dimecres, 25 d’agost del 2010

Normalmente, cuando voy a la playa lo único que consigo es ponerme de mal humor. No me gustan nada ni los niños gritones ni las abuelas gritonas ni los adolescentes gritones ni los maricas gritones hiperbronceados ni las madres gritonas ni los padres que pasan de todo (bueno, estos últimos son los más soportables). Así que no sé por qué he decidido que estos días que me quedan de vacaciones voy a ir a la playa. Pero como lo he decidido, lo hago -así soy yo- hasta que decida dejar de hacerlo.

Con esta puesta en situación que les acabo de hacer pueden imaginarse que he ido todo el trayecto del 64 desde el Paral·lel hasta el paseo Joan de Borbó pensando "¿Para qué voy? ¿para qué voy? ¿para qué voy?...". He llegado a la playa, he extendido la toalla, me he medio despelotado, me he sentado y he pensado: "¿Para qué he venido?".

Intentando hacerme ver que no ha sido tan mala idea venir, me he preguntado "¿qué estaría ahora haciendo en casa?", me he respondido "seguramente leer... ja! He traído un libro, puedo hacer lo mismo que estaría haciendo en casa a la vez que ponerme morena..." Pues no. ¿Han probado a leer un libro mientras Pol, el niño de al lado, no para de llenarle a su madre la toalla de arena? Es imposible. Entonces, he mirado al horizonte (borroso; no llevaba puestas las gafas) y me he vuelto a preguntar: "¿Qué hago aquí?" Y me he respondido: "Nada" Y me he preguntado: "¿Qué hace toda esta gente aquí?" Y me he vuelto a responder: "Nada". Y entonces me he dado cuenta de que estaba filosofando. Me estaba haciendo todas las preguntas existenciales de la historia de la humanidad ahí mismo: en la playa, toda embadurnada de protección 15.

Del qué hacemos aquí (en la playa) he pasado al qué hacemos aquí (en el mundo), al para qué tenemos hijos (la madre había echado a Pol al grito de "Fot el camp que no vull veure't ni en pintura!!"), al para qué intentamos leer libros (aún tenía el libro que había llevado en la mano), al para qué nos metemos en el agua (Pol acababa de salir y su madre ya le estaba gritando "Fes el favor d'assecar-te bé!!!), para qué nos ponemos bronceador (Pol se lo acababa de poner y ya quería irse otra vez al agua)... Mis respuestas a todo son "nada" o "para nada".

Entonces el padre de Pol ha vuelto del agua con un cubo. Se lo ha enseñado a Pol diciéndole: "Mira Pol: un pez". Pol ha cogido el cubo y lo ha vaciado en la arena. "Pol, ¡que se va a morir el pez!" ¡PUM! Tremenda conclusión trágica en mi cabeza: Venimos para nada y nos acabamos muriendo (Fácil ésta, ¿no? Bueno, llevaba ya una hora al sol, tampoco daba yo para mucho más...).

Me he quedado así como hecha polvo durante unos dos o tres minutos. Pero luego he remontado: Pensándolo bien, venir para nada es un gran descanso. ¿Qué queda? Vivir y ya está. Pues habrá que vivir bien. Claro que puede que lo que yo (que he venido para nada y no soy nada) entienda por vivir bien no coincida con lo que Pol (o cualquier otro vecino que también ha venido para nada y no es nada) entienda por vivir bien... pero qué más da si encima, por más que nos guste pensar lo contrario, en una perspectiva de infinitud espacio-temporal, cualquier cosa que nostros (o lo que es lo mismo: la nada) hagamos importa más o menos un pimiento.

Tengo que acabar de pulir todas estas cosas que me han venido a la cabeza. De momento, voy a comer y a echarme una siesta. Mañana vuelvo a la playa.

dimarts, 24 d’agost del 2010

Paso una fulminante gripe de verano. Estar enferma me anula: mi actividad se reduce a beber mucha agua y a ir del sofá a la cocina a por más agua, de la cocina a la cama y de la cama al lavabo haciendo "ay" a cada paso. Mi círculo social queda compactado en una persona: el farmacéutico de la esquina. Son fantásticos, el farmacéutico y su coro de abuelos, permanentemente en la farmacia interesándose por qué me pasa: consiguen alejar de mi cabeza la idea "nadie se preocupa por mí" que me invade siempre que estoy enferma y que añade la autocompasión a la lista de síntomas de cualquiera de mis enfermedades recurrentes.

Pedir ayuda o reclamar la atención sobre mi persona no es mi fuerte. Por eso adoro al farmacéutico de la esquina, a su coro y a cualquiera que me llame preguntando cómo estoy porque hace un par de días me oyó decir que creía que me estaba resfriando. Acabaré siendo una vieja cartillera, de las que van al médico día sí y día también porque es el único que les pregunta cómo están. Muy triste todo.

Perdonen, no soy yo quien habla, es mi resfriado estival y el aburrimiento que me ha provocado. Me he pasado dos días enteros encerrada en casa y me he tragado dos temporadas de "Cómo conocí a vuestra madre". La aborrezco. Reconozco que de la primera temporada no me enteré de la mitad: estaba a 38 y medio de fiebre y lo que más risa me daba eran las risas enlatadas. O ni eso: seguramente sólo me reía por contagio, por la anulación de cualquier conato de voluntad que me provoca la enfermedad. "Ría aquí" y yo, a 38 y medio, río y lo que me digan.

A partir del capítulo 15, seguía riendo a cada orden de risa pero ya empezaba a ver que me estaban colando lo que siempre te cuelan las sitcom americanas: cuatro personajes arquetípicos locos por vivir unas viditas en las que, si amas, lo único que puedes recibir a cambio es amor (levantar ceja aquí). Y si no amas, como el quinto personaje –contrapunto de los otro cuatro-, no es tu culpa, es que seguramente tienes un trauma de la infancia pero, no te preocupes que tus amigos siempre te respaldarán y harán aflorar el corazoncito que late en tu interior (señalarse la boca con dos dedos, sacar la lengua y hacer “aggg, aggg” aquí).

La serie es una mierda -perdón, es la fiebre: estoy a 37,2. (¡Jojo! Me encanta esta excusa)- pero yo me he seguido tragando capítulo tras capítulo hasta completar los cuarenta y pico que suman las dos primeras temporadas (mover la cabeza de lado a lado mientras piensan “ayyy, Isabel…” aquí).

(Inserten aquí la noche del martes al miércoles, que la paso durmiendo como un lirón)

Hoy me he despertado a 36,3 –sí: mi temperatura corporal normal está unas décimas por debajo de la media de la de la humanidad- (pensar “¿ah, sí?” aquí)- y con una sensación así como de que estos dos últimos días no han existido. Porque no han existido, ¿no? Y si han existido, los podré recuperar al final, ¿no? Joder, qué asco, qué pérdida de tiempo es estar enferma. Si al menos hubiera pegado el estirón, pero ni eso: sigo en mi 1,60 pelado, blanca como la leche en pleno agosto en una ciudad de playa y más escéptica que nunca respecto de las relaciones humanas. Estupendo.

dissabte, 21 d’agost del 2010

Dietario de la tienda
Día 12 (y último). Sábado

Abro la tienda media hora más tarde de lo habitual porque me he entretenido en casa preparando un cartel que quería poner en el escaparate, que decía:

"Para celebrar que es mi último día como dependienta en esta tienda, he decidido coger los bajos en sentido literal a todo el aquel que entre, independientemente de si compra algo o no".

Cuatro horas después, sólo había entrado un señor que, señalando el cartel, me había gritado desde la puerta: "Voy un momento a buscar a mi mujer y vuelvo con ella a ver qué le parece". No ha vuelto, claro.

¿Qué se creen? ¿Que no contaba yo con el factor "a ver qué le parece a mi mujer"? Una empieza a ser perra vieja y yo hoy lo que quería era estar tranquila en la tienda, disfrutando de mis últimas cuatro horas en este no-lugar en el que he pasado las mañanas de estas dos últimas semanas. El cartel era parte de ese plan y, por si fallaba, me había preparado una selección de música anticlientes: comprarse un traje mientras por los altavoces suena "Mi fracaso personal" de Astrud es, simplemente, imposible. Imagínense parados delante de un espejo, con una camisa, una americana y una corbata en pleno mes de agosto mientras Manolo Martínez va dejando ir la retahíla de versos que componen la letra de esa canción ("Personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal, mi fracaso personal..."). Lo más probable es que, por mucho que intenten mantener la compostura, las hombreras de la americana se deslicen hacia abajo, la corbata se afloje, la camisa se arrugue y el pelo se despeine. Por no hablar de las bolsas que se harían en el pantalón y debajo de los ojos.

No soy novata en este tipo de acciones terroristas contra el ánimo colectivo. Recuerdo que hace no mucho mi amigo Jaume y yo teníamos un proyecto con el que conseguiríamos hundir en la miseria a todos los modernos de la ciudad. La cosa consistía en hacer un grupo: yo cantaría y escribiría las letras, él tocaría y compondría la música. Nuestro gran éxito sería una bomba contra el buen rollo: se titularía "No te quiere" y la letra iría así:

No te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
no te quiere
...

para acabar apuntillando al personal en la última estrofa con un rotundo:

Está jugando contigo

Queríamos conseguir añadir un segundo punto geográfico al mapa de cosas construidas por el hombre que pueden verse desde el espacio. Quedaría así: uno, la Glan Mulalla China, y dos, la Gran Zona de Depressió Mental i Anímica (el nombre sería en catalán por lo de las subvenciones), localizada en la intersección de la calle Nou de la Rambla y la avenida del Paral·lel, justo en el Apolo, sí, la sala de conciertos en la que nos consagraríamos como los nuevos Doctores No del terrorismo internacional (internacional porque por el Apolo pasa mucho guiri).
Todo esto no era porque sí, era una venganza por todas las historias que últimamente nos estaban pasando y que nos hacían sentirnos así de mal también a nosotros. Nos convertiríamos en el primer grupo-musical-terrorista-suicida de la historia: nosotros también moríamos de pena cada vez que ensayábamos la canción pero, tocándola por fin en vivo, conseguiríamos morir de pena matando de pena. El explosivo lo llevábamos dentro, sólo había que apretar el ON del sintetizador y dejar que pasaran cosas.

Nunca llegamos a hacerlo porque yo en el fondo, de tan buena, soy tonta (lo dice mi madre), y Jaume es mallorquín, o sea, sus planes son de cocción lenta. Pero ahí está la semilla. No pierdo la esperanza de volverme mala un día y que ustedes acaben si no oyéndonos a nosotros, al menos oyendo de nosotros.

Lo del cartel que les explicaba tampoco lo he hecho, claro. Seamos sinceros, a finales de agosto, un sábado por la mañana, no hace falta ponerse a ofrecer cogidas de bajos a maridos sin inicativa para estar de lo más tranquila en la tienda. Me he pasado la mañana planchando camisas sin parar. Lo que les decía: de buena, tonta.




Quería acabar este dietario con una recapitulación de todo lo que me ha pasado estos días en la tienda pero voy a hacer otra cosa: voy a poner aquí una foto.



Esta camisa la he doblado yo. No es tontería: aunque no se vean, lleva un montón de agujitas escondidas clavadas aquí y allá. Ya pueden coger ustedes la camisa, tirarla al suelo, sacudirla, toquetearla y volver a encajarla (desperfilada, seguro) en su estante, que no se descolocará ni un hilo.

Yo, hace dos semanas, no sabía doblar así una camisa. Y ¿para qué sirve doblar así una camisa? Pues sólo para que mi hermano y Pepi (la dependienta a la que he estado sustituyendo) sigan haciendo el Sísifo de lunes a sábado en el Macson de Llobregat Centre. Y ¿de qué me sirve a mí haber estado allí cuatro horas al día aprendiendo cosas de este tipo? Pues puede que de nada tampoco. No sé: vuelvan a empezar a leer desde el "Dietario de la tienda. Día 1" y juzguen ustedes mismos.

Gracias a todos.

divendres, 20 d’agost del 2010

Dietario de la tienda
Día 11. Viernes

Esta mañana, me he metido en la ducha con las gafas puestas.

Estaba yo toda encantada sopesando muy seriamente si la sensación "estar a gustito" podría ser incorporada al limbo de los conceptos filosóficos en calidad de factor que incide directamente en la percepción del tiempo cuando, de repente, se me ha nublado la vista (por lo de las gafas y la ducha que les explicaba).

Mis reflexiones venían motivadas por una conversación de casi cinco horas que mantuve ayer con mi amigo Víctor. Mano a mano. Nosotros, algunas cervezas, Boris Vian, el machismo de los hombres griegos y las mentes calenturientas de nuestros amigos. Un total de cinco horas de parloteo que a mí me cundieron como media, o sea, poco, o sea, que habría seguido. Pero no: llegué a casa, miré al reloj y pensé: ¿este ratito de nada ha durado una hora más que las cuatro horas que me paso en la tienda todas las mañanas? Pues sí.

Así que he desayunado café con iburprofeno y he cogido el metro pensando en Bergson, en Deleuze (otra vez) y en Cortázar, claro, porque pensar todo eso, aunque parece que dura muchísimo más que un viaje en metro, pasa sólo durante un viaje en metro.

Llego a la tienda. Quito cerrojos, enciendo luces, hola maniquíes, enciendo caja, perfilo y aparece un nuevo personaje en escena: el de merchan y escaparatismo.

M&E: Hola, soy el de merchan y escaparatismo.
Yo: Yo soy Isabel.
M&E: Vengo a cambiarte el orden de toda la tienda y a colocarte lo de la nueva temporada.
Yo: ¿Mi jefe sabe que vienes?
M&E: No, pero da igual.
Yo: Pues adelante, yo te dejo que vayas haciendo
M&E: Hombre, espero que me ayudes.
Yo: (Mierda) Claro, aquí estoy.
M&E: Hay que cambiar escaparates, mover todo eso de allí a allá y lo de allá a allí, volver a doblar todas las camisetas y colgar los pantalones en perfecta alineación.
¿No tienes musiquita?
Yo: No, la que hay en el ordenador no me gusta.
M&E: ¿Qué hay?
Yo: Shakira y así.
M&E: ...
Yo: Si quieres la pongo.
M&E: No, no...

Me pongo a doblar camisetas y acabo de despejar cualquier rastro de buena imagen sobre mí que pudiera quedar a esas alturas en la mente de M&E de la siguiente manera:

Yo: ¿Sabes Futurama?
M&E: No.
Yo: Es una serie. En la serie hay un robot que se llama Bender.
M&E: ¿Un qué?
Yo: Un robot.
M&E: ...
Yo: Es igual. Bender trabaja en una fábrica doblando vigas de acero. Jajaja!
M&E: ...
Yo: Bend quiere decir doblar, en inglés.
M&E: Ah.
Yo: Tengo una amiga que también trabaja en una tienda de ropa y cuando le toca pasarse el día doblando camisetas, si le preguntas qué tal, ella contesta: "Tooooodo el día haciendo el Bender".
M&E: Hum.
Yo: ...

Luego se ha ido a fumar un cigarro. Yo me he puesto un jersey y cuando ha vuelto me ha pillado haciendo posturitas delante de un espejo, colocándome el jersey bien por aquí y bien por allá. Luego se ha ido al lavabo y ha tardado muchísimo en volver y cuando ha vuelto me ha dado un susto de muerte: yo estaba mirando el mail en el ordenador en vez de estar asegurándome de que los pantalones colgaban de las perchas justo por la línea que marca la exacta mitad aritmética de la longitud de las perneras. Y me he agobiado mucho y he cerrado todas las ventanas del navegador y me he puesto colorada y, con la cabeza gacha, he vuelto a los pantalones. Luego, pensando yo que él estaba en el escaparate, se me ha acercado por detrás justo en el momento en el que yo estaba despistada mirando la estantería de los polos, y me ha pescado en flagrante incongruencia con mi anterior comentario sobre la música, esto es, canturreando en voz alta el waka-waka. Y me he vuelto a poner colorada. Me ha preguntado dónde estaban mil cosas que yo no sabía dónde estaban y me ha preguntado también mil veces que cuándo llegaba el jefe. Yo también me preguntaba que cuándo iba a llegar el jefe de una vez. Le he dicho que a las dos. Me ha preguntado si yo me iba a las dos. Le he dicho que sí. Me ha dicho que ah, que no me quedaba nada entonces. He mirado el reloj y eran las 11.30h. Y me he puesto a pensar otra vez, más que en el concepto "a gustito", en el concepto "pero qué horror" y en su factor de incidencia en la percepción del concepto tiempo.

Hasta que ha entrado mi jefe en la tienda a la voz de "¿Pero no habéis puesto la música?" Y he salido huyendo de allí. Antes, eso sí, le he dado las gracias a M&E y le he dicho que pensaría en él cada vez que, en mi casa, recogiera la colada.

No me he quedado tranquila hasta que me he dado cuenta de que me había bajado del metro en la parada equivocada. Entonces ya sí, por fin, he vuelto a ser la pánfila de las gafas mojadas de esta mañana.

dijous, 19 d’agost del 2010

Dietario de la tienda
Día 10. Jueves

Voy a la tienda con "Life During Wartime", de Todd Solondz, en la cabeza. Tengo que dejar de ver pelis de Todd Solondz. Ya me pasó con "Happiness": odié a todos y cada uno de los personajes, y salí del cine con una mala hostia del 15. Puta miseria. Con esta última me ha vuelto a pasar. ¿Cuántas veces puede escribirse en un guión la frase: "Lo siento"? Es el mantra de la película. El mantra completo sería, de hecho: "Te he jodido la vida. Lo siento". La naturaleza de cada uno de los personajes es ir jodiendo vidas y sintiéndose muy mal después por haberlas jodido. Hasta el niño -que parece puro al principio; que para entender de qué va eso de hacerse mayor se pone a escribir una redacción sobre si es posible perdonar y/o olvidar-, al final crece o, lo que es lo mismo, le acaba jodiendo la vida a alguien y se siente mal por ello. Bienvenido a la vida adulta.
Hay personajes "buenos" también, claro, pero a éstos los van quitando de en medio: ¿Quién es el guapo capaz de aguantar a alguien que pone tan en evidencia sus miserias y que amenaza, sin darse cuenta, con apartarlo de su naturaleza de jodedor penitente?

Pues todo eso pensaba yo mientras me disponía a salir de casa. Y, en el momento de coger el libro de hoy, con Solondz en la cabeza, he estirado la mano hacia -que Dios, desde su tumba, nos asista- el "Ecce Homo" de Nietzsche. Y es que, ahora tenderé aquí un puente de dudosa estabilidad: a mí Solondz y Nietzsche me provocan el mismo pensamiento. A saber: "Bueno, no todo iba a ser jijijí, jajajá, alguien tiene que hacer el trabajo sucio", eso es lo que pienso cuando leo o veo algo de estos dos.
Sí: alguien tiene que filosofar sobre el lado oscuro, que también es naturaleza humana, vaya si lo es.

Empezaba esta entrada diciendo que tengo que dejar de ver las pelis de Todd Solondz. Es mentira que piense eso. Igual que no pienso que tengo que dejar de leer a Nietzsche (ni, salvando las distaaaaaaaaaaancias, a Bernhard ni a Houellebecq ni de ver las películas de Haneke...). La verdad es que no puedo estar más agradecida tanto a uno como a otro por esa forma tan genial que tienen de remover la mierda para luego escribirla y rodarla en bonito (porque, qué maravilla, cómo escribía uno y cómo rueda el otro) y ponerla a mi disposición toda enterita para que yo vaya siendo un poquito menos idiota, pánfila e inocentona y esté cada vez más curada de espanto al encontrarme con ciertos rasgos de la personalidad de la gente (incluso míos propios).
Lo que me pasa con este tipo de autores que reflexionan en su obra sobre la naturaleza humana es que se centran en lo que quieren explicar o en lo que ellos creen que merece la pena ser explicado o estudiado y el resto, como decía, lo eliminan o lo menosprecian y lo descartan de su lista de formas válidas de vivir la vida. El resultado, cuando entiendes más o menos la filosofía de uno o de otro, es que acaban presentando un tipo de persona plano que, una vez le has visto el peluquín al asunto, deja de sorprenderte. (Sí, el Ecce Homo de Nietzsche también resulta un tipo plano y muy previsible una vez te has leído la obra y la vida del filósofo: es un poco su gran "lo que quería explicar con todo esto que les he ido contando hasta ahora es que...". La prueba es que lo acabó de escribir y acabó de volverse loco del todo. Eso pienso. Y me quedo tan ancha).

Los personajes de "Life During Wartime" son incapaces de escapar de su naturaleza y, por tanto, son muy previsibles. Les han educado para ser así y educan a sus hijos para serlo también. Están atrapados en un tipo de conducta que les hace ser infelices pero no encuentran la tangente por la que salirse de allí. No la ven ni teniéndola delante de sus narices. Y llegado el rarísimo caso en el que encuentran una salida o aunque sea tan solo un pequeño elemento que les haga ser un poquito más felices; ante el mínimo riesgo de tener que cambiar su vida por eso, aunque este cambio sea una suma y no una resta, la tapian (la salida) o lo lapidan (el elemento) a puro ladrillazo y si, de una paletada de cemento, dejan a alguien herido por el camino, qué le vamos a hacer, es su naturaleza jodedora, ya vendrá su otro yo penitente después a hacer lo suyo para quedarse más tranquilos, pensando que tienen su corazoncito.

Yo, después de haber recibido alguna paletada de cemento en los morros, he perdido el interés por la gente así; me aburre. Por eso creo que Solondz me hace un favor viniendo de vez en cuando a recordarme que existe, si no, me pasaría la vida volviendo a empezar.


Me quedan sólo dos días en la tienda. Hoy he hecho un poco de balance mental de la experiencia y creo que estoy decepcionada. Ojo, no como dependienta: cada vez lo hago mejor y tengo más mano con los clientes. Como espectadora del género humano, sí que estoy un poco decepcionada: la gente entra aquí con un papel, casi con un guión escrito que va de toquetear la ropa, buscar las tallas, probarse los trajes y protestar a la mínima que ven algo que no les gusta. Y yo también estoy muy en mi papel de sonreír, ser amable, pedir disculpas si no se van satisfechos y tal y cual. No puedo ir mucho más allá: será que estoy perdiendo el interés por el género cliente, que también, como los ecce homi que van sueltos por la vida, es de una filosofía de actuación bastante determinada. Cada día que ha pasado he escrito menos sobre ellos. Un amigo me decía hace unos días que había venido a parar al dietario en busca de los “hoy ha entrado una señora que tal” y los “hoy ha venido un señor que cual”, y que no sólo no había encontrado nada de eso sino que además no había entendido una palabra de lo que decía. Bueno, escribo sobre otras cosas. Ya veremos cómo acaba todo esto.

dimecres, 18 d’agost del 2010

Dietario de la tienda
Día 9. Miércoles

Apoyada en el mostrador, leo sin ningún tipo de disimulo "Et on tuera tous les affreux", de Vernon Sullivan, traducida del americano (sic.) por Boris Vian (juas!). Es una edición de 1965 -ya amarillea bastante- que le compré a un bouquiniste del Quai de l'Hôtel de Ville. Además, hoy llevo los labios pintados de rojo. No sé si hay causa-efecto pero, de esta guisa -con el vian, con mi pose de lectora apoyada desafiante en el mostrador y con el rouge-, he vendido tres camisetas, dos polos y un traje con su camisa y su corbata. Y cada vez que he pasado una visa por el datáfono (horrible palabro) he citado mentalmente al Nge de Cuerda "Qué bonita estampa hago".

Lo que pasa es que yo ya no mido el éxito de mis mañanas en la tienda por la cantidad de cosas que vendo sino por lo provechoso de las ideas que me vienen a la cabeza y, en este sentido, el balance del día ha sido tirando a negativo.

Supongo que simplemente, el libro de Vian ha hecho su función: la de acunar -por la que suspiraba el Werther de Goethe-, que al contrario que la de instruir (que puede dar para días, meses, incluso años de tirar del hilo, reflexionar, aprender y aplicar lo aprendido), tiene su efecto sólo mientras el lector no levante la vista de la historia.
A mí hoy, lo que me ha pasado es que leía con un cuarto de cerebro dedicado al autoregodeamiento en la imagen que les comentaba al principio, dos cuartos más pendientes de las peripecias de Rocky (el protagonista del libro) y el cuarto restante pendiente de si entraba o salía alguien de la tienda. Y también me pasaba que cuando la mitad lectora del cerebro se despistaba de las letras, me daba por pensar cosas como que algunos rincones de una tienda de ropa son lo más parecido a una habitación en la que alguien que no eres tú tiene una maleta a medio hacer. Y una maleta ajena a medio hacer, ahora que estamos en pleno verano y todo el mundo se va menos yo, lo único que me inspira es tristeza.

Cuando a mí algo me inspira tristeza, me lamento una milésima de segundo y vuelvo al libro.

He leído hasta que ha llegado el jefe, en el metro de vuelta y caminando por la calle, como hace Pau(*), desde la parada hasta casa. He abierto el buzón y me he encontrado más material para leer: nada menos que una postal con la que Marina Espasa retoma nuestra correspondencia literaria. ¿Hay mejor antídoto contra la tristeza que provocan las maletas ajenas a medio hacer que una carta escrita de puño y letra? Yo creo que no.



(*) ¡¡¡felicidades, Pau!!! (ja, sí, és demà, però demà ves a saber si t'escric el nom per aquí...)

dimarts, 17 d’agost del 2010

Dietario de la tienda
Día 8. Martes

Una vez ha comprobado que mi jefe sigue siendo mi jefe y que yo soy otra persona, el chico que lleva la cafetería de enfrente de la tienda está bastante simpático conmigo: me llama por mi nombre y sabe que, cuando me acerco, quiero un café con leche del tiempo, sin azúcar y un croissant. Hoy me ha hecho un descuento de casi 40 céntimos, que es el que hace a la gente que tiene tarjeta. Es un gran avance, teniendo en cuenta que el primer día que le fui a pedir un café, casi se desmaya al pensar que yo era mi jefe, con sus mismos ojos, nariz y pómulos, pero más bajito y transexuado. De todos modos aún me mira con un poco de desconfianza y la tarjeta no me la hace, dice, porque por sólo una semana más no vale la pena. Yo creo que en el fondo se quedará más tranquilo cuando yo desaparezca del mapa. Para ponerle un poquito nervioso, hoy, antes de salir del centro comercial, me he metido en la perfumería que hay justo al lado y me he asegurado de que viera bien que me estaba comprando el pintalabios más rojo que tenían.

Desde ayer que llevo dándole vueltas al tema del absurdo. Reflexionando sobre ello, me vino a la cabeza aquella idea deleuziana heredada de Foucault que, creo recordar, decía algo así como que cuando se lleva un concepto al límite del conocimiento, el único camino por el que se puede seguir adelante viene a ser el del absurdo. Podría engañarles a ustedes, lectores, diciéndoles que éste, inventado por Foucault y desarrollado por Deleuze, fue el método que decidí aplicar cuando me puse a llevar más allá de la decoración el sentido del rincón de la astronomía que hay en la tienda: "El interiorismo parece la explicación última de la presencia allí de tan celestiales elementos, pero yo le voy a sacar más partido al asunto y voy a escribir un post de lo más surreal para dejarles a todos boquiabiertos con mis vastos conocimientos filosóficos, ¡jojojo!".

Pues no.

Todo eso lo he pensado después. La verdad es que lo hice por diversión, porque me aburría y porque me salió así. Además: yo de Foucault no sé nada y lo poco que sé de Deleuze lo debo a las cuatro cosas suyas que me puse a leer por puro gruppismo (de la palabra gruppie, en su sentido más petardo): una vez me enteré de que Santiago Auserón era fan, fan, fan suyo, que asistía a sus clases en París y que tiene pendiente desde hace décadas una tesis doctoral sobre su pensamiento. ¿Decepcionados? No me extraña.

Pues esperen que aún hay más: También soy gruppie de Boris Vian, así que hoy me he plantado en la tienda con "El lobo-hombre" en el bolso. Me he puesto a leer como una posesa, como me pasa siempre que leo a Vian. Es el maestro. Es insuperable. Cualquier novela suya, hasta sus cuentos más cortos, como estos del lobo-hombre, que escribió entre los 25 y los 32 años, presentan un humor y unos toques de surrealismo tan bien colocados que, mientras los lees, te olvidas casi de lo trágico de lo que te está contando. Leyendo a Vian (entiendan bien el gerundio: en el preciso momento en el que uno lo está leyendo) se va de sonrisa en sonrisa, a veces incluso de carcajada en carcajada. Pero, a la vez, se va notando un pequeño sentimiento de tristeza, como (apunte para iniciados) un pequeño nenúfar al lado del corazón que va creciendo muy lentamente y que, para cuando llega el final del libro, es tan grande que hay una presión en la garganta. Y esa presión en la garganta no es otra cosa que angustia. Y entonces descubres que era cierto lo que sospechabas todo el rato aunque no pudieras parar de reír: que la historia que te acaban de contar era muy triste.

Así que ya ven: todos estos intentos de absurdo, de transfondo trágico y de redacción a ritmo de jazz, no me vienen de nada elevado, son sólo consecuencia de haber tenido, en los ochenta, la carpeta forrada con fotos de Radio Futura.

Creo que explico ahora tan impúdicamente mis referencias adolescentes para quitarme de encima un cierto sentimiento de farsante que me está empezando a asaltar últimamente. Piénsenlo: yo escribo y ustedes me dejan comentarios muy amables por aquí y por allá que me hacen sentir un poco lista. Pero en el fondo yo sé que no soy más que un monito de imitación (de Vian, de Auserón y de unos pocos más). No quiero encontrarme un día (salvando las distancias, yo nunca conseguiría llegar a engañarles tanto como ella) como la Marilyn Monroe de aquella anécdota que me explicaron una vez: en una fiesta, fumando sola en el balcón, aterrorizada, se le acerca alguien y le pregunta qué le pasa, a lo que ella responde algo así como: "Tengo miedo de que se acabe descubriendo que todo es falso".