Me pregunto qué sería de estos madrugones con música, teclear de ordenador, paseos del salón a la cocina y al lavabo... si viviera con alguien más que no fueran mis dos gatos.
Me lo pregunto y tuerzo el morro.
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Me lo pregunto, tuerzo el morro y un rato después Delmore Schwartz me responde:
All poets' wives have rotten lives,
Their husbands look at them like knives
(Poor Gertrude! Poor Eileen! No longer seventeen
Exactitude their livelihood
And rhyme their only gratitude,
Knife-throwers all, in vaudeville,
They use their wives to prove their will
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dimecres, 5 de gener del 2011
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Del preguntarse,
Incerta glòria,
Madrugones
diumenge, 2 de gener del 2011
LA inquietud de partir es algo que a los poetas los pone al papel, mientras que para el común que no tiene la suerte de habitar mundos invisibles, es como una garra que le coge en frío el garganchón y parece le ahoga. Tiene que ver con el aliento a podre de Sanchito Muerto, ese fantasma que te sigue y te avisa que ya empieza a ser demasiado tarde para casi todo, y que sin embargo, antes de que tu mismo empieces a oler a rencor muy seriamente, te empuja a echarte al camino para terminar metiendo los pies en las aguas heladas del estrecho de Magallanes, allí por Punta Arenas, y decirte: "¡Oye, pero qué bien, qué a gusto, qué paz!". Y encima estás ahí de propia mano, no pagado por quien con el halago y la prebenda política compra tu aplauso o tu silencio.
(de aquí)
Creo que llevo semanas, meses, intentando explicar (-me) exactamente esto. Qué bien que Miguel Sánchez-Ostiz me haya sacado del bucle.
(de aquí)
Creo que llevo semanas, meses, intentando explicar (-me) exactamente esto. Qué bien que Miguel Sánchez-Ostiz me haya sacado del bucle.
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Incerta glòria,
Miguel Sáncez-Ostiz
divendres, 31 de desembre del 2010
Cuento un gran logro personal entre las cosas que he hecho este año. Yo no sabía que iba a acabar convirtiéndose en esto que yo ahora veo como una gran cosa: les confieso que lo hice por probar, basándome en un sólido y único argumento: el del "eso ya lo he hecho/ahí ya he estado y no me gustó, así que no vuelvo". Y miren, me ha gustado y he decidido darle a esta práctica calidad de recurrente.
Ahora lo pienso y lo primero que me viene a la cabeza es: esto debe de ser aquello que llaman aprender de la experiencia.
Entre eso, que en estos últimos meses he ido al médico más veces que en los últimos cinco años (por revisiones y cosas, nada grave, no se me preocupen) y que cada vez me gusta más quedarme en mi casa, me está dando por pensar: ¿a ver si me voy a estar haciendo mayor?
Esta noche, eso sí, voy a celebrar como si tuviera quince años y fuera la primera vez que saliera en mi vida: Tengo el vestido preparado, el sitio ideal y la compañía perfecta.
Feliz fiestón.
Ahora lo pienso y lo primero que me viene a la cabeza es: esto debe de ser aquello que llaman aprender de la experiencia.
Entre eso, que en estos últimos meses he ido al médico más veces que en los últimos cinco años (por revisiones y cosas, nada grave, no se me preocupen) y que cada vez me gusta más quedarme en mi casa, me está dando por pensar: ¿a ver si me voy a estar haciendo mayor?
Esta noche, eso sí, voy a celebrar como si tuviera quince años y fuera la primera vez que saliera en mi vida: Tengo el vestido preparado, el sitio ideal y la compañía perfecta.
Feliz fiestón.
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Incerta glòria,
Noches alegres
dissabte, 25 de setembre del 2010
Jonathan Littell, cuéntame otra historia. Déjate de soldados que hundiéndose hasta las rodillas en montañas de cadáveres y vuelve a explicarme aquello de cómo las tropas, que iban avanzando de pueblo en pueblo, entre las primeras líneas llevaban a gente encargada de señalizar las calles en su propio idioma -por allí el bar, por allá la consulta del médico-, que si no, los que venían detrás se perdían y así no había manera de conquistar nada.
Eso recuerdo que pensé cuando me leí las 100 primeras páginas de "Las Benévolas" (no llegué más allá). He recordado esto porque este verano empecé a leer "Incerta gloria", de Joan Sales. Luego se me olvidó que lo estaba leyendo (otras cosas se me cruzaron en el camino) pero el jueves pasado, viendo a Martí Sales en el escenario con sus Sirles, dije: "Coño, si yo tenía una cosa pendiente con tu abuelo", a lo que él me respondió con un escupitajo y gritándome no sé qué de una pubilla. No se lo tuve en cuenta, yo ya había vuelto a pensar en el Soleràs y en el Cruells y venga, a leer sus historias, me ponía otra vez.
Ahora es cuando, copiándole el recurso a Héctor, suelto la frase de 0,60: "Incerta glòria" es la gran novela sobre la Guerra Civil Española. (Ya está dicho, ya me puedo olvidar).
Y ahora es cuando les explico en qué me ha hecho pensar todo este rollo que les estoy metiendo sobre Littell, Sales (2) y lo práctico y cotidiano, que (lo siento mucho, amantes de la épica) es lo que realmente pone los pelos de punta, mucho más que todas las toneladas de sang i fetge que ustedes quieran imaginarse.
He pensando también en Gila, claro. ¿Recuerdan ustedes al soldado llamando por teléfono al enemigo para preguntarle a qué hora pensaba atacar? Lo que hace que estas imágenes -la tia Olegària explicando aquella foto y el soldado negociando con el enemigo la hora del ataque- resulten tan potentes es que primero, pasan en medio de cosas de mucha mayor magnitud y transcendencia (la Guerra Civil o cualquier otra guerra) y, segundo, nos hacen ver que los grandes hechos históricos los hacen personas que tienen fotos en el salón o a las que les gustaría, por no tener que madrugar, que el enemigo no bombardeara demasiado pronto.
Sales y Gila nos muestran a nosotros mismos dentro de una guerra. Littell no; Littell solo consigue horrorizarnos y obligar a nuestro cerebro a activar aquel mecanismo tan ingenuo de autodefensa consistente en pensar ""Eso, a mí, no me puede pasar".
Eso recuerdo que pensé cuando me leí las 100 primeras páginas de "Las Benévolas" (no llegué más allá). He recordado esto porque este verano empecé a leer "Incerta gloria", de Joan Sales. Luego se me olvidó que lo estaba leyendo (otras cosas se me cruzaron en el camino) pero el jueves pasado, viendo a Martí Sales en el escenario con sus Sirles, dije: "Coño, si yo tenía una cosa pendiente con tu abuelo", a lo que él me respondió con un escupitajo y gritándome no sé qué de una pubilla. No se lo tuve en cuenta, yo ya había vuelto a pensar en el Soleràs y en el Cruells y venga, a leer sus historias, me ponía otra vez.
Ahora es cuando, copiándole el recurso a Héctor, suelto la frase de 0,60: "Incerta glòria" es la gran novela sobre la Guerra Civil Española. (Ya está dicho, ya me puedo olvidar).
Y ahora es cuando les explico en qué me ha hecho pensar todo este rollo que les estoy metiendo sobre Littell, Sales (2) y lo práctico y cotidiano, que (lo siento mucho, amantes de la épica) es lo que realmente pone los pelos de punta, mucho más que todas las toneladas de sang i fetge que ustedes quieran imaginarse.
He pensando también en Gila, claro. ¿Recuerdan ustedes al soldado llamando por teléfono al enemigo para preguntarle a qué hora pensaba atacar? Lo que hace que estas imágenes -la tia Olegària explicando aquella foto y el soldado negociando con el enemigo la hora del ataque- resulten tan potentes es que primero, pasan en medio de cosas de mucha mayor magnitud y transcendencia (la Guerra Civil o cualquier otra guerra) y, segundo, nos hacen ver que los grandes hechos históricos los hacen personas que tienen fotos en el salón o a las que les gustaría, por no tener que madrugar, que el enemigo no bombardeara demasiado pronto.
Sales y Gila nos muestran a nosotros mismos dentro de una guerra. Littell no; Littell solo consigue horrorizarnos y obligar a nuestro cerebro a activar aquel mecanismo tan ingenuo de autodefensa consistente en pensar ""Eso, a mí, no me puede pasar".
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