Mi canción favorita EVER de los conciertos de Doble Pletina es ésta:
Laura la canta cada vez distinto y siempre me hace pensar que está a la altura de las folclóricas más despechadas o de aquel 'que me quieras, te digo' de Astrud. Y que es tan buena que podrían interpretarla perfectamente en plan cabaret Meret Becker o Nina Hagen.
Esta noche voy a verlos al Apolo y no sé si la van a cantar o no, pero me da igual porque seguro que se las apañan, canten lo que canten, para tener algún momento como este que acabo de describir.
Visca!
divendres, 7 de juny del 2013
diumenge, 2 de juny del 2013
dissabte, 1 de juny del 2013
Dadnos santos del cielo una buena conexión a internet e información internacional.
Ayer, a las 12 de la noche, me conecté por última vez antes de ir a dormir, a ver qué pasaba en el mundo.
Todo estaba tranquilo, como suele estarlo las noches de viernes y sábado, en mi TL de Twitter, hasta que se coló un mensaje de David Fernández que, escuetamente, venía a retuitear a un tal Galder_en_lucha, que daba la referencia de una tal Kitabet, que por lo visto estaba dando información en inglés sobre algo que pasaba en Estambul.
Para saber lo que está ocurriendo ahora mismo en Estambul,@kitabet está tuiteándolo en inglés.
Todo era así como muy carambólico e indefinidio -éste dice que ésta informa sobre algo- así que fui a buscar qué decía Kitabet. Me encontré con una ristra de tuits que hablaban de manifestaciones, de gas lacrimógeno, de heridos, de gente colgando en sus ventanas carteles con las contraseñas de sus wi-fis y de links a The Guardian y Le Monde, diarios que informaban sobre el asunto.
Leyendo estos dos últimos, me encontré con la noticia en las portadas de sus ediciones digitales: todo había empezado en Estambul el lunes por la noche cuando un grupo relativamente discreto de gente se había reunido en una de las pocas zonas verdes que quedan en Estambul para protestar por el proyecto de construcción allá de un centro comercial. Erdogan, el primer ministro, mandó a la policía. Los métodos de dispersión resultaron desproporcionados; utilizaron gas lacrimógeno y hubo heridos, claro. Al día siguiente, en el mismo sitio, se reunió más gente. Vuelta a empezar: cañones de agua y más gas lacrimógeno otra vez. Desde entonces, hasta ayer por la noche, la cosa ha ido in crescendo: la gente, con máscaras antigas caseras, cada vez eran más; la policía, cada vez más violenta.
Fui a buscar información en castellano o catalán en los diarios de aquí. Sólo encontré esta nota en la portada de El País.
Escribí un tuit: Cobertura cero de lo que está pasando en Estambul por parte de los medios de aquí. Luego hice más tuits con lo que (no) había encontrado: ni en La Vanguardia ni en ABC ni en La Razón mencionaban el asunto. En el Ara y en El Periódico, había que irlo a buscar a las páginas de internacional.
Y ¿por qué crees que es eso?, me contestaron. Respondí que me olía la misma práctica de no informar sobre suicidios (efecto dominó, y tal). Me contestaron que era normal, que si no se informaba sobre los kurdos, por qué iban a informar sobre Estambul. La respuesta a aquello era tan obvia que me fui a dormir.
Esta mañana, la cosa sigue más o menos igual: nada en las portadas de La Vanguardia ni de El Periódico, el mismo articulito en la de El País... En el Ara, la noticia ha entrado en la primera plana, sí, pero por debajo de la de unos tornados que ha habido en Estados Unidos, por ejemplo. Además, el titular es: "Dura càrrega policial contra els 'indignats' turcs". ¿Saben la pavada aquella de noticia no es que un perro muerda a un hombre sino que un hombre muerda a un perro? Es lo primero que me ha venido a la cabeza al leerlo. Noticia no es que la policía cargue contra una manifestación; les pagan, van equipados, entre otras cosas, para eso. Lo que pasa es que nos han vendido una moto; la moto del jijí jajá, vamos de manifestación como quien va de fiesta. Y nos la hemos tragado y por eso las actuaciones de la policía nos parecen injustas y desproporcionadas y por eso nos creemos que la noticia es la policía. Pero no; la noticia de lo que está pasando en Estambul es más bien la que da Le Monde: "Noche en blanco para los miles de estambuleses en cólera contra el Gobierno". La gente en cólera, la gente con una mecha cortísima que va en tiempo récord de la protesta porque les roban un espacio público ajardinado a la protesta por los abusos de un gobierno opresor. Eso es de lo que no quieren informar, porque la gente somos nosotros y la cólera aún no nos ha acabado de salir. Quieren hacernos creer que la cólera sólo puede salir de arriba porque lo peligroso es que empezara a salir de abajo, porque somos más. Y eso es lo que explica toda esta falta de información y la manera tan errónea de dar la poca que nos llega.
Ayer, a las 12 de la noche, me conecté por última vez antes de ir a dormir, a ver qué pasaba en el mundo.
Todo estaba tranquilo, como suele estarlo las noches de viernes y sábado, en mi TL de Twitter, hasta que se coló un mensaje de David Fernández que, escuetamente, venía a retuitear a un tal Galder_en_lucha, que daba la referencia de una tal Kitabet, que por lo visto estaba dando información en inglés sobre algo que pasaba en Estambul.
Para saber lo que está ocurriendo ahora mismo en Estambul,
Todo era así como muy carambólico e indefinidio -éste dice que ésta informa sobre algo- así que fui a buscar qué decía Kitabet. Me encontré con una ristra de tuits que hablaban de manifestaciones, de gas lacrimógeno, de heridos, de gente colgando en sus ventanas carteles con las contraseñas de sus wi-fis y de links a The Guardian y Le Monde, diarios que informaban sobre el asunto.
Leyendo estos dos últimos, me encontré con la noticia en las portadas de sus ediciones digitales: todo había empezado en Estambul el lunes por la noche cuando un grupo relativamente discreto de gente se había reunido en una de las pocas zonas verdes que quedan en Estambul para protestar por el proyecto de construcción allá de un centro comercial. Erdogan, el primer ministro, mandó a la policía. Los métodos de dispersión resultaron desproporcionados; utilizaron gas lacrimógeno y hubo heridos, claro. Al día siguiente, en el mismo sitio, se reunió más gente. Vuelta a empezar: cañones de agua y más gas lacrimógeno otra vez. Desde entonces, hasta ayer por la noche, la cosa ha ido in crescendo: la gente, con máscaras antigas caseras, cada vez eran más; la policía, cada vez más violenta.
Fui a buscar información en castellano o catalán en los diarios de aquí. Sólo encontré esta nota en la portada de El País.
Escribí un tuit: Cobertura cero de lo que está pasando en Estambul por parte de los medios de aquí. Luego hice más tuits con lo que (no) había encontrado: ni en La Vanguardia ni en ABC ni en La Razón mencionaban el asunto. En el Ara y en El Periódico, había que irlo a buscar a las páginas de internacional.
Y ¿por qué crees que es eso?, me contestaron. Respondí que me olía la misma práctica de no informar sobre suicidios (efecto dominó, y tal). Me contestaron que era normal, que si no se informaba sobre los kurdos, por qué iban a informar sobre Estambul. La respuesta a aquello era tan obvia que me fui a dormir.
Esta mañana, la cosa sigue más o menos igual: nada en las portadas de La Vanguardia ni de El Periódico, el mismo articulito en la de El País... En el Ara, la noticia ha entrado en la primera plana, sí, pero por debajo de la de unos tornados que ha habido en Estados Unidos, por ejemplo. Además, el titular es: "Dura càrrega policial contra els 'indignats' turcs". ¿Saben la pavada aquella de noticia no es que un perro muerda a un hombre sino que un hombre muerda a un perro? Es lo primero que me ha venido a la cabeza al leerlo. Noticia no es que la policía cargue contra una manifestación; les pagan, van equipados, entre otras cosas, para eso. Lo que pasa es que nos han vendido una moto; la moto del jijí jajá, vamos de manifestación como quien va de fiesta. Y nos la hemos tragado y por eso las actuaciones de la policía nos parecen injustas y desproporcionadas y por eso nos creemos que la noticia es la policía. Pero no; la noticia de lo que está pasando en Estambul es más bien la que da Le Monde: "Noche en blanco para los miles de estambuleses en cólera contra el Gobierno". La gente en cólera, la gente con una mecha cortísima que va en tiempo récord de la protesta porque les roban un espacio público ajardinado a la protesta por los abusos de un gobierno opresor. Eso es de lo que no quieren informar, porque la gente somos nosotros y la cólera aún no nos ha acabado de salir. Quieren hacernos creer que la cólera sólo puede salir de arriba porque lo peligroso es que empezara a salir de abajo, porque somos más. Y eso es lo que explica toda esta falta de información y la manera tan errónea de dar la poca que nos llega.
dijous, 30 de maig del 2013
Miren qué cosa más demagógicamente poco aceptable me ha pasado viniendo a casa:
He pasado por tres paradas de Bicing y las tres estaban vacías. Me he echado a andar, ya más decididamente (decididamente, iba a hacer todo el camino a pie) y he visto pasar a una persona en bici. Me he quedado mirándola con envidia. No pensaba en nada; sólo miraba y veía rojo, blanco, ruedas. La bici ha pasado y el primer pensamiento posterior medianamente consistente ha sido: acabo de ser un niño pobre.
Después he caído en que yo nunca fui una niña pobre. Y, un rato después, he concluído que niño pobre no se nace, se hace. Por comparación, además.
Luego he visto en la puerta de un banco a una señora sentada en el suelo, despatarrada, partiéndose de la risa, empuñando una bocina a dos manos, haciéndola sonar a base de golpearla contra el suelo, entre las piernas, una y otra vez. Protestaba porque era pobre y se lo pasaba bomba. Y he pensado en los niños tontos. Pero de eso ya les hablaré otro día.
He pasado por tres paradas de Bicing y las tres estaban vacías. Me he echado a andar, ya más decididamente (decididamente, iba a hacer todo el camino a pie) y he visto pasar a una persona en bici. Me he quedado mirándola con envidia. No pensaba en nada; sólo miraba y veía rojo, blanco, ruedas. La bici ha pasado y el primer pensamiento posterior medianamente consistente ha sido: acabo de ser un niño pobre.
Después he caído en que yo nunca fui una niña pobre. Y, un rato después, he concluído que niño pobre no se nace, se hace. Por comparación, además.
Luego he visto en la puerta de un banco a una señora sentada en el suelo, despatarrada, partiéndose de la risa, empuñando una bocina a dos manos, haciéndola sonar a base de golpearla contra el suelo, entre las piernas, una y otra vez. Protestaba porque era pobre y se lo pasaba bomba. Y he pensado en los niños tontos. Pero de eso ya les hablaré otro día.
dimecres, 22 de maig del 2013
La tele brilla tanto por su ausencia en mi casa que, el día que compré el sofá, no supe a qué encararlo; y va ayer y pasan dos cosas que, de haberlas tenido en cuenta el día que decidí que no, habría sido que sí y ahora, seguramente, tendría un plasmote colgado en la pared, el sofá mucho más claramente orientado.
Ayer resucitaron a dos muertos y uno resultó estar en mucho mejor estado. Y no era por lo que hacían o aparentaban, era por lo que les sobrepasaba, por la cosa de tener un mundo que no estuviera acabado ya. Aznar, el primero, pasó por Antena 3 en forma de entrevista, haciendo el parche, negando, taponando y presentándose como la capa de pintura, rancia, que le hacía falta a este viejo barco. Pujol, el segundo, por tv3, como Historia; como reportaje de pasado que hablaba mucho más de futuro.
Y era una cuestión de tiempo e Historia, la que proponían los dos, sólo que el primero miraba hacia adelante con gesto de romper con pasado y presente. Negó el presente negando a Rajoy. Dijo que sólo se habían visto un día y que, como todos comprenderíamos, habían ido al grano -palabras amables cero-. Negó hasta el rey actual: cada vez que decía que, en el pasado, había hecho cosas buenas, servidora pensaba que no se refería a éste de hoy, que estaba tirando más bien de cuando la reconquista o así; después, cuando pitonisaba sobre lo que haría de bueno en el futuro, una, a éste, lo daba ya por muerto. Rompía tanto con el pasado Aznar, que hasta olvidaba que el pasado era él. Rompió tanto con el presente también, que no dudó en reconocer que en la boda de su hija faltaban luces.
A Pujol, en cambio, media hora más tarde, en tv3, lo andaban presentando como puente franco. Y he aquí la diferencia: mientras el primero andaba capeando, navegando lejos, haciendo como que su zodiac no estaba del todo perforada, moviendo los brazos diciendo 'eh, aquí, que ya vengo a salvaros'; el segundo se presentaba como puente directo con un pasado del que se enorgullecía. Iba moviendo también los brazos Pujol, pero lo suyo era para espantarse tamaña presencia; el puente sabe que lo importante es una orilla y la otra orilla, y que de la parte del medio, lo que importa es el río. Que si el río, entre medio, te pega una paliza, tu responsabilidad queda prácticamente reducida a manterner la vida, decía, y que más te vale, ya que vas a seguir viviendo, salvar un poquito el honor, decía también.
El honor es lo que no puede salvar Aznar, porque el honor de Aznar es el honor del yo y no el del país. El honor es lo que no ha salvado Aznar porque no tiene país, no tiene yo, más o menos limpio del que hablar. Y aunque, volviendo a los puentes, nunca hay que olvidar el río, aunque el río que Pujol intenta salvar tampoco baja precisamente limpio, ahora, sabiendo que la orilla que dejamos atrás tenía tanto sentido, podemos pensar, o aunque sea sólo imaginar, que también lo tendrá la que vendrá.
Así es como se construye la historia; así es como, a Pujol, la historia le está construyendo el yo.
Ayer resucitaron a dos muertos y uno resultó estar en mucho mejor estado. Y no era por lo que hacían o aparentaban, era por lo que les sobrepasaba, por la cosa de tener un mundo que no estuviera acabado ya. Aznar, el primero, pasó por Antena 3 en forma de entrevista, haciendo el parche, negando, taponando y presentándose como la capa de pintura, rancia, que le hacía falta a este viejo barco. Pujol, el segundo, por tv3, como Historia; como reportaje de pasado que hablaba mucho más de futuro.
Y era una cuestión de tiempo e Historia, la que proponían los dos, sólo que el primero miraba hacia adelante con gesto de romper con pasado y presente. Negó el presente negando a Rajoy. Dijo que sólo se habían visto un día y que, como todos comprenderíamos, habían ido al grano -palabras amables cero-. Negó hasta el rey actual: cada vez que decía que, en el pasado, había hecho cosas buenas, servidora pensaba que no se refería a éste de hoy, que estaba tirando más bien de cuando la reconquista o así; después, cuando pitonisaba sobre lo que haría de bueno en el futuro, una, a éste, lo daba ya por muerto. Rompía tanto con el pasado Aznar, que hasta olvidaba que el pasado era él. Rompió tanto con el presente también, que no dudó en reconocer que en la boda de su hija faltaban luces.
A Pujol, en cambio, media hora más tarde, en tv3, lo andaban presentando como puente franco. Y he aquí la diferencia: mientras el primero andaba capeando, navegando lejos, haciendo como que su zodiac no estaba del todo perforada, moviendo los brazos diciendo 'eh, aquí, que ya vengo a salvaros'; el segundo se presentaba como puente directo con un pasado del que se enorgullecía. Iba moviendo también los brazos Pujol, pero lo suyo era para espantarse tamaña presencia; el puente sabe que lo importante es una orilla y la otra orilla, y que de la parte del medio, lo que importa es el río. Que si el río, entre medio, te pega una paliza, tu responsabilidad queda prácticamente reducida a manterner la vida, decía, y que más te vale, ya que vas a seguir viviendo, salvar un poquito el honor, decía también.
El honor es lo que no puede salvar Aznar, porque el honor de Aznar es el honor del yo y no el del país. El honor es lo que no ha salvado Aznar porque no tiene país, no tiene yo, más o menos limpio del que hablar. Y aunque, volviendo a los puentes, nunca hay que olvidar el río, aunque el río que Pujol intenta salvar tampoco baja precisamente limpio, ahora, sabiendo que la orilla que dejamos atrás tenía tanto sentido, podemos pensar, o aunque sea sólo imaginar, que también lo tendrá la que vendrá.
Así es como se construye la historia; así es como, a Pujol, la historia le está construyendo el yo.
dimarts, 21 de maig del 2013
El otro día vi que Mamma Roma estaba programada en el ciclo que estos días la Filmoteca le dedica a Pasolini, pensé que qué bien porque no la había visto y, como para impaciencia la mía y como soy tan mala espectadora de cine que por pura ansia por la historia tengo el miramiento ninguno de sacrificar formato y lo que haga falta, me la miré en Filmin esa misma tarde.
Lloré mucho, se me quedó muy mal cuerpo, salí a tomar una cerveza en estado de desesperación bastante acuciante y no conseguí dormirme hasta las cuatro de la madrugada.
Días después, para mi sorpresa, me di cuenta de que iba por la vida sacando a la primera de cambio el tema de haber visto la película, y sin poder parar de hacer comentarios al respecto del tipo "qué maravilla", "qué barbaridad", "qué gusto".
Y aún más días después, cuando por fin ha llegado el momento aquel maravilloso en el cual el arte, por eso es arte, encaja dentro de la teoría sobre la vida, sobre el trabajo y sobre las maneras de hacer bien las cosas, que uno se va montando en la cabeza a lo largo de la misma suya propia, me ha dado por poner Mamma Roma a renglón seguido de aquello que contaba José Luis Cuerda el otro día en Pequod; aquello de cómo, una vez que andaba escribiendo un guión con Rafael Azcona, cuando él le propuso poner a la protagonista, después de un momento de gran dramatismo, llorando, con la espalda apoyada contra una puerta que acababa de cerrar de malas maneras, Azcona le espetó: '¡¡Una mierda!! ¡¡El corazón es una cosa privada y tú no tienes ningún derecho de decirle a la gente cuándo tiene que llorar!!'
Y, una cosa lleva a la otra, me ha dado por ponerla también en el polo opuesto a ese fiasco monumental trieriano que fue Bailar en la oscuridad -lloren aquí, dando saltitos en el tren; lloren allá, cantándole al conducto del aire de la celda-, igual que tengo puesto al Lost in Translation de la niñísima en las antípodas de la magistral In the Mood for Love.
Vayan a ver Mamma Roma esta tarde si no lo han hecho ya. Si están atentos, van a aprender muchas más cosas de las que se esperan. Van a ser personas mucho menos simples, mucho más exigentes; no van a volver a conformarse con historias lacrimógenas de huerfanitos o de niños en campos de concentración, se lo van a pensar tres o cuatro veces más a la hora de ir por la vida reclamando premios, comprando libros, yendo al cine. Y, lo más importante: nadie va a poder volver a decirles cuándo tienen que ponerse a llorar. Y esta última, se lo juro, es una de las más grandes formas de libertad.
Lloré mucho, se me quedó muy mal cuerpo, salí a tomar una cerveza en estado de desesperación bastante acuciante y no conseguí dormirme hasta las cuatro de la madrugada.
Días después, para mi sorpresa, me di cuenta de que iba por la vida sacando a la primera de cambio el tema de haber visto la película, y sin poder parar de hacer comentarios al respecto del tipo "qué maravilla", "qué barbaridad", "qué gusto".
Y aún más días después, cuando por fin ha llegado el momento aquel maravilloso en el cual el arte, por eso es arte, encaja dentro de la teoría sobre la vida, sobre el trabajo y sobre las maneras de hacer bien las cosas, que uno se va montando en la cabeza a lo largo de la misma suya propia, me ha dado por poner Mamma Roma a renglón seguido de aquello que contaba José Luis Cuerda el otro día en Pequod; aquello de cómo, una vez que andaba escribiendo un guión con Rafael Azcona, cuando él le propuso poner a la protagonista, después de un momento de gran dramatismo, llorando, con la espalda apoyada contra una puerta que acababa de cerrar de malas maneras, Azcona le espetó: '¡¡Una mierda!! ¡¡El corazón es una cosa privada y tú no tienes ningún derecho de decirle a la gente cuándo tiene que llorar!!'
Y, una cosa lleva a la otra, me ha dado por ponerla también en el polo opuesto a ese fiasco monumental trieriano que fue Bailar en la oscuridad -lloren aquí, dando saltitos en el tren; lloren allá, cantándole al conducto del aire de la celda-, igual que tengo puesto al Lost in Translation de la niñísima en las antípodas de la magistral In the Mood for Love.
Vayan a ver Mamma Roma esta tarde si no lo han hecho ya. Si están atentos, van a aprender muchas más cosas de las que se esperan. Van a ser personas mucho menos simples, mucho más exigentes; no van a volver a conformarse con historias lacrimógenas de huerfanitos o de niños en campos de concentración, se lo van a pensar tres o cuatro veces más a la hora de ir por la vida reclamando premios, comprando libros, yendo al cine. Y, lo más importante: nadie va a poder volver a decirles cuándo tienen que ponerse a llorar. Y esta última, se lo juro, es una de las más grandes formas de libertad.
Hay, segurísimo, un término medio legal entre los padres dispuestos a todo por darles el gustito a sus hijas y los padres dispuestos a todo por darse el gustito ellos.
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