He entrado aquí y he votado Coscubiela, sin haber visto el debate.
Luego he pensado en las elecciones.
Ahora me voy a ir a dormir pensando que las afinidades que genera el fútbol, por ejemplo, tienen más razón de ser.
dimecres, 20 de febrer del 2013
divendres, 15 de febrer del 2013
Pues fíjense que hoy, que me parecería mucho más justificado un cierto nivel de colectiva histeria, va y nadie se pone nervioso. Quiero decir: hay una cosa física y material y grande dando vueltas por aquí cerquita; dicen de hecho que a eso de las ocho y veinte pasaría a unos catorce centímetros de la Tierra, si la tierra midiera seis coma siete centímetros, o sea, a escala todo esto lo digo para que me entiendan, que parece que las cosas entran más fácil si se reducen a un tamaño más pequeño que la cabeza: cosa lógica también.
Pero no; nos mola más ponernos histéricos en plan abstracto, que es una manera también de sentirnos más listos; nos mola más lo de las secuencias y palindromías de los numericos, que es una manera de decir sabemos contar hasta mucho y del derecho y del revés; y ahora los números dicen que tranquilos, que no son capicúas y que Nostradamus no dijo nada de esto. Pero, no sé, llámenme animal irracional: un pedrusco acaba de caer en Rusia, que, abstractamente, es como no caer en ninguna parte por aquello de la tundra, que también, abstractamente, no es ni tierra porque no da la posibilidad de lechugas, por ejemplo.
En fin, que igual, liaos como estamos, nos damos cuenta demasiado tarde.
No sé. Indiana Jones explicó muy bien esto que quiero decir:
Pero no; nos mola más ponernos histéricos en plan abstracto, que es una manera también de sentirnos más listos; nos mola más lo de las secuencias y palindromías de los numericos, que es una manera de decir sabemos contar hasta mucho y del derecho y del revés; y ahora los números dicen que tranquilos, que no son capicúas y que Nostradamus no dijo nada de esto. Pero, no sé, llámenme animal irracional: un pedrusco acaba de caer en Rusia, que, abstractamente, es como no caer en ninguna parte por aquello de la tundra, que también, abstractamente, no es ni tierra porque no da la posibilidad de lechugas, por ejemplo.
En fin, que igual, liaos como estamos, nos damos cuenta demasiado tarde.
No sé. Indiana Jones explicó muy bien esto que quiero decir:
dimecres, 13 de febrer del 2013
dilluns, 11 de febrer del 2013
Mi homenaje también llega tarde: El sábado me pasé por una librería de viejo a comprar bolsilibros.
¿Han entrado alguna vez en una librería de viejo buscando algo concreto? Lo último que hay que hacer es preguntar de entrada por ese algo concreto; correrían el riesgo de perderse alguna obrita de teatro de Françoise Sagan o números de la colección 'La novela corta', a dos tintas la cubierta, a dos columnas la tripa, con títulos tan golosos como "Yo he sido estraperlista", de Ángeles Villarta. Y perdiéndose todo esto, perderían también la oportunidad de cazar al vuelo todos los matices que estas ediciones introducen en la reflexión sobre lo dejadas de lado que han estado siempre las mujeres en la historia de la literatura. ¿En qué historia de la literatura? En la que nos venden, claro, en la que somos tan idiotas de comprar sin plantearnos ir más allá; en la que obtenemos como primera respuesta si entramos lanzando de entrada, por no buscar más, una pregunta de sí o no.
Así que, una vez hecho el paseíllo, una vez repensada y reafirmada la idea de que no es que las mujeres no estén, es que tú no te molestas en buscarlas; y una vez comprobado en el bolsillo que a base de restar euros de tres en tres estás acabando con el presupuesto que tenías destinado a tan ácara expedición, entonces, es el momento: "¿Tiene libros de Curtis Garland?". "¿Curtis Garland?" "Sí, el de los bolsilibros." "Ah, bueno, ahí están los de vaqueros. Pero son de los 50". "Sí, sí: de los 50, esos son".
Los 50 y Curtis Garland son otras cosas que no encuentras si no preguntas. Y, claro, ¿cómo nos vamos a preguntar por ellos si, hasta hace una generación los 50 y Curtis Garland eran cosas que pasaban, que le habían pasado a todo el mundo sin preguntar, porque nadie se pregunta por lo que tiene a mano; y así como los kioskos iban llenos de libros del segundo, los primeros eran recuerdo vivo en la memoria de todos; de todos los que ahora han empezado a desaparecer también.
Así que hay que darse prisa por empezar a preguntar por Curtis Garland, porque preguntar por Curtis Garland es preguntar por nuestros padres, por nuestros abuelos; es reconocerles a éstos que lo suyo, sobre todo lo popular, sirvió para algo; que no han tenido un nieto, un hijo, que no ha aprendido nada, que ha nacido de cero, que no sabe por qué le gusta tanto el western de Tarantino; que, por no haber leído a George Elliot, le parece fantástico el rollo de la literatura femenina actual; que por no haber oído ni hablar de D.H. Lawrence, cae a cuatro patas ante las sombras de Grey; que lo de Franzen con los pajaricos le parece alucinante, sin llegar a echar de menos por un momento, mientras lo lee, a Gerald Durrell, a Daniel Defoe; echar de menos lo bien que hacían Durrell y Defoe todo lo que hace Franzen y ver lo mucho que a éste le queda por aprender; lo mucho que a todos nos queda por aprender.
Vayan a una librería de viejo y dense una vuelta antes de pregunar por Curtis Garland. Ya sólo haciendo esto, aprenderán un montón de cosas sobre sus padres, sobre sus abuelos, sobre ustedes mismos, al final.
¿Han entrado alguna vez en una librería de viejo buscando algo concreto? Lo último que hay que hacer es preguntar de entrada por ese algo concreto; correrían el riesgo de perderse alguna obrita de teatro de Françoise Sagan o números de la colección 'La novela corta', a dos tintas la cubierta, a dos columnas la tripa, con títulos tan golosos como "Yo he sido estraperlista", de Ángeles Villarta. Y perdiéndose todo esto, perderían también la oportunidad de cazar al vuelo todos los matices que estas ediciones introducen en la reflexión sobre lo dejadas de lado que han estado siempre las mujeres en la historia de la literatura. ¿En qué historia de la literatura? En la que nos venden, claro, en la que somos tan idiotas de comprar sin plantearnos ir más allá; en la que obtenemos como primera respuesta si entramos lanzando de entrada, por no buscar más, una pregunta de sí o no.
Así que, una vez hecho el paseíllo, una vez repensada y reafirmada la idea de que no es que las mujeres no estén, es que tú no te molestas en buscarlas; y una vez comprobado en el bolsillo que a base de restar euros de tres en tres estás acabando con el presupuesto que tenías destinado a tan ácara expedición, entonces, es el momento: "¿Tiene libros de Curtis Garland?". "¿Curtis Garland?" "Sí, el de los bolsilibros." "Ah, bueno, ahí están los de vaqueros. Pero son de los 50". "Sí, sí: de los 50, esos son".
Los 50 y Curtis Garland son otras cosas que no encuentras si no preguntas. Y, claro, ¿cómo nos vamos a preguntar por ellos si, hasta hace una generación los 50 y Curtis Garland eran cosas que pasaban, que le habían pasado a todo el mundo sin preguntar, porque nadie se pregunta por lo que tiene a mano; y así como los kioskos iban llenos de libros del segundo, los primeros eran recuerdo vivo en la memoria de todos; de todos los que ahora han empezado a desaparecer también.
Así que hay que darse prisa por empezar a preguntar por Curtis Garland, porque preguntar por Curtis Garland es preguntar por nuestros padres, por nuestros abuelos; es reconocerles a éstos que lo suyo, sobre todo lo popular, sirvió para algo; que no han tenido un nieto, un hijo, que no ha aprendido nada, que ha nacido de cero, que no sabe por qué le gusta tanto el western de Tarantino; que, por no haber leído a George Elliot, le parece fantástico el rollo de la literatura femenina actual; que por no haber oído ni hablar de D.H. Lawrence, cae a cuatro patas ante las sombras de Grey; que lo de Franzen con los pajaricos le parece alucinante, sin llegar a echar de menos por un momento, mientras lo lee, a Gerald Durrell, a Daniel Defoe; echar de menos lo bien que hacían Durrell y Defoe todo lo que hace Franzen y ver lo mucho que a éste le queda por aprender; lo mucho que a todos nos queda por aprender.
Vayan a una librería de viejo y dense una vuelta antes de pregunar por Curtis Garland. Ya sólo haciendo esto, aprenderán un montón de cosas sobre sus padres, sobre sus abuelos, sobre ustedes mismos, al final.
diumenge, 3 de febrer del 2013
A mí, un asesor de comunicación, me pone bastante de los nervios: me da la sensación de que está ahí puesto con el único objetivo de fulearnos, verbo que, encima, acabo de ver que no existe, así que, mira, me encaja perfecto aquí.
Bueno, pues ahora resulta que he descubierto que hay una cosa que me pone aún más de los nervios, a saber: que un señor presidente de la nación, con su camarilla de asesores de comunicación, decida obviar absolutamente todas las normas de buena entrada por los ojos de quien lo están mirando y actuar como si nadie lo estuviera mirando; ni actuar, de hecho, que solo le miraba una cámara a Rajoy cuando estaba hablando ayer.
Rajoy ayer decidió eliminar al público y eliminar al interlocutor; decidió que su simple presencia más su palabra fueran la ley, que su mensaje, simple, directo, sin parafernalia o con una parafernalia que directamente lo contradijera, fuera el único válido, sin posibilidad de réplica. Pues yo necesitaba un poco de parafernalia bien dirigida para tragar con todo eso, un poco de cosa bien actuada, un poco de tener en cuenta a la cuarta pared, que somos nosotros, o que, al menos, deberían haber sido los periodistas ayer.
Pues ni eso. Y eso es otra cosa que no cuadra cuando hace un par de semanas nos estaban teniendo tan en cuenta poniendo a Soraya ahí, a intentar conmovernos con toda la intención. Entonces, no hace tanto, Soraya se puso al servicio de la cuarta pared de una forma tan radical y tan ridícula que, que ahora Rajoy nos venga con que lo que dice es lo que dice, que es verdad absoluta pensemos lo que pensemos -que le da igual, que no lo quiere oír, que no quiere ni vernos la cara cuando lo decimos-, para mí es otra muestra de que creen que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana porque, cuando les da la gana, pueden hacernos desaparecer.
Eso creen.
No sé, un poco de esmero en las formas podría habernos hecho pensar, a lo mejor, que a este señor y a los suyos les importamos un poquito. Pero como no lo ha habido, a mí ahora me da por pensar que por fin se han quitado la máscara, que ahora son lo que son, que piensan que, de verdad, su palabra es la ley. Como en las dictaduras, ¿no?
Bueno, pues ahora resulta que he descubierto que hay una cosa que me pone aún más de los nervios, a saber: que un señor presidente de la nación, con su camarilla de asesores de comunicación, decida obviar absolutamente todas las normas de buena entrada por los ojos de quien lo están mirando y actuar como si nadie lo estuviera mirando; ni actuar, de hecho, que solo le miraba una cámara a Rajoy cuando estaba hablando ayer.
Rajoy ayer decidió eliminar al público y eliminar al interlocutor; decidió que su simple presencia más su palabra fueran la ley, que su mensaje, simple, directo, sin parafernalia o con una parafernalia que directamente lo contradijera, fuera el único válido, sin posibilidad de réplica. Pues yo necesitaba un poco de parafernalia bien dirigida para tragar con todo eso, un poco de cosa bien actuada, un poco de tener en cuenta a la cuarta pared, que somos nosotros, o que, al menos, deberían haber sido los periodistas ayer.
Pues ni eso. Y eso es otra cosa que no cuadra cuando hace un par de semanas nos estaban teniendo tan en cuenta poniendo a Soraya ahí, a intentar conmovernos con toda la intención. Entonces, no hace tanto, Soraya se puso al servicio de la cuarta pared de una forma tan radical y tan ridícula que, que ahora Rajoy nos venga con que lo que dice es lo que dice, que es verdad absoluta pensemos lo que pensemos -que le da igual, que no lo quiere oír, que no quiere ni vernos la cara cuando lo decimos-, para mí es otra muestra de que creen que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana porque, cuando les da la gana, pueden hacernos desaparecer.
Eso creen.
No sé, un poco de esmero en las formas podría habernos hecho pensar, a lo mejor, que a este señor y a los suyos les importamos un poquito. Pero como no lo ha habido, a mí ahora me da por pensar que por fin se han quitado la máscara, que ahora son lo que son, que piensan que, de verdad, su palabra es la ley. Como en las dictaduras, ¿no?
divendres, 1 de febrer del 2013
La política -y el delito- como opinión: He aquí el problema.
El miércoles fui a ver el fútbol.
Llevábamos poco de partido cuando va uno del Madrid, hace un salto así como raro y el del Barcelona que tenía al lado se cae al suelo. Viene el árbitro corriendo y le saca la amarilla al del Madrid.
-Si no lo ha tocao, digo yo.
-Sucun, no puedes ser objetiva en un partido de fútbol, me dice muy seria Olga.
Partido, tomar partido, bipartidismo.
(Todo cuadra.)
Ahora Sorayita dice que mañana Rajoy, el de recta vida, dará su opinión sobre los números de la libretica. Tomar partido, opinar, números; ¿qué palabra sobra en esta lista?
(Los números no cuadran.)
Igual Sorayita lo ha dicho por decir, igual Sorayita se está cubriendo las espaldas por si mañana Rajoy sale y, guión en mano, ya que lo tiene ahí, le da por saltárselo y desmoronarse y llorar, que es una cosa que ella misma sabe de qué va aunque no sepa muy bien cómo hacer. Entonces Sorayita podrá volver a salir y decir: Bueno, ya lo dije: era sólo su opinión; se ha equivocado, no volverá a ocurrir.
Pero ya hubo un no volverá a ocurrir: un no volverá a ocurrir con un elefante muerto un Rey que también opinaba mucho; opinaba por ejemplo que irse a Bostwana a equivocarse era buena idea.
Entonces ¿qué hacemos? ¿Aceptamos opinar como manera válida de gobernar un país? Porque si sí, podríamos juntarnos unos cuantos de millones de votantes que opinamos que ya va siendo hora de que se vayan todos a tomar por el culo. Y, si esto es una democracia, nos lo tendrían que aceptar, ¿no? A no ser que ahora decidan ponerse a opinar que no, que de democracia nada, que esto lo que es es un partido de fútbol. Y que todos a tragar.
El miércoles fui a ver el fútbol.
Llevábamos poco de partido cuando va uno del Madrid, hace un salto así como raro y el del Barcelona que tenía al lado se cae al suelo. Viene el árbitro corriendo y le saca la amarilla al del Madrid.
-Si no lo ha tocao, digo yo.
-Sucun, no puedes ser objetiva en un partido de fútbol, me dice muy seria Olga.
Partido, tomar partido, bipartidismo.
(Todo cuadra.)
Ahora Sorayita dice que mañana Rajoy, el de recta vida, dará su opinión sobre los números de la libretica. Tomar partido, opinar, números; ¿qué palabra sobra en esta lista?
(Los números no cuadran.)
Igual Sorayita lo ha dicho por decir, igual Sorayita se está cubriendo las espaldas por si mañana Rajoy sale y, guión en mano, ya que lo tiene ahí, le da por saltárselo y desmoronarse y llorar, que es una cosa que ella misma sabe de qué va aunque no sepa muy bien cómo hacer. Entonces Sorayita podrá volver a salir y decir: Bueno, ya lo dije: era sólo su opinión; se ha equivocado, no volverá a ocurrir.
Pero ya hubo un no volverá a ocurrir: un no volverá a ocurrir con un elefante muerto un Rey que también opinaba mucho; opinaba por ejemplo que irse a Bostwana a equivocarse era buena idea.
Entonces ¿qué hacemos? ¿Aceptamos opinar como manera válida de gobernar un país? Porque si sí, podríamos juntarnos unos cuantos de millones de votantes que opinamos que ya va siendo hora de que se vayan todos a tomar por el culo. Y, si esto es una democracia, nos lo tendrían que aceptar, ¿no? A no ser que ahora decidan ponerse a opinar que no, que de democracia nada, que esto lo que es es un partido de fútbol. Y que todos a tragar.
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