdido ha sido la matanza del cerdo, que son vegetarianos (aunque respetan muchísimo que nosotros hayamos elegido comer animales muertos) y que por poco no cambian de planes y se van a la playa en vez de venir al pueblo rural cuando vieron que una de las actividades familiares del día del patrón (todos los jueves) era ver ese espectáculo macabro. Pero que acabaron viniendo porque si se hubieran ido a la playa, los abuelos se habrían apuntado y que no les apetecía, que bastante los veían ya cuando les traían los críos del colegio a casa todos los días, que les das la mano y se cogen el brazo. Piden una ensalada sin atún para todos. Los niños se la comen sin parar de rascarse todo el cuerpo. “Tienen pulgas de jugar con el perro”, dice la madre. “A los perros de los pueblos rurales hay que tirarles piedras”, dice mi hija mayor. Se levantan y van a otra mesa sin despedirse.
Acabamos de cenar y nos vamos a dormir. Por megafonía suenan once campanadas.

dimarts, 31 d’agost del 2010

¿Y si cuando, por fin, para cuando la tuneladora llegue a la galería, los mineros han decidido que están mejor allá abajo, que no quieren salir?

"Es que, mire usted, aquí vemos películas todos los días, nos vamos a dormir y nos levantamos a la hora que nos da la gana, nuestras mujeres no se enfadan porque llevamos meses fuera y no tenemos que aguantar a los niños berreando". Hay quien se ha librado de ir a ver a los suegros todos los fines de semana, quien tenía pendiente un juicio por la custodia del crío y quien estaba a punto de jubilarse y no sabía cómo iba a vivir los próximos años. Por no hablar de aquellos dos que estaban enamorados e iban escondiéndose por los agujeros en la pared, cuando pensaban que nadie miraba. Ahora no se ocultan: un hombre en la mina es un hombre en la mina; tienen sus necesidades y han conseguido que el resto se lo esté pensando también: hay que matar el tiempo de alguna manera y no se puede ir por la galería con esta presión en la entrepierna.

Les llegan noticias del mundo exterior: el rescate se retrasa un mes, gran fiesta bajo tierra. Les conectan el teléfono porque la señora de uno de ellos tiene algo importante que decirle; ssssht, bajad el volumen, alguien que llore desesperadamente, la banda de percusionistas de pico y pala, que pare un momento. Todos se han desnudado, han atado los monos de trabajo unos con otros y se han hecho unas estupendas hamacas que han colgado de pared a pared en las que duermen unas siestas de antología. Sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad, lo ven todo pero hacen como si no vieran nada, así pueden jugar a decir que han visto sólo lo que les interesa haber visto.

No se hace nunca de día ni de noche así que están intentando buscar la manera de inventar un calendario lleno de fiestas nacionales de la galería: de momento tienen el día de los pioneros, que coincide con el día en que se quedaron enterrados. El día de la proclamación de independencia coincidirá con el día en el que el gobierno del país de la superficie reconozca que nunca los podrá sacar de ahí. Ya verán cómo se las apañan para medir el tiempo después para poder celebrar periódicamente el acontecimiento; quizás la solución sea celebrarlo cuando les dé la gana, sin ningún tipo de periodicidad, consiguiendo así dar el paso definitivo en la evolución de la humanidad: el del reconocimiento de una relatividad temporal absoluta.

Ya deben de haber comenzado a crearse un idioma; es una especie de español adaptado a las cosas que tienen allá abajo. Han dado nombres a las cosas (generalmente piedras) según la utilidad que les han asignado. La palabra "puerta" sirve para designar el hueco tapado que hace unas semanas era la entrada a la galería, así que ya ha perdido el significado que tiene la palabra "puerta" (un hueco por el que se entra y se sale) en la superficie. No, su español no se parece en nada al español que se habla allá arriba, aunque reales academias y enemigos del desmembramiento de ciertas naciones estén intentado apuntarse el tanto de haber conseguido que la lengua de la madre patria sea la única en el mundo que se habla oficialmente sobre y bajo tierra.

Han montado un ejército cuya única misión es detener los intentos de rescate, previendo que un día lleguen con nuevos métodos desde arriba. De momento no hay peligro pero el Ministerio de Información (integrado por un grupo de mineros que reciben y leen los diarios que ingenuamente les envían desde arriba) está muy atento y ha recomendado montar guardia permanente ante la "puerta". También han organizado un cuerpo especial de técnicos dotado de utensilios con los que cortar cables, destrozar máquinas a golpes y poner más piedras a modo de pared en el caso de que alguno de los nuevos inventos de la superficie consiguiera atravesar la "puerta".

Han ido también un paso más allá en el terreno económico: no tienen que producir para sobrevivir. Tienen a la superficie engañada para que los mantenga sin rechistar. Esto crea división de opiniones entre los mineros: unos se sienten mal por pensar que su sistema económico se basa en una especie de parasitismo en el que ellos serían los piojos, las garrapatas, las tenias de la sociedad; otros, los que han conseguido borrar de su cabeza la idea de pertenecer a esa sociedad, los que han superado el estadio de creerse sólo hombres y ahora se creen dioses, ven totalmente lógico que esos seres inferiores de allá arriba les muestren pleitesía llenándoles la galería de ofrendas.

Sólo les queda encontrar una solución para la supervivencia de la especie -muchos de ellos están convencidos de que son una especie nueva-: la idea de tener los días contados a veces no les deja dormir.

diumenge, 29 d’agost del 2010

Tengo manos de fin de semana en la Selva de Mar: en la derecha, un picotazo inmenso de un bicho no identificado y en las dos el olor todavía de las gambas de la paella que nos hemos comido a las 6 de la tarde.

Hemos tomado el sol en las calas y en las rocas. Me he vuelto a bañar con sandalias de río. Hemos esperado hasta las 8 de la tarde para ir a comprar pescado. Hemos escuchado a las cien mejores canciones francesas luchar por hacerse oír por encima de los estándares discotequeros que venían del hotel de al lado. Hemos visto a un señor enterrar una gaviota muerta en la arena de la cala. Hemos dormido de un tirón hasta las 11 del mediodía. Y cuando, a punto de volver a Barcelona, me han preguntado qué iba a hacer esta semana, he contestado: aprender a tomar el sol sin pensar demasiado en que quiero tener un jardín como el de la casa que Mercè Rodoreda se hizo construir en Romanyà.

dissabte, 28 d’agost del 2010

Aquí, víctima de un absurdo insomnio infantil provocado por (feit) irme de excursión, me veo llenando la maleta de más vestidos que días voy a estar fuera, no pudiendo decidir qué libros llevo y pensando que ya no tengo edad para ponerme nerviosa por estas cosas.

Si ahora se me aparece mi señora madre con una cantimplora y un bocata de chorizo envuelto en papel de plata, no me sorprendería pero nada.

Wa yeah.



(Lo de llevar una hora viendo vídeos de Antònia Font, tampoco me lo explico).

divendres, 27 d’agost del 2010

Ayer, antes de encontrarme con Jordi O. y luego con Gemma; antes de coger el tren para Vilassar, de decidir hacer una parada en Ocata, de tomarnos dos cervezas en el chiringuito, de acercarme a Vins i Divins a hacer una visita al Sr. Luri (no estaba, Sr. Luri, ya me pasaré otro día), de coger de nuevo el tren, de llegar a Vilassar, de bañarnos en el mar, de ver llegar a Ferran, Xavi, Víctor, Carles y Jordi F., de ir a hacer el vermut (a las 8 de la tarde), de quedarnos con hambre y pedir que nos hicieran bocatas; antes de que nos dijeran que no tenían pan, de ver a una señora entrar con una barra de pan debajo del brazo, de plantearnos si asaltarla o si pedírsela a cambio de favores sexuales, pero decidir que mejor simplemente le preguntábamos dónde lo había comprado; antes de que la señora -que nunca sabrá lo cerca que estuvo de tener una gran sesión de sexo con cualquiera de nosotros- nos dijera que la panadería ya había cerrado, de coger el tren y volver a Barcelona, de decidir tomar la última y acabar tomando la última y la penúltima en el (H)original, en el Haití y en el Almirall; y antes de volver a casa oliendo a sal y a arena, con boquerones, mejillones y una botellita de salsa de Ca n'Espinaler en el bolso. Antes de todo eso, pasé por Documenta a buscar un libro que ya había buscado antes en La Central y que tampoco tenían.

Y en algún momento entre medio de toda esta hiperactividad, miré a mi alrededor y me di cuenta de que el verano-verano, el de verdad, el de las vacaciones, del go with the flow y de tomarse las cosas con calma, acababa de empezar. Y me di cuenta de que llevaba mucho tiempo esperando a volver a tener un verano como este que empezó ayer.

dimecres, 25 d’agost del 2010

Normalmente, cuando voy a la playa lo único que consigo es ponerme de mal humor. No me gustan nada ni los niños gritones ni las abuelas gritonas ni los adolescentes gritones ni los maricas gritones hiperbronceados ni las madres gritonas ni los padres que pasan de todo (bueno, estos últimos son los más soportables). Así que no sé por qué he decidido que estos días que me quedan de vacaciones voy a ir a la playa. Pero como lo he decidido, lo hago -así soy yo- hasta que decida dejar de hacerlo.

Con esta puesta en situación que les acabo de hacer pueden imaginarse que he ido todo el trayecto del 64 desde el Paral·lel hasta el paseo Joan de Borbó pensando "¿Para qué voy? ¿para qué voy? ¿para qué voy?...". He llegado a la playa, he extendido la toalla, me he medio despelotado, me he sentado y he pensado: "¿Para qué he venido?".

Intentando hacerme ver que no ha sido tan mala idea venir, me he preguntado "¿qué estaría ahora haciendo en casa?", me he respondido "seguramente leer... ja! He traído un libro, puedo hacer lo mismo que estaría haciendo en casa a la vez que ponerme morena..." Pues no. ¿Han probado a leer un libro mientras Pol, el niño de al lado, no para de llenarle a su madre la toalla de arena? Es imposible. Entonces, he mirado al horizonte (borroso; no llevaba puestas las gafas) y me he vuelto a preguntar: "¿Qué hago aquí?" Y me he respondido: "Nada" Y me he preguntado: "¿Qué hace toda esta gente aquí?" Y me he vuelto a responder: "Nada". Y entonces me he dado cuenta de que estaba filosofando. Me estaba haciendo todas las preguntas existenciales de la historia de la humanidad ahí mismo: en la playa, toda embadurnada de protección 15.

Del qué hacemos aquí (en la playa) he pasado al qué hacemos aquí (en el mundo), al para qué tenemos hijos (la madre había echado a Pol al grito de "Fot el camp que no vull veure't ni en pintura!!"), al para qué intentamos leer libros (aún tenía el libro que había llevado en la mano), al para qué nos metemos en el agua (Pol acababa de salir y su madre ya le estaba gritando "Fes el favor d'assecar-te bé!!!), para qué nos ponemos bronceador (Pol se lo acababa de poner y ya quería irse otra vez al agua)... Mis respuestas a todo son "nada" o "para nada".

Entonces el padre de Pol ha vuelto del agua con un cubo. Se lo ha enseñado a Pol diciéndole: "Mira Pol: un pez". Pol ha cogido el cubo y lo ha vaciado en la arena. "Pol, ¡que se va a morir el pez!" ¡PUM! Tremenda conclusión trágica en mi cabeza: Venimos para nada y nos acabamos muriendo (Fácil ésta, ¿no? Bueno, llevaba ya una hora al sol, tampoco daba yo para mucho más...).

Me he quedado así como hecha polvo durante unos dos o tres minutos. Pero luego he remontado: Pensándolo bien, venir para nada es un gran descanso. ¿Qué queda? Vivir y ya está. Pues habrá que vivir bien. Claro que puede que lo que yo (que he venido para nada y no soy nada) entienda por vivir bien no coincida con lo que Pol (o cualquier otro vecino que también ha venido para nada y no es nada) entienda por vivir bien... pero qué más da si encima, por más que nos guste pensar lo contrario, en una perspectiva de infinitud espacio-temporal, cualquier cosa que nostros (o lo que es lo mismo: la nada) hagamos importa más o menos un pimiento.

Tengo que acabar de pulir todas estas cosas que me han venido a la cabeza. De momento, voy a comer y a echarme una siesta. Mañana vuelvo a la playa.